Lectura

Selva de Angustias

Por GEORGES KOTSIFAS · Brasil · Ciencia Ficción

Las uñas gruesas y curvas, cortadas con navaja, débiles por la edad, sucias de tierra y barro, arañan, lastiman la piel arrugada y demacrada del rostro envejecido. Hiere la piel con dificultad, como cuchillas toscas cuyo filo se perdió en el tiempo y en el trabajo en el campo y en la selva. Los cortes duelen. La fuerza del pasado falta en las manos, ahora descarnadas, marcadas por venas oscuras y tortuosas, que junto con la piel perecida parecen un viejo mapa, amarillento por el tiempo y los elementos. No siente dolor. Pequeñas lágrimas furtivas se deslizan por el delegado rostro, nublando los ojos cubiertos por cejas rígidas y puntiagudas y párpados legañosos. Una mirada sin odio, sin dolor, sólo espera y aceptación.
Con el dorso de la mano se seca las lágrimas, dejando en su rostro, una marca de barro que ensucia las heridas donde, hambrientas, sedientas de sangre y carne, las moscas que emergen de algún cadáver se mueven depositando sus huevos y larvas en la piel lastimada. Arranca las hojas gruesas y amargas, las mastica hasta que se conviertan en una pasta espesa con la que cubre y protege las heridas.
Mira a través de los árboles y ve nubes pesadas, deslizándose bajo un cielo pálido, opaco y triste, nubes que pasan lentamente, como un desfile fúnebre.
Ningún ruido de gentes, sólo el de la selva: un pájaro solitario que gorjea en busca de compañía, una rama que se parte bajo el peso de un mono o un perezoso, un deslizamiento furtivo de víboras o escorpiones. Nada más, sólo las ilusiones o la entrega, alimentando las almas perdidas en la oscuridad de la selva fea, sin vida ni encanto. Ya no hay esperanza. No. Sólo hambre, maldad y desengaño.
De vez en cuando se encuentra con osamentas podridas de animales. Algunas llevan allí días o semanas. De lejos siente el olor que entra por sus fosas nasales, provocando náuseas en su estómago vacío y ya dolorido, quemado por la cachaça ordinaria, pero no desvía su andar. Él sigue. A veces, no pocas veces, se trata de cadáveres de garimperos7 clandestinos, asesinados por ladrones de diamantes, por indios o por peleas entre ellos.
Recuerdo cuando salimos de la corrutela8. Unos pocos, con fusiles colgados al hombro, machetes al cinto, baterías, una bolsa de víveres y, en los ojos, una mezcla de miedo, pero también de esperanza por las piedras malditas. Una sonrisa forzada en sus rostros.
Me di por vencido hace mucho. Perdí la noción del tiempo. Hoy simplemente el caminar sin rumbo. A veces, me siento al borde de algún sendero estrecho y polvoriento, apenas abierto en la selva, permanezco, como una piedra o un tronco, viendo la vida deslizarse por esos lugares inhóspitos, que se tragan a los hombres y sus esperanzas.

7 Buscadores (individuales o asociados) de metales o piedras preciosas. Actividad no industrial, muchas veces clandestina. NdeT
8En lugares del interior de Brasil donde hay garimpos, se llama corrutela a grupos casas, especies de villas, que se encuentran al costado de las rutas, fuera de las ciudades. NdeT

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