Estoy en un avión, ahora recuerdo que estamos llegando a Santiago de Chile, mi asiento es el F y puedo ver ante mi los Andes, debe faltar poco para aterrizar, es un paisaje majestuoso.
Vuela paralelo al avión, un cóndor que vuelve la cabeza y me mira, pienso en qué pensará él si es que piensa en algo. Yo envidio su libertad y su belleza natural. Siempre quise ser buitre, pero la idiosincracia del cóndor no la conozco, no así la del buitre, al que amo, y creo, deben ser parejos cromosomáticamente.
Me mira cóndor y se pone en paralelo a mi ventana y me hace comprender que he tenido mucha suerte porque ha estado a punto de chocar contra el morro del Boeing. El resultado hubiera podido ser desastroso, propio del guion de ¡Viven! del accidente de 1972 del vuelo 571 con el equipo de rugby a bordo.
La suerte vuela en círculos concéntricos.
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