El sol apenas empezaba a asomarse sobre el horizonte, tiñendo de violeta los esteros, cuando el dulce murmullo de una vocecita rompió el silencio del rancho. Allí, en la penumbra que aún resguardaba el calor del fogón, una madre mecía el sueño de Sebastián, el pequeño que apenas el día anterior había regalado su primer llanto al llano.
—Arrurrú, mi niño; arrurrú, mi amor —tarareaba ella, mientras el olor a café recién colado se mezclaba con el aroma de la tierra mojada—. Sebastián era su pedazo de sabana y flor.
La noticia de su llegada se había regado como fuego en pajonal seco. Todos los vecinos, desde el hato más cercano hasta la última casita de barro, asomaban la cabeza con la curiosidad de quien espera un milagro. Querían ver al pequeño, al nuevo dueño de estos rumbos.
La madre, con la sabiduría que dan los años de ordeño y sol, no buscaba para su hijo templos de mármol. Ella lo entregaba a lo inmenso: a la sabana.
> "La gran madre tierra será tu madrina y un río con pavones te va a apadrinar".
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Prometía para él una hermandad sagrada con lo salvaje. En su canto, Sebastián no era solo un niño; era un venadito inquieto, destinado a entender el lenguaje de las garzas y los caimanes que, desde la orilla del caño, parecían vigilar su cuna de palma tejida.
Al avanzar la mañana, el calor empezó a vibrar sobre la tierra. El maíz ya crecido se mecía con la brisa y la madre instaba al pequeño a despertar, a reconocer su herencia de barro y arenales.
—Vamonos pa'l rancho, que el catire quema—decía ella, refiriéndose a ese sol implacable que todo lo tuesta—. Ya la mesa está servida con frijol y ñema, acompañemos a su taita, que vuelve del chaparral.
En ese rincón del mundo, la vida se reducía a lo esencial y lo hermoso: jugar entre las ramas, hablar con la risa y aprender que la lluvia y el sol son la única oración necesaria para que el campo devuelva el fruto.
Cuando la tarde ya se recogía y el cielo se pintaba con los colores del llano y el estero, el cansancio vencía al osito palmero. Era el momento de buscar el refugio del rancho.
—Arrurrú, mi amor, cocuyo encendido —arrullaba de nuevo la madre, mientras las primeras estrellas asomaban como diamantes perdidos—. Cuéntele a su mamá lo que descubrió.
Para Sebastián, la noche no traería espantos. En los cuentos de su madre, el búho y los sapos eran centinelas de confianza. Si el llanto aparecía, no era por miedo, sino por un diálogo secreto con la luna; una pena que el viento, siempre viajero, se encargaría de guiar hacia el olvido.
Bajo el techo de paja, el ciclo se cerraba. Sebastián dormía, siendo a la vez hombre y campo, semilla y fruto, custodiado por la promesa eterna de ser siempre ese jagüey cristalino donde se refleja la luz de un destino llanero.
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