Lectura

Las espinas de las rosas

Por Luna · Cuba · Drama

El auto avanza velozmente por la carretera. Todas las personas que viajamos en él, lo hacemos en el más absoluto
silencio. El olor de las plantas, humedecidas por el rocío que comienza a desaparecer con los rayos del Sol, trae
consigo el sabor de la nostalgia.
El paisaje de un verde reluciente, pasa veloz a nuestros ojos. Pero toda aquella belleza salvaje ha perdido el sentido;
para mí no significa absolutamente nada. ¿Acaso tiene sentido para mis compañeros de infortunio? Supongo que
no.
El médico que ocupaba un asiento a mi lado, pasó la mano por mi cabeza y yo agradecida de aquel gesto me
recosté a la ventanilla y cerré los ojos. Entonces fue como rebobinar el casete de un antiguo vídeo, a toda revolución
y llegar a donde marca el inicio.
Me encontré en el patio de mi casa. Era un lugar muy agradable. Mi madre lo mantenía sembrado de numerosas
plantas y el tono verde de las mismas me aportaba alegría y una energía insuperable.
Estaba sola rodeada de juguetes. En aquella esquina una casita con muñecas, en la otra la escuelita con su silla
vacía, donde imaginariamente se sentaba mi hermanita, a la que armaba tremenda algarabía, simulando que daba
una clase.
Mi madre se ocupaba de que nada material me faltara y así crecí, en la soledad, anhelando desde lo profundo de mi
corazón compañía espiritual, afecto verdadero.
El tiempo seguía pasando raudo ante mis ojos y llegaron los días del Preuniversitario y la solicitud de aquella carrera
que para nada me gustaba, pero que era el deseo de mamá. ¿Cómo la empecé?, no lo sé y cómo la terminé - o si,
eso sí lo recuerdo perfectamente. Me gradué como otros pocos de mi grupo, "salí por el embudo", como decía una
vieja amiga, con notas bajas, pero me gradué y empecé a trabajar.
Mamá como siempre, continúa marcando el ritmo de mi vida, me daba todos los gustos y yo no necesitaba nada.
Dejé el trabajo.
Luego apareció, como salido de un cuento de hadas; el amor, el amor limpio y puro. ¡Fuimos tan felices!. Recuerdo que reíamos a carcajadas por cualquier cosa, nada que no fuera nuestras vidas nos interesaba.
Él me hacía poemas, me regalaba rosas y siempre me decía - " cuidado con sus espinas", entonces yo lo desafiaba
y simulaba pincharme los dedos.
Un bache en la carretera me hizo abrir los ojos , había olor a gasolina y comenzaba a sentirme muy mal.
-Por favor doctor podemos detenernos un instante?, le pedí casi suplicante.
El auto se detuvo, no era yo la única que se sentía mal, mis dos compañeros, los que también estaban bajo el
cuidado del médico que viajaba a mi lado y de la enfermera; mostraban signos de cansancio e irritación. Al
descender, bajamos por una pendiente de la carretera..
Necesitaba que mis pulmones se llenaran de aire puro, me asfixiaba, mis ojos a ratos solo apreciaban una nube
negra. Quería caminar, quería correr, pero mi cuerpo maltrecho no respondía. Me prestaron auxilio y me recuperé por
algún tiempo, el suficiente para que el casete continuara ofreciendo mi vida, mi propia vida ante mis cansados ojos,
mientras retomábamos el viaje.
En aquel espacio de tiempo a mi pasado, estaba mi madre. Me gritaba, me reclamaba por todo lo que me había
dado y yo había tirado por la borda. También estaban las luces de un cabaret, las copas, " mis amigos"; ¡nos
divertíamos tanto!. Pero el amor ya no estaba; se había ido de repente, como mismo se presentó. En su lugar el
vacío, la soledad que siempre me había acompañado.
Luego, de nuevo ante mis ojos, la casa vacía, muy vacía; no quedaban muebles, ni adornos y mi cuarto?, qué había
pasado con mis cosas, dónde estaba mi ropa, todas mis cosas? Todo se había esfumado. Y el jardín estaba
marchito, sin rosas, solo quedaban plantas secas, llenas de espinas y mi madre?; lastimosa, en un rincón
maltratada, dañada por mis manos, llena de reproches. Miré mis manos, estaban temblorosas, huesudas, feas.
¿ Que había hecho con mi vida?. ¿Podría recuperarme?
Lo había intentado tantas veces, pero me faltaban fuerzas, me faltaba reconocer que estaba enferma, me faltaba un
incentivo. Solo sabía que había existido una primera vez - "para que te sientas en el paraíso, para que olvides tus penas. Aquella voz, la voz de la que un día creí que era mi amiga y en su mano la copa, mientras revolvía en ella el
aliento de la parca, ese que era imprescindible en mi asquerosa vida. Quería llorar pero no podía, ni lágrimas tenía.
El paisaje continuaba siendo hermoso, pero a mis ojos continuaba vacío, sin significado. Conocía muy bien aquel
camino, el de ida y el de regreso, a hurtadillas para que no me descubrieran. Pero ahora sería diferente?
Allá en el lugar de destino todos lo habían intentado tantas veces, me había ofrecido todo el amor que necesitaba,
pero no había sido suficiente. Se necesitaba pertenecer a la raza humana para poder vencer y yo había dejado de
ser, de pensar de razonar y de sentir.
El auto se detuvo, habíamos llegado y volví a la realidad. Todo un equipo de abnegados especialistas nos esperaba
con sus batas blancas, representando la paz que buscaban nuestros espíritus. Otros llevaban el verde, el de la
esperanza, el mismo que en mi niñez me daba tanta energía en el jardín de mi madre.
De pronoto, entre los presentes surgió una imagen. Mi corazón galopó con más fuerza, pero esta vez era diferente.
Era ella. Estaba allí , tan delgada, tan arrugadita, pero allí estaba, con la ayuda de los que querían ayudarme a mí
también; ella había aprendido la lección, ella quería ofrecerme la vida de nuevo. Ella perdonaba sus errores y todos
mis pecados, todos mis excesos, mis maltratos. Ella había aprendido y yo?, ¿ bastaría para mí haber comprendido lo
que me había sucedido?. No, yo sabía que no era suficiente.
Avancé despacio, me detuve frente al ser que me había dado la vida y besé sus manos, tan temblorosas como las
mías. Ella, de su bolsillo sacó una rosa y con una voz llena de optimismo, me dijo:
-¡Deshazte de las espinas!.

Valoración: 5.0/5 (2 votos)

Comentarios

Luna (editado)

Gracias por aceptar la publicación de mi relato en su espacio literario.