Lectura

¡Esa loca no está muerta!

Por Prof. José Núñez · Venezuela · Drama

¡Esa loca no está muerta!
CUENTOS DE HOSPITAL
¡Esa loca no está muerta! (Por el Prof. José Núñez)

El reloj de la Emergencia marcaba una hora incierta, de esas donde la madrugada se siente como un peso muerto sobre los hombros. En los pasillos del hospital, el aire olía a antiséptico barato y el personal compartía una fatiga que se reflejaba en sus rostros. En aquel amanecer, el silencio acostumbrado fue profanado por la visión de la ignominia.
Sobre una camilla, bajo una luz parpadeante que agonizaba tanto como ella, yacía una mujer joven. Su cuerpo era un relieve de carencias; la piel, pegada a los huesos con la urgencia de quien ha vivido en un campo de miseria, exhibía el tono pálido violáceo de los que ya tienen un pie al borde del olvido definitivo. Era una "huésped" del manicomio vecino, uno de esos depósitos de seres humanos donde la esquizofrenia se encarcela entre paredes desconchadas y la desidia estatal.

Su respiración era un suspiro aislado, intermitente, un hilo de seda que intentaba sostener el peso de una existencia rota. La historia que la precedía era tan sórdida como el agua del pipote donde un compañero de "caminos torcidos" la había sumergido horas antes.

Lo que verdaderamente helaba la sangre, más que su temperatura corporal, era lo que sucedía a su alrededor. Dos médicos jóvenes, con la pulcritud de sus batas contrastando con la suciedad de su desinterés, observaban la escena con una paz casi litúrgica, como quien mira la lluvia caer tras un cristal.

-¿Qué pasa?... ¿Por qué no actúan? -mi voz cortó la inercia del cubículo.

La respuesta llegó con la naturalidad de un bostezo:

-Tranquilo, doctor, es una loca y está casi muerta.

Para mí, el mundo se detuvo por un instante. La ética, ese concepto que juramos proteger, se evaporaba en el desdén de sus miradas.

-¡Qué bolas! -solté, mientras el asco me revolvía el estomago.

La enfermera y yo empujamos a los verdugos con la fuerza que da la indignación. No hubo protocolos refinados, solo la urgencia de quien sabe que cada segundo aprovechado es un territorio ganado a la muerte. Mientras los médicos-jueces se apartaban con su licencia para ignorar, nosotros nos volcamos sobre aquel cuerpo frágil, devolviéndole el calor que el abandono le había arrebatado.

El destino, que a veces tiene un sentido del humor reparador, hizo su magia. Por esas razones extrañas que tornan duros a los débiles y fuertes a los tristes, la mujer no solo sobrevivió, sino que floreció. Tres semanas después, aquella "loca" caminaba sin titubeos por el pasillo. Había ganado peso, luz en la mirada y una belleza que la miseria no pudo devorar. Se fue del hospital siendo, de alguna manera, mejor persona que quienes la dieron por muerta.

Hoy, mientras aquellos dos doctores seguramente acumulan billetes y desastres en alguna clínica de lujo, protegidos por su "licencia para matar", yo me quedo aquí, contemplando la cordura de este mundo roto. A veces, cuando el dolor de afuera se hace insoportable, deseo estar un poco más loco. Inventarme un mundo distinto, un mundo sin pipotes de agua sucia ni juicios de bata blanca. Un mundo donde, al menos, la humanidad no sea un diagnóstico opcional.

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Comentarios

Luis Soto

Me gusta más escuchar la historia real bajo el Araguaney del Monseñor...