En la mesa del frente, jugaban unos niños con la comida, la escena era muy bonita, uno le arrojaba pedazos de pan al otro, y cosas así, cosas que los niños hacen, cosas que dejamos de hacer los mayores por miedo a demostrar que podemos disfrutar de la vida, vivir momentos mágicos, sencillos, pequeñas alegrías que se suman y se convierten en una gran felicidad.
Miro la identificación, se detuvo, tomo un paquete, escribió unas líneas sobre él, bajo de la camioneta, camino por el jardín, toco el timbre, salió corriendo, se sentía de 8 años de nuevo, solo por unos cuantos metros.
Cuando Nadia abrió la puerta, vio su jardín solo eso, miro al suelo y ahí estaba el paquete, las letras no se veían bien desde arriba, lo tomo y leyó con más calma "no lo tomes como una disculpa, gracias por ayudarme, Alejandro".
Cuando leyó aquellas líneas, miro a todos lados, habían pasado varios días, empezaba a olvidar el rostro de Alejandro, no quería hacerlo, quería verlo por última vez, bajo los escalones con cuidado, no dejaba de voltear, quería decirle algo, ¿pero qué?
Por unos minutos siguió de pie, sobre la banqueta, pero de Alejandro nada, nada que se pareciera a él, a lo poco que le quedaba en su mente, en su miedo, en su rencor, en una mezcla de reacciones, en ella. . . en ella
La miro a la distancia, con el paquete en las manos, a la luz del día se veía, más bonita, pensó el, la recordaba en la recepción, nerviosa, con miedo, con rabia, su cabello no estaba revuelto ahora, estaba lacio y brillante, su piel se veía clara, su figura, inocente y provocadora, pensó en Raquel, se parecían, ahora lo veía todo más claro, quizá por eso no jalo el gatillo.
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