-¡Solo un año! -exclamó con los ojos bañados por las lágrimas.
-Sí, aproximadamente un año -respondí.
La muchacha que estaba frente a mí se pasó la mano por los ojos y se acomodó el cabello pelirrojo. Ante nosotros, echado sobre la mesa e ignorante del drama, descansaba un hermoso lebrel afgano de cinco años, dorado, aquejado de un tumor de ganglios linfáticos.
Le dije a Liliana -que así se llamaba la chica dueña del afgano- que tenía que tomar una decisión: o se hacía solo un tratamiento a base de calmantes con una muerte a corto plazo, o se realizaba quimioterapia con una mayor esperanza de vida.
-Es que un año se va volando -balbuceó Liliana.
No se podía conformar; para ella, como para cualquier persona, resultaba muy poco tiempo. Pero si se mira con los ojos de un perro, que solo vive entre trece y catorce años, un año representa una considerable parte de su existencia. Usé ese argumento para consolarla, pero no la convencí del todo, pues continuó lagrimeando y sollozando. Le pedí que se tranquilizara, que no era nada que debiera decidir de inmediato; podía tomarse unos días para resolver qué hacer.
Liliana continuaba lloriqueando. Le pregunté si quería ir a su casa para pensar con calma, pero prefirió quedarse un rato más porque no se encontraba en condiciones de manejar. Se dirigió a la sala de espera con Jack, el afgano, a su lado, caminando como un autómata.
No había terminado de acomodarse en una silla de la sala de espera cuando sonó el timbre. Detrás del vidrio de la puerta cancel había dos personas: un hombre y una mujer; ella llevaba trabajosamente un perro en brazos. Los hice pasar. A las claras se veía que eran padre e hija: ambos delgados, de pelo lacio negro, ojos oscuros y rasgos afilados. Saludaron y, sin decir más, depositaron sobre la mesa del consultorio al animal que traían. En realidad no era un perro, sino una perra blanca, cruza con bóxer, obesa, añosa y de muy mal carácter.
No llegué a tiempo a preguntar por qué venían cuando la perrita -que pesaría unos treinta kilos- encorvó su lomo y comenzó a defecar; primero pastoso e inmediatamente líquido. El olor era insoportable y con rapidez inundó la clínica entera. La chica se descompuso: se puso pálida como un papel y se desplomó hacia adelante, cayendo en el espacio entre la mesa y la pared.
El padre, al verla sobre el piso, gritó:
-¡Alicia!
Y se inclinó de inmediato sobre ella. Yo salí rápido del consultorio y fui a la cocina en busca de un vaso de agua. Cuando volví, me alarmé: la chica seguía sola en el suelo; el padre se había escurrido. Fui a la sala de espera, que quedaba frente al consultorio, y le pregunté a Liliana, que continuaba en su trance. Ni siquiera me respondió; solo hizo un leve gesto de negación con la cabeza.
Me fijé, desesperado, a través del vidrio de la puerta cancel para ver si estaba en la calle, pero no había nadie. Volví al consultorio y a mis pies vi al padre de la chica caído en el otro extremo de la habitación: también se había desmayado. El cuadro era pavoroso: Olga -que así se llamaba la perrita- seguía sobre la mesa defecando, ahora con menos intensidad, pero con el mismo nauseabundo olor; y a mis pies, padre e hija yacían en el suelo, inconscientes.
Le pedí ayuda a Liliana, que continuaba con la mirada fija en el infinito, pero se limitó a señalar a Jack, el afgano, y a romper a llorar desconsolada.
La locura parecía no tener fin. Derramé casi un litro de agua yodada sobre la materia fecal que corría por la canaleta central de la mesa; el olor disminuyó y el aire se hizo más respirable. Por fin, los dos desvanecidos comenzaron a despabilarse. Se negaron a tomar agua y prefirieron, con torpeza, ponerse de pie. Los tomé de un brazo y a duras penas logré llevarlos hasta la puerta de la calle, donde los invité a sentarse en el escalón de la entrada.
Regresé a ver cómo estaba Olga, que por suerte continuaba sentada y tranquila. Terminé de asear los excrementos y la revisé con cuidado dado su mal temperamento; solo faltaba que me mordiera. ¿Era solo una diarrea o había algo más detrás de ese síntoma? Para saberlo, necesitaba hacer una serie de análisis. Se lo hice saber a los dueños, que continuaban sentados en la entrada de la clínica ya repuestos de sus respectivas lipotimias. Un poco avergonzados, pagaron la consulta y entraron a buscar a Olga. Les hice una receta de antidiarreico y se despidieron.
La calma volvió a reinar en aquella tarde de verano. Detrás de mí apareció Liliana, que había encendido un cigarrillo.
-Mañana comenzamos sin falta con el tratamiento -me dijo simplemente.
Me dio un beso en la mejilla y se dirigió hacia su auto. Encerrada en su egoísta dolor, no había notado absolutamente nada de lo que pasó a su alrededor.
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