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Fósil del 68

Por Guillermo · Italia · Fantasía

Fósil del 68
Prólogo

Soy un viejo vestigio arqueológico que camina lento por un pequeño borgo de la Toscana. Mis piernas cargan hoy el peso de los lustros vividos.

Me detengo a pensar. Pasaron más de cincuenta años desde aquellos días en que mis jóvenes extremidades aún no sentían el rigor del tiempo y se desplazaban a toda velocidad, burlando los piquetes de la Guardia Metropolitana en el Montevideo de 1968. Hoy solo queda este cuerpo agostado, pero también una mente colmada de recuerdos que pugnan por salir y plasmarse en el papel de mi viejo block de notas.

Me siento en un banco, bajo la sombra de un tilo coetáneo y frondoso, y me dispongo a dar forma de letras a esta vorágine de pensamientos. Con mano temblorosa pero firme, ordeno las imágenes mentales en aforismos legibles, con la única intención de que el lector comprenda cómo nos han engañado durante más de cinco décadas. Es un pasado etéreo, casi olvidado, que pocos desean sacar a la luz; prefieren conformarse con la cambiante historia oficial.

¿Pero qué puedo decir yo? Yo estuve allí. Como un auténtico fósil del 68, conozco el principio y el final.


Capítulo I: Los dueños de los paracaídas

-Hola, Mariano. ¿A dónde vas?

La voz firme pertenecía a Humberto Berro , un militante ortodoxo de la Unión de Juventudes Comunistas, la famosa UJC, el brazo juvenil del Partido. Mariano se detuvo a regañadientes a mitad del patio del Liceo Rodó.

-Voy para el salón, Humberto. Acaba de sonar el timbre -respondió Mariano, acomodándose los libros bajo el brazo.

-Esperá un poco, che, que tengo algo importante que decirte.

-Si es por lo de Checoslovaquia, ya lo tengo bastante claro. Los rusos los aplastaron -contestó Mariano con un ramalazo de rabia contenida.

La noticia todavía quemaba en las páginas de los diarios. La noche del 20 al 21 de agosto de 1968, los tanques soviéticos y de otros cuatro países aliados del Pacto de Varsovia habían invadido Praga. La población civil había resistido de forma pacífica, cambiando los carteles de las calles para desorientar a las columnas blindadas y colocando flores en las bocas de los fusiles de los soldados conscriptos, pero la fuerza bruta terminó aplastando la reforma de Alexander Dub?ek. Así, de un zarpazo, moría la Primavera de Praga. Muy poco tiempo habían tenido los checoslovacos para saborear aquel bálsamo de libertad. Para el Politburó de Moscú, quedaba corregido por la fuerza lo que consideraban un "maligno desvío" del pueblo checoslovaco de los cánones dictados por la Unión Soviética.

-Veo que no la tenés clara para nada -replicó Humberto, frunciendo el ceño con tono doctrinario-. No te dejes llevar por las mentiras que difunde la prensa capitalista. Los yankees querían meter la cuña ahí para destruir el camino de Checoslovaquia hacia el verdadero comunismo. La intervención fue...

Mariano dejó de prestarle atención. En lo único en lo que pensaba en ese instante era en cruzar la puerta del salón antes de que el adscripto le pusiera una falta por llegar tarde.

Aquel invierno todo había comenzado con las protestas por la suba del boleto estudiantil. La Coordinadora de Estudiantes de Secundaria del Uruguay (CESU), donde los comunistas cortaban el bacalao, se había volcado de lleno a la lucha callejera bajo una consigna que ya era un mantra en las paredes de Montevideo: "Que bajen el boleto, queremos estudiar"*. Incluso los liceos que no estaban adheridos a la CESU, aquellos donde no predominaba la ideología bolchevique, terminaron sumándose a las movilizaciones a pesar de las profundas diferencias políticas. Sin embargo, era necesario destacar una verdad que la historia oficial suele omitir: la mayor parte del alumnado permanecía indiferente, sin tener la más mínima idea de quiénes ni por qué llevaban adelante la protesta.

Mariano formaba parte de ese último grupo, una masa muy heterogénea. Si algo lo empujaba a mantenerse entre los indiferentes eran los consejos repetitivos de su madre. Pensando en su futuro, ella le repetía siempre la misma letanía: *"Vos estudiá y no te metas, Mariano"*. Pero, por otro lado, cuando Mariano veía el sueldo de su padre, un obrero que a duras penas lograba hacer rendir los pesos para llegar a fin de mes, le venían unas ganas feroces de agruparse con los que daban la pelea en la calle. Unas semanas atrás, charlando de política con unos amigos del barrio, le habían explicado por primera vez el concepto de "conciencia de clase". En ese instante se sintió totalmente identificado con el proletariado y con la mística de la revolución que pregonaban los sectores más combativos.

Muchos años después, ya viejo, bajo la sombra pacífica del tilo en la Toscana, Mariano comprendería que su madre tenía toda la razón del mundo. Eran muy pocos los estudiantes de extracción obrera que en los años sesenta lograban llegar al cuarto año de liceo sin haberse desviado antes hacia el mercado de trabajo por pura necesidad. Mirando las cosas desde la distancia que dan las décadas, se daba cuenta de que la mayoría de sus compañeros del Rodó pertenecían a clases sociales adineradas; familias acomodadas que podían darse el lujo de jugar a hacer la revolución o de permanecer indiferentes sin que se les fuera la vida en ello.

También descubrió otra verdad incómoda: la mayoría de los que en ese tiempo caían en situaciones difíciles -una detención, una paliza policial, una expulsión del liceo- contaban con un buen paracaídas familiar, un apellido influyente o contactos políticos que los salvaban del desastre a último momento. Era un secreto bien custodiado que los revolucionarios de salón compartían entre sí en el Liceo Rodó de 1968: cada cual tenía el suyo.

Mariano, en cambio, era uno de los pocos que salió a la calle sin paracaídas. No quiso entender, ni atender, el sabio consejo de su madre.


Capítulo II: La plebe en la azotea

Las primeras escaramuzas eran fáciles. Consistían en cortar el camino a los ómnibus y trolebuses, impidiéndoles avanzar al tiempo que cantaban la consigna: *"¡Que bajen el boleto, queremos estudiar!"*. El corte duraba hasta que el conductor o los pasajeros perdían la paciencia y comenzaban a gritar ellos también.

Ese juego se repetía hasta que llegaba la Guardia Metropolitana con sus recién adquiridos cascos blancos y duros bastones de goma, y nos dispersaba. Trataban de detener a los que tenían a mano, pero sus órdenes principales eran dispersar y apalear. Los cortes de calles del centro se prolongaban también durante la noche, pues los liceos nocturnos también se habían plegado a las movilizaciones.

Si bien eran efectivos desde el punto de vista propagandístico, los cortes ya estaban aburriendo a los más aguerridos, que a esta altura querían más acción. La idea que tuvo más éxito fue la de ocupar el liceo; ya varios centros de educación habían sido tomados por los estudiantes en la lucha por la rebaja del precio del boleto estudiantil.

Fue así que, emulando a los estudiantes franceses cuando en el "Mayo Francés" ocuparon la Sorbona, el director del Liceo Rodó entregó las llaves del establecimiento a los dirigentes de los estudiantes. Las autoridades se retiraron y los ocupantes entraron al liceo. Los diferentes grupos políticos de izquierda estuvieron de acuerdo con la medida, que había sido promovida por el sector más radical.

Mariano tuvo que esperar para entrar, pues el dirigente confeccionó una lista de sus allegados y los hizo pasar primero para que se pusieran de acuerdo entre ellos. Esta diferencia no fue casualidad: se había formado una élite independiente de la postura política. Luego entró al liceo la "plebe", y entre ellos, Mariano.

Se establecieron turnos de guardia en la azotea, desde donde se podía visualizar la calle Colonia para avisar a tiempo si venía la policía a intentar desalojarlos. Para Mariano era toda una novedad recorrer el liceo sin la presencia de los adscriptos vigilando; poder fumar libremente, en fin, hacer lo prohibido los hacía sentir adultos. El frente del liceo se llenó de carteles donde se leía que el establecimiento estaba ocupado por los estudiantes en reclamo por la rebaja del precio del boleto estudiantil.

españolas de la época de la revolución. Durante la ocupación, los comunistas trajeron algunos paquetes de cigarrillos rusos que fueron muy codiciados. No por su gusto, porque era horrendo, sino más que nada para sentirse a tono con el ambiente revolucionario del momento. Dentro del liceo ocupado los valores se invirtieron: ya no era la música norteamericana la que estaba de moda, sino que sonaban los estribillos de *La Internacional* y canciones

Para Mariano era todo un mundo nuevo que lo atraía; un mundo que hablaba de un "hombre nuevo" donde no habría ni ricos ni pobres, ni explotadores ni explotados. El mundo ideal que solo un adolescente carente de recursos económicos podía soñar.


Capítulo III: La liturgia de los sábados

Sin plegarse a ningún grupo, Mariano curioseaba las diferentes ideologías. No era que no tuvieran razón, pero siempre había algo que no le caía bien. Los ultras tenían como único objetivo contradecir a los bolcheviques, al punto tal que sin los bolches no tendrían razón para existir. Los comunistas, por su parte, adoraban a la Unión Soviética; nada de lo que se hacía allí podía estar equivocado. El Partido tenía siempre razón. De la misma forma, los estudiantes de derecha tenían como punto de referencia a los Estados Unidos: imitaban sus modas, su política exterior, fumaban Camel y vestían pantalones vaqueros marca Lee.

Los comunistas podían conseguir en la editorial del Partido, llamada Pueblos Unidos, a un precio irrisorio las obras de Marx y Lenin, así como una gran cantidad de libros que intentaban explicar por qué, de acuerdo al materialismo histórico, el comunismo era el inexorable fin del capitalismo, revolución mediante. Tal cual había sucedido en la Unión Soviética.

Humberto vio que Mariano estaba solo, sentado en un banco, pensativo. Se acercó y se sentó a su lado.

-Hola, Mariano. ¿Estás aburrido?

-La verdad que sí y, para serte sincero, más que aburrido, confundido.

-¿Por qué no te arrimás a nosotros? -le propuso Humberto-. Hoy a las ocho tenemos una charla sobre lo que sucedió en Checoslovaquia y después nos reunimos para hacer un baile, ya que es sábado.

-Sí, pero... ¿y la ocupación del liceo? Además, yo no estoy afiliado a la juventud comunista.

-No te hagas problema, en la noche del sábado se quedan ocupando ocho compañeros de la juventud.

-Está bien, vamos. Voy a casa a cambiarme y nos encontramos aquí en el liceo a las siete y media.

El vuelo de un mirlo me distrajo. Las ramas del viejo tilo se balanceaban tímidas ante la leve brisa. Me acomodé en mi banca en la Toscana y recordé aquel diálogo que en su momento pareció intrascendente, pero que se iba a convertir en un largo viaje del cual no pude prever las consecuencias. De nuevo la figura de mi madre entorpece mi vieja vista; fue la voz que decidí no oír cuando me dijo: *"Somos pobres, mejor no te metas"*. Pero ni las palabras de mi madre ni las callosas manos de mi padre me disuadieron.

A las siete y media, ya cambiado, Mariano estaba esperando a Humberto. Para su sorpresa, Humberto no llegó solo: lo acompañaban unas catorce personas entre chicos y chicas. Venían todos alegres, algunos canturreando estrofas de canciones españolas de la revolución, por supuesto.

Enseguida lo integraron al grupo. Dos chicas le dieron el brazo y comenzaron a cantar: *"La hierba de los caminos la pisan los caminantes..."*. Y así, enlazados, continuaron hasta la Seccional 19 de la juventud comunista, lugar donde se iba a realizar la conferencia y, posteriormente, el baile.


Capítulo IV: La captura del camarada

La conferencia fue un repetir de los mismos argumentos que Humberto había manejado durante toda la semana en la ocupación del liceo. Solo que quien hablaba ahora decía haber estado en Checoslovaquia y conocer muy bien Praga. Hizo hincapié en que el rumbo tomado por Alexander Dub?ek era equivocado y conducía a la destrucción del camino hacia el comunismo en su país, y que la Unión Soviética no podía permitir que uno de sus integrantes se desviara de esa manera. Recalcó que el pueblo checoslovaco estaba deseando la invasión y que quitaran a Dub?ek y a sus servidores del poder.

Lo que olvidó decir fue que la gran mayoría de los jóvenes apoyaban a Dub?ek, al punto tal que un estudiante llegó a inmolarse como un bonzo en señal de protesta contra la invasión soviética. Mariano lo escuchó atentamente, pero no logró convencerse de que los rusos tuvieran razón.

Terminada la reunión de adoctrinamiento con un fuerte aplauso al disertante, comenzaron los preparativos para el baile. Como de la nada, surgieron tres chicas que se pusieron a conversar con Mariano. En su condición de no afiliado a la UJC, él representaba una presa codiciada, pues el Partido premiaba al camarada que lograra más afiliaciones. Ese era, en el fondo, el principal fin de los bailes que periódicamente organizaba la juventud política; para los jóvenes comprometidos, asistir a ellos era un deber partidario.

Así fue que Mariano conoció a Matilde. Era una chica de cabello castaño claro y largo, muy delgada, de risa fácil y bastante bonita para el gusto de Mariano. Bailó con ella toda la noche. Matilde era hija de militantes comunistas; su padre trabajaba directamente para el Partido, siendo uno de los tantos empleados nucleados en una cooperativa conocida en el ambiente partidario como la Cooperativa de Trabajo Comunista, COTRACO. Su madre se ocupaba de la crianza de su hermana menor, de las tareas de la casa y de asistir a las reuniones, actos y manifestaciones. Matilde, por su parte, militaba para la UJC y estudiaba en el liceo, en ese estricto orden de prioridades, por lo que era una excelente comunista y una estudiante mediocre.

-¿Por qué no te has afiliado? -preguntó Matilde mientras bailaban.

-Simplemente porque no soy comunista -respondió Mariano.

-Pero tú militas codo a codo con nosotros.

-Sí, es así, pero no estoy convencido. Estoy dudando entre afiliarme aquí o en el Partido Socialista.

-Creo que tenés ganada la afiliación por cómo te comportás, con honestidad y disciplina -le dijo ella, suavizando la voz-. ¿No te gustaría que en vez de llamarte "compañero" te llame "camarada"?

Mientras esperaba la respuesta, Matilde se acercó lo más que pudo a Mariano. Obnubilado por la cercanía de la chica y por el denso ambiente que lo rodeaba, él no pudo evitar decir que sí.


Capítulo V: El último trofeo

-Me faltaba uno y lo conseguí en el baile de anoche. ¿Crees que podré ganar la beca? -le preguntó Matilde a su padre el domingo, mientras almorzaban en familia.

El padre de Matilde se puso muy contento con la noticia. En ella, la familia Caballero había depositado todas sus expectativas. Germán Caballero, orgulloso de la brillante militancia de su hija, le respondió tras tomar un sorbo de vino tinto:

-Claro que la ganarás, eres la mejor calificada. Mañana sin falta hablo con Ramírez, que integra la comisión de educación, y le pediré que presente tu postulación ante el Comité Central del Partido. Si logra que lo traten, podés darlo por hecho.

Matilde Caballero no cabía en sí de la alegría. Por fin viajaría a la Unión Soviética, conocería Moscú y entraría como alumna en la afamada Universidad Patrice Lumumba a estudiar derecho. Delia, su madre, levantó su vaso de vino y todos brindaron -incluso Liliana, que solo tenía doce años- a la salud de Matilde.

-Papá -dijo Matilde luego del brindis-, esta noche hay una pegatina y tengo que ir temprano a la seccional para ayudar a Marga a organizarla. Los afiches son por el precio del boleto estudiantil.

-El domingo de noche es un buen día, hay pocos policías -asintió el padre-. De todas formas, si te llegan a llevar presa, no te pongas nerviosa y, sobre todo, no digas una palabra; hazte la tonta. El Partido se ocupará de todo.

A las cinco de la tarde, Matilde salió de su casa rumbo a la Seccional 19 de la UJC. Allí se encontró con Marga, una cincuentona soltera y funcionaria del Partido. Juntas acomodaron los afiches, que ya estaban envueltos en rollos, y prepararon el engrudo para pegar. Con la ayuda de algunos camaradas, distribuyeron la cola en baldes.

A medida que se aproximaba la hora, fueron llegando los muchachos. Entre ellos estaba Mariano, que había ido acompañado por Humberto. Con voz autoritaria, Matilde y Humberto organizaron los grupos y distribuyeron las calles donde se iban a colocar los afiches.

Mariano quedó desilusionado al ver que Matilde se marchaba con otro grupo. De todas formas, realizó su primera tarea como afiliado con total responsabilidad. Tal como había predicho Germán Caballero, no se cruzaron con ninguna patrulla de la policía. A medida que cada grupo terminaba la tarea, se retiraban a la Seccional 19.

Mariano intentó acercarse a Matilde, pero ella estaba tan ocupada controlando con los encargados de grupo que todo hubiera salido bien, que apenas reparó en su presencia; se limitó a saludarlo con un lejano movimiento de la mano. Después de lo conversado al mediodía en su casa, la mente de Matilde estaba puesta en un solo objetivo: militar con destino a Moscú.


Capítulo VI: El costo de la militancia

El gobierno y los estudiantes transaron finalmente por una rebaja en el precio del boleto estudiantil; no de la magnitud que estos últimos habían propuesto, pero rebaja al fin. Los centros de educación fueron desocupados y se levantó la huelga. El tránsito en las calles volvió a la normalidad, los cortes y las movilizaciones desaparecieron, y todo pareció encauzarse.

Humberto y Mariano se reencontraron de nuevo en las aulas del Liceo Rodó. Los profesores hacían lo imposible para recuperar el tiempo de clase perdido durante la huelga, y los estudiantes tuvieron que adaptarse al acelerado ritmo de las unidades temáticas. Por su parte, los ultras pretendían continuar con el conflicto, esta vez contra las Medidas Prontas de Seguridad impuestas por el gobierno; decretos que prohibían las huelgas, las ocupaciones, las manifestaciones y la propaganda política. El Partido Comunista no apoyó la posición de los ultras, cuyas pequeñas manifestaciones, al ser minoría, se fueron apagando poco a poco hasta desaparecer.

En los últimos meses, Humberto se había vuelto muy popular entre los afiliados y simpatizantes de la UJC, convirtiéndose en un verdadero punto de referencia para los jóvenes militantes. En la misma sesión del Comité Central donde se decidió otorgar la beca de estudios en Derecho en la Universidad Patrice Lumumba a Matilde Caballero, se resolvió también exhortar al camarada Humberto Díaz a permanecer un año más en cuarto año de liceo para seguir militando con el mismo éxito que en el año en curso. Esto significaba, lisa y llanamente, que Humberto debía perder el año escolar en aras de la militancia.

Los padres de Humberto eran profesionales acomodados, afiliados al Partido Comunista pero con una mínima militancia activa; no obstante, contribuían mes a mes con una respetable suma de dinero. Cuando Humberto les comunicó que el Partido le pedía que retrasara sus estudios, el contador Sixto Berro miró a su esposa, la escribana Angélica Hader, y comentó resignado:

-Mirá, Humberto, yo también perdí un año en el liceo y no es para tanto. No podés desilusionar a tus camaradas.

-Tengo fe en ti, hijo -agregó Angélica-. Haz un buen trabajo.

Con la bendición de sus padres y la del Partido, Humberto puso manos a la obra. En una asamblea general de la UJC, dio a conocer sus intenciones de continuar militando en el liceo un año más. Omitiendo la directiva del Comité Central y la charla con sus padres, planteó el asunto como si hubiese sido una decisión estrictamente personal, tomada para mantener unida a la UJC.

Mariano escuchaba los encendidos aplausos de los camaradas y se sentía conmovido; no podía creer que su amigo fuera capaz de sacrificar un año de su vida por el simple hecho de militar. En ese instante, no pudo contener un impulso que le brotó de lo más íntimo y, sin pensarlo demasiado, pidió la palabra en la asamblea.

-Camaradas -dijo, alzando la voz-, no puedo permanecer inmóvil ante la actitud de Humberto. Confieso que su decisión me ha puesto entre la espada y la pared. Sería muy egoísta de mi parte no acompañarlo en su camino. Por eso, comunico a esta asamblea que tomo la misma determinación que Humberto: yo también voy a perder el año para quedarme a militar.

Un estruendoso aplauso cerró la intervención de Mariano. Humberto se acercó y lo abrazó con fuerza, pero no le dijo nada. En lo único que pensó, con fría conveniencia, fue en que la desenfrenada decisión de Mariano le venía como anillo al dedo.


Capítulo VII: La dialéctica del café

-¿Cómo que vas a perder el año? -le dijo su madre con una voz ronca que pretendía ser un grito.

-Sí, mamá. Di mi palabra.

-Veo que te interesa poco tu futuro. Vas a quedar atrasado un año con respecto a tus compañeros. Mientras ellos pasan a preparatorio, tú te quedás en el liceo. Tampoco te interesa el sacrificio que hace tu padre para mantenerte. Mariano, nosotros queremos que estudies. Tenés que pensar en vos, solo en vos; nadie nos viene a pagar las cuentas a fin de mes. Ninguno de tus amigos, de esos que están metidos en política, te va a venir a ayudar cuando no tengas para comer.

-Tu madre tiene razón, Mariano -intervino su padre-. Ninguno de ellos te va a dar una mano; son aprovechadores. Cuando no les sirvas, te descartan. Yo lo veo en mi trabajo: están todo el tiempo tratando de convencer gente y después los que se acomodan son ellos. Se llenan los bolsillos y desaparecen.

Mariano no podía entender los razonamientos de sus padres. Eran proletarios, sí, pero pensaban como pequeños burgueses. No tenían conciencia de clase; al menos eso era lo que había aprendido en los cursos de adoctrinamiento. No se atrevió a decirles lo que pensaba, quizá porque sabía que no lo entenderían, o quizá porque, en el fondo, temía que tuvieran razón y no encontraba argumentos para contestarles.

Discutir con sus padres no tenía sentido. No se puede pensar con claridad cuando estás alienado y solo te importa cómo ganar el dinero para subsistir. ¿O quizá fuera esa la verdadera vía? La de su padre. Es difícil pensar en luchar por un mundo sin explotadores ni explotados cuando tu prioridad absoluta es mantener a tu familia. Sus padres estaban ya fuera de juego, no podía cambiarlos. ¿Qué debía hacer? ¿Trabajar y estudiar en el liceo nocturno, o jugársela por la revolución socialista y militar en la UJC las veinticuatro horas durante todo un año? No sabía qué camino tomar, pero estaba seguro de que sus camaradas lo ayudarían.

No tardó en presentarse la ocasión para plantearle a Humberto su situación. Tenía frente a sí dos caminos y debía elegir entre la solidaridad con su familia o la solidaridad con el Partido Comunista. Sentados a la mesa de un bar, con una taza de café de por medio, Mariano le expuso su dilema.

Humberto lo escuchó atentamente. Más allá de conmoverse, sonrió de medio lado y le dijo:

-¿Conocés a Gloria? Es una excelente militante. El padre es un capitán de la Guardia Metropolitana, el sueldo no le alcanza para llegar a fin de mes y, además, es un fascista. Por supuesto, cuando se enteró de que la hija militaba, no solo la abofeteó, sino que se dejaron de hablar. Ella eligió a la UJC antes que a su padre. Usa su casa solo para comer y dormir. Ahora que tiene novio y milita con él, está un poco mejor económicamente.

Mariano no conocía a Gloria y, para ser sinceros, tampoco Humberto. Pero esa era una historia muy utilizada por los cuadros dirigentes cuando un camarada de extracción pobre dudaba antes de seguir adelante.

Mariano quedó bastante conforme con la explicación. Pensó que su situación, después de todo, no era tan extrema; que había camaradas en peores condiciones que él y que, sin embargo, entregaban su vida entera a la militancia.


Capítulo VIII: La sangre sobre el asfalto

La benévola sombra del añoso tilo me protégé del sol de la tarde. Hoy, con los recuerdos que se arremolinan en mi cabeza ya madurados por el rigor del tiempo, puedo ver las cosas con mucha más claridad. El filtro de las décadas despoja al pasado de la propaganda y lo deja desnudo, mostrando la verdad descarnada.

Fue así que Mariano comenzó su militancia a tiempo completo para la UJC. Codo a codo con Humberto, lograron mantener viva la llama de la revuelta en el Liceo Rodó. Sin embargo, el juego de las escaramuzas fáciles terminó de golpe en agosto.

La muerte de Líber Arce, el primer estudiante mártir, tiñó todo de un luto rabioso y transformó el panorama político. El dolor y la indignación popular obligaron a la juventud del Partido a nuclear a miles de estudiantes que, conmovidos, querían unirse a la lucha. Para los cuadros dirigentes de la UJC, la consigna se volvió doblemente ardua: no solo había que canalizar la bronca contra el gobierno, sino también convencer a los recién llegados de que la opción comunista -ortodoxa, disciplinada y masiva- era la única políticamente correcta frente a la violencia radical que proponía la ultraizquierda.

Las movilizaciones se volvieron diarias y destructivas; se centraban en la explanada de la Universidad de la República, en el cruce de la avenida 18 de Julio y Eduardo Acevedo. El aire de Montevideo se volvió irrespirable, cargado de gases lacrimógenos y humo de neumáticos quemados. Para reprimir las marchas, a los cascos blancos de la Guardia Metropolitana se les unió la Guardia Republicana, la temida policía montada que cargaba a golpe de sable contra las multitudes dispersas.

Como consecuencia directa de aquellos feroces enfrentamientos, la lista de mártires se amplió y tres estudiantes más -entre ellos Hugo de los Santos y Susana Pintos- perdieron la vida en las calles. Para Mariano, la revolución había dejado de ser una coreografía de canciones españolas y cigarrillos rusos; ahora olía a pólvora, sangre y asfalto húmedo.

La UJC no estaba de acuerdo con las verdaderas guerrillas urbanas lideradas por los ultras; la línea oficial confiaba más en la acumulación de masas y en la lucha parlamentaria. Por eso, el Partido se fue concentrando cada vez más en tareas de propaganda que respaldaran a sus representantes en las cámaras de senadores y diputados.

Dentro de ese esquema institucional comenzaron a moverse Humberto y Mariano. Producto del incansable trabajo realizado en el Liceo Rodó, la Seccional 19 se había poblado de caras nuevas. Para captar a toda esa gente, la UJC ofrecía el paquete de siempre: pegatinas, cursillos de adoctrinamiento y los infaltables bailes de los sábados. Sin embargo, Humberto pronto notó un problema: varios de los integrantes nuevos venían una o dos veces y luego se retiraban, desilusionados, a militar en las filas de la ultraizquierda.

Aquellos muchachos buscaban salidas rápidas; querían la lucha armada, querían hacer la revolución ya, aquí y ahora. Ponían como ejemplo supremo la forma en que la guerrilla cubana había tomado el poder en Sierra Maestra y repetían que había que radicalizar la lucha acentuando las contradicciones sociales. Necesitaban una adrenalina en sus acciones que la orgánica comunista, con su burocracia, simplemente no les proporcionaba. Para ellos, no era bailando como se iba a hacer la revolución.

Preocupado por la sangría de militantes, Humberto planteó sus dudas a varios dirigentes del Partido. Lejos de alarmarse, los cuadros más veteranos lo mandaron a estudiar un texto fundamental de Lenin: *La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo*. Al devorar aquellas páginas, Humberto comprendió la lógica del aparato: los ultras no eran verdaderos revolucionarios, sino el reflejo de una burguesía radicalizada que carecía de paciencia histórica.


Capítulo IX: La partida

-Escucha, Mariano -dijo Humberto-. Matilde se va en una semana a Moscú y la seccional quiere hacerle una despedida el sábado de noche.

-¿En serio? ¿Ya se va, tan pronto? -preguntó Mariano, sorprendido.

-Sí, consiguió pasaje de avión junto con un camarada del Partido que también va para allá. El viaje durará más de cuarenta horas, pero por lo menos viaja acompañada.

"Qué dichosa -pensó Mariano-, va a conocer Moscú".

El sábado estaba todo preparado en la Seccional 19 para recibir a la homenajeada: una torta de despedida, bebidas gaseosas y, por supuesto, música para poder bailar. Matilde aceptó con agrado el regalo que le hicieron los camaradas: un mate y una bombilla para recordar las horas que habían pasado militando juntos.

Mariano hubiera querido bailar con ella toda la noche, pero Matilde era el centro de atención de la fiesta y resultaba muy solicitada por los muchachos. Él solo pudo acercarse lo suficiente como para entregarle su humilde obsequio: dos paquetes de cigarrillos *La Paz* suaves, la marca que a ella le agradaba.

Con el pasar de las horas, la fiesta se fue diluyendo de la misma forma en que se desvanecía la supuesta atracción de Matilde por Mariano. Él tuvo que resignarse y quitarse de la cabeza la idea de que pudiera existir algo más que una simple amistad entre ambos. Lo había usado para conseguir su afiliación y nada más. ¿Acaso él no hacía lo mismo, junto con Humberto, con los chicos y chicas del Liceo Rodó? No en vano había renunciado a un año de estudios para fortalecer la militancia. Tenía que imitarla; ella había logrado ascender dentro de la UJC a fuerza de voluntad y disciplina.

Sin embargo, Mariano no tenía nada ni a nadie que lo apoyara. Se sentó en una silla mientras el resto bailaba y se divertía, y pensó en sus padres. No estarían en el teatro como los padres de Humberto, ni tampoco festejando como los de Matilde. Los suyos, a esa hora, habrían comido una pizza casera y, cansados, casi sin decirse palabra, escucharían la radio en la cama hasta que el sueño los venciera.

¿Qué debía hacer? ¿Dejar el estudio y ponerse a trabajar, como en el fondo deseaban sus padres, o quizás ponerse a estudiar en serio y dejar al Partido a un lado?

La juventud bailaba en torno a la mesa donde él estaba sentado. Los miraba uno a uno mientras encendía un cigarrillo. ¿Cuántos de ellos estarían tranquilos, sabiendo que en sus casas no existía el peso diario de la supervivencia? Si la mayoría gozaba de esa paz, entonces él se encontraba en el sitio equivocado.

Matilde lo vio allí, sentado solo y fumando entre el humo, y en un arranque de piedad lo invitó a bailar.

-¿Qué estás pensando ahí solo, fumando? -le preguntó mientras le rodeaba el cuello con los brazos.

-Pensaba en mis padres -confesó él-. En el sacrificio que hacen para mantenerme y en la forma en que yo se los pago.

-Estás muy atado a tu familia, Mariano -le dijo Matilde-. Eso no es bueno. Mírame a mí; si estuviera atada a mi familia, no me iría a estudiar a Moscú.

-Tu caso es distinto. Tus padres son comunistas y te comprenden. En mi casa es muy diferente: mis padres son pobres y no tienen tiempo para pensar en el comunismo.

-Eso es una tontería -se rió Matilde-. Es que no están concientizados. Creo que tú tratas de comprender a tus padres, cuando lo que tiene que suceder es exactamente lo contrario: tus padres te tienen que comprender a ti.

La música terminó y, sin esperar respuesta, Matilde se unió rápidamente a un grupo de amigas que se acercaban para saludarla.


Capítulo X: Castillos de naipes

Tendría ganas de caminar, pero prefiero darle descanso a mis piernas y continuar sentado en esta banca, pensando en cómo pasó el tiempo, en cómo se desmoronó el castillo de naipes. Quién hubiera dicho en el 68 que el Muro iba a caer. Tampoco nadie hubiera adivinado entonces que Matilde Caballero terminaría dando clases de Derecho Internacional en una universidad privada de Lyon, en Francia. La vida tiene esas vueltas cínicas.

Esa noche de la fiesta, Matilde dejó a Mariano para ir a charlar con sus amigas, y él se quedó solo, rumiando sus dudas. Lejos de intentar entenderlo, ella se había reído de sus temores; solo faltó que le pusiera el consabido ejemplo de Gloria, la pobre chica comunista hija de un oficial de la Metropolitana. No sé si ese mismo día comenzó su desilusión de forma definitiva, pero estoy seguro de que Mariano comprendió, por primera vez, que existían aun dentro del Partido quienes gozaban del uso de paracaídas y los que nos rompíamos en pedazos en cada caída.

Humberto se acercó y se sentó a su lado, sacándolo de sus pensamientos. Había conocido a una muchacha que no estaba afiliada; era amiga de una compañera de Matilde. Humberto estaba usando todo su poder de seducción para conquistarla. Ya tenía su número de teléfono y habían quedado en ir al cine al día siguiente, el domingo por la tarde. Para Humberto, la vida y la militancia siempre encontraban una forma de continuar sin traumas.

Casi sin querer, el tiempo voló y se hizo nuevamente sábado: la fecha en que Matilde partía hacia Moscú. La Seccional 19 puso a disposición un camión para todos los que quisieran ir a despedirla al Aeropuerto Internacional de Carrasco. Mariano, a pedido de Humberto, subió a la caja junto con varios camaradas.

En la pista del aeropuerto esperaba el embarque un bimotor de PLUNA que llevaría a Matilde hasta Buenos Aires; allí abordaría un vuelo de Alitalia con destino a Roma, luego haría escala en Praga y, finalmente, un avión de Aeroflot la depositaria en Moscú. La despedida en la sala de embarque fue distante, un frío beso en la mejilla. Después, el grupo de la seccional subió a la terraza abierta para ver la salida del avión.

Mariano miraba el aparato a través de la red de contención. Recordó el momento exacto en que ella le había propuesto llamarlo "camarada", y volvió a sentir el calor de su cuerpo cuando se estrechó junto a él en la azotea. Ahora, con una certeza amarga, sabía que no volvería a verla jamás. A medida que el avión ganaba altura y se elevaba sobre el Río de la Plata, se iba haciendo cada vez más pequeño, de la misma exacta manera en que se achicaban sus propios sueños.

Al regreso, la rutina se impuso. Mariano continuó la militancia en el Liceo Rodó. En las asambleas y en las reuniones de célula se hablaba siempre de luchar, de poner el cuerpo; se utilizaba el ejemplo de los mártires estudiantiles recientes como una bandera de reclutamiento. Pero Mariano tenía miedo. Un miedo sordo, real, que se le instalaba en el pecho en cada marcha: el miedo a morir durante una movilización.

¿Qué harían sus padres si él moría en la calle? Ellos no comprenderían el sentido histórico de la lucha. No entenderían nada de materialismo dialéctico ni de la liberación nacional. Solo entenderían, con el alma rota, que habían perdido a su único hijo.


Capítulo XI: La disciplina del deseo

El sol de verano es una bendición después de haber soportado el riguroso invierno toscano; tal vez camine un poco, y luego me siente a pensar. Pienso en Humberto y en qué habrá sido de su vida. La última vez que lo vi fue en Avenida Italia y Francisco Simón, cerca del mediodía. Si mal no recuerdo, era por el año 1985. Lo invité a tomar un café en el bar de la esquina y no quiso aceptar; estaba muy apurado, ya era abogado y tenía que cerrar un trato con un cliente por la venta de un campo en el departamento de Soriano. Después de haberse recibido, se había dedicado a los negocios rurales y, por lo visto, le iba muy bien. Nos despedimos con la promesa de tomar ese café en otro momento. Esa fue la última vez que lo vi.

En aquel lejano 1968, el hecho de no tener apoyo en mi familia y, más que nada, el silencioso reproche de mis padres por haber perdido un año de estudios me hacía sentir culpable, como siempre. En varias ocasiones pensé seriamente en el origen de mi culpa, y la única explicación lógica era que, en el fondo, ellos tenían razón: estaba perdiendo el tiempo. Pero luego venían los camaradas con su materialismo histórico donde todo estaba ya escrito; donde, quisiéramos o no, el mundo marchaba inexorablemente hacia la dictadura del proletariado, y nuestra misión era solo concientizar a las masas oprimidas y prepararlas para la toma del poder, revolución mediante.

Sin embargo, la idea de que el martirio fuera una posibilidad real durante la lucha ponía a Mariano en un conflicto interno insostenible. Un conflicto con su familia, esa que era ignorante en temas de socialismo, pero profundamente sabia en el arte de proteger a un hijo.

-Mariano, ¿esta noche vas a la explanada de la Universidad? -le preguntó Humberto.

-No creo, salgo con Laura al cine.

Laura era una compañera de clase con la cual Mariano simpatizaba. Ella lo veía como un fascinante rebelde, un muchacho valiente capaz de enfrentar a la policía con una piedra en la mano. Laura no pertenecía a ningún partido político; su mundo se reducía a estudiar, salir con sus amigas y escuchar a los Beatles.

El "no" de Mariano le pegó a Humberto directo en el estómago.

-Si no vienes, te espera el comité de disciplina -dijo Humberto, con la cara roja por la ira.

-Te acabo de decir que no, que voy con Laura al cine.

-Está bien, vos te lo buscaste -gritó Humberto.

Por primera vez en su vida, a Mariano le importó muy poco lo que opinara su amigo. Se dio la vuelta y se alejó en sentido opuesto. Llegó a su casa justo para la cena, luego se duchó, se cambió de ropa y caminó hacia la esquina de Larrañaga y General Flores, donde había quedado en encontrarse con Laura.

Laura era una chica de clase media, hija de un empleado bancario y de un ama de casa. La habían educado para que estudiara, progresara y, sobre todo, no se metiera en líos. Sin embargo, su admiración romántica por Mariano había podido mucho más que el peso de su crianza. Era baja de estatura, de cabello castaño oscuro y lacio, cortado a la garçon, con una nariz repingada y una sonrisa contagiosa. Habían comenzado pidiéndose los apuntes de clase; luego, Laura se había animado y se había ofrecido a ayudarlo con las lecciones de matemáticas que Mariano tanto había descuidado por culpa de la militancia.

Ya se estaba haciendo la hora de la función y ella no aparecía. Cinco minutos más tarde, por fin, apareció Laura corriendo. Con los minutos contados, decidieron apurar el paso e ir al cine Ambassador a ver el gran estreno de la temporada: El planeta de los simios.


Capítulo XII: La lógica de los labios

Llegaron justo a tiempo para ver la película desde el principio. A Laura le entusiasmó tanto la trama que solo le dio espacio a Mariano para tomarla de la mano; estaba tan concentrada que no apartaba los ojos de la pantalla, cautivada por aquel inhóspito mundo gobernado por simios.

Al salir del Ambassador, caminaron un poco y entraron a un bar de la zona a tomar un café para comentar la función. A Mariano le parecía mentira haber visto una película y luego charlar sobre ella sin la obligación de hacer ninguna crítica de índole política o social. Fue como un remanso en medio de su agobiante rutina; allí no se habló de lucha de clases, ni de mártires, ni de revolución.

Laura tenía un modo de conversar y de sonreír que fascinaba a Mariano. No importaba lo que dijera, ni si sus opiniones estaban de acuerdo o reñidas con los conceptos rígidos del materialismo dialéctico; era espontánea, fresca y muy lógica en sus pensamientos. Mariano sintió una profunda alegría de haberla conocido. Con su lógica sencilla, aquella muchacha tiraba por tierra, en una sola noche, las interminables horas perdidas en los cursillos de adoctrinamiento.

Terminado el café, tomaron un ómnibus que iba por la avenida General Flores y descendieron al llegar a Larrañaga. Caminaron hasta la cuadra de su casa y se despidieron, quedando en verse al día siguiente en el liceo. Mariano intentó darle un beso de buenas noches en la mejilla, pero Laura movió la cabeza con picardía en el último segundo, de modo que el beso cayó de lleno sobre sus labios. Ambos se rieron, un tanto ruborizados, y se dijeron hasta luego.

Al otro día, en el Liceo Rodó, mientras Mariano conversaba con Laura durante un intervalo entre clases, apareció Humberto. Venía con su habitual postura seria y, con tono cortante, le pidió a Mariano hablar a solas y en privado. Esta vez, Mariano se negó.

-Lo que tengas que decirme, decilo acá, delante de Laura -le contestó con firmeza.

Humberto lo miró con desprecio, visiblemente molesto por la falta de solemnidad.

-Está bien -dijo Humberto-. Mañana a las seis de la tarde, en la Seccional 19, se reúne la comisión de disciplina. Te esperamos. No faltes.

Laura no entendió nada de lo que estaba pasando. En cuanto Humberto se dio la vuelta y se alejó por el corredor, miró a Mariano con intriga.

-¿Son buenas o malas noticias? -le preguntó.

-No creo que sean buenas, más bien son malas -respondió él con una sonrisa tranquila-. Pero de todas formas no pienso ir. Prefiero estar contigo mañana a esa hora.

Laura lo miró fijo a los ojos y, sin importarle los estudiantes que caminaban a su alrededor, lo besó en los labios.

-Nunca pensé que dejaras la política de lado para estar conmigo -le susurró con ternura.

En ese instante, mientras el eco de los discursos de la seccional se desvanecía en su cabeza, Mariano supo que había cruzado una línea de la que ya no quería volver.


Capítulo XIII: Vientos de cambio

Este verano será caluroso como el anterior. Claro que soy un año más viejo y ya no lo soportaré con la ligereza del año pasado.

Hace más de cuatro décadas, una suspensión de dos semanas en la UJC significaba una mancha ideológica muy difícil de quitar. Pero todas esas manchas se desvanecieron de golpe cuando desapareció la Unión Soviética. En aquel lejano 1968, nadie hubiera apostado un solo centésimo a favor de la disolución de la URSS. Al final, todo quedó en la nada: la disciplina de hierro, la obediencia ciega, la lealtad inquebrantable al Partido. Soplaron otros vientos históricos que dispersaron a los militantes hacia los rumbos políticos más diversos. Solo los más ortodoxos quedaron tozudamente unidos, reducidos en número y desamparados, sin la ayuda económica del otrora poderoso Partido Comunista de la Unión Soviética, del cual habían sido fieles seguidores.

Aquel día de la cita, el comité de disciplina se reunió a la hora prevista con Mariano en total ausencia. Al oír los cargos presentados por Humberto, la dirección decidió suspenderlo por quince días.

Mariano y Laura recibieron la noticia con una alegría compartida; tenían quince largos días para estar juntos sin rendirle cuentas a nadie. Él no pensaba presentarse a los cursos de adoctrinamiento durante el castigo, y ya comenzaba a dudar seriamente de si volvería a pisar la UJC. La idea de abandonar la militancia le rondaba la cabeza de manera constante.

Cuando a la noche regresaba a dormir a su casa y cenaba el consabido plato de polenta cuando hacía frío, o el de arroz blanco cuando apretaba el calor, Mariano se convencía de que existían formas mucho más simples de solucionar los problemas de la vida que la lucha armada por instaurar la dictadura del proletariado. Había cometido un grave error al perder un año de estudios por la causa. Si bien a ojos del Partido aquello había sido provechoso -pues se había formado gente nueva en el Liceo Rodó capaz de relevar la dirección de la juventud-, la realidad económica de su propio hogar, lejos de mejorar, había empeorado de forma alarmante. Al punto tal de que, si continuaba por ese camino, no tendría más remedio que dejar los libros.

La crisis no se arreglaba militando ni tirando piedras a la policía. Decidió que estudiaría en el liceo nocturno y conseguiría un trabajo para el día. Que no le pidieran más sacrificios, por lo menos durante la semana.

Luego de la suspensión, todo cambió. Su relación con Laura se consolidó en un noviazgo serio y maduro. Mariano consiguió empleo como dependiente en una ferretería de barrio y tramitó el pase definitivo para el turno de la noche en el liceo. Laura vio con muy buenos ojos aquel vuelco en su vida y se prometió a sí misma ayudarlo en todo lo que pudiera con las matemáticas y los apuntes. En su fuero interno, ella a veces se preguntaba por qué él ya no le pedía que lo acompañara los sábados de tarde a las reuniones de la juventud comunista, pero prefería no atreverse a preguntar.

Finalmente, la militancia aceptó en una asamblea la nueva situación de Mariano, aprobando su propuesta de limitar su actividad política exclusivamente a las tareas de propaganda de los fines de semana en la Seccional 19. El rebelde del liceo le daba paso al hombre que tenía que ganarse el pan.


Capítulo XIV: A través del vidrio

El olor de la ferretería era espeso, una mezcla de aceite de máquina, hierro frío y aserrín húmedo. A Mariano le gustaba. Era un olor sólido, real, que no prometía utopías ni revoluciones para el siglo que viene; prometía soluciones para el vecino que venía por un clavo de techo o tres arandelas. Atender el mostrador le daba una paz que hacía meses no sentía. Mientras envolvía unos tornillos en papel de estraza, pensaba en Laura, en el examen de matemáticas que venían preparando y en lo mucho que le gustaba verla sonreír cuando él lograba resolver una ecuación compleja sin equivocarse.

De repente, el aire de la avenida General Flores cambió.

Primero fue un grito sordo que rebotó contra el asfalto, seguido por el rugido inconfundible de los motores de la Guardia Metropolitana. El chirrido de los neumáticos frenando en seco cortó la calma de la tarde. Mariano dejó los tornillos sobre el mostrador y se arrimó lentamente a la vidriera, con el corazón golpeando fuerte contra las costillas.

Afuera, el infierno de siempre. Una manifestación relámpago, probablemente del liceo, corría desbandada bajo una nube gris de gases lacrimógenos que empezaba a colarse por debajo de la puerta de la ferretería. Los muchachos tiraban piedras, gritaban consignas que Mariano conocía de memoria, y corrían con el miedo pintado en los ojos.

Entre el humo y las corridas, Humberto iba al frente de un grupo, con la cara tapada por un pañuelo de cuello y una piedra enorme en la mano derecha. En medio del caos, por una fracción de segundo, Humberto giró la cabeza y miró hacia la vidriera de la ferretería. Sus miradas se cruzaron a través del vidrio. Humberto, con el pañuelo sucio y los ojos encendidos de furia combativa; Mariano, con las manos limpias, el delantal de trabajo y un lápiz de carpintero detrás de la oreja.

El dueño de la ferretería le ordenó de inmediato que bajara las persianas metálicas por temor a que una piedra rompiera la vidriera. Un cliente resolvió no salir durante el alboroto y se quedó dentro del local, conversando con el comerciante mientras afuera seguían los estruendos.

-Mire, don Anselmo -le dijo el cliente al dueño de la ferretería-, le aseguro que el noventa por ciento de esos muchachos nunca trabajó en su vida. No saben lo que es ganarse el pan.

-Tiene razón, don García -asintió Anselmo, negando con la cabeza-. Son todos nenes de papá. Los hijos de los obreros no están allí; están trabajando para ayudar en su casa.

Mariano permaneció callado, escuchando desde la penumbra del local cerrado. Comprendió entonces que las manifestaciones relámpago no concientizaban a nadie; todo lo contrario, generaban rechazo. Solo servían para adormecer la conciencia de los propios militantes. Los espectadores, lejos de aplaudir a los manifestantes, los rechazaban de plano porque les arruinaban el día de trabajo.

Cuando él y Humberto se habían mirado a los ojos a través del cristal, a Mariano le había pasado por la mente la loca idea de dejarlo todo, salir corriendo, tomar una piedra, unirse a los cánticos y esquivar las bombas de gas lacrimógeno. Sintió la vieja llamada de la tribu. Pero el crudo discurso de aquellos dos hombres lo hizo recapacitar. Humberto, por ejemplo, era el típico "nene de papá" que podía darse el lujo de jugar a los dados con su futuro.

Él, por desgracia, no lo era. Su revolución consistía en llegar a fin de mes y salvar matemáticas.

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