El romance sorprendió a todos. Javier se enamoró de la dulzura de Alicia y ella creyó haber tocado el cielo cuando él le propuso matrimonio. Sin embargo, una vez casados, el mundo de Javier comenzó a pesarle como un vestido demasiado grande. Las cenas con socios, los eventos sociales, las conversaciones refinadas... Alicia se sentía fuera de lugar. Amaba a su esposo y quería estar a su altura, no por ambición, sino por miedo a defraudarlo.
En secreto comenzó a tomar clases con un mentor: un hombre mayor, culto y paciente, que le enseñaba modales, conversación, historia del arte y cómo desenvolverse con seguridad. Alicia salía de casa diciendo que iba a estudiar, pero Javier, cada vez más distante y orgulloso, empezó a sospechar. No preguntó. Supuso.
Los celos se convirtieron en gritos. Luego en silencios largos y castigos crueles. Javier la acusaba de engañarlo, la humillaba con palabras duras, la dejaba encerrada cuando salía y dejó de llevarla a los eventos. "No estás a mi nivel", le decía. Alicia lloraba en soledad, intentando explicarse, pero él ya no escuchaba. El amor se transformó en control.
Una tarde, mientras caminaba por la ciudad, Alicia vio a Javier en un restaurante elegante, riendo con una joven hermosa. La escena la atravesó como un cuchillo. No sabía que era su prima, recién llegada del extranjero. Para Alicia, era la confirmación de todas sus pesadillas. Su corazón se quebró en silencio.
Esa noche le envió un mensaje breve, lleno de despedidas y amor. Javier, ocupado, apenas lo leyó por encima. Alicia volvió a casa, se duchó con calma, como si quisiera borrar el dolor, y se puso su mejor vestido, aquel que había guardado para una ocasión especial que nunca llegó. Se miró al espejo largo rato, tratando de reconocerse. Luego tomó un frasco de pastillas, se acostó en la cama y cerró los ojos con un suspiro cansado.
Cuando Javier llegó, la casa estaba extrañamente silenciosa. La llamó sin obtener respuesta. Al entrar al dormitorio, el mundo se le detuvo. Alicia yacía inmóvil, con el rostro sereno, como si durmiera. El frasco vacío en la mesa lo hizo comprenderlo todo en un segundo eterno.
Javier cayó de rodillas. Gritó su nombre, la sacudió, lloró como nunca. Demasiado tarde. El mensaje volvió a su mente, esta vez con un peso insoportable. Días después, al conocer la verdad -las clases, el mentor, la prima- la culpa se convirtió en una sombra permanente.
La empresa siguió funcionando. Las fiestas continuaron. Pero Javier nunca volvió a ser el mismo. En cada evento, en cada sala elegante, veía a Alicia: humilde, callada, amándolo más de lo que él supo cuidar.
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Comentarios
Muy bonito.
Me gustó mucho .
Muchas gracias Luna
Buen relato, tienes un estilo de narrar muy interesante. Gracias por pubicar.
Muchas gracias por tu comentario Luis Soto.
Me gustó mucho .