Pezones compartidos (Por el Prof. José Núñez)
La noche en el terminal de pasajeros del pueblo no arrullaba; crujía. Entre el humo del gasoil y el eco de las despedidas, alguien dejó un paquete pequeño en la aspereza de un matorral. Cuando la policía la trajo al hospital, la niña no era más que un ovillo de piel sufrida: media cara quemada por el beso cruel del sol y el cuerpo picado por el rastro voraz de las hormigas.
Las enfermeras, con esa fe bautismal que nace en los pasillos de emergencia, la llamaron Selva María.
Tras el rigor del suero y las curas, el silencio de la medianoche se rompió. No por el llanto de una enfermedad, sino por el reclamo del primer amigo de todo recién nacido: el hambre. En la cocina no había teteros programados para una recién llegada sin nombre legal, y el agua de azúcar resultaba un consuelo pálido -casi un insulto- para un estómago que reclamaba vida.
Fue entonces cuando apareció la doctora. Venía con el paso pesado de la guardia, pero el llanto de Selva María operó en ella un milagro biológico. Sus propios pechos, tensos y cargados para su hijo que dormía en casa, sintieron un llamado doloroso. En un arrebato de instinto puro, cargó a la criatura y se perdió en la penumbra del cuarto de los médicos residentes.
> Diez minutos bastaron para que el milagro se consumara. La pequeña regresó a su cuna no solo saciada, sino envuelta en ese sueño hondo que solo otorgan la leche tibia y el calor humano.
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Así comenzó el rito. Cada mañana, antes de entregar la guardia, se sellaba el pacto de los pezones compartidos. Selva María y el hijo de la doctora se volvieron hermanos de leche en una coreografía de bocas ansiosas. La escena se volvió paisaje cotidiano en el hospital:
Se veía a la doctora amamantando en la urgencia del triaje.
Se la encontraba en un rincón de la consulta externa con la niña prendida a su pecho.
Incluso en la sala de pediatría, entre camillas y sueros, Selva María recibía su dosis de ternura blanca.
Fue una vacunación sin agujas. La niña creció blindada contra el abandono, fortalecida por ese fluido que transportaba no solo defensas, sino una terca negativa a la falta de amor.
Cuatro meses después, cuando el hospital ya era su hogar y las enfermeras sus tías, apareció una abuela reclamando su sangre. Selva María se fue, lozana y fuerte, llevando en sus venas el rastro de una madre que no fue la suya, pero que le regaló el mundo a través de un pecho dispuesto.
Buen relato, tierno y cruel a la vez, como la vida misma, que es un viaje de encuentros con el tiempo....