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Fósil del 68 segunda parte

Por Guillermo · Italia · Fantasía

Fósil del 68 segunda parte
Capítulo XV: El veredicto del tiempo

Una nube gris oscureció el resplandeciente sol de verano; era lógico que, ante tantos días seguidos de calor, terminara descargándose la lluvia. Era hora de guardar mi block de notas y marcharme a casa. Unas gruesas gotas sobre las hojas anunciaban la tormenta que se iba a venir.

Y pensar que, con los años, la mayoría de los más acérrimos militantes se dispersaron y desaparecieron. Los pocos ortodoxos ya no podían deslumbrar al adversario contando las maravillas de la Unión Soviética porque, simplemente, ya no existía. Optaron entonces por el camino largo de las urnas, pero fue necesario que pasara más de una generación para que una coalición de izquierda ganara, por primera vez, las elecciones nacionales en el Uruguay.

Aquel día de 1968, en cuanto se calmó la manifestación en la avenida y la policía puso en fuga a los revoltosos, Mariano levantó las pesadas cortinas metálicas de la ferretería y continuó trabajando. En una hora saldría hacia su casa, comería algo rápido y marcharía al liceo nocturno. Antes de irse, llamó por teléfono a Laura. Como era de esperar, ella no se había enterado de nada de los disturbios; solo sabía de sus clases y de lo que tenía que estudiar para el día siguiente.

Laura no pensaba en salvar al país gritando por la calle, tampoco creía en la revolución y mucho menos en que en la Unión Soviética se viviera mejor. A ella la había marcado a fuego la invasión a Checoslovaquia y la terrible visión de Jan Palach envuelto por las llamas en la plaza de Praga. Lo suyo no era insensibilidad ante los problemas del país; era, simplemente, un realismo tremendo que le permitía darse cuenta de que el camino hacia la revolución armada era una utopía sangrienta. Por eso había elegido el camino del silencio político mientras estuviese estudiando. Deseaba con el alma que Mariano, su otrora héroe con una piedra en la mano, la escuchara, dejara el adoquín de lado y tomara un libro.

A Mariano le costó mucho dar ese paso de renunciar temporalmente a la militancia activa para dedicarse de lleno a los libros. Pero, al final del día, prefirió obedecer a Laura y no a Humberto. Su amigo aprovechó la ocasión para descargar toda su rabia contenida: acusó a Mariano de traidor a la causa y le prometió volver a reunir al comité de disciplina, esta vez planteando su expulsión definitiva de la UJC. Las razones que Humberto consideraba imperdonables eran que su camarada pretendía dejar de militar para dedicarse al estudio y al trabajo individual.

A Mariano le importó muy poco la severidad y la acusación de Humberto; esperó tranquilo la decisión de los de arriba. Ese día, Humberto paseaba eufórico por el liceo, invitando a diestra y siniestra a todos los camaradas a la seccional para que oyeran el dictamen del comité. Quería un castigo ejemplar.

Por fin, la dirección anunció que había llegado a un veredicto. El documento se publicó formalmente en la cartelera de la Seccional 19. Decía, sustancialmente, que el comité de disciplina había llegado a la conclusión de que no existía mérito ni razón válida para expulsar a Mariano, y en su lugar, le otorgaban una licencia oficial de ciento veinte días para que regularizara sus problemas de estudio y trabajo.

El Partido, a diferencia de Humberto, prefería no perder a un cuadro valioso. Pero para Mariano, esos cuatro meses eran la llave de su libertad.


Capítulo XVI: Cartas desde Moscú

A Humberto Berro no le cayó nada bien la decisión del comité de disciplina; él esperaba, con una mezcla de fanatismo y rencor personal, que Mariano fuera expulsado de la juventud del Partido. Quizá, pensaba con frustración, no había movido de manera adecuada todas sus influencias dentro de la UJC.

Me consta que en esa época hizo lo imposible para lograr su propósito de verme caer. Sin embargo, poco después, dejó de perseguirme de forma repentina. El porqué de aquel milagro lo supe recién hace veinte años, cuando Matilde viajó a Montevideo a visitar a su familia después de tanto tiempo. Tuvimos la oportunidad de sentarnos a tomar un café juntos y, entre la nostalgia y la distancia, recordar aquellos tiempos de estudiantes, mucho antes de que cayera el Muro de Berlín y se desmoronara el mundo que creíamos eterno.

Abro mi block de notas aquí en mi escritorio, la lluvia golpea el vidrio, y leo en voz alta aquella vieja carta que Matilde me dejó:

"Querida Matilde: Te escribo, primero, para decirte que te extraño; desde que te fuiste no dejo de pensar en ti. El motivo de estas líneas es pedirte un favor político. Quiero que me recomiendes para entrar como alumno en la Universidad Patrice Lumumba. No necesito beca de la organización, pues mis padres pueden costear perfectamente todos los gastos de viaje y estadía. Estoy deseando tener la experiencia viva de residir en una sociedad socialista, no como aquí, donde todo está corrupto por la decadencia del capitalismo. Mi estadía no debería, por razones de calendario académico, superar los tres meses. Me gustaría aprovechar ese tiempo en temas vinculados con el derecho soviético, ya que pienso seguir abogacía..."

La carta continuaba varias páginas más, cantando loas inflamadas al PCUS y al Komsomol.

Matilde, ingenua y entusiasta, recibió la carta en Moscú con mucha alegría y enseguida se puso en contacto con su referente de la juventud soviética para ubicar a Humberto en un curso de introducción al derecho dictado especialmente en español.

Cuando llegó la confirmación, Humberto no cabía dentro de sí de la felicidad. De inmediato le comunicó la noticia a sus padres. El contador Sixto Berro y su esposa festejaron el logro junto con su hijo, aunque el hombre, con el pragmatismo de su clase, le aconsejó que no perdiera demasiado tiempo estudiando derecho allá, que ya tendría tiempo de quemarse las pestañas en la facultad de Montevideo cuando volviera. Le dijo que se esmerara, sobre todo, en perfeccionar el idioma ruso, ese que junto con el inglés ya llevaba siete años estudiando en institutos privados.

Humberto asimiló el consejo de su padre como si fuera una orden de la comandancia. Tenía pensado rendir los exámenes pendientes de secundaria en noviembre y viajar entre enero y abril; si bien eran los meses más crudos del invierno ruso, eran también los de mayor actividad en la universidad moscovita.

Toda esta enorme novedad, sin embargo, no había bastado para apagar del todo la llama de su odio hacia Mariano. Para Humberto, el comité de disciplina se había dejado llevar por sentimentalismos absurdos, pequeñoburgueses. No se habían comportado como auténticos bolcheviques; no habían hecho más que poner paños tibios en vez de acentuar las contradicciones y depurar las filas.

Su ira interna solo se calmó del todo el día que recibió una segunda carta de Matilde. En ella le confirmaba que había sido aceptado oficialmente para participar en el curso de verano. Adjunta a la hoja, venía una notificación formal con el membrete de la organización central del Komsomol, escrita en un perfecto y frío español de secretaría, donde se reiteraba la aceptación del camarada uruguayo.

Al pie de la página, la firma lucía firme y angulosa: *Camarada Vladimir Kuznetsov*.


Capítulo XVII: El Cicerone del Kremlin

En aquellos días todo era alegría en la casa de los Berro. El contador Sixto no paraba de darle recomendaciones a su único hijo, mientras Angélica, su madre, no dejaba de lagrimear ante la inminente ausencia de Humberto. Cuando llegó el día de la partida, sus camaradas de la UJC le ofrecieron una despedida militante, muy similar a la que le habían hecho a Matilde meses atrás.

Hizo las mismas escalas aéreas, pero al trasponer la Cortina de Hierro ya comenzó a notar las primeras y profundas diferencias con el mundo capitalista. Las azafatas de Aeroflot no tenían nada de la estudiada amabilidad de las de Iberia; eran mujeres hoscas, de gestos secos y fríos en el trato con los pasajeros, como si servir un café fuera una tarea de disciplina militar. Por suerte, sus siete años de estudio particular de la lengua rusa le sirvieron a Humberto para comunicarse de forma razonable y no sentirse del todo desamparado en el aire.

Al llegar al gélido aeropuerto de Moscú, bajo un cielo gris que parecía aplastar los techos, lo recibió el mismísimo Vladimir Kuznetsov. El camarada del Komsomol hablaba un excelente castellano, con un leve acento peninsular, y lo condujo de inmediato en un taxi oficial hacia su alojamiento en los pabellones de la Universidad Patrice Lumumba.

Una vez acomodado en su pieza -un cuarto austero y pequeño que compartía con dos estudiantes cubanos que hablaban a los gritos sobre la zafra y la revolución-, Humberto sintió que golpeaban la puerta de la habitación. Alguien preguntaba por él en español. Era Matilde. Al verlo, ella lo abrazó con una fuerza que le quitó el aliento. Le parecía mentira tenerlo allí, a su lado, en el corazón de Moscú. Los dos estaban finalmente juntos en la meca del socialismo soviético; ahora verían con sus propios ojos, sin intermediarios ni propaganda, si todo lo que pregonaban los viejos camaradas comunistas en las seccionales de Montevideo era verdad.

A pesar del frío que se colaba por las rendijas de la ventana, Humberto sentía una energía desbordante; quería asimilarlo todo, devorarse la ciudad con los ojos, y de inmediato le sugirió a Matilde salir a dar un paseo juntos por Moscú esa misma tarde.

Matilde, que ya llevaba casi ocho meses de estadía en la Unión Soviética y conocía bien los resortes del lugar, lo miró con una sonrisa de advertencia y le frenó el impulso. Le aconsejó que tuviera paciencia. Le explicó, en voz baja, que los referentes del Komsomol y las autoridades universitarias no veían con buenos ojos que los becarios extranjeros saliesen solos a caminar por la ciudad sin previo aviso ni itinerario fijo. El celo burocrático y la desconfianza hacia lo exterior eran parte de la vida cotidiana en la capital. Por eso, Matilde le dijo que lo más prudente y seguro era solicitarle formalmente al camarada Vladimir Kuznetsov que los acompañara el sábado próximo a dar una vuelta por Moscú. De esa forma, no solo tendrían un guía que dominaba el idioma y las calles, sino también la cobertura oficial de la organización para moverse sin levantar sospechas. Humberto, aunque un poco frustrado por la rigidez del sistema que tanto había defendido a la distancia, terminó por aceptar la sensatez de su amiga. El sábado sería el día del gran descubrimiento.

Cuando Humberto y Matilde le hicieron presentes sus intenciones al camarada Kuznetsov, este no lo vio como una molestia, sino que lo tomó de inmediato como un deber militante. Con una sonrisa protocolar, les respondió en su fluido castellano que sí, que el sábado por la mañana los pasaría a buscar para dar un giro por la capital y mostrarles los logros de la revolución.

El sábado esperado con tanta ansia por Humberto finalmente llegó. El frío era intenso, de unos quince grados bajo cero, pero el muchacho estaba listo. Sin embargo, por su manera de vestir, se notaba a la legua que era un extranjero recién bajado del avión: llevaba puestas zapatillas de tenis y un pantalón vaquero de marca occidental, prendas que en ese Montevideo de fin de año eran comunes para un hijo de contador, pero que resultaban tesoros exóticos y desesperadamente codiciados por los jóvenes moscovitas en el mercado negro.

Vladimir llegó puntual, manejando un automóvil marca Lada de color beige, impecable y reluciente. Humberto y Matilde se subieron rápidos para escapar del viento helado. Al ponerse en marcha y enfilar hacia las grandes avenidas, lo primero que le llamó la atención a Humberto fue la extraña fisonomía del tránsito: había una notable escasez de automóviles privados. Las calles eran anchas, monumentales, pero se veían casi vacías de tránsito particular; parecía que el autobús, el trolebús y el taxi fuesen los únicos y principales medios de transporte para la gente común. Para el hijo de Sixto Berro, acostumbrado al ruidoso y caótico centro de Montevideo lleno de coches americanos y europeos, aquel silencio asfáltico resultaba casi irreal.

Vladimir comenzó su trabajo de cicerone mostrándoles la Plaza Roja. Estacionó el Lada en las inmediaciones y caminaron hacia el corazón de la inmensa explanada. El paisaje era sobrecogedor. No se veían los adoquines oscuros que Humberto recordaba de las fotografías de los folletos; todo el suelo estaba cubierto por una capa de nieve apisonada y hielo traicionero. Al fondo, las cúpulas bulbosas de la Catedral de San Basilio se recortaban contra el cielo plomizo, cubiertas por un manto blanco que las hacía parecer de azúcar impalpable. A un costado, la imponente muralla de ladrillos rojos del Kremlin resguardaba el poder soviético, coronada por las enormes estrellas de rubí que permanecían encendidas y brillantes a plena luz del día.

El viento siberiano soplaba con una crueldad que el pantalón vaquero de Humberto no alcanzaba a filtrar. Las piernas le temblaban, pero él se esforzaba por mantener una postura marcial, rígida, intentando disimular el congelamiento ante la mirada severa de Kuznetsov.

-Aquí, camaradas -comenzó Vladimir con voz engolada, extendiendo el brazo como si estuviera dando un informe ante el Comité Central-, late el pecho de la revolución mundial.

Frente a ellos se erigía el Mausoleo de Lenin, una estructura geométrica de granito rojo y labradorita negra que desafiaba la gravedad del entorno. A pesar del frío extremo que cortaba las caras, una fila india, larga y silenciosa de ciudadanos soviéticos esperaba pacientemente su turno para ingresar a ver el cuerpo embalsamado del líder de la revolución. En la entrada, dos soldados del regimiento del Kremlin permanecían inmóviles como estatuas de hielo, sosteniendo sus fusiles con bayoneta calada.

Humberto se quedó mudo. El peso de la historia, la solemnidad casi religiosa del lugar y la presencia de aquel imponente despliegue militar lo golpearon de frente. Por un segundo, se olvidó del frío en los pies. Estaba pisando la tierra sagrada del comunismo, y el camarada Kuznetsov, con una sonrisa de orgullo patriótico, se dispuso a guiarlos hacia la interminable fila de la historia.
Justo enfrente del Kremlin, cruzando la inmensa plaza, se erigían las monumentales galerías GUM, el centro comercial del Estado. Allí, el paisaje humano cambiaba drásticamente: decenas de personas hacían largas y ordenadas colas bajo la nieve que no paraba de caer, esperando pacientemente para conseguir productos básicos o abrigos de invierno. Humberto no pudo evitar notar el fuerte contraste entre las carencias de esa gente de a pie y la imponente solemnidad del Kremlin que los custodiaba desde el otro lado.

Consciente de la contradicción, Humberto deslizó un comentario al respecto, pero el camarada Kuznetsov pasó por alto la observación, fingiendo no haber escuchado y continuando con su marcha protocolar.

La curiosidad, o quizás un resto de ese espíritu crítico que lo caracterizaba en Montevideo, pudo más. Humberto se desvió unos pasos, se acercó a una señora mayor que tiritaba en la fila con un pañuelo atado a la cabeza y le preguntó en su correcto, aunque pausado ruso:

-*¿Por qué hace una cola tan larga, camarada?*

La anciana se dio vuelta e hizo el amago de contestar, pero en ese mismo instante la figura rígida de Vladimir Kuznetsov se recortó a espaldas del muchacho uruguayo. Al notar la presencia del funcionario del Komsomol, los ojos de la mujer se abrieron con un destello de temor e incomodidad. La pregunta quedó flotando en el aire helado. Sin decir una sola palabra, la señora le dio la espalda a Humberto, bajó la vista y continuó hablando en un susurro con el hombre que la precedía en la fila, ignorándolo por completo.

Humberto se quedó inmóvil en medio de la nieve, sintiendo por primera vez un frío que no tenía nada que ver con el clima de Moscú.


Capítulo XVIII: El Mostrador Congelado

Mariano y Laura disfrutaban a su manera de los cuatro meses de asueto y tregua que el comité de disciplina del Partido le había otorgado. Pasaban la mayor parte del tiempo juntos, compartiendo libros, apuntes del liceo nocturno y mates en los ratos libres; sin embargo, por más que lo intentaran, les resultaba imposible sustraerse de la realidad asfixiante que los rodeaba en las calles de Montevideo.

El gobierno de Jorge Pacheco Areco continuaba gobernando con mano de hierro bajo el amparo de las Medidas Prontas de Seguridad. Con el Parlamento prácticamente anulado, el presidente prohibió toda manifestación en su contra y reprimió cualquier atisbo de desobediencia popular llenando las avenidas con sus guardias pretorianas: la Guardia Metropolitana y la Guardia Republicana, cuyos camiones de asalto patrullaban los barrios obreros con las sirenas apagadas y las armas listas. En lo económico, el régimen intentó controlar la galopante inflación congelando los precios y los ingresos de manera drástica, mediante un nuevo y temido organismo llamado COPRIN. La consecuencia inmediata fue brutal: la gente perdió casi todo su poder adquisitivo en cuestión de semanas y la CNT (Convención Nacional de Trabajadores) se declaró en pie de guerra, desafiando las medidas autoritarias con huelgas relámpago y paros parciales que paralizaban la ciudad.

El impacto de aquella realidad nacional terminó por golpear la puerta de la ferretería.

-Pero ¿qué hago con don Anselmo? -le dijo Mariano una tarde, visiblemente alarmado, mientras ordenaba unas cajas de herramientas en el fondo-. Ya es el tercer cliente del día que me pide una rebaja. Esta vez es por un tarro de tres litros de pintura lavable. La gente ya no tiene un peso en los bolsillos.

Don Anselmo, que había escuchado el comentario desde el fondo del local mientras anotaba unos números en su gastada libreta de almacenero, se asomó al pasillo y terció en la conversación con voz cansada:

-No podemos rebajar, Mariano. Con la COPRIN encima los precios de lista están congelados de forma obligatoria, y los márgenes de ganancia que nos dejan los proveedores son mínimos. Si rebajamos un solo peso, perdemos dinero de nuestro bolsillo. No nos da el cuero.

Mariano asintió, comprendiendo la encerrona del viejo ferretero.

-Tiene razón, don Anselmo. Le digo al cliente que el precio es el que está marcado y que no puedo tocarlo.

Minutos después, tras una breve y tensa discusión en el mostrador, el hombre saludó con desgana y cruzó la puerta de calle con las manos vacías.

-Así no se puede salir adelante -se quejó Mariano en voz baja, mirando a través de la vidriera-. Otro cliente que se va sin comprar. Si esto sigue así, no sé cuánto más va a aguantar el negocio.

Lo mismo sucedía en el liceo nocturno. La clase estaba compuesta por gente con un promedio de edad mucho mayor que en el turno diurno; todos trabajaban, y algunos ya eran casados y con hijos. La mayoría se quejaba amargamente de la pérdida del poder adquisitivo en el mostrador de las carnicerías y los almacenes, pero, a diferencia de los estudiantes del diurno, no aceptaban salir a la calle a protestar. Tenían demasiado que perder si caían detenidos. En el Montevideo de Pacheco, las leyes laborales flaqueaban y no todos los empleadores estaban dispuestos a tolerar la ausencia de un operario por el hecho de haber caído preso en una manifestación contra el gobierno.

La CNT convocaba a salir a la calle y a ocupar los lugares de trabajo, pero, si bien los trabajadores comprendían perfectamente la gravedad de la situación, pocos estaban dispuestos a jugarse el empleo, menos aún cuando se trataba de jefes de familia.

Mariano, contagiado por la rabia contenida que flotaba en los pasillos, sintió el viejo impulso de la acción. Quiso reintegrarse de inmediato a la UJC para militar en acciones clandestinas: barricadas nocturnas para cortar el tránsito, panfleteadas relámpago de "baja y corre" antes de que llegara el camión policial... todas acciones peligrosas que le podían costar directamente la libertad.

Sin embargo, al plantearlo, se topó con la sólida resistencia de Laura, que se opuso firmemente. Era cierto que Laura se había enamorado de Mariano, el dirigente estudiantil fogoso, el muchacho audaz que siempre iba al frente con una piedra en la mano defendiendo a los suyos. Pero ahora que la tormenta política lo había dejado a un lado, ahora que lo tenía para ella solo, entre apuntes de historia y proyectos compartidos, no quería perderlo. El miedo a perderlo era más grande que cualquier consigna de comité.

Capítulo XIX: Las Grietas del Paraíso

El invierno moscovita no daba tregua, pero el verdadero frío para Humberto ya no venía del viento de Siberia. Venía de adentro.

Habían pasado tres semanas desde su llegada a la Universidad Patrice Lumumba. Lo que en Montevideo imaginaba como un templo de debate revolucionario y vanguardia intelectual resultó ser un cuartel de adoctrinamiento gris y burocrático. En las aulas, los profesores no aceptaban preguntas fuera del manual oficial del Partido. Cualquier intento de Humberto por profundizar en la filosofía del derecho era cortado en seco con una cita de Lenin recitada sin alma. La mística se había vuelto un trámite de oficina.

Una noche, aprovechando que sus ruidosos compañeros de cuarto cubanos se habían ido a una peña de solidaridad, Matilde fue a visitarlo a su pabellón. Humberto la esperaba sentado al borde de la cama de metal, con la mirada clavada en el piso y los hombros vencidos. El pantalón vaquero y las zapatillas de tenis, que antes lucía como orgullo de clase, ahora le parecían una contradicción ridícula en medio de aquella austeridad impuesta.

Matilde cerró la puerta con cuidado y se sentó en la única silla de madera. Al verle la cara, supo de inmediato que algo se había quebrado en su amigo.

-¿Qué te pasa, Humberto? -preguntó en un susurro, casi por instinto. Sabía que en los pasillos de la Lumumba las paredes solían tener oídos-. Desde el paseo del sábado te noto ido. ¿Extrañás Montevideo?

Humberto soltó una risa amarga, seca. Se pasó las manos por la cara, como intentando despertarse de una pesadilla.

-¿Montevideo? No, Matilde. Ojalá fuera solo eso -bajó la voz al mínimo y se inclinó hacia ella-. Es esto. Es todo esto. No es lo que nos dijeron. No tiene nada que ver con lo que leíamos en la seccional de la UJC.

Matilde sintió un nudo en el estómago. Se tensó en la silla y miró de reojo la puerta.

-Humberto, tené cuidado con lo que decís... -le advirtió, pero él la interrumpió con un gesto desesperado.

-¿Cuidado de qué? ¿De Vladimir? -la mención del camarada Kuznetsov pareció enfriar aún más la habitación-. ¿Viste cómo lo miró esa vieja en la cola de las "GUM"? No era respeto, Matilde. Era pánico. El mismo pánico que veo en los estudiantes rusos cuando les pregunto algo que no está en el programa. Acá la gente no vive el socialismo. Lo padece en silencio. Todo el mundo tiene miedo de hablar, de opinar, de ser diferente.

-Es la disciplina partidaria, Humberto -intentó defender Matilde, aunque sus propias dudas, acumuladas en ocho meses de soledad moscovita, empezaban a filtrarse en su voz-. Estamos en una guerra ideológica contra el imperialismo. El Estado tiene que protegerse del enemigo interno, de los saboteadores...

-¡No me vengas con el casete de propaganda! -la cortó él, con los ojos inyectados de una frustración rabiosa-. A mí no. Yo me sé los discursos de memoria. Los escribía yo mismo en Montevideo para atacar a Mariano y a los que dudaban. Pero una cosa es la teoría en un folleto y otra es ver la realidad. Este es un país de autómatas. No hay libertad de prensa, no hay libertad de cátedra, las tiendas del Estado están vacías mientras los burócratas como Vladimir andan en autos oficiales y tienen acceso a almacenes especiales que nosotros ni podemos oler. ¿Esa es la sociedad sin clases que vinimos a defender?

Matilde no supo qué responder. Ver al soberbio Humberto Berro, el pilar de la ortodoxia estudiantil uruguaya, desmoronarse en una cama de hierro de la Patrice Lumumba, la golpeó con la fuerza de una verdad largamente esquivada.

Humberto se tapó la cara con las manos. Le temblaban los dedos.

-Me equivoqué, Matilde -confesó con un hilo de voz, y por primera vez en su vida sonó vulnerable, despojado de toda su arrogancia-. Le hice la vida imposible a Mariano en el comité por reclamar un poco de criterio propio. Lo traté de traidor, de aburguesado. Y el único burgués estúpido que se creyó todo este verso fui yo. No sé cómo voy a aguantar los meses que me quedan acá.

Matilde se levantó, se acercó a la cama y lo abrazó por los hombros, apretándolo fuerte. No había respuestas ideológicas que pudieran consolarlo. En el silencio de aquella pieza soviética, el único calor que les quedaba era el de su complicidad y el peso compartido de un desengaño absoluto.

Capítulo XX: El Peso de las Palabras

Los cuatro meses de suspensión que le había impuesto el comité de disciplina estaban por cumplirse, y Mariano había cumplido con creces su parte del acuerdo. Había resuelto el problema de los exámenes de secundaria: los aprobó con holgura y, al fin, recuperó el año que daba por perdido. Sus padres estaban satisfechos de ver que su hijo ahora estudiaba y trabajaba con orden. Don Anselmo, por su parte, no ocultaba el orgullo de tener a un empleado modelo al frente de su mostrador.

Y todo, Mariano lo sabía bien, se lo debía a Laura.

En esos cuatro meses, Laura le había mostrado otro modo de luchar, una resistencia más silenciosa pero mucho más sólida. Ya no hablaban solo de apuntes. Ahora pensaban en serio en formar una familia. Sin embargo, en la cabeza de Mariano todavía resonaban los dogmas de la seccional. Sabía que sus camaradas lo habrían encasillado de inmediato como "proletario convencido que aspiraba a la meta pequeñoburguesa".

Laura no comprendía, ni quería comprender, esa rigidez ideológica. No veía nada malo en formar un núcleo familiar común y corriente y vivir, el día de mañana, de lo que su trabajo les permitiera ganar con honestidad.

A él, en cambio, lo habían adoctrinado en el repudio de la familia como institución. Según los manuales que discutía con Humberto, el matrimonio burgués no era más que un contrato de conveniencia sostenido por el dinero y la propiedad. Le habían repetido que la única unión familiar verdadera era la que existía entre los proletarios, donde no mediaban lazos económicos, sino únicamente afectivos.

La que despejó de un plumazo todas sus dudas fue Laura. Una tarde, cansada de dar vueltas sobre lo mismo, lo encaró sin filtro.

-Mirá, Mariano, hablemos en serio de una vez -le dijo, plantándose frente a él-. No mires tanto lo que dicen tus camaradas en los discursos. Mirá lo que hacen todos los días. Poné como ejemplo a Humberto. Mirá a sus padres: ni militan, pero todos los meses le meten una buena suma de dinero al Partido para comprar su tranquilidad. ¿Vos creés que el contador Berro va a dejar su clientela en manos del Partido? ¿O que su madre, la escribana, va a hacer lo mismo con su protocolo? Humberto se fue a Rusia a perfeccionar el idioma, sí, pero en cuanto pueda se va a Estados Unidos a perfeccionar el inglés. Si él se cree que está siguiendo la línea de la revolución, está bien engañado. Lo único que sigue es el libreto de la familia Berro.

Roja de rabia y con la respiración entrecortada, Laura terminó su discurso. El silencio se adueñó de la habitación. De pronto, la firmeza se le quebró en los ojos y se largó a llorar.

A Mariano le temblaron las manos cuando la abrazó. Le besó las lágrimas, despacio, y le preguntó con la voz rota por la culpa qué podía hacer para arreglar las cosas. En ese instante sintió que, si ella se lo pedía, él era capaz de dejar el Partido esa misma noche, de romper con los comités, con las consignas y con el peso de los dogmas que lo arrastraban.

Pero Laura lo conocía demasiado bien. Sabía que exigirle que abandonara la militancia era pedirle un imposible. Era arrancarle una parte de su identidad, una herida que tarde o temprano terminaría por pasarles factura a los dos. No quería un hombre incompleto a su lado.

-No te pido que dejes nada, Mariano -dijo ella, buscándole la mirada con los ojos todavía húmedos, pero con la voz firme-. Solo te pido que de ahora en adelante prestes más atención a lo que hacen y no a lo que dicen.

Hizo una pausa breve, se secó las mejillas con el dorso de la mano y remató con una mezcla de amargura e ironía pragmática:


-Si tus camaradas pueden llenarse la boca con la revolución mientras aseguran sus carreras, sus estudios y sus cuentas bancarias, hacé vos lo mismo. Imitá la hipocresía de tus camaradas. Asegurá nuestro futuro, salvá los exámenes y después... después vemos.

Capitulo XXI: El vapor de la memoria

Cuando para de llover y el sol asoma de golpe entre las nubes, el vapor del asfalto sube y va saturando de humedad el aire templado. Esa humedad espesa se mete directo en los huesos; a mi edad, hace que las articulaciones me duelan con una insistencia casi rabiosa. El dolor me obliga a interrumpir mi caminata de la tarde y a buscar refugio en un banco de madera de la plaza que todavía está húmedo por la llovizna.

Me quedo allí, quieto como un fósil. En esta inmovilidad forzada me siento extrañamente bien; prefiero no moverme, cerrar los ojos y dejar que la mente viaje hacia atrás.

Al final, la distancia y los años te dan la perspectiva que la juventud te niega. Hoy puedo verlo con claridad: era tal la mentira sistemática que se vivía en la Universidad Patrice Lumumba de Moscú, que ni el mismísimo Vladimir Kuznetsov, con todo su fervor del Komsomol, se la terminó por creer.

El amor, que no entiende de manuales de adoctrinamiento, terminó por cruzar sus caminos. Vladimir se enamoró perdidamente de Matilde Caballero, y ella de él. Se casaron bajo el rito civil soviético, rápido y sin grandes aspavientos. Cuando Matilde terminó sus estudios de abogacía, logró postularse para una estancia académica en Francia. Ser la esposa de un funcionario ascendente del Komsomol le otorgaba ciertos privilegios en Moscú, pero a Matilde no le llevó demasiado tiempo aburrirse de la grisura, las colas eternas y el control asfixiante de la vida cotidiana en la Unión Soviética. Con paciencia y astucia, fue sembrando en la cabeza de su marido una idea que parecía una locura: convencerlo de pedir una autorización oficial para acompañarla a Lyon.

Para Vladimir, aquel trámite fue un calvario burocrático. Solicitar un permiso para salir de la Cortina de Hierro junto a su esposa extranjera significaba ponerse bajo la lupa del Partido. Lo logró, sí, pero después de sortear interrogatorios humillantes, firmar decenas de declaraciones juradas y empeñar mil promesas de lealtad inquebrantable a la patria socialista. El Estado soviético no regalaba su confianza; a Matilde, para otorgarle el pasaporte rojo que la acreditaba como ciudadana de la URSS, la obligaron a dejar en depósito administrativo toda su documentación uruguaya: su cédula de identidad y aquel pasaporte con el que había salido de Montevideo y que ya no significaba nada para el mundo.

Corría el año 1980. En Moscú se preparaban los Juegos Olímpicos de la Guerra Fría y, aunque las cúpulas del Kremlin se esforzaban por mostrar un frente de acero, las primeras y profundas grietas ya comenzaban a resquebrajar los cimientos del coloso comunista.

Una vez instalados en Lyon, la libertad del otoño francés actuó como un disolvente rápido para los viejos dogmas. No le costó mucho a Matilde terminar de convencer a Vladimir de que el único futuro posible para ambos estaba de este lado del mundo. Una noche, tras dejar atrás el departamento de la universidad y con el miedo mordiéndoles los talones, se presentaron ante las autoridades francesas. Occidente los recibió con los brazos abiertos, otorgándoles con rapidez el asilo político que reclamaban.

Olvidaron pronto, casi con alivio, el materialismo histórico y aquel supuesto camino inexorable hacia el comunismo que nos enseñaban en la seccional de Montevideo. Prefirieron la vida real, imperfecta y libre. Y la historia terminó por darles la razón: tras el colapso y la caída definitiva de la Unión Soviética en 1991, Vladimir pudo, por fin, regresar a su tierra como un hombre libre para reencontrarse con la familia que había tenido que dejar atrás en su huida.


Capítulo XXII: El Objetivo

Humberto estaba deseando terminar cuanto antes su estadía en la universidad para volver a Montevideo; simplemente, ya no toleraba la asfixiante disciplina socialista. Matilde, que con un enorme esfuerzo de adaptación se había amoldado mucho mejor que él a las asperezas de Moscú, trataba de consolarlo en sus momentos de crisis. Sabía que las duras críticas que su amigo le hacía al sistema no eran del todo absurdas, pero ella se había propuesto un objetivo claro: quería recibirse de abogada y estaba dispuesta a soportar lo que hiciera falta para lograrlo.

Después de todo, era consciente de que en ningún otro lugar del mundo tendría la oportunidad de realizar una carrera universitaria con todo pagado, además de aprender el idioma ruso. En Uruguay, con su padre trabajando como un obrero más en COTRACO -la cooperativa de trabajo controlada por el Partido Comunista-, financiarle los estudios de abogacía hubiera sido un sueño imposible.

Desde el primer día en que pisó el suelo soviético, Matilde se enfocó en estudiar para conseguir su título, pero también mantuvo los ojos muy abiertos. No le llevó mucho tiempo darse cuenta de que la Unión Soviética no era, precisamente, el lugar indicado para conseguir un "buen partido" que la mantuviera en el futuro. Los estudiantes extranjeros que la rodeaban eran, a sus ojos, todos pobretones con delirio de grandeza; muchachos que solo hablaban de volver a sus patrias para morir luchando por el socialismo. Para ellos no existía otro porvenir que el triunfo inevitable del comunismo en el mundo.

Incluso los propios ciudadanos rusos no llegaban a comprender ese fervor místico de los becarios extranjeros. Los locales, más realistas, solo se preocupaban por trepar como hiedras a través del complicado y gris sistema burocrático del Estado para conseguir, poco a poco, pequeños beneficios personales.

El ejemplo típico de ese pragmatismo soviético, y que estaba justo al alcance de la mano de Matilde, era Vladimir Kuznetsov. Con una férrea y calculada militancia, el joven ruso había logrado encaramarse dentro del Komsomol. Sus fluidos conocimientos de inglés y español le habían abierto de par en par las puertas de las esferas directivas, haciéndose imprescindible para ciertos trabajos de control y propaganda con los extranjeros. Gracias a eso, Vladimir ya gozaba del uso de un apartamento en un barrio céntrico de Moscú y de un codiciado automóvil Lada para desplazarse sin depender del transporte público.

Vladimir Kuznetsov se convirtió, desde entonces, en el gran objetivo de Matilde. Lo había seleccionado cuidadosamente de entre todos los funcionarios del Komsomol que merodeaban por la Universidad Patrice Lumumba, convencida de que él sería su boleto hacia una vida mejor.

El arte de la seducción era algo innato en ella. En los tradicionales bailes de la UJC en Montevideo ya lo había perfeccionado, convenciéndose a sí misma de su poder cada vez que lograba persuadir a algún novato indeciso para que terminara afiliándose al Partido Comunista. Con Vladimir, no le costó demasiado esfuerzo jugar sus cartas; bastaron un par de miradas cómplices y un sutil pedido de ayuda académica para que el joven burócrata cayera en la red y la invitara a salir un sábado por la tarde.

Para la ocasión, Vladimir apareció por la residencia estudiantil vestido de punta en blanco... o, mejor dicho, de punta en occidental. Con la firme intención de impresionar a la muchacha extranjera, vestía un conjunto de gabardina azul con pantalón y casaca de la marca Lee, completado con unas zapatillas de tenis de una blancura inmaculada.

Al verlo, Matilde tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no soltar una carcajada allí mismo. A sus ojos rioplatenses, Vladimir se veía ridículo, como un maniquí forzado e incómodo fuera de su ambiente natural.

Sin embargo, aquella ridícula estampa lejos de desmoralizarla, la entusiasmó. Al observarlo con detenimiento, lo único en lo que Matilde pudo pensar fue en la enorme cantidad de rublos que aquel conjunto de contrabando le habría costado en el mercado negro de Moscú, y en la red de contactos de primer nivel que Vladimir debía manejar para haberlo conseguido. En ese instante, supo que no se había equivocado en la elección.

Capítulo XXIII: El Filtro de la Realidad

El aire pesado de diciembre anunciaba el final de un año asfixiante, pero para Mariano el verdadero cambio no era el clima, sino los ojos con los que ahora miraba el mundo. Faltaba poco para que expiraran los cuatro meses de asueto, y el regreso a la militancia activa en la seccional de la UJC ya no se sentía como un reencuentro con una hermandad mística, sino como la entrada a un escenario donde cada actor ensayaba su papel.

La conversación con Laura en la ferretería le había dejado una marca profunda. Sus palabras habían actuado como un ácido que disolvía la épica de los discursos para dejar al descubierto el hueso de la realidad. Ahora, cuando Mariano caminaba hacia la seccional, ya no miraba los retratos de los teóricos del marxismo con devoción ciega. Miraba a su alrededor y veía los rostros cansados de los vecinos, la violencia silenciosa de las patrullas policiales y, sobre todo, la sutil comodidad de aquellos dirigentes que, desde sus escritorios o las cuentas bancarias de sus familias, empujaban a los demás al sacrificio.

El local de la seccional mantenía el mismo olor a humo de tabaco Nevada, a tinta de engrudo de las pegatinas y a mimeógrafo de cada reunión. En una de las oficinas del fondo, detrás de una mesa de madera que crujía ante el menor peso, lo esperaba el "Flaco" Esteban, uno de los cuadros intermedios del Partido en el barrio.

-Qué decirte, Mariano, nos alegra ver que resolviste lo del liceo -comenzó Esteban, acomodándose los lentes con un gesto cansado pero inquisidor-. El Partido necesita que sus mejores cuadros estén listos y con la cabeza fría. La situación con las Medidas Prontas de Seguridad de Pacheco está brava, y el descontento por la congelación de la COPRIN está en su punto más alto. Es el momento de apretar los dientes.

Mariano asintió despacio, manteniendo una expresión neutra. Por primera vez en su vida, sintió que su rostro se convertía en una máscara.

-Sí, claro. Los exámenes están salvados. Recuperé el año -respondió Mariano con tono medido. Imitaba esa estudiada formalidad que tanto le había criticado a Humberto en el pasado.

-Excelente. Porque el Partido tiene una tarea clave para vos ahora que volvés al ruedo -Esteban se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre la mesa y bajando la voz-. Sabemos que estás yendo al liceo nocturno. Ese es un terreno que descuidamos por estar metidos en el diurno. Ahí hay clase obrera pura. Gente que labura todo el día, que sufre el congelamiento de salarios en carne propia. Tenés que empezar a moverte ahí adentro. Necesitamos que hagas propaganda silenciosa, que vayas concientizando a los compañeros, pasándoles materiales y organizando pequeñas células de discusión. Hay que hacerles entender que la huelga general de la CNT no es solo una medida económica, sino el camino hacia la ruptura del sistema.

Las palabras de Esteban, que en otro momento habrían encendido en Mariano un fervor revolucionario inmediato, ahora le sonaban huecas, peligrosas. En su mente aparecieron los rostros del nocturno. Hombres con las manos curtidas por el taller. Mujeres que limpiaban oficinas antes de clase. Padres de familia que cabeceaban en historia, con el miedo a las Medidas Prontas de Seguridad pegado a la nuca. ¿Qué derecho tenía él, o la seccional, de arrastrarlos a una militancia que podía dejar a sus hijos sin pan, mientras los hijos de los contadores y escribanas viajaban con los papeles limpios?

"Imitá la hipocresía de tus camaradas", le había dicho Laura. "Asegurá nuestro futuro".

Mariano respiró hondo y sostuvo la mirada de Esteban. Por dentro, tomó una decisión irreversible, pero en sus labios se dibujó una leve y dócil sonrisa de conformidad.

-Entendido, Esteban -dijo Mariano, con una voz que sonaba firme y decidida-. Me voy a encargar de tantear el ambiente despacio. No podemos quemar el terreno con acciones apresuradas porque la Metropolitana anda sensible. Voy a identificar a los elementos más receptivos del nocturno y a pasarles el material con mucho cuidado. Sin levantar sospechas.

Esteban palmeó la mesa, satisfecho con la madurez y la aparente disciplina de su subordinado.

-Así se habla, Mariano. Sabía que el asueto te iba a sentar bien. Confiamos en tu criterio para empezar a sembrar la semilla en el liceo.

Mariano se levantó, estrechó la mano del dirigente y salió a la calle. Al respirar la noche montevideana, sintió que se le aflojaba un nudo en el pecho. No iba a arriesgar a ninguno de sus compañeros, ni se iba a arriesgar él. Cumpliría con lo mínimo para sostener la fachada ante el Partido. Porque su lealtad ya no flameaba en las banderas rojas de la seccional. Su lealtad tenía nombre, dirección y un futuro: Laura.


Capítulo XXIV: El rastro en la madera

Corrían los últimos días de Humberto en la facultad de derecho de la Universidad Patrice Lumumba. Estaba profundamente cansado y aburrido. En los casi tres meses que había pasado en Moscú, había logrado perfeccionar su ruso -tal como le habían exigido sus padres antes de partir- y había seguido con regularidad el tedioso cursillo de introducción al derecho soviético.

Aquella tarde, mientras escuchaba distraídamente el monótono discurso del profesor, no encontró mejor entretenimiento para combatir el tedio que sacar su cortaplumas del bolsillo. Con la punta de la hoja, comenzó a tallar sobre la gastada madera del banco donde estaba sentado. Era una costumbre muy latinoamericana, casi un acto de rebeldía escolar: grabar su propio nombre. Pensó que, escribiendo simplemente "Humberto", dejaría inmortalizado para siempre su pasaje por la Unión Soviética.

Al finalizar la clase, se encontró con Matilde para terminar de coordinar los detalles de la cena de despedida de esa noche, a la que asistirían ellos dos junto a Vladimir. Por fin, Humberto sentía que el calvario terminaba; pronto regresaría a su añorado Montevideo, diciéndole adiós para siempre al frío polar y a las mentiras del paraíso socialista.

Humberto y Matilde ya se habían cambiado y estaban listos para salir, pero Vladimir se estaba retrasando más de lo habitual. Cuando por fin se abrió la puerta del pabellón, ambos quedaron sorprendidos. El joven ruso no se había vestido para la ocasión; no llevaba puesto aquel ridículo atuendo a la occidental con el que pretendía impresionar a Matilde, sino su gris y severo traje de funcionario del Komsomol. Tampoco se escuchaba el motor del Lada afuera, y su rostro distaba mucho de transmitir la alegría de una cena de despedida.

Matilde se acercó a recibirlo, y Vladimir la besó en los labios con una ternura rápida, casi ensayada. De inmediato, con un aire seco y autoritario, clavó su mirada en Humberto.

-Hoy no hay cena -dijo Vladimir, con una voz que no admitía réplicas-. El camarada director quiere verte en su escritorio. Ahora mismo.

Sin dar más explicaciones, tomó a Humberto firmemente del brazo y lo condujo hacia la salida. Matilde, con el corazón en la boca y visiblemente preocupada, los siguió de cerca por los pasillos helados de la universidad.

Al llegar a la antesala de la dirección, Vladimir se anunció con paso marcial ante el secretario del director y abrió la puerta para hacer pasar a Humberto, impidiéndole la entrada a Matilde con un gesto frío de la mano que la dejó afuera, sola en el pasillo.

El director de la Patrice Lumumba los recibió sentado detrás de su amplio escritorio de roble, envuelto en una densa nube de humo azulado mientras fumaba un imponente cigarro cubano.

-Adelante, camarada Kuznetsov -dijo el director con un hilo de voz áspera, sin levantarse-. Veo que lo acompaña el becario Berro.

Humberto no lograba comprender absolutamente nada de lo que estaba sucediendo, pero, por la rigidez de Vladimir y la fría mirada del director, le quedó claro que no lo habían citado en ese despacho para felicitarlo por su partida.

El director dejó descansar el cigarro sobre un cenicero de cristal de Bohemia y entrelazó sus dedos regordetes sobre el escritorio.

-¿Me puede explicar qué le ocurrió al banco en el que estuvo sentado esta tarde, becario Berro? -preguntó con una voz helada que hizo que a Humberto se le congelara la sangre.

Recién en ese instante, como un relámpago tardío, Humberto comprendió la razón de semejante despliegue. Sintió una mezcla de ridículo y pánico. El banco de madera. Su tonto acto de rebeldía escolar con el cortaplumas lo había alcanzado en el peor momento.

-Lo que usted ha hecho -continuó el director, endureciendo la mirada- es un acto intolerable de vandalismo contra la propiedad del Estado socialista. Una grave falta de disciplina que no podemos tolerar en esta institución. La reparación del daño le costará cien rublos.

Humberto hizo un cálculo rápido en su cabeza. Al cambio oficial de la época, cien rublos equivalían prácticamente a cien dólares americanos. Una cifra disparatada; con ese dinero en Montevideo se podían comprar fácilmente dos bancos escolares enteros de madera noble, nuevos y lustrados. Pero el joven uruguayo comprendió al instante que no estaba en condiciones de ponerse a regatear ni de discutir de economía con un burócrata soviético en su propio despacho.

Sin decir una sola palabra, metió la mano en el bolsillo interior de su saco y extrajo su billetera. De ella sacó un billete crujiente de cien dólares, parte de la última remesa que sus padres, el contador y la escribana, le habían enviado desde Montevideo a través de un canal seguro. Con un movimiento medido, lo depositó sobre el tapete verde del escritorio, justo al lado del cenicero.

El director contempló el billete verde con una impasibilidad absoluta. Luego, con un movimiento casi imperceptible de su mano regordeta, deslizó una carpeta de cartón gris sobre el dinero, sepultándolo de la vista de Vladimir, que se mantenía firme y con la mirada perdida en un punto fijo de la pared, como si nada estuviera ocurriendo.

-Sin embargo, no crea que esto se soluciona únicamente con dinero -añadió el director, carraspeando para recuperar el tono solemne-. La Patrice Lumumba enviará un informe detallado con la descripción de su inconducta al comité central del Partido Comunista de Uruguay. Sus camaradas en Montevideo deberán estar al tanto del tipo de elementos que envían a formarse a la patria del proletariado.

Humberto, que hasta ese momento contenía la respiración esperando lo peor, sintió de pronto que el alma le volvía al cuerpo. Tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para que no se le dibujara una sonrisa de alivio en el rostro. Imaginó por un segundo la escena: en Montevideo, en medio de las Medidas Prontas de Seguridad, con la policía de Pacheco copando las calles y la militancia resistiendo en la sombra, los severos dirigentes de la UJC uruguaya recibirían un pomposo e indignado informe diplomático desde Moscú detallando, con lujo de formalismo soviético, que el becario Humberto Berro había sido sancionado por rayar su nombre con un cortaplumas en un banco de clase. No lo iban a poder creer; cuando en Uruguay leyeran el informe, se le iban a reír en la cara.

-Entendido, camarada director -respondió Humberto con una sumisión fingida, bajando la cabeza-. No volverá a ocurrir.

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