No era como ahora; en aquel tiempo todo era gris. Fue en 1980 cuando huyeron Matilde y Vladimir.
A decir verdad, Matilde habría planeado su fuga de la Unión Soviética en solitario, pero cometió un error imperdonable: se había enamorado perdidamente de Vladimir. Aquel detalle imprevisto la obligó a recalcular cada paso; en lugar de dejarlo atrás en Moscú, no tuvo más remedio que arrastrarlo consigo y planear la emigración en pareja.
Tampoco es que vivieran mal en la Unión Soviética. El apartamento de Vladimir era pequeño, sí, pero su ubicación y su decoración -fruto de los contactos que él manejaba- eran la envidia de la mayoría de las amigas rusas de Matilde. Vladimir continuaba escalando posiciones dentro de la estructura del Komsomol, y esa lealtad calculada le reportaba privilegios que el ciudadano soviético común ni se atrevía a soñar: acceso a las selectas tiendas Beriozka para diplomáticos y extranjeros, donde podían adquirir artículos de primera necesidad y lujos occidentales sin hacer un solo minuto de cola; vacaciones pagas cada dos años en los balnearios exclusivos del mar Negro; y cenas de sábado en restaurantes de lujo donde se servía caviar y vodka de exportación.
Matilde, por su parte, enseñaba español en un colegio secundario moscovita. Gracias a la influencia y el rango de su marido, era tratada con un respeto casi reverencial por el resto de los docentes, quienes no perdían oportunidad de cantar loas al PCUS en su presencia para ganar puntos. Ella los escuchaba con una docilidad ensayada y se reía por dentro.
Sin embargo, a Matilde no le alcanzaba con esos favores prestados. Ella pretendía algo más que simples beneficios temporales concedidos por la gracia del Estado; quería seguridad real, cosas que fueran verdaderamente suyas, propiedad privada que nadie pudiera arrebatarle con un simple cambio de humor en el comité del Partido.
Ese deseo de libertad material, sumado al amor innegable que sentía por Vladimir, la empujó a incluirlo en el plan definitivo. Lyon fue la puerta de escape.
Siento que el cansancio me va ganando las piernas; es hora de volver a mi casa aquí, en la Toscana, a tomar una taza de té bien caliente. Un zorzal me acompaña con su silbido melancólico desde las ramas de un olivo mientras camino, despacio, contemplando el perfil de las colinas bajo la luz dorada del atardecer.
En 1969, al final de su estadía, Humberto se sentía extrañamente tranquilo. Después de haber depositado aquellos cien dólares sobre el escritorio del director de la Patrice Lumumba, el incidente del banco de madera pareció esfumarse en el aire de la burocracia soviética; nadie volvió a mencionar el asunto y los últimos días transcurrieron en una calma casi sospechosa. Mientras terminaba de cerrar su valija, Humberto sonrió para sus adentros al recordar un consejo que su padre, el contador, solía repetirle en el living de su casa en Montevideo: "En cualquier parte del mundo, Humberto, el dinero lo arregla todo".
Qué razón tenía el viejo. Aún le causaba gracia recordar la avidez casi felina con la que el severo director de la universidad había hecho desaparecer el billete de cien dólares bajo una carpeta de cartón gris, sin interrumpir su solemne discurso sobre la disciplina socialista.
Con una alegría que hacía meses no sentía, Humberto cargó su equipaje para dirigirse al aeropuerto de Sheremétievo. Matilde y Vladimir lo acompañaron en el Lada de este último. El trayecto se hizo casi todo en silencio, un silencio cargado de cosas no dichas pero bien entendidas. En la terminal de embarque, los tres se despidieron con un fuerte abrazo. Humberto miró por última vez a Matilde, preguntándose si volvería a verla, y luego a Vladimir, cuyo traje del Komsomol ya no le inspiraba respeto, sino una sutil lástima.
El plan de vuelo era largo: un primer tramo en un ruidoso Tupolev de Aeroflot que lo dejaría en Praga, y desde allí, la ansiada conexión de Alitalia que lo traería de regreso al hemisferio sur, previo paso por Buenos Aires, hasta aterrizar en Montevideo.
Mientras el avión ganaba altura sobre las nubes grises de Moscú, Humberto se acomodó en su asiento. Sabía perfectamente que, apenas pisara suelo uruguayo, los camaradas de la seccional 19 de la UJC lo estarían esperando con ansias. ¿Qué les iba a decir? ¿Cómo les iba a explicar el desencanto, las colas bajo la nieve, el miedo silencioso de los moscovitas y las tiendas especiales para los privilegiados del Partido?
Fue en ese momento que le vino a la mente otra de las máximas de su padre, una regla de oro de la supervivencia profesional: "Cuando la verdad no te convenga, decí siempre lo que la otra persona quiere escuchar".
Humberto decidió poner a prueba el consejo de su padre de inmediato. La azafata soviética de Aeroflot, que atendía a los pasajeros con la típica hosquedad y desgana de los empleados estatales de la URSS, pasó a su lado con el carrito de bebidas. Con un movimiento rápido y medido, Humberto deslizó un crujiente billete de diez dólares en la mano de la mujer. El cambio fue instantáneo y casi milagroso. La expresión rígida de la azafata se disolvió en una sonrisa cómplice y, durante el resto del trayecto a Praga, a Humberto no le faltó nada: le sirvieron refrescos fríos, chocolates importados y todos los cigarrillos que quiso. Definitivamente, el contador Berro tenía razón sobre cómo funcionaba el mundo.
Al llegar al aeropuerto de Carrasco, el aire húmedo y templado de Montevideo lo recibió como un abrazo conocido. Al salir de la zona de aduana, se estrechó en un abrazo apretado con sus padres. Su madre, la escribana, no pudo contener las lágrimas al ver que su hijo regresaba con los papeles limpios y sin contratiempos.
Sin embargo, la burbuja familiar duró poco. Esa misma tarde, antes de que terminara de desarmar las valijas, sonó el teléfono de la casa. Eran sus camaradas de la seccional. Con un tono de entusiasmo militante, le pidieron que al día siguiente se reuniera con ellos en el local partidario. Querían que Humberto, el cuadro intelectual que había viajado a la cuna del proletariado, les diera una charla de primera mano sobre el glorioso funcionamiento del socialismo en la Unión Soviética.
Capítulo XXVI: El teatro de las apariencias
El local de la seccional 19 de la UJC desbordaba de militantes aquella noche. El aire, espeso y cálido por el verano que se asomaba, estaba impregnado del clásico olor a engrudo de las pegatinas recientes, tabaco barato de armar y el aroma amargo del mate circulando de mano en mano. Los gurises de la barriada se amontonaban contra las paredes de azulejos descascarados, ansiosos por escuchar al "cuadro intelectual" que regresaba directo de la patria del proletariado. En un Montevideo asfixiado por las Medidas Prontas de Seguridad y la represión policial de Pacheco Areco, la Unión Soviética seguía siendo, para la mayoría de los allí presentes, un faro de esperanza mística, un refugio ideológico casi sagrado.
Mariano se había ubicado en una de las últimas filas, cerca de la ventana que daba al patio interno, buscando un poco de aire fresco. No llevaba el mate ni se sumaba a los cantos entusiastas de los militantes más jóvenes. Se mantenía callado, observando el decorado de banderas rojas y retratos de Lenin con una distancia que antes le habría parecido una traición, pero que ahora sentía como su único escudo. Las palabras de Laura seguían resonando en su cabeza como un cable a tierra: "Prestá más atención a lo que hacen y no a lo que dicen".
Cuando Humberto entró a la sala de conferencias, un aplauso cerrado y fervoroso rompió el murmullo general. Humberto vestía un pantalón oscuro bien planchado y una camisa clara que lucía impecable; su porte seguía siendo el de un hijo de profesionales de Pocitos, pero ahora traía consigo el aura prestigiosa del viajero.
Esteban, el dirigente intermedio, palmeó la mesa de madera con entusiasmo para pedir silencio y tomó la palabra.
-Camaradas -dijo Esteban con voz solemne-, es un orgullo para esta seccional tener de vuelta al compañero Humberto Berro. Humberto ha estado tres meses respirando el aire de la patria del socialismo, formándose en la Universidad Patrice Lumumba de Moscú. En estos momentos difíciles para nuestro pueblo, su testimonio nos va a llenar de fuerza para seguir dando la lucha contra la dictadura pachequista. Adelante, Humberto.
Humberto dio un paso al frente y apoyó las manos sobre la mesa de los oradores. Miró a la concurrencia. Su mirada recorrió las caras cansadas de los obreros del calzado, las manos curtidas de los trabajadores del metal, los ojos esperanzados de los estudiantes liceales. Por una fracción de segundo, sus ojos se cruzaron con los de Mariano. No hubo hostilidad en ese cruce, sino una sutil y extraña curiosidad.
Humberto carraspeó, acomodándose la voz, y comenzó a hablar.
-Camaradas -empezó Humberto, con un tono firme y pausado que imitaba a la perfección la oratoria de los grandes dirigentes-. Lo primero que tengo para decirles es que el socialismo no es una utopía. El socialismo funciona, y funciona de manera gloriosa.
Un murmullo de aprobación recorrió la sala. Mariano, en el fondo, no pudo evitar que una imperceptible mueca de asombro se dibujara en la comisura de sus labios. Sabía, por las cartas y por el propio temperamento de Humberto, el desprecio que este le tenía al frío y a las rigideces rusas. Sin embargo, allí estaba, de pie, recitando el libreto con una soltura asombrosa.
-En Moscú -continuó Humberto, gesticulando con precisión académica- no existe la miseria que vemos en nuestras calles de Montevideo. No hay niños descalzos, no hay desocupación. El Estado soviético planifica la economía de tal manera que cada ciudadano tiene garantizado el pan, la salud y la educación superior de manera gratuita. La Universidad Patrice Lumumba es un crisol de pueblos donde el internacionalismo proletario se vive en cada rincón, sin egoísmos burgueses ni privilegios.
Humberto hizo una pausa dramática para beber un trago de agua. Mientras el vaso tocaba sus labios, recordó el ruidoso Tupolev de Aeroflot, el frío polar que le calaba los huesos, las colas interminables bajo la nieve de ciudadanos grises y temerosos de las GUM, y sobre todo, la avidez casi animal del director de la universidad haciendo desaparecer su billete de cien dólares bajo una carpeta gris. Pero la voz de su padre, el contador, le soplaba al oído: "Cuando la verdad no te convenga, decí siempre lo que la otra persona quiere escuchar".
-Los obreros rusos -prosiguió Humberto, elevando el tono para la arenga final- no necesitan hacer huelgas porque el Estado les pertenece. Allí, el trabajo es una fiesta de la creación y de la solidaridad. La disciplina socialista es el cemento que sostiene ese coloso, una autodisciplina nacida de la convicción revolucionaria y no del miedo.
El local estalló en aplausos y vítores. Algunos militantes se abrazaban, conmovidos por el relato de ese paraíso lejano que justificaba sus sacrificios diarios en las calles frías de Montevideo. Esteban sonreía con orgullo, dando palmadas en la espalda de Humberto mientras este recibía las felicitaciones.
Desde el fondo, Mariano aplaudió despacio, con un movimiento medido y casi mecánico. Su mirada seguía fija en Humberto, que ahora estrechaba las manos de los camaradas con una dócil sonrisa de conformidad que Mariano conocía muy bien.
En ese instante de aplausos y banderas rojas, Mariano lo entendió todo con una claridad deslumbrante. Humberto no creía en una sola de las palabras que acababa de pronunciar. Había ido a Moscú, había visto las grietas del paraíso y había regresado convertido en el más cínico de los mentirosos. Humberto estaba asegurando su futuro, su prestigio dentro del Partido y la tranquilidad de su familia acomodada, exactamente como Laura lo había anticipado.
Mariano sintió una profunda paz interior. El peso de la culpa ideológica que lo había atormentado durante meses se disolvió por completo en el aire húmedo del local. Ya no había nada que temer de Humberto, ni de Esteban, ni de los dogmas de la seccional. El teatro estaba montado, y él también sabía cómo actuar su papel para proteger lo único que de verdad le importaba: su vida real con Laura.
Capítulo XXVII: La resaca de la utopía
Fue increíble aquel discurso de Humberto. Sin embargo, los camaradas se fueron contentos; él les había dicho exactamente lo que querían escuchar. Con ese mismo entusiasmo ciego, aplaudían de pie y se prometían unos a otros, entre humo de tabaco barato y consignas ruidosas, dar la vida por la revolución.
Y vaya si muchos la dieron. A la vuelta de los años, cuando la tormenta se desató con toda su furia sobre el país, algunos terminaron desaparecidos y los más afortunados pasaron largas temporadas en los calabozos de los penales.
Yo le hice caso a Laura. Gracias a su lucidez y a su desconfianza, pudimos salir ilesos de aquella masacre que barrió con nuestra generación.
Cuando el ejército finalmente salió a las calles con los tanques y las armas cargadas, ya era demasiado tarde para hacer la revolución. El aparato que tanto defendíamos se desmoronó como un castillo de naipes. Los dirigentes de primera línea, los mismos que nos arengaban a resistir hasta el final, se vendieron, delataron a sus propios compañeros para salvar el pellejo o se embarcaron apresuradamente en el primer vuelo hacia la seguridad de la Unión Soviética, dejando a la militancia de a pie a merced de la represión.
Solo los personajes pragmáticos como Humberto Berro lograron acomodarse sin rasguños a la nueva situación. Cuando las papas quemaron, simplemente continuaron estudiando o trabajando sin hacer mucho bochinche, mimetizándose con el paisaje y pasando desapercibidos ante los ojos del nuevo régimen militar.
Los que de verdad tenían contactos en el exterior se fueron sin mirar atrás en cuanto el clima se puso espeso. El destino, con una ironía casi cómica, terminó por poner las cosas en su lugar: los Estados Unidos, la odiada cuna del capitalismo contra la que tanto cantábamos en la seccional, se convirtieron en su meta preferida. Allá volaron, allá se instalaron y allá rehicieron sus vidas, bien lejos de la miseria y el miedo que nos dejaron de herencia.
Unos pocos, sin embargo, continuaron aferrados a las viejas promesas. Incapaces de soltar el dogma que había justificado sus vidas, siguieron creyendo ciegamente en los profetas de la URSS. Se juntaban casi en la clandestinidad, en el silencio de la noche montevideana, para rememorar glorias ya pasadas y brindar por un paraíso que solo existía en sus recuerdos gastados.
Cuando finalmente la dictadura llegó a su fin y las libertades regresaron, nos encontramos con un panorama extraño. Los nuevos camaradas que asumieron la conducción del Partido ya no hablaban de revoluciones, sino de elecciones. La mística heroica de la militancia se había transformado en una fría estrategia de cargos, votos y comités. El teatro de las apariencias seguía montado, pero ahora los actores vestían trajes de campaña electoral.
Fue entonces cuando Laura y yo supimos que nuestro tiempo en Uruguay había terminado. No queríamos ser fantasmas de una guerra que ya nadie recordaba. Decidimos partir hacia Europa, buscando una distancia que nos permitiera respirar. Primero nos instalamos en España, intentando adaptarnos al viejo mundo; luego el destino nos llevó a la fría y ordenada Austria, y por último, encontramos nuestro rincón en el mundo aquí, en Italia, bajo el sol de la Toscana.
Yo, Mariano, a las puertas de la vejez, hoy duermo en paz. No tengo el alma carcomida por los remordimientos ni por las traiciones. Duermo todas las noches con la tranquilidad del que supo elegir la vida real, sintiendo el calor conocido de Laura a mi lado.
Lo único que de verdad lamentamos, en la intimidad de nuestras conversaciones frente al té caliente, es no haber dejado descendencia. El miedo de aquellos años oscuros y la incertidumbre de andar siempre con un bolso listo por si había que escapar nos hicieron postergar el milagro de los hijos hasta que el reloj biológico nos ganó la partida. Ese vacío silencioso es la única herida que no pudimos cerrar.
Pero al final del día, cuando el sol se oculta tras los viñedos y las colinas, miro a Laura y sé que valió la pena. Elegimos protegernos. Elegimos el amor por encima de las banderas. Y esa, aunque no figure en ningún manual de la seccional, fue nuestra única y verdadera revolución.
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