¡Ni que fuera la tuya! (Por el Prof. José Núñez)
El sol quemaba el asfalto polvoriento del pueblo haciendo danzar espejismos que se confundían con la propia irrealidad que ya habitaba en la mente de Isaías. Él era uno más de esa fauna peculiar que puebla los márgenes de nuestras vidas, un alma deshilachada cuyos pensamientos tejían mantos incomprensibles para la cordura. No fue su locura, esa compañera silenciosa y constante que lo acompañaba siempre la que lo trajo al Hospital, sino una punzante neumonía, una "pulmonía" como la llamaba mi abuela con su sabiduría ancestral, como si el nombre más llano pudiera conjurar la gravedad del mal.
Isaías, contra todo pronóstico, batalló contra la enfermedad que le robaba el aire. Sus pulmones, antes fragosos como hojas secas, se fueron aquietando bajo el cuidado diligente de las enfermeras. Pero una vez que la fiebre cedió y la tos se hizo un recuerdo lejano, Isaías se quedó. En ese limbo aséptico, entre sábanas blancas y el eco constante de los pasos en el pasillo, encontró un puerto, aunque fuera forzoso. Los olvidados, como él, no tienen coordenadas en el mapa de la vida, mucho menos, manos cálidas que los esperen al final del camino.
Su locura, no dormía, se nutría, no solo de las voces fantasmales y las sombras danzantes que moraban en los recovecos de su mente esquizofrénica, sino también de una práctica repulsiva y singularmente suya. Isaías coleccionaba sus propios excrementos en una lata de atún vacía, un tesoro macabro, celosamente guardado. Y luego, con una parsimonia escalofriante, después de la menguada cena que servían en el hospital, se obsequiaba una segunda ración, sirviéndose su propia inmundicia en la misma bandeja donde antes reposara el arroz y la tajada.
Una tarde, el bullicio y el estampido de las sandalias arrastrándose, me alertaron. Los otros pacientes de la sala, hombres curtidos por la enfermedad y la desidia, salían despavoridos como si hubieran visto al mismísimo demonio. La curiosidad, me llevó a asomarme a la puerta de su habitación.
La escena era dantesca y a la vez grotescamente infantil. Isaías estaba sentado en su cama, la espalda apoyada en la almohada raída, con la boca y la barbilla embadurnadas de una pasta oscura y pestilente. Parecía un niño travieso, untado hasta las orejas con un helado de chocolate imaginario, solo que el hedor que emanaba de él era inconfundiblemente nauseabundo.
-¡Coño, Isaías! -exclamé, la sorpresa y el asco peleando por imponerse en mi voz-. ¿Hasta cuándo esa comedera de mierda?
Él, imperturbable ante mi grito, levantó la cuchara mugrienta, aún cargada con su peculiar manjar, y me miró con una displicencia que helaba la sangre. Sus ojos, vidriosos y perdidos en su propio universo, reflejaron una sombra de fastidio ante mi intromisión.
-¡Guá... ni qué fuera la tuya! -replicó con una suficiencia escalofriante, como si mi asombro fuera una muestra de ignorancia ante una exquisitez incomprendida.
Su respuesta, tan inesperada como absurda, me dejó petrificado en el umbral. En ese instante, la locura de Isaías se me antojó menos una enfermedad y más una frontera impenetrable, un abismo insondable donde la lógica y la razón se desdibujaban hasta desaparecer. Y en su exabrupto final, en esa comparación grotesca y sin sentido, resonaba una verdad amarga sobre la condición humana: cada uno, a su manera, se aferra a sus propias miserias, a sus propios "helados de chocolate", con una obstinación que desafía toda lógica y todo buen juicio. Isaías, el loco del hospital, nos había ofrecido, sin proponérselo, un espejo deformado de nuestra propia y a menudo incomprensible existencia.
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