¡Y qué... Jimmy! (Por el Prof. José Núñez)
El hospital, una gran madeja de quejas y esperanzas, había visto pasar por sus puertas el ir y venir de miles de almas. Pero ninguna tan particular como la del muchacho al que llamabamos con particular simpatía, Jimmy, el chico de las "combustiones". Y es que cada una de ellas, eran crueles relámpagos neuronales que cavaban cada vez, un surco más profundo en el frágil mapa de su cerebro. Cada espasmo involuntario, cada temblor de la epilepsia, era una huella más, un eco de un daño invisible pero persistente.
El chamo, un retazo de infancia no vivida, se la pasaba hospitalizado. Se había vuelto una presencia acostumbrada, un habitante del umbral entre la enfermedad y una cotidianidad incierta. Cada "combustión" era un pasaporte de regreso a la Emergencia de Pediatría, donde pasaba unos días bajo el manto protector de las sábanas blancas y la acelerada rutina hospitalaria. Luego, como un barco a la deriva que al final vuelve al puerto, era entregado a un "adulto responsable" - ¿su madre? ¿un familiar? - la identidad se difuminaba en el ir y venir de la rutina diaria.
Su figura se hizo tan familiar como el chirriar de los carritos de medicamentos o el murmullo de las enfermeras. Venía y se iba, crecía a la vista de todos, pero sin avanzar. Se daba por sentado que provenía de Santa Bárbara, un pueblito cuyo nombre sonaba a aguardiente, y aunque no parecía abandonado, su recurrente aparición en el hospital sembraba interrogantes silenciosas.
El médico, en su rutina de siempre comenzó a notarlo en cada guardia, como un fantasma diurno que se había colado en la vida del hospital, en sus arterias y ventrículos. Su presencia se hizo tan consuetudinaria que dejó de extrañar, se convirtió en parte del paisaje, como el viejo árbol en el patio o la sirena de la ambulancia. El chamo, con la lentitud melosa que a veces marca al epiléptico con déficit mental, se movía por los grises recovecos de las noches y los días hospitalarios, un espectador silencioso de dramas ajenos. Compartía el comedor, donde siempre lograba pescar algún bocado, y luego se desvanecía, como una bocanada de humo en el aire. Se iba, volvía, crecía... Pero no avanzaba.
La última "combustión", sin embargo, no fue pediátrica. El tiempo, ese río imparable, lo había llevado más allá de la infancia, y su manejo, ahora, era competencia de Medicina Interna. En Venezuela, ese vacío lacerante en la asistencia médico-psicológica del adolescente, lo había arrojado a un nuevo mundo. El muchacho lento y solitario, ese que ya no cabía en una cuna, se encontró de pronto entre ancianos con la mirada perdida, malandros con historias tatuadas en la piel, diabéticos con el dulce veneno en la sangre, cardiópatas con el corazón rendido y cansado, suicidas que habían fracasado en su intento, atracados y atracadores con el miedo y la rabia en los ojos, presos y libres enrejados por las circunstancias. En fin, entre diversidad de patologías extremas, los que, de una forma u otra, sienten y padecen lentamente en los dolores de los adultos.
Por supuesto, la "combustión" no lo quemó por completo. Y esa tarde, al pasar la revista, los ojos del médico se encontraron con los del muchacho. En ese sopor que debe producir el regreso desde los extraños parajes visitados hasta el mundo de las tres dimensiones, de sus labios brotó, inesperado y sonoro, su saludo, el reconocimiento que desdibujó la barrera entre paciente y médico, entre el enfermo y el que cura:
-¡Y qué... Jimmy!
Valoración: 5.0/5 (2 votos)
Comentarios
Aún no hay comentarios. Sé la primera persona en compartir una opinión respetuosa.