Renzo del Castillo tenía treinta años cuando volvió de Europa.
Traía encima el cansancio de una relación de diez años recién terminada, una maleta llena de ropa arrugada y esa extraña sensación de libertad triste que queda cuando uno pierde a alguien que creyó eterno.
Santiago lo recibió con ruido, micros repletas, humo gris sobre la Alameda y una oportunidad de trabajo en una empresa de Capacitación tecnológica ubicada en pleno centro de la ciudad.
La empresa tenía tres sedes, pero Renzo trabajaba en la principal, como administrador general.
Al principio, el ambiente fue incómodo.
Todos sabían que era familiar del dueño y los empleados lo miraban con cautela, como si intentaran descubrir si venía a fiscalizarlos o a convertirse en otro jefe insoportable.
Pero Renzo tenía facilidad para mezclarse con la gente.
Con el tiempo comenzaron las bromas, los cigarros compartidos afuera de la oficina, los cafés rápidos entre trámites y finalmente la invitación al ritual de los viernes.
Porque existía una especie de cofradía dentro de la empresa.
Cada viernes, después del trabajo, un grupo de compañeros desaparecía rumbo a Bellavista. No eran parejas oficiales, aunque casi siempre terminaban agrupados de a dos. Eran diez o doce personas buscando olvidar el cansancio de la semana entre música, alcohol y conversaciones interminables.
El lugar favorito era una Salsoteca llamada La Filomena.
Allí, bajo luces cálidas y mesas pegajosas por el ron derramado, Renzo comenzó a extraviarse un poco.
Volvió a beber después de años sin hacerlo.
Consumía algunas cosas de vez en cuando, lo suficiente para sentirse más liviano y menos solo.
Vivía prácticamente solo en un departamento del barrio alto y sus fines de semana se transformaron en una mezcla de música, humo, cuerpos y noches demasiado largas.
Esto transcurrió por casi un año…
Hasta que un día comenzaron a hablarle de ella.
—Llegó una niña nueva a Providencia.
—Tienes que conocerla.
—Es preciosa.
Al principio no le dio importancia.
Pero insistieron tanto que finalmente decidió ir.
En la sede de Providencia trabajaba Leopoldo de Stephanie, jefe de cobranza y amigo cercano de Renzo.
Antes de salir, la gerente general lo interceptó.
—Ya sé cómo te portas los fines de semana —le dijo—. Haz lo que quieras con tu vida, pero no vayas a tocar a esta niña. Ella es muy importante para la empresa.
Renzo se hizo el ofendido.
Negó todo.
Dijo que solamente iba a conversar con Leopoldo.
Y quizás una parte de él realmente creyó esa mentira.
Cuando entró a la oficina, Leopoldo lo recibió con abrazos exagerados.
—Yo sé a lo que vienes, papá —le dijo riéndose.
Y entonces ocurrió.
—Renzo, te presento a la señorita Nieves de los Molinos.
Ella levantó la vista.
Y el mundo cambió de posición.
Era hermosa de una manera difícil de explicar.
No solamente por el rostro.
Había algo en la forma en que sonreía, en cómo pronunciaba las palabras, en la educación suave de sus movimientos.
Parecía iluminar el espacio.
—Así que usted es Renzo del Castillo —dijo ella divertida—. Me han hablado mucho de usted.
—Espero que bien.
—No muy bien.
Ambos rieron.
Desde el primer minuto existió una complicidad extraña entre ellos.
Mientras hablaban, Renzo tuvo una certeza absurda e inmediata:
se estaba enamorando.
Y no de una manera tranquila.
Se enamoró con esa violencia silenciosa con que uno comprende que acaba de conocer a alguien que puede cambiarle la vida.
Aunque también sintió miedo.
Ella tenía dieciocho años.
Él treinta.
Y mientras la escuchaba hablar, pensó algo que jamás olvidaría:
“No es para mí.”
Sin embargo, antes de irse, reunió valor.
La vio alejarse hacia unos archivadores al fondo de la oficina y caminó detrás de ella.
Intentó parecer tranquilo.
No lo estaba.
—No quiero ser imprudente —le dijo—, pero… ¿aceptarías tomar un café conmigo?
Nieves lo miró divertida.
—Parece que sí eran verdad las cosas que me dijeron de usted.
Ella intentó negarse.
Él insistió.
Y finalmente aceptó.
Nunca existió realmente ese café.
Terminaron cenando.
Hablaron durante horas.
Y al día siguiente ya eran novios.
El amor entre ellos fue inmediato, intenso y profundamente feliz.
Pasaban tardes enteras en el Café Colonia, cerca del trabajo de Renzo.
Los fines de semana se refugiaban en el departamento del barrio alto donde él vivía prácticamente solo.
Veían películas.
Comían cualquier cosa.
Dormían abrazados hasta tarde.
Ella lo cuidaba.
Le ordenaba la vida.
Le enseñó, sin proponérselo, una versión más tranquila de sí mismo.
Y Renzo dejó atrás Bellavista, La Filomena y las noches interminables.
Por primera vez en mucho tiempo quiso quedarse quieto.
Nieves nunca lo llevó a conocer a sus padres.
Sabía que rechazarían la relación.
Ella era demasiado joven.
Él demasiado mayor.
Pero a ninguno parecía importarle.
Vivían encerrados en una pequeña felicidad privada.
Hasta que un día todo desapareció.
Renzo llegó a trabajar y la gerente general lo llamó inmediatamente.
—¿Qué hiciste?
Nieves había renunciado.
Se había ido.
Y además había pedido expresamente que no le entregaran información sobre ella.
Renzo quedó paralizado.
Intentó buscarla.
Fue una vez a su casa y prácticamente lo echaron.
Llamó durante semanas al teléfono fijo.
Después cambiaron el número.
Durante meses hizo rondas cerca de su barrio solamente para verla pasar.
Nunca apareció.
Y aunque jamás logró olvidarla, con el tiempo dejó de buscar.
Los años siguieron avanzando.
Tuvo otras relaciones.
Más tarde estuvo diecisiete años junto a la madre de su hija.
Pero Nieves nunca desapareció realmente de su memoria.
Quedó instalada en algún lugar silencioso de su vida.
Como una herida que ya no sangra, pero tampoco cicatriza.
Pasaron más de veinte años.
Hasta que una tarde su hijo le dijo:
—Papá… tengo una compañera en un salón espiritual. Dice que te conoce.
Renzo apenas prestó atención.
—¿Cómo se llama?
—Nieves.
El tiempo se detuvo.
Su hijo le contó que ella había dicho que Renzo había sido una de las personas más importantes de su vida.
Él pidió el número.
Ella autorizó entregarlo.
Y Renzo le escribió inmediatamente.
Nieves vio el mensaje.
Pero no respondió.
Pasó el día completo.
Pasó la noche.
A la mañana siguiente él volvió a escribirle, bromeando con que seguramente ahora se había olvidado de los pobres porque era una exitosa empresaria gastronómica.
Entonces el teléfono sonó.
Y al escucharla, Renzo sintió algo imposible.
La voz era exactamente la misma.
Como si el tiempo no hubiera ocurrido.
Hablaron cordialmente al principio.
Con cuidado.
Como dos personas caminando sobre cristales.
Hasta que ella dijo:
—Yo creo que nos debemos una conversación.
Quedaron de hablar esa noche a las diez.
Y Renzo pasó todo el día esperando esa llamada como un muchacho enamorado.
A las diez en punto, el teléfono sonó.
Y no dejaron de hablar hasta las siete de la mañana.
Recordaron lugares.
Canciones.
Películas.
Caricias.
La manera en que se amaban.
Volvieron a hablarse como novios.
Como si veinte años no hubieran existido.
Hasta que de madrugada Renzo hizo la pregunta.
—¿Qué nos pasó?
Hubo silencio.
Y luego escuchó a Nieves llorar.
—Sí me acuerdo por qué terminó todo —susurró.
Entonces le contó.
Un día había ido de sorpresa a buscarlo a la oficina.
Entró a la sede del centro y se quedó esperando.
Vio salir a una profesora acomodándose la ropa.
Y detrás de ella apareció Renzo.
Arreglándose la camisa.
En ese instante, dijo ella, sintió que toda su vida se quebraba.
No reclamó.
No hizo escándalos.
Simplemente desapareció.
Cuando terminó de escucharla, Renzo cayó de rodillas junto a la cama.
Aunque ella no podía verlo, le pidió perdón llorando.
Una y otra vez.
Entendió de golpe la magnitud de lo que había destruido.
Había perdido a la mujer más importante de su vida por una estupidez.
Nieves también lloró.
Le dijo que lo había perdonado hacía muchos años.
Pero agregó algo que Renzo jamás olvidaría:
—Me mataste la historia.
Ella quería pasar toda la vida junto a él.
Tuvo que ir al psicólogo.
Se casó por despecho con alguien que apenas duró unos meses.
Y aunque el tiempo avanzó, jamás consiguió borrar completamente aquella herida.
Después de esa noche siguieron hablando.
A veces él la llamaba.
A veces llamaba ella.
Y lentamente el amor volvió a aparecer entre conversaciones largas y recuerdos imposibles de enterrar.
Pero ahora existía un problema más grande que el tiempo.
Nieves estaba casada.
Tenía hijos.
Y aunque confesó que nunca estuvo enamorada de su esposo, también dejó claro que era un buen hombre y que no haría nada que le hiciera daño…
Renzo insistió durante meses en verla.
Finalmente ella aceptó.
Viajaba a Santiago una o dos veces al mes por asuntos de trabajo y acordaron reunirse en el centro.
Él despertó ese día a las siete de la mañana.
Como un adolescente.
Pero a las ocho ella llamó para cancelar.
Su esposo, que nunca la acompañaba, había decidido ir con ella.
Y eso comenzó a repetirse una y otra vez.
Cada intento de encuentro terminaba frustrado.
Hasta que una vez Renzo se enojó.
Y entonces Nieves tomó una decisión.
—Los dos sabemos que esto es un error —le dijo—. Lo que sentimos es una cosa. Lo que se puede hacer es otra.
Le pidió que dejaran de hablar.
Y desapareció nuevamente.
Esta vez bloqueándolo de todas partes.
Renzo volvió a quedarse solo.
Desesperado.
Sin saber qué hacer.
Hasta que una noche de viernes encontró su correo electrónico antiguo.
Se sentó frente al computador.
Tenía una botella de whisky al lado.
Y comenzó a escribir.
Al principio no sabía qué decir.
Miró la pantalla en blanco durante varios minutos.
Después tomó un poco de whisky.
Y entonces ocurrió algo extraño.
Los dedos comenzaron a moverse solos sobre el teclado.
Como si durante años hubieran estado esperando ese momento.
Como si toda la pena acumulada hubiese encontrado finalmente una salida.
Las manos le temblaban.
A ratos lloraba tanto que apenas veía las letras.
Pero seguía escribiendo.
Los dedos parecían volar sobre el teclado como mariposas desesperadas tratando de alcanzar algo que ya se había ido.
Renzo casi no pensaba.
Simplemente dejaba salir todo.
La culpa.
La vergüenza.
El amor.
Los recuerdos.
La rabia contra sí mismo.
Y mientras escribía sentía que, por primera vez en muchos años, realmente estaba hablando con ella.
Escribió llorando.
Escribió durante horas.
Veinte páginas completas.
Le pidió perdón otra vez.
Le contó todo lo que sentía.
Todo lo que había destruido.
Todo lo que nunca había dejado de amar.
Y envió el correo.
Lo que Nieves no sabía era que Renzo tenía instalado un programa que le permitía saber cuándo alguien abría sus mensajes.
Ella lo leyó.
Una vez.
Dos veces.
Veinte veces.
Y siguió leyéndolo con los días.
Entonces Renzo volvió a escribir.
Y después otra vez.
Le dedicó canciones.
Poemas.
Cartas.
Historias.
Ella jamás volvió a responder.
Pero siempre leyó.
Durante cinco años la historia continuó así.
Él escribiendo.
Ella leyendo.
Él enviándole canciones, cartas, poemas, recuerdos y fragmentos de vida.
Ella abriendo cada correo como quien regresa a una habitación prohibida.
Y muchas veces Renzo le dijo que si quería que desapareciera, bastaba con una sola palabra.
Que si ella le pedía detenerse, jamás volvería a escribirle.
Pero Nieves nunca lo hizo.
Nunca respondió.
Y nunca dejó de leer.
Con el tiempo, los correos comenzaron a espaciarse.
Ya no eran tan largos.
Ya no nacían siempre desde la desesperación.
A veces eran solamente unas pocas líneas enviadas de madrugada.
Un recuerdo.
Una canción.
Una fotografía antigua.
Alguna frase escrita después de pensar en ella durante horas.
Pero incluso así, Nieves seguía leyendo.
Siempre.
Como si entre ambos existiera todavía un hilo invisible que ninguno había querido cortar.
Y Renzo comprendió algo con los años.
Quizás la vida no les permitió volver a estar juntos.
Quizás el tiempo llegó demasiado tarde.
Quizás el amor, a veces, no viene a quedarse… sino solamente a marcar una vida para siempre.
Pero aun así, de alguna forma extraña y silenciosa, ellos seguían acompañándose.
Ella leyendo.
Él escribiendo.
Como dos personas que nunca consiguieron despedirse por completo.
Así quedaron.
Separados.
Sin tocarse.
Sin verse jamás otra vez.
Pero unidos todavía por algo que ninguno de los dos consiguió destruir.
Por un amor que
sobrevivió incluso al tiempo.
Y quizás también a ellos mismos.
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