Aparcó frente a la casona y bajó sus pertenencias. Fue directo a la cocina, preparó un expreso y llenó una copa hasta la mitad con coñac. Ya en la terraza, se sentó en la mecedora junto a una pequeña mesa. Vertió un chorro de licor en el café y dejó el revólver sobre su regazo. Entonces, una lágrima brotó, lenta y pesada, de sus ojos cansados.
Dos años atrás, aquel mismo lugar había sido el escenario de la felicidad junto a su mujer y sus dos hijas. Bruce no sabía entonces que un error lo conduciría a este instante, al borde del abismo.
La depresión tras los negocios fallidos es un hoyo negro que se vuelve más profundo cada día. Las mentiras para sostener un estatus ante la familia, para ocultar la bancarrota, se vuelven una carga insoportable. Pero llega un punto en que no se puede mentir más. Y cuando finalmente se confiesa, suele ser demasiado tarde. Al principio hubo apoyo, pero pronto llegaron los problemas: se acabaron los restaurantes, las salidas, las escapadas a la parcela —que finalmente hubo que vender— y el personal de servicio.
El tiro de gracia llegó con el divorcio. Ella no soportó la estrechez económica. De repente, Bruce descubrió que aquel "en las buenas y en las malas" era solo una frase vacía. En un segundo, se quedó sin trabajo, sin familia, sin hogar, sin dinero y frente a un túnel que no tenía fin. Fue entonces cuando sus ojos comenzaron a buscar, con una insistencia aterradora, el cajón donde guardaba el arma.
Terminó el café y el coñac. Verificó que el arma estuviera cargada y, con las manos temblorosas, acarició el metal del Remington, como pidiéndole perdón por el acto que estaba por cometer.
El dolor más grande no era la pérdida, sino dejar a sus hijas. Comenzó a elevar el arma hacia su sien; su dedo buscó el gatillo y lo presionó con suavidad. En ese preciso instante, el mundo se detuvo: un colibrí se posó frente a su rostro. El zumbido frenético de sus alas fue el único sonido en la inmensidad del campo. El ave permaneció allí un tiempo que pareció eterno. Bruce me confesaría tiempo después que estaba seguro de que, durante esos segundos, el animal lo miraba fijamente a los ojos.
Bajó el arma lentamente. En un pestañear, el ave desapareció. Bruce lloró durante horas; ya de madrugada, entró en la casa para intentar dormir.
Jamás volví a ver a Bruce. Quizás lo intentó de nuevo, y esta vez, el colibrí estaba tratando de salvar a alguien con un poco más de fe.
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