A las seis de la tarde, Louis ya no soportaba el encierro en la librería. El calor del trópico se embarraba en los cristales como una costra de mugre. Los enganchados al vicio venían de una semana de perros, sofocados por una escasez de marihuana que los tenía con el humor en la lona, rascando las paredes. Conseguirla había sido toda una odisea.
Justo le cobraba Furias Nuevas a Ulises -quien lo tenía acorralado con su verborrea de crítica social y sus exigencias de inclusión para las minorías- cuando apareció Montse. Y ella, claro, se veía guapísima, tan irreal que a Louis le asaltó la duda de si desfilaba en plan de cómplice o de diva destructora dispuesta a incendiar el local. Estuvo a un segundo de rogarle a su compañera que le hiciera el paro para escapar de Ulises, cuando la puerta de cristal escupió mi entrada.
-Disculpen la demora -les solté, empapado en sudor, con la respiración rota-. La pinche morra con la que estoy de arrimado bloqueó la puerta. Se encabronó porque no la invité a la lectura de Malaleche, agarró un cebollero y forzó mi espalda contra la pared.
-¿Y qué hiciste? -Montse me miró con la cara endurecida.
-Le dije que se animara, que lo hundiera de una vez. Entonces la loca se puso el cuchillo en la garganta y dijo que mejor se mataba ella.
Louis abrió la boca:
-¿Y la dejaste ahí?
-Tenía que venir por ustedes.
-¿De qué carajos hablas, Tristán? -me cortó Montse.
La compañera se apiadó de Louis y tomó la caja. Los arrastré a la parte de atrás de la librería para prender el porro y bajar la neurosis. Ahí se nos unió la Pelirroja. Se había enfundado en un palazzo azul que le marcaba unas nalgas perfectas, redondas e insolentes, bañada en su perfume más caro. Transpiraba fastidio. Su novio en la Ciudad de México llevaba un mes de fantasma, así que resolvió enfiestarse con nosotros para matar la amargura. También estaba Anette, prima de Montse.
Yo venía acelerado. Tres horas al volante desde Ciudad del Carmen por culpa de una vieja. Llevábamos una semana cruzando fluidos y ya se creía con el derecho de parárseme en la puerta como araña rabiosa. El primer golpe de la hierba hizo cortocircuito con la adrenalina del viaje y me revolvió el estómago.
Salimos del escondite y los dejé alegando hacia dónde arrancar para meterme de urgencia a una taquería. Le pagué diez pesos a un cabrón con delantal grasiento a cambio de un cuadrito de papel y el privilegio del retrete. Siempre he dicho que las mejores ideas llegan cagando. Sentado en la peor taza de San Juan Bautista, mientras me vaciaba los intestinos, tomé una decisión: esa noche la íbamos a reventar.
El evento se armó en el Submarino: todo un emblema entre los falsos intelectuales del estado. El circo lo montó Malaleche, un promotor cultural de oficios tan múltiples como dudosos; un güey capaz de bajarte un recurso del ayuntamiento en la mañana y destaparte la cañería por la noche. Era un lector insaciable, de esos que escupen párrafos enteros de Arlt o de Onetti mientras se hunden en su quinta cerveza. A él le debíamos la lectura de obra, esa masturbación pública donde el ego del autor vomita su arte sordo y famélico. El invitado era Álvaro de Gardenia, un poeta mexiquense de cara triste.
Nosotros íbamos a lo nuestro: a buscar a esas personas que solo requieren una chispa para arder. A la mitad de la perorata del mexiquense, el tedio nos asfixió. Álvaro de Gardenia se aferraba al micrófono con los ojos cerrados, exprimiendo cada palabra como si ahí se le fuera la vida.
-Hace años me rompieron el corazón -declamó-. Desde entonces, no busco uno de repuesto.
Volteé hacia Ulises.
-Este güey necesita una cerveza y dejar de sufrir en público.
Anette, sentada al otro extremo de la mesa, levantó la vista.
-Tú te ríes de todo lo que te da miedo.
-Y tú analizas demasiado a la gente.
-No. Solo a los pendejos.
Volvió a mirar al poeta.
Salimos a la calle con total descaro, sin dejar que terminara de declamar sus miserias, y enfilamos al bar de enfrente. Aquel agujero era una ratonera lúgubre donde el tufo a cerveza rancia te embestía nada más cruzar las puertas. Un refugio legítimo de la gente del barrio: el purgatorio de los rotos. En esa ruina auténtica, sin micrófonos ni versos baratos, decidimos hundirnos.
-Vi cómo te miraba el poeta -le dije a Montse, mientras ella se forjaba un cigarro-. Si te da la gana, el pendejo no solo te escribe un verso: te redacta dos poemarios.
-¿Te caen mal los poetas? -Me echó el humo.
-No. A veces solo busco provocar.
Louis, aferrado a su botella, torció la boca en una sonrisa. Mencionó a Begbie, pura referencia cinéfila de yonquis, y soltó la idea de hacer de esa velada una auténtica noche beat. Sujeté a Montse por la cintura. Regresamos al Sub a puros empujones, exigiendo a gritos que apareciera Álvaro de Gardenia. Acababa de bajar de la tarima. Hice a un lado a un par de lamebotas, me planté frente a él y le dije:
-Te presento a Montse. Fue embajadora de su municipio, es la mujer más hermosa de este puto infierno y se muere por conocerte.
Ella hizo lo suyo. Parpadeó, sonrió con esa malicia indescifrable y yo di un paso atrás para ver arder Roma.
Louis no se rió.
-No la estés ofreciendo como premio, cabrón -me dijo.
-Relájate. Estamos ayudando al arte nacional.
-Eres un imbécil.
-Y tú estás enamorado.
Louis apretó la botella entre los dedos.
-Chinga tu madre -escupió.
El poeta mordió el anzuelo hasta el fondo del estómago. Cuando decidimos abandonar el Submarino, salió detrás nuestro, olfateando el rastro de Montse como un sabueso en brama. Atrás dejamos a Malaleche encabronado, echando chispas porque le habíamos robado la corona. Ya en la banqueta, Ulises soltaba datos y testimonios precisos sobre precursores del rock setentero mexicano, como si el muy güevón hubiera estado ahí, tragando ácido con ellos. Álvaro de Gardenia intentó colarse a nuestro coche, pero alguien le cerró la puerta en las narices alegando que no cabía ni un alfiler.
-Yo nunca he ido a un teibol -dijo de pronto la Pelirroja.
Y como yo traía las llaves, el coche hizo el resto. Caímos en un congal de mala muerte en Tamulté. Le explicamos a la Pelirroja la jugada: cómo se movían las ficheras, el simbolismo barato de las luces rojas, la podredumbre disfrazada de oropel. A fin de cuentas, el ambiente nos aburría soberanamente, pero éramos escritores: nos creíamos con la autoridad moral de disecar la ruina ajena. Hasta que la Pelirroja, harta de nuestra pedantería, nos recriminó que jugábamos a los malditos solo porque cada uno había publicado un cuento de mierda sobre putas.
Nos cerró el hocico.
Si la Pelirroja quería saber de qué iba este inframundo, le iba a dar un bautizo de primera mano. Empujé la silla, la jalé y fuimos a cazar a Amnesia por los pasillos. Una veterana de las luces rojas. Andaría rondando los treinta y cinco, pero conservaba un cuerpazo increíble, duro y feroz, moldeado a punta de bisturí y madrugadas. La intercepté. Fui directo: traía a una amiga de curiosa y quería que nos bailara a los dos en un privado.
Tres rolas. Tres balazos de realidad.
Nos subordinó por completo a sus caderas, envolviéndonos como una boa. Deslizó las manos por donde le dio la gana y nos dejó respirando su perfume mezclado con laca y sudor de pista. Cuando salimos del privado, la Pelirroja tardó unos segundos en encontrar los cigarros dentro del bolso.
Al regresar a la mesa, clavé la vista en Anette. Tendría escasos veinte años, con una carita de no matar ni a una mosca y unos ojos que ya venían de regreso del infierno.
-¿Qué miras? -preguntó.
-Estoy tratando de averiguar si eres tan inocente como pareces.
-No pierdas el tiempo.
Le dio un trago a su cerveza y volvió la mirada hacia la pista.
El terror asomó cuando vimos entrar al poeta mexiquense al cabaret. Nos había seguido. La lujuria lo traía arrastrando el hocico por todo San Juan Bautista.
-¿Qué le habrá dicho Montse para tenerlo tan pendejo? -me susurró Ulises al oído.
No quedaba de otra. Había que huir. Alguien en la penumbra propuso la locura definitiva: largarnos a la playa.
La carretera nos fue devorando. Louis me preguntó desde el asiento trasero si yo jugaba a imitar a Neal Cassady.
-No -le contesté pisando el acelerador-. Solo hago homenajes.
No quedaba alcohol ni cigarros; solo la hipnosis de las líneas blancas marcando el rumbo hacia la arena. Al llegar, la vastedad del océano nos golpeó la cara.
-Vamos a meternos -exigió Anette.
-Sí -le respondí-, pero en pelotas.
Nos desnudamos bajo el cielo sucio. El mar estaba helado, hostil. No aguantamos más que unos minutos tiritando entre las olas.
Anette se sentó a mi lado sobre la arena, desnuda, abrazándose las rodillas.
-¿Sigues pensando regresar hoy a Ciudad del Carmen?
-Claro.
-Estás loco.
-Louis dice lo mismo.
-Entonces por una vez deberías hacerle caso.
Se levantó y fue a buscar su ropa.
Mientras nos vestíamos, vi a Louis mirando a Montse. Ella estaba de espaldas, exprimiéndose el cabello.
Le di un codazo.
-Todavía estás a tiempo.
-¿De qué?
-De dejar de mirarla y hacer algo.
Louis se puso la camiseta.
-¿Tú siempre tienes que cogerte a alguien para saber si te gusta?
Me reí.
-No. A veces primero averiguo cómo se llama.
-Eres un idiota.
-Pero no estoy enamorado.
Louis me miró un instante.
-Qué suerte la tuya.
Se agachó a buscar sus zapatos.
El amanecer comenzó a rasgar el horizonte con un tono grisáceo y enfermo. Alguien preguntó si de casualidad habíamos visto al poeta ahogándose en la orilla, y todos soltamos una carcajada seca, llena de sal.
De regreso, la manada se desintegró. Louis se bajó cerca de su cuarto. Antes de cerrar la puerta preguntó si me atrevería a manejar hasta Ciudad del Carmen. Le dije que sí, que en un par de horas.
-No eres Cassady -sentenció.
Terminé llevando a Montse y Anette a su departamento. Anette gritó que compráramos una botella de tequila antes de subir.
-Te la vas a tomar tú sola -le advertimos.
Montse nos dejó en la sala alegando cansancio. Antes de encerrarse, me miró a los ojos.
-Cuídala, te la encargo.
-Como si necesitara que la cuidaran -murmuré.
Anette soltó una risa y se dejó caer en el sillón.
Nos quedamos solos.
Sirvió tequila en dos vasos y empezó a hablarme de un proyecto para migrantes en la frontera sur: de la sangre sobre las vías, del polvo pegándose a la ropa, de familias enteras caminando durante días para llegar a ninguna parte. La escuché sin interrumpirla. Era extraño verla hablar así después de todo el desmadre de la noche.
En algún momento se quedó callada.
-¿Qué? -preguntó.
-Nada.
-Llevas rato mirándome.
-Te dije que analizabas demasiado a la gente.
Sonrió.
-Y yo te dije que solo a los pendejos.
-Entonces ya me chingué.
Se rió.
-Yo también -soltó.
Después ninguno dijo nada.
No sé quién se acercó primero. Solo recuerdo su mano tirando de mi camisa y mi boca encontrando la suya. Nos besamos con la urgencia de dos sobrevivientes.
-Soy un alma libre -advirtió, mientras los botones de su blusa cedían.
-Yo no tengo pareja -me defendí.
Comenzamos a desnudarnos sobre la alfombra raspada. La piel estaba caliente, viva, pero justo antes de seguir, ella me frenó en seco:
-Esta es la primera y la última vez que vamos a coger.
La miré en silencio. Tragué saliva. Recordé de golpe al poeta mexiquense aferrado al micrófono unas horas antes. Me había cagado de risa de él.
Asentí.
-Está bien -le contesté, robándome su puto verso-. Hace años que me rompieron el corazón. No busco uno de repuesto.
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Comentarios
Muchas gracias, Liyanet. También he leído tus cuentos. Un abrazo.
juvenil y muy buen estilo descriptivo y narrtivo.
Hola, Luis... muchas gracias por la lectura. Un abrazo.
Me gusta mucho el estilo y la forma en que describes todo. El lector puede sentir lo que sienten los personajes.