(Inspirado en un trabajo de mi amigo y poeta venezolano Luis Soto, titulado: Larga vida a los cuentos)
Bajo un cielo cubierto de nubes de algodón de azúcar, el tiempo era un niño de rodillas sucias que desgranaba las horas con sonrisas jugosas y doradas como un mango maduro. En aquel jardín de nubes mágicas, la brisa mecía la tierra y el agua cantaba en los ríos de plata; el bosque respiraba con sus verdes pulmones y las montañas alzaban sus escarpadas espaldas como abuelos sabios que custodiaban a sus inquietos nietos. Allí, las guacamayas multicolores y los helechos taciturnos tejían un pacto secreto, recordándonos que todos, sin excepción, somos guardianes y soñadores de un mundo natural que nos demanda vida.
El paisaje, caprichoso y amplio, se desbordaba en playas de espuma mansa, mares profundos y desiertos de arena tibia donde el sol dibujaba oasis de paz. En aquel confín, el hambre del espíritu no se saciaba con frutos terrenales, sino con versos que volaban en bandadas, calmando el corazón con el simple milagro de soñar.
Eran los niños y las niñas los únicos dueños de este reino, pequeños alquimistas cuyas risas brotaban como cascadas y cuyas almas inocentes dictaban el curso de los vientos. Con manos pequeñas y miradas limpias, ellos eran los únicos autores capaces de escribir, página a página, en el gran libro del mundo. Y así, mientras el bullicio del tiempo adulto se desvanece en prisas, son ellos quienes nos devuelven la brújula extraviada, invitándonos a detener el paso y volver a leer, con la inocencia intacta, las verdades que un día olvidamos.
Inspirado en un trabajo de mi amigo y poeta venezolano Luis Soto, titulado: "Larga vida a los cuentos".