Lectura

Cuentos de veterinarios

Por Guillermo · Italia · Histórico

Huesos

Parecía una bolsa de basura y como tal la hubiera tomado, de no ser porque me pareció que se movía. Para quitarme la duda, caminé unos treinta metros hacia adentro del terreno baldío que bordeaba la calle por la que venía. Cuando llegué al lugar, no podía creer lo que veía. Allí tirado, panza abajo y jadeando, estaba lo que aparentaba ser un cachorro de perro. Digo "aparentaba" porque no tenía un solo pelo; su piel, cubierta de costras sanguinolentas, recordaba a la de un kala peruano o perro pelón.

Estaba al sol, visiblemente deshidratado y muy, pero muy flaco. Lo levanté en brazos y creo que me lo agradeció moviendo a duras penas su rabo mutilado. Caminé con él hasta llegar a casa; lo primero que hice al llegar fue darle agua, que por suerte bebió por sí solo.

Durante las siguientes semanas, mi familia y yo nos dedicamos a brindarle un tratamiento intensivo en el que no faltaron los medicamentos, el alimento y, principalmente, cariño, mucho cariño. Fue así como, en un tiempo relativamente corto, el amor hizo milagros. Lo llamamos Huesos, en honor al estado de extrema delgadez en el que llegó a casa. Pronto se transformó en una cruza de bóxer con quién sabe qué, de tamaño grande y un poco obeso.

Huesos corría gustoso y se divertía mucho. Pero tenía una gran virtud: nos adoraba y estaba continuamente alerta para defendernos, sobre todo de los perros de los vecinos.

Esta virtud pronto se convirtió en un inconveniente. Su desmedido afán de protección nos generó muchos problemas y, muy a nuestro pesar, empezamos a pensar que Huesos necesitaba un lugar más adecuado para vivir. Sin embargo, todavía estaba muy apegado a mí, y creer que se adaptaría a otra familia me parecía imposible.

Luego de pensar varios días en cómo solucionar el problema, llegué a la conclusión de llevarlo conmigo al Hospital de la Facultad de Veterinaria, lugar donde yo pasaba entre ocho y diez horas al día.

No era tan sencillo; para ingresarlo se debía justificar su presencia permanente en el hospital, había que inventarle una función. Me sacó del apuro una ayudante de la sala de internación, que me dio la idea de hacerlo pasar por donante de sangre. Se había solucionado el problema: de ahí en más, Huesos quedó incorporado al plantel del Departamento.

La vida de Huesos en este nuevo ambiente cambió radicalmente para bien; ya no tenía de qué preocuparse ni tiempo para pensar en mí. Pasaba el día correteando por las siete hectáreas del Parque Pasteur, haciendo amistad con los alumnos que encontraba en su camino. Solo una vez tuvimos que recurrir a su condición de donante de sangre. Tenía un canil amplio para él solo, que utilizaba cuando se le ocurría. Muy pronto hizo amistad con los serenos nocturnos, que lo incorporaron al grupo de cuatro perros que los acompañaban en sus recorridos. En fin, yo lo veía feliz como nunca antes lo había sido.

Pero todo tiene su final, y el de Huesos comenzó una calurosa tarde de otoño. En mi escritorio conversaba con una alumna, Beatriz, que estaba muy angustiada y quería que la aconsejara para tomar una decisión importante en relación con la carrera. Me dijo que quería dejar de estudiar veterinaria y que lo había pensado detenidamente.

-Yo me inscribí aquí -me dijo- pensando solo en sanar o aliviar a los animales enfermos. Los animales me gustan mucho, es más, diría que son gran parte de mi vida.

Los ojos de Beatriz se volvieron vidriosos y continuó con el tema que la agobiaba:

-Le cuento que hace un tiempo fuimos a un criadero de cerdos. Más que interesante, me pareció espantoso; no le encontré sentido lógico a nada de lo que se decía. Las jaulas de maternidad, donde la cerda entra antes del parto y permanece allí dentro sin casi poder moverse hasta el destete; la castración de los lechones sin anestesia y mil cosas más. Todo con el único fin de producir más y más barato... realmente me dio asco. Yo entré a esta facultad para aprender a curar, no para aprender a explotar. Cuando le pregunté al docente que nos guiaba, me dijo que el sistema era así, que lo que habíamos visto no contradecía ninguna norma del bienestar animal, y que nuestra misión como veterinarios era, mediante la explotación animal, generar proteínas para el mundo.

No podía decir nada en contra de sus críticas. Argumentar que los veterinarios explotamos a los animales haciéndolos producir hasta el límite de sus fuerzas, y que los mantenemos sanos durante estos procedimientos con el único fin de que sean faenados aptos para el consumo humano, me pareció disparatado.

Traté de explicarle a Beatriz que en el transcurso de la carrera iba a encontrar gente que pensaba como ella y que tenía que tener la fortaleza de superar esas materias, sobre todo las de producción animal; le aseguré que, una vez recibida, se sentiría más libre de elegir lo que la hiciera feliz.

Mi esfuerzo fue inútil; ya estaba decidida a abandonar. Me dijo que ya no soportaba más y que tenía pensado dedicarse a la docencia en biología. No pude más que desearle buena suerte.

Mientras se marchaba, me quedé meditando en por qué no se hacía algo por los estudiantes como Beatriz, que eran muchos más de lo que se pensaba y vivían rezagados y discriminados si daban a conocer en voz alta su verdadera vocación. ¿Por qué la facultad no ofrecía una alternativa a estos jóvenes? No me cabía duda de que, si les allanaban el camino, serian en el futuro excelentes clínicos veterinarios.

En eso, sonó el teléfono. Era el Director, que me requería con urgencia: Huesos había mordido a un muchachito que había venido con su padre a traer un caballo enfermo con lo que parecía un cólico equino.

No sé por qué causa, Huesos consideró que el muchacho era potencialmente peligroso y le hizo una advertencia que le procuró al chico una herida superficial en una rodilla y la rotura del pantalón.

De inmediato le dije al padre que llamaría a un médico, pero se negaron. Luego se fueron a ver cómo iba su caballo, al que ya estaban examinando.

En lo que a Huesos concierne, la decisión superior fue rápida y la sentencia, injusta: de ahora en adelante, debería permanecer en su canil cerrado con candado, y solo saldría atado para donar sangre.

A nadie gustó este veredicto, pero hubo que respetarlo. Luego de la lógica indignación de los estudiantes que voluntariamente se prestaban como ayudantes de internación, nos pusimos a buscar un nuevo hogar para Huesos, pues era injusto tenerlo encerrado día y noche.

Los días pasaban y no encontrábamos a una persona adecuada para que lo adoptara. Yo comencé a ocuparme de mi trabajo.

Una tarde me vino a visitar Beatriz. Esta vez no fue como la anterior; no estaba triste, al contrario, la expresión de su rostro irradiaba felicidad y alegría. Me contó que ya había comenzado a estudiar el profesorado de ciencias biológicas y se sentía muy a gusto. Me comunicó también que se casaba y se iba a vivir cerca de la playa de Punta Gorda. Pero su felicidad no sería completa si no tenía un perro, e inmediatamente me preguntó por Huesos. Le dije que estaba encerrado en su canil.

Metí la mano en el bolsillo y le ofrecí la llave. Beatriz no me dijo nada; dio media vuelta y salió apresurada.

Diez minutos después vino a devolverme la llave del canil, ahora vacío, pues Huesos caminaba a su lado moviendo la cola. Nos despedimos prometiéndonos volver a vernos, y los vi alejarse a los dos.

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