No era nada extraordinario que cada tanto se enviara una invitación a algún profesor extranjero, sobre todo de la región, a pasar un tiempo para dar charlas y conferencias sobre su especialidad.
Esta vez, un renombrado toxicólogo brasilero llegaría en los próximos días. Como era costumbre, se hicieron los preparativos para su llegada. Se avisó a los profesores entendidos en la materia para que prepararan el calendario de las actividades a realizar. O sea que, cuando llegó el día de su arribo, hasta el último detalle estaba listo y aceitado.
Grande fue la sorpresa cuando el profesor brasilero dijo que tenía parientes aquí y que, gracias a eso, podía quedarse una semana más de lo previsto porque estaba deseoso de volver a verlos.
Esta noticia dejó estupefactos a los anfitriones, pues debían entonces planificar alguna actividad extra para esa semana suplementaria. La solución llegó de forma inesperada ya que uno de los toxicólogos planteó la posibilidad de un ensayo con animales. La idea fue bien recibida; solo faltaba diseñar el experimento y el programa estaría completo.
Pensaron primero en utilizar ratas de laboratorio administrando un raticida a base de dicumarol, pero el profesor brasilero dijo que su principal experiencia eran los rumiantes y que se sentiría muy cómodo si se pudiera hacer la parte práctica en ese tipo de animales.
No sin contratiempos, se consiguieron tres ovejas que quedaron en un corral a la espera de que el invitado culminara su ciclo de una semana de conferencias y charlas.
Para la experiencia práctica se iba a usar una planta tóxica común en los campos de la región: el duraznillo negro, cuyos efectos son harto conocidos y están descritos detalladamente en todos los libros de toxicología.
Se seleccionó un grupo de estudiantes para que, con la supervisión del profesor brasilero, se ocuparan de intoxicar a las ovejas y, posteriormente, colaborar en las autopsias.
Cuando comenzó la experiencia, las ovejas se negaban a comer voluntariamente la hierba tóxica y fue necesario recurrir a la alimentación forzada. En pocas palabras: obligarlas a comer el duraznillo negro.
El espectáculo fue impresionante. Allí, en el patio central y a la vista de todos, tres estudiantes arrinconaban una a una a las ovejas, ofreciéndoles a la altura de la boca una rama con hojas y frutos de la planta venenosa. Las ovejas daban claras muestras de que ese alimento les repugnaba, pero era tal la testaruda insistencia de los futuros veterinarios, que terminaban por comer.
El duraznillo negro tiene sustancias nocivas sobre todo para el hígado; en palabras sencillas, lo destruye, causando la muerte dentro de las cuarenta y ocho a setenta y dos horas posteriores a la ingesta. Luego de esta descripción, no se necesita mucha imaginación para deducir cómo fue la agonía y muerte de esas tres pobres ovejas.
Ya cadáveres, fueron trasladadas en carretilla a la sala de autopsias. Junto al profesor invitado, los estudiantes procedieron con la necropsia. Los hallazgos fueron los esperados: ninguna variante con respecto a lo ya sabido desde hace más de cincuenta años. Todo estaba allí, dentro de los libros.
Tres ovejas pagaron con su vida por lo que fue descrito durante la locución final, en la cena de despedida del profesor brasilero, como una valiosa experiencia docente.
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