Lectura

Tom y Jerry

Por Rey Neira Bustamante Admin · Chile · Fantasía

Tom y Jerry
Arrimó su húmeda nariz a la puerta, dejando estampado un perfecto corazón sobre la madera. Empujó suavemente con el hocico y la vieja puerta cedió con un largo quejido.

En cuanto cruzó el umbral, un penetrante olor a carne en descomposición invadió sus fosas nasales. El impacto fue tan violento que pareció golpearle el cerebro, como una intensa esnifada para un cocainómano. Levantó las orejas, lanzó un breve gemido y salió corriendo por el estrecho pasillo.

Solo necesitó dos segundos para llegar al dormitorio.

Allí estaba Tomás.

El anciano de ochenta años yacía boca abajo, a un costado de la cama. Una de sus manos permanecía extendida, como si en el último instante hubiera intentado alcanzar algo... o quizás llamar a su inseparable compañero.

Durante diez años habían compartido la vida. Tomás lo había encontrado una fría tarde de invierno, empapado por la lluvia y temblando frente a la puerta de su casa. Era apenas un cachorro abandonado. Lo tomó entre sus brazos, lo secó con una vieja toalla y le ofreció un plato de comida. Desde ese día jamás volvieron a separarse.

Lo bautizó Jerry.

Los vecinos sonreían al verlos caminar por el barrio y comenzaron a llamarlos Tom y Jerry. A ninguno de los dos parecía molestarle el apodo. Al contrario, ambos parecían disfrutar aquellas caminatas lentas, donde el viejo hablaba de cualquier cosa mientras Jerry lo escuchaba moviendo la cola.

Quienes conocían a Tomás decían que ese pequeño perro le había salvado la vida. Después de quedar completamente solo, el anciano apenas salía de su casa. Fue Jerry quien volvió a darle un motivo para levantarse cada mañana, preparar café, salir a caminar y conversar nuevamente con la gente.

Ahora todo había terminado.

Jerry se acercó lentamente al cuerpo. Lo olfateó una y otra vez. Le lamió las manos, el rostro y permaneció largo rato acostado junto a él, esperando una reacción que nunca llegó.

El hambre comenzó a convertirse en una necesidad imposible de ignorar.

Durante tres días nadie golpeó la puerta, nadie llamó por teléfono, nadie preguntó por el viejo Tomás. Solo Jerry permaneció allí, junto al único ser que había conocido como familia.

Y entonces hizo lo único que la naturaleza le permitió hacer para seguir viviendo.

Con infinita paciencia, casi con la misma delicadeza con que un cuidador baña a un enfermo, fue retirando de aquel cuerpo sin vida todo vestigio de carne.

Cuando finalmente los vecinos, alertados por el olor, decidieron entrar, encontraron una escena imposible de olvidar.

Sobre el piso del dormitorio descansaba un esqueleto completamente blanco, limpio, pulcro, como si hubiera sido preparado por las manos de un experto anatomista.

Jerry permanecía acostado a su lado, exhausto, sin apartarse de quien había sido su mejor amigo.

Y aunque parezca fantasioso e increíble, quienes estuvieron allí aseguraron que la calavera de Tomás parecía dibujar una leve sonrisa.

Tal vez porque, incluso después de la muerte, su viejo amigo le había regalado una última oportunidad para seguir viviendo.

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Comentarios

Malan

Relato emotivo, triste, dramático e incluso con cierto toque de terror. Además de bien escrito, me ha gustado mucho.