Lectura

Al compás del difunto

Por Prof. José Núñez · Venezuela · Historia real

Al compás del difunto
Al compás del difunto - Por el Prof. José Núñez


El sol llanero castigaba con fuerza las polvorientas calles de San Rafael cuando el pesado chirriar de las carretas dio paso a un profundo silencio. No sé oía ni siquiera el aletear de una garza. El pueblo entero se detuvo: era el dolor andando a pie que venía cruzando desde otro caserío, desafiando el largo trecho hasta el viejo cementerio.

La brisa, cargada con el vapor de la tierra caliente y el aroma de flores marchitas, movía con tristeza los trajes oscuros del cortejo. Allí iban los hombres, solemnes y estoicos, bajo el inclemente sol, luciendo sus sombreros, que solo se quitaban al paso del féretro como señal de respeto. Detrás de ellos avanzaban las mujeres, vestidas con reverencia, donde el negro del luto se mezclaba con el gris del dolor y el blanco de la resignación; los rostros, a medio cubrir tras delicados velos de encaje, ocultaban lágrimas mudas.

Al llegar a la altura de la encrucijada de "Las Tres Tapias", el ritmo del cortejo cambió. Los cargadores, con la piel curtida por la faena y sosteniendo el ataúd sobre sus hombros, comenzaron a bailar al difunto, meciendo el féretro con gracia rítmica al compás de pasos coordinados hacia adelante y hacia atrás. Entre ellos iba el viejo José Rosario, peón del hato y compadre del finado. De repente, al cargar el féretro, sintió que el cuerpo de su amigo pesaba como si llevara un mundo entero sobre sus propios hombros; aquello lo hizo sudar frío mientras un murmullo de ánimas le zumbaba en los oídos.

El cajón oscilaba como un barco frágil sobre un mar de llanto, marcando una danza de despedida donde la muerte y la vida se entrelazaban.

Tras la sepultura, el camino de regreso a casa no trajo alivio para José Rosario. Al caer la tarde, las sombras largas de los chaparrales dieron paso a una noche interminable para él. La oscuridad se le espesó en el pecho mientras las horas se arrastraban con lentitud; cada vez que intentaba cerrar los ojos, el peso anormal del muerto volvía a presionarlo, y el crujir de las cuerdas del chinchorro le recordaba el compás agónico de la marcha fúnebre. En su conciencia no dejaba de retumbar la deuda de aquel dinero que había jurado pagar a su compadre en la próxima cosecha, sabía que la muerte no borra los compromisos de la palabra empeñada.

Con los primeros gallos que rasgaron la madrugada, y mientras los luceros del alba aún parpadeaban en el horizonte, se levantó con las manos todavía temblorosas. Ensilló su mula y a trote apresurado, cabalgó directo a casa de la viuda para saldar la deuda hasta el último centavo, buscando al fin la paz que el ánima de su compadre le había reclamado a hombros en plena calle.

Los ranchos, con sus paredes de bahareque y techos de palma, fueron testigos de aquella procesión de almas. San Rafael entero compartía el dolor de una familia, convirtiendo la despedida en un sagrado ritual donde la muerte, más que un final, era un abrazo bailado de todo un pueblo que nunca olvida a los suyos.

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