Durante semanas, Nicoteo comenzó a seguirlo y esperaba descubrir cómo era capaz de manipular la mente de las personas porque solo les hablaba en voz baja. Estaba convencido de que no era un simple anciano.
Una tarde lo encontró sentado junto a una adolescente que lloraba desconsolada en el banco de un parque, susurrando con una calma inquietante. Nicoteo no lo pensó un segundo, se sentó al otro lado de la joven y la dijo que no hiciera caso al anciano, que podía elegir el camino de la esperanza.
La chica dejó de llorar, le agradeció el apoyo y se alejó con una amplia sonrisa. Cuando Nicoteo volteó, el anciano se había esfumado sin dejar rastro.
Al día siguiente, Nicoteo se sentó en el mismo banco y, una mujer mayor, tomó asiento junto a él. Parecía una persona cualquiera, pero hablaba como si fuera alguien cercano a él. Le explicó que el anciano no obligaba a nadie a hacer el mal, pero alimentaba el odio, la ira o la desesperación en las personas.
—Nicoteo, tú has sido elegido para hacer justo lo contrario —ella esbozó una sonrisa—: dar apoyo a las personas y recordarlas que pueden elegir.
Nicoteo levantó la vista y, por primera vez, los vio. Había hombres y mujeres de todas las edades entre la multitud. Unos rostros eran vida y esperanza, buscando a quien ayudar. Mientras otros, odio y maldad, en busca de personas influenciables o vulnerables.
Entonces comprendió que en el mundo, ángeles y demonios eran reales y mantenían una guerra entre luces y sombras desde el inicio de los tiempos. Sin saberlo, él había estado del lado del cielo.
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