Lectura

Los casos del Capitán Hathaway-Primera asignación

Por Nury · Argentina · Policiaca

Los casos del Capitán Hathaway-Primera asignación
-¡¡Que se condenen al infierno!! ¡¡No van a decirme cómo debo manejarme en mis casos!!-.
El fuerte acento escocés se le ponía de manifiesto al recientemente ascendido Capitán Detective Cedric Hathaway, en ocasiones como esta
-¡¡Con quién creen que están tratando!! -Su tono de voz se escuchaba con toda claridad desde la puerta cerrada de su oficina. El caso en el que venía trabajando con Mrs. Tomkins, periodista del London Times y ocasional asistente del Capitán, parecía haber llegado a un callejón sin salida, por causa de un tropiezo del Capitán, de acuerdo a la opinión de sus superiores.
Mrs. Tomkins venía subiendo las escaleras hacia el segundo piso, donde estaba la oficina del Capitán, cuyos epítetos se filtraban desde la planta baja. Nunca lo había escuchado tan furioso. Llamó discretamente a la puerta de la oficina.

-¡¡Quién diablos es!! ¡¡Qué quiere!!
-Mrs. Tomkins, Capitán, usted quería verme-. Se abrió la puerta y fue invitada a pasar. Parecía que el Capitán estaba más calmado, pero tal vez por cortesía hacia Mrs. Tomkins. Sus ojos despedían chispas, lo que denotaba que todavía no se había aplacado por el episodio.

-Se me escurrió de entre los dedos, Mrs. Tomkins. No puedo creerlo. Iba a ser mi primer éxito con el nuevo rango y mire usted lo que ocurrió.
El Capitán golpeó el escritorio con el puño. Mrs. Tomkins se sobresaltó
-Oh, disculpe, pero tampoco voy a admitirle al Comisionado que me diga lo que tengo que hacer. Quién se cree que es. Soy hijo del Comisionado General retirado Fergus Hathaway y nieto de Alistair Hathaway, uno de los fundadores de Scotland Yard. Si no fuera por ellos, este señor no estaría donde está...

Mrs. Tomkins escuchaba, pero no se atrevía a responderle. No quería que el Capitán se enfureciera más de lo que ya estaba-No me puede decir que dejé escapar al delincuente debajo de mis narices y que no hice nada al respecto. Quién se cree que es. Acabo de ser ascendido a Capitán Detective justamente por mi desempeño y mis credenciales.

Mrs. Tomkins lo escuchaba sin hacer comentarios. Quería que el Capitán se desahogara y luego le daría su opinión, aunque no creía que sería escuchada

-¡¡Pues que se condenen!! ¡Yo no voy a cambiar mis métodos!

Alguien tocó a la puerta y Mrs. Tomkins se adelantó a abrir. Ya era conocida en la Fuerza y por ese motivo no le sorprendió al oficial cuando le ofreció el paso.

-Buenas tardes, Mrs. Tomkins, vengo a hablar con el Capitán Hathaway.

-Oh, me retiro entonces, así pueden hablar tranquilos.
La dama se acercó a la poltrona donde había dejado su bolso y sombrilla.
-No se preocupe, quédese, no es ningún secreto de Estado que usted no pueda escuchar.

En el interín, el Capitán se había sentado en su escritorio y tamborileaba con los dedos sobre la mesa. El oficial lo miró, pero no dijo nada.
-Capitán, quería comunicarle que el malhechor ha sido aprehendido--Los ojos del Capitán se iluminaron-pero igualmente el Comisionado General quiere verlo ahora mismo en su despacho. Si me sigue, por favor.

El Capitán rechinó los dientes y Mrs. Tomkins le echó una mirada para que se tranquilizara y no complicara aún más su situación. Esperaría las noticias en la oficina del Capitán y mientras se dedicaría a completar algunos artículos que debía entregar para la edición de la mañana siguiente.
El oficial hizo entrar al Capitán a la oficina del Comisionado y se marchó.
-Siéntate, muchacho.
-Gracias, estoy bien así.
-No fue una invitación -El Capitán se sentó en un sillón frente al gran escritorio de su superior.
-Ha llegado a mis oídos tu desempeño en este caso y has tenido suerte de que, a pesar de tu negligencia, el delincuente haya sido atrapado.
El Capitán apretó los dedos en el apoyabrazos del sillón hasta que los nudillos se le pusieron blancos

--Te he llamado porque te conozco desde pequeño y venías a visitar a tu padre al trabajo. Por eso, en honor a su trayectoria y a tu desempeño cuando eras cadete y a lo largo de tu carrera, he decidido suspenderte, en lugar de expulsarte de la Fuerza, que es lo hubieras merecido. El delincuente es muy astuto y ya se nos había escurrido de las manos en varias ocasiones, por eso que te escogí para el trabajo. Pero también ocurre a veces que los oficiales recién ascendidos cometen errores que creen intrascendentes, pero que luego resultan catastróficos, como el mal papel que desempeñaste en el interrogatorio. Deberías haberte quedado callado mientras el oficial a cargo realizaba las preguntas al reo, pero se ve que pudo más tu soberbia y te entrometiste a preguntar tú mismo. Y por supuesto, el malhechor se aprovechó de ti y te provocó para hacerte enfurecer. Y no conforme con eso, cuando lo encadenaste, no notaste que lo habías hecho de manera incorrecta, lo que le dio una oportunidad única al sujeto para deshacerse de las cadenas y escapar-. Los nudillos del Capitán parecían que iban a estallar en cualquier momento. - Por lo tanto, me entregarás tu insignia y mañana partes a Viena a hacerle una visita al Dr. Sigmund Freud, que está haciendo maravillas con sus trabajos sobre la mente y el comportamiento, para lo cual ya nos hemos comunicado con él y te espera en su consultorio. Y como tengo entendido que dominas el alemán, no tendrás inconvenientes en hacerte entender. Y también te evitaré el disgusto de entregar tu insignia al oficial de la Recepción, en consideración a tu familia y antecedentes-. El Comisionado extendió la mano para recibir la insignia y el Capitán se la entregó con un gesto de disgusto en la mirada. - Espero que utilices esa mirada aguda de mejor manera la próxima vez. Lo veré aquí en exactamente treinta días, Capitán Hathaway. Que tenga un buen día.
El Comisionado se sentó en el escritorio y dejó que el Capitán se dirigiera por su cuenta a la puerta del despacho y la cerró tras de sí. El Comisionado sonrió, guardó la insignia en el cajón superior de su escritorio y siguió trabajando en los informes del día.

El Capitán Hathaway se dirigió a su residencia a empacar para el viaje. Su boleto indicaba que el ferry salía de Dover a las once de la mañana al día siguiente y todavía debía llegar desde Londres hacia allí, por lo que contrató un carruaje para este trayecto, que le llevaría unas cuatro horas. Luego cruzaría a Calais en Francia, donde abordaría el tren a París y desde allí a Viena. El viaje total le llevaría unos tres días, por lo cual tendría bastante tiempo para reflexionar sobre el episodio con el Comisionado.
Mrs. McCain, el ama de llaves, lo vio llegar a la casa con cara de pocos amigos, tomó su sombrero y su abrigo y no le dirigió la palabra. Había sido advertida por Mrs. Fiona Hathaway, la madre del Capitán, acerca de su humor y no quiso agregar más leña al fuego. Éste le agradeció internamente, porque no quería entrar en detalles sobre lo sucedido en el Precinto. Sólo le comunicó a Mrs. McCain que debía ausentarse por trabajo durante un mes y que le enviaría el dinero para los gastos de la casa a través del telégrafo.
El Capitán se dirigió a sus habitaciones, tomó un baño como una manera de calmar su ánimo encendido todavía y luego llamó a Mrs. Tomkins al periódico, para contarle las novedades y la causa de su viaje:

-Todavía no puedo creer que el Comisionado haya hecho esto, Mrs. Tomkins. Y además me espeta que me quiso evitar la vergüenza de entregarle mi insignia al oficial de Recepción. Fue humillante-. El Capitán golpeó con el puño la punta de su escritorio. - Le juro que le hubiera dado un golpe en pleno rostro, pero no me quiero ni imaginar mi situación por agredir al Comisionado General de Scotland Yard.

-Le diría que trate de sosegarse, Capitán. Lamentablemente no puede ir contra la decisión de su superior. Fíjese de distraerse con algún buen libro y descansar. Aunque, si me permite, infiero que le va a ser muy útil lo que pueda sacar en limpio de sus charlas con el Dr. Freud. Aproveche también su tiempo para recorrer la ciudad. Tengo entendido que está dedicada a la Emperatriz Elisabeth y el Emperador ha mandado hacer un gran trabajo en su remodelación.

-Espero poder contagiarme de su optimismo, Mrs. Tomkins, pero no puedo asegurárselo. No logro calmarme por lo sucedido, además de tener que emprender este viaje contra mi voluntad, pero trataré de sacarle el mejor provecho.

-Eso es, Capitán. Siempre hay que encontrar el aprendizaje de cada experiencia que se nos presenta en la vida, por más que creamos que sea negativa.

-Así lo espero, realmente. Me voy a descansar ahora, que me esperan unas semanas bastante ocupadas. Buenas noches, Mrs. Tomkins.

-Buenas noches, Capitán y que tenga un viaje tranquilo y seguro-. El Capitán cortó la comunicación telefónica y se dispuso a organizar sus cosas.

Un dejo de remordimiento por su comportamiento en el Precinto lo invadió y no pudo conciliar el sueño. Aunque en el trayecto hacia Dover intentó dormir un rato, volvía a su mente la escena del Comisionado reprochándole su comportamiento y la exigencia de entregarle la insignia. Se vio siendo el blanco de las burlas de sus colegas por no haber podido dominar su ira y soberbia. Durante el trayecto de París a Viena dio las gracias a que su camarote era individual, porque las pesadillas por ese supuesto suceso lo hicieron despertarse con un sudor frío corriéndole por el rostro, juntamente con su ira por el bochorno que le hiciera pasar el Comisionado. Pero a medida que el tren se iba aproximando a destino, pudo ir tomando conciencia de que esa ira y soberbia habían ocurrido por sentirse herido en su ego. Tenía ahora la esperanza de que las charlas con el Dr. Freud le harían ver la situación desde otro ángulo. No deseaba seguir con la actitud que le costó su suspensión. Trató de distraerse con el paisaje que se mostraba desde el tren. Aprovecharía al máximo su estadía y vería de poder controlar su temperamento. No podía reaccionar de la forma en que lo había hecho cada vez que fuera llamado al orden por sus superiores. Ponía sus esperanzas en el tratamiento, como para poder manejar mejor sus pensamientos y emociones.
El empleado encargado del tren anunció el arribo a la estación de Wien Westbahnhof y el Capitán preparó su maleta para descender. El secretario del Dr. Freud estaba esperándolo para trasladarlo al consultorio, que sería a la vez su alojamiento y lugar de tratamiento los siguientes treinta días.
Ya de vuelta en casa, el Capitán escribió en su diario: "Hubo algo de lo que no hablé con nadie, salvo en las entrevistas con el Dr. Freud y que me ha servido para modificar aspectos de mi personalidad, que ni yo mismo tenía conciencia de que existían.
"El Doctor me pidió ser parte de una experiencia que estaba realizando y que incluía elementos de la hipnosis, que ya había comenzado a ser investigada científicamente y él también estaba utilizando en etapa experimental como parte de sus tratamientos. Me aseguró que cada sesión sería grabada en un gramófono y luego podría utilizar ese material en mi caso. Tuve su solemne promesa de que todo lo grabado por el aparato permanecería confidencial. Mi instinto de detective me indicó que podía confiar en lo que me había prometido el doctor, ya que estaba comenzando a gozar de cierto prestigio en el ámbito académico, por lo que no arriesgaría su reputación al difundir los métodos específicos utilizados en un paciente determinado, divulgando su nombre. Así las cosas, me sometí a las nuevas prácticas durante cuatro sesiones, que el doctor consideró suficientes y luego pasamos a la etapa del tratamiento por medio del relato directo, base de su método.


"En las sesiones de hipnosis quedó en evidencia que mis ataques de ira provenían de mi lejana infancia, de los procedimientos a los que me había sometido mi padre para moldear mi carácter y así ser su digno heredero en la Fuerza, según sus palabras. Pero es evidente que el forzarme a levantarme en el medio de la noche y obligarme a tomar baños de agua helada en pleno invierno a mis cuatro años de edad, no había sido para nada agradable. Y ese enojo, con el correr de los años y otras prácticas similares por parte de mi padre, de las que mi madre no tenía conocimiento, se transformó en una gran furia que estalló en el episodio del precinto que motivó mi viaje a Viena para el tratamiento con el Dr. Freud.
"Por esa causa es que también sentía un gran encono hacia mi padre, sin saber bien el por qué o, mejor dicho, sin recordar el origen de esa emoción. Mi madre notaba mis expresiones de disgusto en presencia de mi padre cuando era niño, pero las atribuía a disensiones sin importancia y que con el tiempo se olvidarían. Y aunque entré en la Fuerza por mi propia voluntad y decisión, no podía evitar los comentarios acerca de ser el hijo del Comisionado Hathaway, que seguiría el legado de su padre. Tales comentarios me irritaban sobremanera y justamente pude exponerlo abiertamente en mis sesiones con el doctor.
"Ahora que la luz había sido derramada sobre esta situación oculta dentro de mí durante tanto tiempo, podía entonces encarar el tratamiento de curación, para no volver a padecer esos arranques de furia y poder reconciliarme con mi padre, ya que seguramente esos procedimientos habrían sido los que mi abuelo empleó con él en su momento y que no habría tenidos otras opciones para comparar cuando llegó el momento de mi propia crianza. La próxima vez que fuera a visitar a la familia a Edimburgo, le comunicaría a mi padre mi cambio de actitud y mi deseo de construir una relación más cordial con él, de la que habíamos tenido hasta el momento".

Valoración: 0.0/5 (0 votos)

Comentarios

Aún no hay comentarios. Sé la primera persona en compartir una opinión respetuosa.