Aunque respirar también tenía un precio y, cada ciudadano, disponía de una cuenta de créditos de oxígeno que aumentaba trabajando para el Estado. Quien dejaba de ser productivo veía reducirse el saldo hasta quedar sin suministro. La supervivencia ya no dependía de la naturaleza, sino del rendimiento. El miedo había convertido la productividad en una obligación; la obediencia era la única forma de vivir.
Solo unas pocas personas conocían los secretos del sistema. Una de ellas había sido Roberto Vega. Veinte años antes era el nuevo ingeniero jefe del Proyecto Pulmón y trabajaba directamente para el presidente en los laboratorios subterráneos del Palacio Presidencial, un lugar inaccesible para la población. Allí nadie llevaba respirador. Los científicos, los médicos y el propio presidente caminaban con el rostro descubierto. Roberto jamás cuestionó aquella diferencia porque siempre le explicaron que el Palacio poseía el único sistema de purificación atmosférica capaz de eliminar la contaminación. Era un privilegio reservado a quienes trabajaban para salvar a la humanidad.
Durante años dedicó su vida a perfeccionar los respiradores, convencido de que cada avance permitiría sobrevivir a millones de personas. Fue él quien diseñó buena parte del sistema que conectaba todos los dispositivos a una red central y quien desarrolló el mecanismo de seguridad que impedía retirarlos sin autorización. Pensaba que evitaba muertes, mas nunca imaginó que estaba construyendo una prisión.
Todo cambió cuando encontró unos archivos ocultos dentro del servidor del proyecto. No hablaban de contaminación ni de supervivencia, sino de índices de productividad, control demográfico, estabilidad política y rentabilidad económica. Cuanto más leía, más comprendía que algo no encajaba. Decidió investigar el supuesto sistema de purificación del Palacio. Descendió hasta los conductos de ventilación, esperando encontrar filtros capaces de limpiar el aire, pero no encontró ninguno, solo ventiladores normales.
Aquella noche comprendió la verdad: el aire nunca había sido tóxico ni murieron millones; quizá ya no quedaba casi nadie para recordarlo. Con el Proyecto Pulmón nunca se pretendió salvar a la humanidad, sino que fue diseñado para convertir el derecho a respirar en la mejor herramienta de control jamás creada.
Con todas las pruebas reunidas, acudió al despacho presidencial dispuesto a detener el proyecto. El presidente lo escuchó sin interrumpirlo. Cuando Roberto terminó de hablar, permaneció unos segundos observando la ciudad desde la ventana.
-Siempre... he admirado tu talento, Roberto. De verdad es una pena que ahora lo hayas descubierto todo -Aquellas fueron las últimas palabras que escuchó antes de recibir el pinchazo de una aguja en el brazo.
Despertó inmovilizado sobre una camilla. Un respirador cubría su rostro. Intentó arrancárselo, pero un dolor insoportable recorrió su cuello. Un médico le explicó que llevaba implantada la bomba, si intentaba retirar la máscara o manipularla, moriría.
El presidente apareció poco después sin mostrar la menor emoción y ordenó encender una pantalla. En ella aparecieron Anaia y Teo, eran su esposa e hijo. Ambos se abrazaban. Estaban rodeados por soldados.
-A partir de hoy dejarás de existir. Tu nombre desaparecerá de todos los registros. Vivirás como cualquier ciudadano. Trabajarás para poder respirar -La imagen desapareció y se escuchó una ráfaga de disparos.
Roberto no volvió a verlos. Durante veinte años fue un hombre más entre millones. Reparaba instalaciones eléctricas para una empresa estatal y sobrevivía acumulando créditos de respiración. El brillante ingeniero había desaparecido bajo una existencia gris, marcada por el miedo y la culpa. Cada vez que veía los mensajes del gobierno en una pantalla, recordaba que fue cómplice aquella pesadilla. Hasta que una noche recibió un mensaje anónimo con una dirección; la curiosidad terminó venciendo al miedo.
El lugar resultó ser una estación de metro abandonada. Bajo ella se extendía una red de túneles donde un anciano lo esperaba. Era Antonio Ortiñez, uno de los médicos del Proyecto Pulmón que fingió su muerte antes de que el presidente eliminara a varios de los implicados.
Antonio llevaba años buscándolo. Le reveló que existía una comunidad secreta escondida allí abajo. Miles de personas vivían sin respiradores desde hacía décadas. Habían escapado del sistema y protegían la verdad esperando el momento de actuar. También le reveló algo que Roberto jamás habría imaginado: Anaia y Teo seguían vivos. El presidente los mantenía ocultos.
Antes de partir hacia el palacio, Antonio realizó una delicada operación para desactivar la bomba implantada en el cuello de Roberto. Cuando terminó, señaló el respirador y le dijo:
-Ya puedes quitarte esa cosa. eres libre para decidir.
Roberto permaneció inmóvil durante varios minutos, después soltó lentamente los cierres metálicos y la máscara cayó al suelo. Respiró. Por primera vez en veinte años sintió el viento sobre su rostro y lloró sin avergonzarse. Habían pasado dos décadas atrapado en una máscara inútil.
En los túneles conoció a personas que jamás habían llevado respirador: niños que corrían y jugaban, mujeres que daban a luz a bebés libres, ancianos que vivían sus últimos días sin el peso de la opresión. Allí comprendió que el régimen podía ser derrotado, pero existía un problema: las bombas seguían activas y, mientras permanecieran conectadas al servidor central, millones de ciudadanos seguían presos del totalitarismo y en peligro.
El servidor se encontraba bajo el Palacio Presidencial. Roberto era la única persona viva que conocía los accesos secretos construidos durante las obras del Proyecto Pulmón, por lo que durante semanas prepararon la infiltración.
La noche elegida coincidía con la celebración del Día de la Supervivencia, cuando todo el gobierno estaría reunido en el Palacio. Roberto atravesó los antiguos túneles sin ser detectado. Nada había cambiado demasiado desde la última vez en aquellos pasillos. Llegó hasta la sala del servidor central e inició la secuencia de desactivación. Solo faltaba confirmar la orden, pero las puertas se abrieron. El presidente apareció con Anaia y Teo, a quien apuntaba con una pistola. No parecía sorprendido y sonreía.
Anaia había pasado veinte años creyendo que Roberto había intentado asesinar al presidente para condenar a la humanidad a respirar aire contaminado y le suplicó que se entregara. Teo permanecía en silencio, incapaz de apartar la mirada del rostro avejentado de su padre y sabía que jamás podría hacer algo semejante.
Teo empujó al presidente y corrió junto con Anaia para protegerla. Los disparos rompieron el silencio de la sala. Antes de ser alcanzado por un proyectil, Roberto pulsó la confirmación y se inició una cuenta atrás. En todo el país, millones de bombas quedarían desactivadas al mismo tiempo. El presidente intentó detener el proceso, pero Roberto lo confrontó antes de que alcanzara el panel de control, se colocó frente él y le dijo:
-Sin miedo dejarán de obedecer -dijo Roberto-, dejarán de ser esclavos del sistema.
-Ese es precisamente el problema -El presidente lo apuntaba con la pistola-. Y no lo voy a permitir. Hasta aquí llega tu rebelión, apártate.
-Vete al infierno.
-Bien... Como quieras, Roberto.
Cuando el presidente estaba estirando del disparador del arma, Teo lo empujó y la pistola cayó al suelo, lo que aprovechó Roberto para recogerla y disparar varias veces, siguió incluso después de que el tambor se quedara sin balas.
-Roberto -pronunció Anaia-, ya se ha acabado, tranquilo.
El contador llegó a cero y, segundos después, en todas las ciudades, comenzaron a caer respiradores al suelo..Primero uno. Luego diez. Después cientos. Finalmente millones. Las personas descubrían, incrédulas, que podían respirar. Que siempre habían podido. Eran libres. Las calles se llenaron de rostros que nunca antes se habían visto. Padres contemplaban por primera vez la cara de sus hijos. Matrimonios se besaban sin un dispositivo de por medio. Ancianos lloraban al sentir el viento sobre la piel después de tantos años.
-Papá, estás herido -dijo Teo.
-No te preocupes, hijo. 20 años duelen más.
Roberto se acercó lentamente a Anaia y Teo. No podían recuperar el tiempo perdido, pero nadie volvería a quitarles un solo momento más. Y, por primera vez, desde de que el mundo comenzó a trabajar para poder respirar, el aire volvió a pertenecer a todos.
RELATO IMPROVISADO, ESPERO QUE NO CONTENGA ERRORES Y LES HAYA GUSTADO.
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