Lectura

El diagnóstico equivocado

Por Liyanet Caraballo Ulloa · Cuba · Historia real

El diagnóstico equivocado
El paciente llegó a las ocho de la mañana. Fiebre. Dolor en el pecho. Dificultad para respirar. Yo estaba borracho. Lo mandé a casa.
A las once, el estetoscopio seguía colgado en la puerta del consultorio. Como siempre. Como si nada hubiera pasado.
La puerta de madera, con el letrero borroso que decía "Consultorio". El piso de mosaico, frío.
La botella de aguardiente, en el cajón del escritorio. Siempre ahí.
-Doctor -dijo la enfermera desde la puerta-. El paciente de la cama 4 está esperando.
-¿Qué tiene?
-Fiebre. Dolor en el pecho. Dificultad para respirar.
-Dale un analgésico y mándalo a casa.
-¿Seguro?
-Seguro.
-¿No quiere verlo?
-No hace falta.
-Doctor...
-No hace falta, carajo.
La enfermera se fue. Yo abrí el cajón. La botella estaba ahí. La mano me temblaba. No había dormido. Había estado bebiendo hasta las cinco.
-Doctor -dijo la enfermera, otra vez-. El paciente empeoró.
-¿Qué?
-Está convulsionando.
-¿Qué?
-Dijo que no podía respirar. Usted lo mandó a casa.
-No lo mandé a casa.
-Sí lo mandó. Me dijo que le diera un analgésico.
-No recuerdo eso.
-Lo recuerdo yo.
-No recuerdo eso, carajo.
-Doctor, tenemos que hacer algo.
-Hazlo tú.
-No soy médico.
-Pues llama a otro.
-No hay otro.
-Pues haz algo.
-No sé qué hacer.
-Pues no hagas nada.
-Doctor...
-No hagas nada, carajo.
La enfermera se fue.
No sé cuánto tiempo pasó. Solo sé que volvió. Con la cara blanca.
-El paciente murió.
-¿Qué?
-Tuvo un paro cardíaco.
-No es posible.
-Es posible. Y pasó. Usted no lo atendió. Estaba borracho.
-No estaba borracho.
-Sí estaba. Lo huelo. Lo veo.
-No.
-Sí, carajo.
-No, carajo.
-No.
-Sí.
-No, carajo.
-Sí, carajo.
La enfermera se fue. La puerta se cerró. El estetoscopio, colgado.
Yo me quedé en el escritorio.
Paciente: No sé tu nombre. No sé tu cara. Llegaste con fiebre y dolor en el pecho. Yo estaba borracho. Te mandé a casa. Te mandé a casa a morirte. No fue por querer. Fue por no poder. Porque la botella me había quitado todo. Y ahora, cada vez que veo el estetoscopio, te veo a ti. Y sé que no hay botella que borre eso.
La enfermera volvió. Con el jefe del hospital.
-Doctor -dijo el jefe-. Tenemos que hablar.
-No tengo nada que decir.
-El paciente murió.
-Lo sé.
-Usted no lo atendió.
-Lo sé.
-Usted estaba borracho.
-No.
-Sí.
-No, carajo.
-Sí, carajo.
Y entonces él se fue. La enfermera se fue. El estetoscopio se quedó.
La botella en el cajón. El paciente muerto. Yo, en el escritorio.
-Doctor -dijo la enfermera desde la puerta, con la voz baja-. ¿Qué va a hacer ahora?
-No sé.
-¿Va a dejar de beber?
-No sé.
-¿Va a pedir ayuda?
-No sé.
-¿Va a hacer algo?
-No sé.
-¿No sabe nada?
-No sé nada.
-¿Nada?
-Nada.
-Entonces -dijo ella, con la voz más baja todavía-, ¿para qué sirve?
La enfermera se fue.
Yo me quedé solo.
La botella, en el cajón.
El estetoscopio, colgado en la puerta.
El paciente muerto, en la cama 4.
Y la pregunta de la enfermera:
"¿Para qué sirve?"
No contesté.
No tenía respuesta.
No la he tenido nunca.
-Mañana -dije en voz baja-. Mañana pido ayuda.
Pero sabía que no.
Y el estetoscopio, colgado, me miró desde la puerta.
Como el paciente que no atendí.
Como el diagnóstico que no hice.
Como todo lo que dejé morir.

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