Lectura

La muñeca sin ojos

Por Liyanet Caraballo Ulloa · Cuba · Historia real

La muñeca sin ojos
Mi hija me pregunta por la muñeca. No sabe que le pinté los ojos con marcador negro. No sabe que se los borré. No sabe que no recuerdo cuándo lo hice.
La muñeca está en el piso de tierra, apoyada contra la pared. Como si esperara algo.
La ropa, sucia. El cabello, enredado. Los ojos, pintados con un marcador negro.
Eran las cuatro de la tarde. Mi hija había vuelto de la escuela. La puerta de zinc, oxidada. La ventana sin vidrio, con una cortina de retazos. El piso de tierra.
-Mami -dijo mi hija-, ¿dónde está la muñeca?
-No sé.
-La dejé aquí.
-No la veo.
-Mami, la muñeca.
-No sé, carajo.
Mi hija se quedó callada. Caminó hasta el piso. La encontró. La levantó.
-Mami, ¿qué le hiciste?
-Nada.
-Tiene los ojos borrados.
-No sé nada.
-Mami, ¿por qué?
-No sé, carajo.
-Era mi única muñeca.
-Lo sé.
-¿Por qué le hiciste eso?
-No sé.
-Mami...
-No sé, carajo.
Hija: Yo no sé por qué le borré los ojos. Solo sé que estaba borracha. Que la muñeca estaba ahí. Que tú estabas ahí. Que no supe cómo decirte que no podía. Que la botella era más fuerte. Que te quería. Pero no supe. No supe nada. Y ahora, cada vez que veo la muñeca, veo tus ojos. Tus ojos que me miran. Tus ojos que no entienden. Yo tampoco entiendo.
Mi hija se sentó en el piso. La muñeca en la mano. Los ojos pintados de negro.
-Mami -dijo-, ¿me la vas a arreglar?
-No sé.
-¿Me la vas a arreglar?
-No sé.
-Mami...
-No sé, carajo.
Se quedó callada.
Yo, en la silla. La botella en la mano.
Las dos. Con los ojos borrados. Con la mirada vacía.
La niña creció. La muñeca se quedó en el piso.
-Mami -dijo, un día, cuando ya tenía catorce años-, ¿por qué le hiciste eso a mi muñeca?
-No sé.
-Eso no es una respuesta.
-Es la única que tengo.
-No es suficiente.
-Lo sé.
-¿Por qué bebes?
-No sé.
-No es una respuesta.
-Es la única que tengo.
-No es suficiente.
-Lo sé.
-Voy a irme.
-¿A dónde?
-Lejos. Aquí no hay nada.
-Aquí estoy yo.
-Tú no estás. Tú estás con la botella.
-No es verdad.
-Es verdad.
Se fue. La puerta de zinc se cerró. La ventana sin vidrio. El piso de tierra.
La muñeca, en el piso. Los ojos pintados de negro.
Yo, en la silla. La botella en la mano.
-No es verdad -dije en voz alta.
Pero era verdad.
Y la muñeca sin ojos.
Y la hija sin madre.
Y yo, sin nada.
Pasaron los días. La muñeca, en el piso.
Una mañana, desperté con la botella vacía y la casa vacía. La puerta de zinc estaba cerrada. La ventana sin vidrio dejaba entrar el sol.
Miré la muñeca.
-¿Por qué? -le pregunté.
La muñeca no contestó.
Pero sus ojos pintados de negro me miraron como si entendieran.
Como si siempre hubieran entendido.
-¿Por qué? -repetí.
Nadie contestó.
Me senté en el piso, al lado de la muñeca. La agarré. La apreté contra mi pecho.
No olía a mi hija. Olía a tierra. Olía a olvido.
-Mañana voy a buscarla -dije en voz alta.
Pero sabía que no.
-Mañana -repetí.
La muñeca, con los ojos pintados de negro, me miró.
Y yo, con la botella vacía en la mano, supe que no iba a buscarla.
No porque no quisiera.
Sino porque no sabía cómo mirarla sin que ella viera en mis ojos lo mismo que yo vi en la muñeca.
Vacío.

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Comentarios

Fernando Abreu

Me gusta la frialdad escénica de este cuento. Los diálogos. Las frases cortas y contundentes, al estilo del realismo sucio.