El malecón está vacío a las seis de la mañana. Solo el mar, golpeando contra el muro. Solo el viento, trayendo el olor a sal. Solo yo.
La casa de AA está a dos cuadras. La puerta de madera, con el letrero pintado a mano, se abre a las siete. Pero yo siempre llego temprano.
Antes, a esta hora, estaba borracho. O durmiendo la borrachera. O despertando en el suelo, preguntándome qué había hecho la noche anterior.
El malecón no ha cambiado. La misma pared gris. El mismo mar gris. El mismo cielo gris, antes de que el sol salga. Pero yo he cambiado. He dejado de beber. Hace tres meses, dos semanas y cuatro días.
Mientras el sol empieza a asomarse, pienso en todo lo que perdí.
Mi mujer se fue. No recuerdo cuándo fue la última vez que la vi. Solo recuerdo su cara, la última noche. El ojo hinchado. La mano temblando. La voz rota.
-Ya no puedo más.
-No te vayas.
-Me voy.
-No te vayas, carajo.
-Me voy, carajo.
Y se fue.
Mis hijos también se fueron. Primero el mayor. Se fue a Miami. Después el menor. A casa de mi hermana. No los culpo por haberse ido. Los culpo por haberse quedado tanto tiempo. Por haber aguantado tanto.
Hijos: No voy a pedirles que vuelvan. No voy a pedirles que me perdonen. Solo quiero que sepan que me acuerdo. Me acuerdo de todo. De las veces que llegué tarde. De las veces que no llegué. De las veces que los desperté con la voz alta. De las veces que los vi llorar. Me acuerdo de todo. Y me duele todo. Pero no me duele porque ustedes se fueron. Me duele porque yo me quedé. Y porque no supe irme con ustedes.
El sol ya está saliendo. La luz se extiende sobre el mar, como un paño anaranjado. El viento se ha calmado.
La puerta de la casa de AA se abre a las siete. Pero yo sigo aquí, sentado en el borde, mirando el horizonte.
-¿Cómo estás? -pregunta el compañero que llega primero.
-Bien.
-¿Seguro?
-Seguro.
-¿Has bebido?
-No.
-¿Has querido?
-Sí.
-¿Y qué hiciste?
-Vine aquí.
-Bien hecho.
-Lo sé.
-¿Qué estás mirando?
-El mar.
-¿Y qué ves?
-No sé. Nada. Todo.
-Eso es bueno.
-¿Por qué?
-Porque antes no veías nada. Antes solo veías la botella.
-Ahora veo esto.
-¿Y qué es esto?
-No sé. Pero es algo.
-Sí. Es algo.
El compañero se sienta a mi lado. No dice nada más. No hace falta.
El sol ya está alto.
-¿Vamos? -pregunta.
-Sí.
-¿Estás listo?
-Sí.
-¿Seguro?
-Seguro.
Me levanto. El malecón a mis espaldas. La casa de AA al frente.
La puerta de madera, con el letrero pintado a mano, está abierta. Adentro, las sillas. Adentro, las caras. Adentro, las historias.
Historias como la mía. Historias de gente que perdió todo. Gente que lo perdió todo y que sigue aquí. Gente como yo.
-¿Quién quiere hablar hoy?
Yo levanto la mano.
-Yo quiero.
-Adelante.
Me levanto. Camino hacia el centro del círculo. Las sillas. Las caras. Los ojos.
-Me llamo -digo, y mi voz suena distinta-. Y soy alcohólico.
-Bienvenido.
-Llevo tres meses y catorce días sin beber. Y hoy quiero contar algo.
-Cuenta.
-El malecón. El mar. El amanecer.
-¿Qué pasa con el malecón?
-Que antes no lo veía. Solo veía la botella. La botella y el fondo del vaso. El fondo del vaso y el vacío. El vacío y la vergüenza. Y otra vez la botella.
-¿Y ahora?
-Ahora veo esto. Veo que no estoy solo.
-Bien hecho.
-Gracias.
Cuando salgo, el sol ya está alto. El malecón ya no está vacío. Hay gente. Hay niños. Hay bicicletas. Hay vida.
Yo camino por el borde. El mar a mi derecha. La ciudad a mi izquierda.
Compañeros: No sé si algún día voy a dejar de contar los días. No sé si algún día voy a dejar de tener miedo. Lo único que sé es que hoy no bebí. Y que mañana voy a venir al malecón. A mirar el mar. A mirar la luz. A recordar que todavía estoy vivo. Que el horizonte no es el final. Que es el comienzo. Que yo, que lo perdí todo, todavía tengo esto.
Y sigo caminando.
El malecón se extiende frente a mí.
La ciudad despierta.
El día comienza.
Y yo, con las manos vacías, con el corazón lleno, sigo caminando.
El mar sigue golpeando.
Como si nada hubiera pasado.
Como si todo hubiera empezado otra vez.
Y en el horizonte, la luz.
Siempre la luz.
Esperando.
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Comentarios
Algún día, muy lejano ya, estuve en una reunión así, sin haber tocado fondo, pero fui porque no quería beber más. Me sirvió, tomé conciencia, no dejé de beber, pero nunca toqué ese fondo. Hoy no tengo ningún problema, tomo uno o dos tragos de vez en cuando y, además, dejé de fumar también. Leer este poema me trajo recuerdos. Al autor lo felicito porque dejó un enorme mensaje. Quizás a una o a muchas personas les puede servir.
...dejar de tener miedo.
¡Hermoso, gracias por compartir!