De espaldas pegado a una pared en la esquina de un callejón, tratando de ocultarse en una intersección de caminos, evitaba a la gente en la penumbra. A esa hora casi todos yacían en sus casas. En su mente sufría el temor de lo que pasaría si lo descubrían. Todo se acabaría.
Mientras seguía caminando, su pensamiento se retorcía: su alto cargo estaba en juego. Largas e interminables eran las reuniones que sostenían por causa de aquel hombre que había comenzado una revolución en la ciudad. Había atentado contra las reglas establecidas y eso era imperdonable. Los había dejado en ridículo. El gran poder que ostentaban estaba en riesgo.
Un perro ladraba a lo lejos anunciando su paso, pero él seguía caminando, rogando que se callara y lo dejara pasar. Le generaban asombro aquellos mensajes del hombre, que todavía taladraban su mente; pero recordar el rostro de aquellas personas, con una alegría que sobrepasaba toda normalidad, lo dejaba sin palabras. Se contaban cosas increíbles, y no era para menos: toda la ciudad comenzaba a reaccionar.
Llegó a considerar si aquel hombre fuese algún adivino o tuviera pacto con el diablo. No había congruencia.
Adelantaba el paso y caminaba entre callejones a media luz; pequeñas ventanas con una tela a la mitad avisaban que no todos habían dormido.
-Sigiloso y rápido, ¡vamos! -se repetía.
Al dar la vuelta en una esquina que se abría hacia una calzada, a su izquierda apareció un hombre. Era viejo, tenía ya la vista cansada. Caminaba de frente y jalaba con su mano izquierda una mula atada a su carreta. Apenas lo pudo ver mientras permanecía inmóvil en las sombras. Distinguió al viejo por la luz de la luna que incidía sobre él, aunque las luces de los callejones, que también caían sobre él, de cierta forma le cegaban la vista.
Se quedó inmóvil y frío.
Aquel viejo iba absorto en los pensamientos de su largo y ajetreado día; apenas había percibido al hombre y continuaba su camino sin más. El ruido de la carreta se fue alejando.
Siguió su paso en la oscuridad. Todavía tenía calles y callejones por recorrer. Algún transeúnte se cruzaba de repente, causándole súbitos sobresaltos. Con la mano aferrada a la capa, seguía caminando velozmente entre grandes canastos cubiertos y tablas apiladas por las orillas del callejón. Él ya no podía echarse atrás; sería inaceptable quedarse con tantas dudas que generaban toda una tormenta en su mente.
Por fin llegó.
A menos de veinte metros, una casa separada de las demás, en un área a camino abierto, era donde se hospedaba aquel hombre.
Días antes, mientras caminaba por la zona con dos estudiantes, vieron la casa. Alzando la mano, uno de ellos señaló:
-Ahí es -dijo-. Ahí se hospeda aquel hombre.
No había olvidado un poste de madera que sostenía una gran tela que colgaba al lado de aquella casa, como queriendo dar sombra para el sol abrasador de las tardes, aunque aquello parecía más una bandera que una sombra.
Al ver su ventana encendida, el corazón volvió a vibrar. Se dirigió al umbral.
Tocó la puerta y el sonido retumbó muy hondo, como en cámara lenta. Agachó la cabeza y dio un paso atrás, esperando respuesta. Cada toque en la puerta hizo eco en el firmamento de su mente. Su cuerpo sudaba.
Él no sabía que aquella noche cambiaría su vida para siempre.
Se escucharon sonidos dentro. Destrancaron la puerta y, al abrirse, él levantó su rostro.
...Ahí estaba.
Los instantes se volvieron eternos.
Parado frente a Él, Nicodemo sentía escalofríos recorrer todo su cuerpo. La mano de aquel hombre a quien llamaban Jesús se extendió diciendo:
-Shalom aleijem.
Al estrecharla, sintió como si una ola inmensa lo envolviera. Nunca había sentido tal sensación recorrer su espíritu.
Su sonrisa afable abrió la mente del caminante y lo hizo sentir como en casa.
Muchas veces atravesaban por la mente de Jesús las verdaderas intenciones de quienes lo buscaban, y esta no era la excepción; pero la libertad y el respeto dado a los humanos seguían su curso, y Jesús quiso escucharlo:
-Nicodemo -dijo-, ¿qué te trae por aquí tan de noche?
No supo qué responder. Al oír su nombre sintió en su corazón un bálsamo, como el de un verdadero amigo. No tuvo opción. Quería resolver sus dudas a como diera lugar. Había venido con recelo, y todas sus defensas habían sido ya derribadas.
Flotaban en su mente muchas dudas. Su corazón se volvía un manojo de emociones, y viendo cómo apenas soltaba su mano, se dispuso a escuchar, a conocer; quería saberlo todo.
Lo había escuchado tantas veces, de lejos y en algunas ocasiones a escondidas. Su corazón había saltado desde la primera vez que lo vio. Al oírlo hablar en la sinagoga, su mente quedó cautiva y no perdió oportunidad de seguirlo, de escucharlo y de saber dónde vivía. Cada vez que escuchaba de un milagro y de los enfermos sanados, su corazón daba un vuelco y no resistía el deseo de ir a verlo. Sin embargo, los del consejo, sus iguales, no estarían muy de acuerdo con él si se llegaban a enterar de su verdadero interés.
Algunas veces el mismo Nicodemo se ofrecía para seguirlo, para espiarlo de cerca según las artimañas planeadas por el consejo, aunque él ya tenía perfilado otro fin. Su corazón no podía mentir; se estaba engañando a sí mismo, y las palabras del maestro estaban calando hondo en su ser.
-Rabí -le dijo-, todos sabemos que viniste de Dios...
-Solo a unas pocas personas se les ha revelado eso, y tú eres uno de ellos -interrumpió Jesús-. A otros no -continuó el maestro-. El maligno ya se ha encargado de algunos de ellos.
-¿El maligno? ¿Satanás? -preguntó Nicodemo.
-Así es. Él no quiere que cumpla mi propósito con ustedes en la tierra.
-Mis palabras, para algunos, pueden resultar difíciles, pero en ellas encontrarán vida abundante.
-Pero, maestro -preguntó, meditabundo-, eso de la vida abundante... sabemos por la ley y los profetas que nos la dará Dios si hacemos su voluntad y cumplimos su ley; pero tus palabras son diferentes, no logro entenderlas del todo.
En ese preciso momento, el corazón de aquel caminante nocturno fue tocado por la providencia, y quedó dispuesto a escuchar hasta la última palabra de quien él ya consideraba su amo y maestro.
-Nicodemo, así como estás no puedes tener vida eterna; así no. Tienes que volver a nacer. Tu corazón tiene que volver a empezar. ¿Recuerdas a los niños en la boda? -preguntó Jesús-. Los que corrían sin preocupación y con alegría a mi alrededor, ¿los recuerdas?
Nicodemo se quedó frío. Sentía que estaba ante la presencia de un ser que conocía hasta el último rincón de su corazón y, por primera vez, no se sintió juzgado.
En ese preciso instante, sudando, Nicodemo se preguntaba cómo aquel hombre se había dado cuenta de su presencia. Solo unos pocos sabían que él había ido a espiarlo a la boda. Y ahí estaba uno que sabía todo de él.
-Sí, sí los recuerdo -contestó titubeante.
-Bueno -contestaba suavemente Jesús-, pues tu corazón y todo tu ser tienen que ser como el de un niño; prácticamente tienes que volver a nacer.
La inteligencia de aquel caminante había complicado todo en su mente. Sus pensamientos revoloteaban tratando de acomodar sus ideas cristalizadas a las respuestas de aquel gran maestro.
No pudo más.
-Rabí, no entiendo el nacimiento del que hablas. Voy a envejecer y moriré en algunos años. ¿Cómo vuelvo a nacer otra vez? ¿Tienes acaso alguna pócima para la vida eterna? ¿Conoces el árbol de la vida? Seguramente sí, pues nadie hace los milagros ni las señales que tú haces. Dios te lo ha mostrado con seguridad. Dime dónde está.
Las preguntas estaban cargadas de rendición.
Su mente insistía en respuestas, pero a su corazón no le importaba si la pregunta no era la correcta; más bien le parecía tonta.
-No -dijo el maestro-, los humanos solo producen vida humana, pero el Espíritu Santo puede producir en los humanos vida espiritual, y la vida espiritual es la que da vida eterna. ¿Comprendes?
Nicodemo venía a resolver sus dudas, y si era necesario venía a discutir, pero la sola presencia del maestro acalló su orgullo.
Su corazón le pedía algo más, y dejó que el río de palabras fluyera como un arroyo, como un remanso suave y quieto, y se dio cuenta de que podía encontrar lo que siempre había buscado.
Y ahí, sentado en la penumbra de la noche, como en una charla eterna, resonó la gran declaración que oído humano alguno jamás había escuchado:
"Porque de tal manera..."
Casi amanecía.
No lo podía creer. Acomodó su capa y cubrió su cabeza. Comenzó a caminar y de inmediato apuró el paso. Vio cómo el polvo mojado manchaba sus pies, por el rocío que había caído durante la noche. La aurora ya era evidente, y temía que lo descubrieran.
Salió preocupado.
Perros ladraban a lo lejos, y el viento de la madrugada, que ya se iba, soplaba haciendo murmurar los pocos árboles del camino.
Pero el Espíritu Santo ya había hecho su trabajo. Mientras caminaba, volvía a repasar las palabras del maestro una y otra vez en su mente. Lágrimas comenzaron a rodar y caían por sus mejillas. Su corazón había sentido por fin las manos del alfarero.
Su paso comenzó a alentarse.
Su faz sonrió.
Miró al cielo.
Una gran sensación de gratitud inundó su alma.
De repente, su corazón encaminaba su ruta ya sin temor.
Estaba decidido a seguirlo, pero ¿y cómo?
Algunos transeúntes en el camino, al verlo, lo saludaban. Él solo levantaba la mano haciendo reverencia; no quería ser evidenciado. Ahora los pasos de aquel hombre pisaban fuerte, queriendo alcanzar la vida eterna. En ese momento su corazón era un corredor lleno de emociones. No sabía lo que le esperaba.
Al acercarse al pueblo, súbitamente vio a un grupo de los suyos, del Sanedrín. Detuvo su marcha de golpe. Estaban a no más de treinta metros de él. Los hombres caminaban apresurados, dando vuelta en una esquina, y no notaron su presencia. Iban enfrascados en una plática, de esas que mantienen ocupada la mente a tal grado que hacen ignorar todo alrededor.
La luz del día iba en aumento.
De pronto, sintió cómo alguien lo tomaba del brazo con fuerza y le dio un jalón. Cerró los ojos, rogando que no sucediera lo peor...
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