Lectura

Amor y muerte

Por Guillermo · Italia · Drama

Amor y muerte
Capitulo 1

-¿Cuál es tu película favorita? -preguntó Miguel.

-Te digo de las que vi ahora: *Atrapado sin salida* y *El padrino* -respondió Alicia.

Aprovechaban una pausa de la clase de pintura a la que ambos concurrían desde hacía casi diez años. Dedicaban gran parte de sus vidas al arte y de ese gusto compartido había nacido su amistad.

Ella había mejorado notablemente su técnica y pasaba, según el día, del constructivismo al cubismo, pero sin abandonar nunca su tema central: los gatos. Esos animales eran su pasión y la razón principal de su obra. La evolución de su trabajo la había llevado a realizar varias exposiciones en las que destacó no solo como pintora, sino también por su carisma. Era alta y delgada, de cabello negro recogido en un curioso moño, ojos azules grandes y rasgos faciales afilados. Poseía una conversación simpática e inteligente; era muy sensible y un tanto tímida. Todas esas características la convertían, sin proponérselo, en el centro de cualquier evento artístico.

-Sí -dijo Miguel-, las dos son muy buenas. A propósito, ¿te gustaría ir al cine conmigo esta noche?

Alicia estaba acostumbrada a neutralizar con simpatía los continuos embates de Miguel. Él no podía evitar probar suerte de vez en cuando con la esperanza de enamorarla, pero ella lo rechazaba de forma sistemática. No era porque no le gustara; al contrario, le resultaba un hombre agradable y atractivo. A sus cuarenta y dos años, con su melena rubia y cuidada, ojos celestes y una sonrisa impecable, Miguel podía hacer suspirar a mujeres mucho más jóvenes.

El problema era ella. A sus treinta y nueve años jamás había tenido relaciones sexuales; en realidad, los hombres nunca le habían atraído. Eso no significaba que le gustaran las mujeres; con ellas simplemente cultivaba una sana y sincera amistad. Aquella particularidad, que tanto la había torturado durante su adolescencia, se había atenuado con el tiempo hasta dejar de importarle. Poco a poco habían ido desapareciendo las molestas consecuencias de lo que antes consideraba un disturbio, como las crisis de pánico y la ansiedad. Por fin podía sentirse en paz consigo misma.

-¿Así que no vienes conmigo? Está bien, otra vez será -dijo Miguel, adaptándose al rechazo habitual-. ¿Y qué piensas hacer hoy por la noche?

-Mira -respondió Alicia-, pienso cenar algo rico y gratificante con una buena cerveza. Como mi hermana tiene guardia en cardiología, voy a estar sola. Me pondré el pijama y pintaré hasta que me rinda el sueño.

-Como tú digas -suspiró él-, pero me parece bastante más entretenido el cine. Si ya te pasas la semana pintando...

-Es que pintar es mi pasión. Además, estoy ansiosa por ver cómo resulta mi nuevo gato mezclando dos técnicas -replicó Alicia con una sonrisa.

La pausa terminó y ambos volvieron a sumergirse en sus respectivos lienzos. Cuando las campanas de la Catedral dieron las seis de la tarde, la clase llegó a su fin. Todos recogieron sus materiales. Alicia se despidió de varios compañeros, incluido Miguel, y se marchó.

Caminó hasta la Plaza Matriz, donde tenía estacionado el auto. Antes de subir, acomodó en el asiento trasero de su Toyota Celica rojo la tabla con el lienzo y el bolso con los óleos y pinceles. Condujo por las estrechas y transitadas calles de la Ciudad Vieja hasta desembocar en la plaza Independencia, para tomar luego la avenida principal en dirección al Obelisco.

Antes de ir a casa decidió pasar por el supermercado. Sin embargo, al bajar del vehículo, vio que a sus pies aleteaba, panza arriba, una paloma malherida. Quedaba allí tirada, bajo la mirada indiferente de los peatones. Si nadie la ayudaba, moriría de sed o aplastada por algún neumático.

Alicia no lo pensó dos veces. Se agachó, tomó con cuidado a la desdichada ave y la acomodó en la parte trasera del coche. Más tranquila, entró al supermercado y compró su cena: una presa de pollo asado, una ensalada, una porción de tiramisú de postre y una cerveza. En el pasillo de productos para mascotas añadió a la cesta una bolsa de alimento en grano para pichones.

Al llegar a su casa, metió el auto en el garaje. Lo primero que hizo fue tomar a la paloma y dejarla sobre la alfombra del baño, cerrando la puerta a continuación para evitar a sus tres gatos, que ya habían intuido la presencia de una posible presa. Luego encendió el televisor y preparó sus herramientas para pintar.

Calentó la comida en el microondas -no probaba bocado desde el mediodía- y la devoró con gana, reservando el tiramisú para saborearlo con calma al final. Recordó entonces que en el desván de la antigua casa colonial que había heredado de sus padres había guardado una jaula para pájaros. Subió la vieja pero firme escalera de madera y entró en la penumbra del altillo. Caminó a tientas buscando el interruptor de la luz hasta que tropezó con el antiguo baúl familiar. Aquel baúl contenía, sobre todo, recuerdos de sus padres, y Alicia no pudo evitar la tentación de abrirlo para echar un vistazo.


Capítulo 2

-¿Tuviste mucho trabajo hoy, Rodolfo? -preguntó ella a su marido.

-No estuvo mal del todo: entraron cinco a comprar y tuve que ir a un domicilio -dijo Rodolfo-. Además, tuve que pagar la cuenta de un laboratorio.

-¿Y te quedó algo? Porque tengo que ir a la feria -dijo Zulma, un tanto angustiada-. Recuerda que la semana pasada no pude comprar casi nada.

-¿Qué puedo hacer si la gente no entra a la veterinaria? Todo el mundo se queja de que no tiene un peso en el bolsillo -la interrumpió Rodolfo.

Ambos sabían que el negocio no rendía. Pensar que se habían jugado todo el dinero que tenían, producto de una colecta que organizaron sus parientes y amigos con motivo de la boda, dolía bastante. Habían hecho coincidir la fecha de graduación de él como veterinario con la del matrimonio hacía tan solo un año: él con veintiocho años y ella con veintidós.

Se casaron por civil en una ceremonia austera pero alegre. Ella, más bien baja, lucía un vestido de tul con escote barco que le sentaba espléndido y hacía juego con su larga y ondulada melena. Dos ojos celestes y vivaces completaban el hermoso cuadro. Él vestía un esmoquin oscuro y alquilado que no terminaba de combinar con su cutis trigueño.

Alquilaron una casa grande y, en la parte frontal, que daba a la muy transitada avenida 8 de Octubre, instalaron la veterinaria. Pintaron la fachada de azul y blanco y escribieron, bien visible para los peatones, los servicios que ofrecían. Durante los primeros meses se dieron a conocer repartiendo volantes y usando altavoces, y la gente comenzó a entrar. Sin embargo, con el tiempo la clientela se estancó y el dinero que ingresaba no alcanzaba. Cuando no estaba en el consultorio, Rodolfo se la pasaba caminando; no tenía auto y prefería andar a pie incluso cuando las distancias eran largas. Solo en contadas excepciones se dignaba a gastar dinero en un boleto de ómnibus.

Rodolfo Villanueva se convencía cada día más de que, partiendo de cero, era casi imposible salir adelante. En una ocasión recibió un llamado desde Camino Maldonado, en la periferia de Montevideo. Se vio obligado a tomar un ómnibus porque le dijeron que se trataba de una urgencia. Cuando llegó al domicilio, descubrió que era un pequinés con una infección en la piel; nada urgente. Por supuesto, lo revisó y lo medicó. Sin embargo, cuando se disponía a retirarse y dijo el precio de la consulta, los dueños se negaron a pagarle argumentando que era muy cara. Sin margen para hacer nada, Rodolfo se retiró en silencio.

De regreso a casa, mientras deambulaba por Camino Maldonado hacia 8 de Octubre, rompió en un llanto descontrolado que no pudo contener. Al llegar, Zulma lo recibió muy alegre; en su cabeza ya le había dado destino a cada peso que su marido traería. Pero cuando vio su rostro desfigurado por las lágrimas, en lugar de consolarlo o preguntarle con cariño qué había pasado, la ira se apoderó de ella.

-¡Tú siempre el mismo tonto! ¡A que no te pagaron! -gritó Zulma-. ¡Eres un idiota! -volvió a exclamar-. Así jamás vas a salir adelante. Yo le hubiera llamado a la policía, pero, claro, a ti te dio miedo -añadió esta vez en un tono cortante.

Rodolfo no reaccionó; continuó llorando. Esa tarde se encerró en el consultorio y no pronunció palabra. Zulma, dentro de la casa, puso música a todo volumen. Recién a la hora de la cena hicieron las paces y comieron juntos en silencio, sin ver ninguna película en la televisión como era su costumbre.

Ya en la cama, Zulma pensó que harían el amor, pero Rodolfo simplemente apagó la luz de su mesa de noche y se dio vuelta dándole la espalda. Esa noche él no durmió; solo sollozó en la oscuridad, presionándose la boca con una mano para evitar que ella lo escuchara.


Capitulo 3

Alicia hurgaba dentro del baúl. Estaba lleno de recuerdos: una vieja pipa de su padre, el vestido de novia de su madre y juguetes de cuando ella y su hermana Susana eran niñas. Se detuvo a abrir una caja de latón que contenía viejas fotografías familiares. Verlas de nuevo evocó momentos de su vida casi olvidados.

Recordó que su pasión por la pintura existía desde que tenía uso de razón. Volvió a escuchar la voz de su madre llamándola mientras ella permanecía escondida en un rincón, concentrada en sus dibujos. Había una foto en la que aparecían los cuatro en traje de baño en la casa de Salinas; veraneos anuales en los que ella prefería quedarse con una cartulina blanca y una caja de pasteles antes que ir con los suyos a la playa. Siempre había sido así: anteponía el dibujo y la pintura a todo lo demás.

Aún se acordaba de los desvelos de su madre a la hora del almuerzo o la cena. Era imposible hacerla llegar a tiempo; siempre se sentaba a la mesa con retraso, cuando todos ya habían empezado a comer, lo que ponía a la familia de mal humor. A Alicia no le importaba: para ella el arte estaba por encima de todo.

Sumergida en esa remembranza, recordó de pronto que había subido al desván a buscar la jaula de los pájaros. Cerró el baúl con nostalgia, desempolvó la jaula, la tomó bajo el brazo y apagó la luz. Bajó despacio la escalera y fue directo al baño. Cuando abrió la puerta, no podía creer lo que veía: la paloma había hecho sus pastosas necesidades por todo el piso, incluida la alfombra.

El ave aleteaba, pero no lograbar volar, y cuando intentaba caminar daba unos pasitos y se caía hacia un costado, por lo que fue fácil atraparla. La acomodó en la jaula, le puso agua y comida, y la colgó en un rincón a una altura a la que ni el rubio Félix, ni el gris Silvestre, ni la tricolor Samanta pudieran llegar por más que lo intentaran. Tuvo que lavar el piso del baño y meter la alfombra en la lavadora. Ahora sí podía dedicar su tiempo a sí misma. Destapó la botella de cerveza, dio un pequeño sorbo y, con placentera calma, se puso a pintar.

El pincel se deslizaba sereno sobre la tela. Se sentía inspirada; los colores se mezclaban logrando exactamente los efectos que buscaba. El tiempo parecía detenerse, como si cayera en otra dimensión en la que solo existía el color. Tan abstraída estaba en ese mundo que ni siquiera escuchó cuando se abrió la puerta de calle. Los gatos corrieron a recibir a Susana, su hermana mayor. Susana tenía cuarenta y cuatro años y hacía catorce que era médica; se había especializado en Cardiología y trabajaba en el Centro de CTI de la Sociedad Española.

Al escuchar únicamente el sonido del televisor encendido a esa hora de la noche, Susana pensó que Alicia se había quedado dormida viéndolo.

-¡Alicia! ¡Alicia! -llamó en voz alta.

Como no obtuvo respuesta, se acercó al televisor un tanto nerviosa. Encontró a Alicia de espaldas al aparato, encorvada sobre la tela que pintaba.

-Podrías contestar cuando te llaman -dijo Susana, un poco enfadada pero aliviada al comprobar que todo estaba bien.

-Discúlpame, no te sentí llegar -respondió Alicia-. No te esperaba hasta mañana al mediodía. ¿No estabas de guardia?

-Sí, lo estaba -dijo Susana-, pero me empecé a sentir mal; la cabeza se me partía en dos del dolor. Conseguí que me suplantaran y me vine a casa. Así que pienso meterme en la cama ahora mismo y dormir hasta mañana.

-¿No vas a comer nada? -preguntó Alicia.

-No -dijo Susana-. Tomaré solo un té bien dulce y...

-Espera -la interrumpió Alicia-. Tengo algo que mostrarte.

Fue a buscar la jaula y le enseñó la paloma.

-Pero qué preciosa es -exclamó Susana-. ¿Dónde la encontraste?

-En el estacionamiento del supermercado. Estaba tirada panza arriba, agitando las alas -contestó Alicia-. La vi tan mal que me la traje.

-Hiciste bien. De lo contrario, habría muerto. Déjame ver... ¿la has visto comer? -preguntó Susana.

-Sí -dijo Alicia-. En cuanto le puse el alimento en granos que compré, se lo comió todo.

-Tan mal no está entonces. La voy a revisar.

Susana la tomó con cuidado entre sus manos y comprobó que tenía un trastorno del equilibrio y, muy probablemente, un ala rota. Alicia contemplaba a su hermana mientras la examinaba minuciosamente, con la misma seriedad y profesionalismo que dedicaba a sus pacientes. Esa actitud la conmovió; le recordó la ocasión en que juntas alimentaron a tres gatitos blancos que habían quedado huérfanos. El mismo celo, la misma responsabilidad para criarlos sanos. Lo hicieron tan bien que aquellos gatos llegaron a adultos y las acompañaron durante años.

Susana era físicamente muy diferente a ella: más corpulenta, de sonrisa fácil, igual de alta que Alicia pero con el cabello rubio y corto. Poseía una belleza singular, del tipo que podía seducir tanto a un hombre como a una mujer.

-Así que es probable que tenga un ala rota -dijo Alicia.

-Eso parece -contestó Susana-. Tendremos que llamar al veterinario. Mañana por la mañana llámalo tú, porque pienso dormir hasta tarde. Ahora mismo me tomo dos aspirinas y me voy a la cama. Este dolor de cabeza no me deja en paz. Hasta mañana.

-Hasta mañana -respondió Alicia.

Sola y sin un ápice de sueño, Alicia continuó con su pintura mientras terminaba la cerveza. Siguió trabajando durante casi una hora más hasta dar por concluida la obra. Contempló su lienzo, le echó un vistazo a la paloma -que picoteaba tranquila su ración-, llamó a sus gatos, compañeros infaltables de su vida, y por fin se fue a dormir.


Capítulo 4

Los peones de pista estaban nerviosos: las luces se habían apagado y los focos ya iluminaban la arena. Sin embargo, algo andaba mal en la función del circo Albiom. William, la mayor atracción del espectáculo, se estaba demorando en salir. Detrás de la gran cortina roja, ubicada en un extremo de la carpa, debían hacer su entrada triunfal el hipopótamo William y Nancy, su entrenadora.

Por fin, con retraso, las cortinas se abrieron y la banda comenzó a tocar. El público pudo admirar al enorme animal que debía dar una vuelta a la pista correteando para luego jugar con una gigantesca pelota roja bajo las órdenes de Nancy. Pero esta vez no trotó, sino que caminó con pesadez, y por más que la entrenadora insistió, William se negó rotundamente a tocar la pelota. Como no podía castigarlo en presencia del público -tal como solía hacer en los ensayos-, Nancy no tuvo más remedio que retirarlo de la pista.

El maestro de ceremonias pidió disculpas y presentó apresuradamente el siguiente número de trapecistas. Tras bambalinas, ya fuera de la carpa, una Nancy furiosa no hacía más que arremeter a golpes contra el hipopótamo. El señor Rogers, dueño del circo, se acercó de inmediato y le ordenó que se detuviera; lo mejor sería dejarlo descansar y darle una buena ducha con la manguera.

A pesar del descanso y del agua fría, William no mejoraba. Cuando por la noche intentaron subirlo al camión que desde hacía quince años era su morada, el animal se agotó a tal punto tratando de trepar por la rampa que decidieron dejarlo dormir afuera, sujeto con una gruesa cadena.

A la mañana siguiente amaneció peor: trastabillaba al dar un par de pasos y prefería quedarse inmóvil, con la cabeza gacha. Fue entonces cuando Rogers concluyó que necesitaban ayuda profesional.

No querían que el asunto trascendiera; preferían mantener absoluta reserva. No podía filtrarse ninguna noticia sobre la enfermedad de William, pues si la gente sabía que un hipopótamo vivía encerrado en un camión y que solo salía media hora al día para que lo remojaran con una manguera, la reputación del circo Albiom caería a cero, condenado de inmediato por la prensa y las asociaciones protectoras de animales.

Debían consultar a un veterinario con total discreción: nada de organismos oficiales ni, mucho menos, del zoológico municipal. Tenía que ser un profesional del montón, alguien modesto que no hiciera demasiadas preguntas. El señor Rogers envió a buscarlo a Nancy, la entrenadora, no solo porque conocía al animal mejor que nadie, sino también porque era una atractiva y vistosa pelirroja. La orden era clara: encontrar a alguien en las inmediaciones del circo.

-Pero, Rogers, ¿cómo hago para encontrar un veterinario así como así? -se quejó Nancy.

-Sales y preguntas; tu acento inglés te ayudará -le ordenó Rogers sin dar lugar a réplicas.

De mala gana, Nancy salió a recorrer la zona y a preguntar a los transeúntes. Al tercer intento tuvo suerte: una señora mayor le indicó que, si caminaba media cuadra más, encontraría una veterinaria.

Antes de llamar, Nancy se detuvo a observar la fachada. Era una casa modesta, pintada de azul y blanco, sin lujo alguno.

*Creo que encontré lo que buscaba; justo lo que necesitamos*, pensó para sus adentros.

Se acercó a la entrada y vio el cartel: *"Dr. Rodolfo Villanueva, médico veterinario"*. Tocó el timbre a pesar de que la puerta exterior estaba entreabierta. Fue Zulma quien salió a atenderla.

-Perdone, pero necesito ver al doctor -dijo Nancy con su marcado acento.

Zulma, al ver a la joven pelirroja, experimentó un punzante ataque de celos. Muy a su pesar, la hizo pasar a la habitación que hacía las veces de consultorio y fue a llamar a Rodolfo. Él, con el ánimo por los suelos, recién se levantaba a las once de la mañana tras una larga noche de insomnio y llanto.

Al ver a Nancy, Rodolfo se recompuso al instante. Cerró la puerta del consultorio, la saludó con amabilidad y se presentó en un tono bastante almibarado.

Al otro lado de la madera, Zulma intentaba pegar la oreja a la puerta, colérica e incapaz de disimular su desconfianza. Cuando por fin la puerta se abrió, salió Nancy seguida por Rodolfo, quien lucía una radiante sonrisa.

-Enseguida voy para allí -dijo Rodolfo a modo de despedida.

En cuanto la joven cruzó la calle, Zulma se giró hacia su marido, más intrigada que celosa.

-¿Me vas a decir de qué hablaban? -le espetó.

-¡Mira qué suerte! Esta muchacha trabaja en el circo que se instaló acá cerca. Parece que el hipopótamo no está bien y quieren que yo vaya a verlo -dijo Rodolfo con entusiasmo.

-Pero no entiendo -continuó Zulma, frunciendo el ceño-. ¿Por qué a ti? ¿Por qué no fueron al zoológico o a una clínica grande? Además... ¿qué entiendes tú de hipopótamos?

Rodolfo no escuchaba; no estaba dispuesto a oír razones. Necesitaba sentirse importante. Tenía que ir a ese circo: pensaba que una oportunidad así solo se presentaba una vez en la vida y no pensaba dejarla escapar. La conversación con la deslumbrante pelirroja lo había dejado completamente cegado.


Capítulo 5

En la casa reinaba un silencio apacible. Eran las ocho de la mañana y el cielo estaba completamente límpido. Alicia se preparó un café y fue a ver a la paloma: el ave había comido y, ante su presencia, aleteó. Susana tenía razón: movía solamente un ala, la derecha; la izquierda debía de estar quebrada. Buscó en su agenda el número del doctor Fuentes, el veterinario que atendía a sus tres gatos, y lo llamó. Le respondió la esposa del médico para informarle que el doctor había salido a visitar a un paciente.

-Por favor -dijo Alicia-, dígale que llame a los Torres. Sí, a Alicia Torres. Muchas gracias.

Mientras esperaba la llamada, encendió el televisor para ver el noticiero de la mañana. No es que le prestara mucha atención; lo escuchaba más bien para pasar el tiempo. Cuando sonó el teléfono, atendió con premura pensando en el doctor Fuentes, pero se equivocó: era Miguel quien estaba al otro lado de la línea.

-Hola, Alicia, ¿cómo estás? -dijo Miguel.

-Bien, bien -respondió ella.

-¿Esta noche piensas pintar o vas a salir a algún lado? -preguntó él.

-No, mira: esta noche salgo con mi hermana al teatro. Vamos a ver *Tartufo*, de Molière.

-Muy buena obra -dijo Miguel-. Entonces, si sales de noche, puedo invitarte a almorzar hoy. Conozco un restaurante en Pocitos que te va a encantar.

Alicia, ante el enésimo avance de Miguel, vaciló. Pasaron muchas cosas por su cabeza: ya tenía treinta y nueve años y hacía mucho tiempo que no aceptaba la invitación de alguien del sexo opuesto. Miguel no le resultaba desagradable; todo lo contrario. Terminó aceptando.

Se despidieron tras acordar que la pasaría a buscar por su casa a la una de la tarde.

A eso de las diez de la mañana, mientras le daba de comer a los gatos, volvió a sonar el teléfono. Esta vez sí era el doctor Fuentes.

-Hola, doctor, habla Alicia Torres. ¿Cómo está? Mire, ayer encontré una paloma y parece que...

En ese momento, Fuentes la interrumpió con cortesía pero con firmeza:

-Disculpe, Alicia, pero yo no atiendo aves, y menos palomas. Quizá en la Facultad de Veterinaria o en el zoológico la puedan ayudar. Lo lamento, pero no puedo hacer nada.

-Gracias de todas formas, doctor. Saludos a su esposa.

Alicia cortó la comunicación, desilusionada. Terminó de alimentar a los gatos y se puso a buscar en la guía telefónica los números de la Facultad de Veterinaria y del zoológico municipal. No tuvo suerte con ninguno de los dos: la Facultad permanecía cerrada durante el fin de semana y el zoológico, aunque estaba abierto, solo atendía animales de particulares de lunes a viernes por la mañana.

La única opción que le quedaba para que examinasen a la paloma era conseguir otro veterinario por su cuenta.

A las once menos cuarto, Susana se despertó. Aún medio dormida, se preparó un café. Alicia la puso al tanto de todo lo sucedido durante la mañana. Susana se alegró sinceramente por la invitación a almorzar y, de pronto, recordó un detalle:

-Sabes, me parece que hace poco abrieron una veterinaria a pocas cuadras de acá, sobre la avenida 8 de Octubre.

-¿En serio? -exclamó Alicia-. ¡Eres un amor!

Le dio un abrazo y un fuerte beso en la mejilla a su hermana. De inmediato tomó la jaula con la paloma, la acomodó en el asiento trasero del auto y salió a toda prisa en dirección a la veterinaria.


Capítulo 6

Se duchó lo más rápido que pudo, se vistió, tomó su maletín y comprobó que tuviera todo lo necesario. A paso veloz -ya que no contaba con un vehículo propio- se dirigió hacia el circo, que había instalado su carpa en un terreno municipal a unas cinco cuadras de su casa.

Durante la caminata pensaba que lo sucedido era ese golpe de suerte que llevaba tanto tiempo esperando. Por fin las cosas cambiarían: sería reconocido como el profesional que salvó al hipopótamo del circo Albiom. Además, la joven pelirroja le resultaba sumamente simpática y estaba seguro de que lo ayudaría. Tal vez, si se daba la ocasión, podría invitarla a tomar algo; le fascinaba su acento anglosajón.

Cualquier otro veterinario no se habría animado a aceptar semejante desafío, pero él sabía que estaba capacitado para eso y mucho más. Solo necesitaba una oportunidad y por fin ese momento había llegado. Tan concentrado iba en sus cavilaciones que no se daba cuenta de que gesticulaba solo por la calle. Al notar la mirada de algún transeúnte, disimuló de inmediato por temor a hacer el ridículo. Y así, sin apenas percibir el trayecto, llegó al circo.

Se acercó a la carpa principal y le dijo a un joven que fumaba a la entrada:

-Buenos días. Soy el veterinario; vengo a ver al hipopótamo. Quisiera hablar con Nancy.

El muchacho lo miró de arriba abajo, esbozó una sonrisa irónica y, con un simple gesto de cabeza y sin pronunciar palabra, se adentró en la carpa.

En ese momento, Nancy conversaba animadamente tras bambalinas con dos bailarinas del elenco y no tenía la menor gana de interrumpir su entretenimiento. Cuando le avisaron que la buscaba el médico, intentó por todos los medios que otro se ocupara de atenderlo. Su negativa fue tan rotunda que hizo falta la intervención directa del señor Rogers, quien le dijo con cortesía pero con absoluta firmeza:

-Nancy, por favor. Sabes perfectamente que nos estamos jugando el prestigio del circo. A William lo tiene que ver un veterinario con total discreción. Ve y atiéndelo. Sé que eres lo suficientemente inteligente y atractiva como para lograr que certifique exactamente lo que nos conviene.

Ante semejante filípica, Nancy no tuvo más remedio que ceder. De pésimo humor, caminó hacia la entrada. Sin embargo, al divisar al doctor Villanueva a lo lejos, compuso de inmediato la figura y le dedicó su sonrisa más simpática y seductora.

A Rodolfo el corazón le dio un vuelco al verla acercarse. Se puso nervioso y le costó reordenar sus pensamientos.

Se saludaron con un cordial estrechamiento de manos y caminaron juntos hacia el corral del animal. Era un recinto improvisado con tablas de madera de no más de seis metros cuadrados. En ese espacio tan reducido permanecía William, sujeto por una gruesa cadena por mayor seguridad.

Allí estaba su paciente. Rodolfo se hallaba frente a frente con el gigante, sin saber muy bien qué hacer: jamás en su vida había visto de cerca a un hipopótamo. Armándose de valor, preguntó si era seguro acercarse.

-Si yo estoy a tu lado y tienes cuidado, no te hará nada -respondió Nancy pegándose a él.

Se aproximó con cautela y apoyó el estetoscopio sobre el voluminoso vientre del animal. Nancy, con la excusa de tranquilizar a William, se colocó lo más cerca posible del veterinario. Sabía perfectamente cómo turbarlo y no dudó en usar sus encantos para mantener el control de la situación.

Mientras Rodolfo intentaba concentrarse en la auscultación, Nancy le susurró al oído en voz baja:

-¿Qué tiene, doc?

-Todavía no lo sé -respondió Rodolfo con voz temblorosa, apartándose un par de pasos tanto del hipopótamo como de la joven-. Creo que es un problema digestivo.

Abrió el maletín, extrajo un frasco de dipirona y le aplicó una inyección en el cuello al animal.

-Ahora hay que esperar unas horas para evaluar la reacción al tratamiento. Volveré mañana por la mañana para ver si ha mejorado.

-Doctor -dijo Nancy entornando la mirada-, ¿podría hacerme un favor? Hágame un certificado en su hoja de receta indicando sus honorarios, el diagnóstico preliminar y el tratamiento. Es para presentárselo al dueño del circo; así le paga de inmediato y se queda tranquilo.

Cautivado y profundamente ingenuo, Rodolfo redactó la nota tal como la muchacha se lo pidió.

-Excelente, doc -dijo Nancy, tomando el papel y corriendo hacia la casilla de Rogers.

El dueño del circo dormitaba en su amplia casa rodante cuando escuchó los golpes en la puerta. Hizo pasar a Nancy y esta le entregó el documento.

-Firmó... Perfecto -dijo Rogers tras echarle un vistazo al papel-. Ahora ya no lo necesitamos para nada. Ve y págale la consulta.

-Pero dijo que volverá mañana -le recordó Nancy.

-Mejor aún; que venga todos los días si quiere. Pero ya no es necesario que te ocupes de él. Le encargaré a un peón que lo reciba. Es más, pienso ir yo mismo, quiero conocer a este muchacho -concluyó Rogers.

Nancy se retiró con un profundo suspiro de alivio, encantada de no tener que soportar más al veterinario. Ya podía disfrutar de su tiempo libre, dado que el número del hipopótamo estaba suspendido de momento. Por fin tenía el día entero para charlar con las chicas del cuerpo de baile o flirtear con alguno de los trapecistas.


Capítulo 7

Rodolfo salió del circo eufórico en dirección a su casa; no cabía en sí de la alegría. Por fin le llegaba la hora a la buena suerte. Estaba convencido de que el animal mejoraría con la dipirona y se prometió que a la mañana siguiente le inyectaría también un antibiótico. Esto era solo el principio: su mente volaba imaginando que pronto llegarían los clientes importantes y todo cambiaría. Embriagado aún por el recuerdo y el perfume de Nancy, pensó que, si iba a convertirse en un profesional famoso, bien podría tenerla como amante; al fin y al cabo, todas las personas relevantes tenían esposa y amante.

De nuevo había comenzado a gesticular mientras caminaba. Al darse cuenta, se detuvo en seco y constató con espanto que durante el trayecto también venía hablando solo en voz alta.

Llegó casi sin notar el recorrido a la puerta de su consultorio. Estaba tan aturdido que ni siquiera reparó en el coche rojo estacionado frente a la entrada. Entró en la casa y vio cómo la cara de Zulma se transformaba al poner en sus manos el dinero en efectivo que acababa de cobrar en el circo.

-Tienes gente esperando -le dijo Zulma, ahora en un tono bastante más cariñoso-. Está en la puerta, dentro de un auto rojo. No quiso pasar a la sala; dijo que prefería esperar afuera.

Rodolfo se asomó a la calle y le hizo una seña a la conductora para que pasara. Alicia bajó del vehículo, abrió la puerta trasera de su Toyota, tomó la jaula y caminó hacia el consultorio. Acomodó la jaula con la paloma sobre la mesa de atención y dijo:

-Disculpe, doctor, no sé si usted atiende también aves.

-¡Pues claro! Nuestra profesión es así -respondió Rodolfo, enfervorizado aún por la excitante experiencia que acababa de vivir-. Fíjese que recién vengo de atender a un hipopótamo y ahora me toca una paloma.

Quería quedar bien y destacar que no era un veterinario cualquiera, sino un profesional altamente capacitado. La realidad, sin embargo, era que no entendía un comino ni de hipopótamos ni de aves.

Alicia abrió la jaula y tomó la paloma con delicadeza. El ave intentó desplegar las alas, pero era evidente que solo movía la derecha, detalle que le señaló a Rodolfo.

Él se dispuso a examinarla y tomó al animal entre sus manos. Por la forma torpe e insegura en que la sujetó, Alicia comprendió de inmediato que el médico no tenía mucha experiencia en el manejo de aves; es más, daba la impresión de que jamás en su vida había sostenido una paloma. Alicia lo guio con paciencia y le mostró el lugar exacto donde posiblemente el ala estaba fracturada.

Rodolfo, quien a pesar de su euforia hacía denodados esfuerzos por estar a la altura de las circunstancias, declaró que lo más conveniente sería hacerle una radiografía. Alicia, conforme con la propuesta -que por lo demás era lo más lógico-, logró retirarle la paloma de las torpes manos al veterinario y la devolvió a la seguridad de la jaula.

El doctor escribió la orden radiológica, anotó al dorso el número de un especialista y le explicó que hacían placas a domicilio. Alicia pagó la consulta y se despidió mirando la hora a toda prisa, pues debía reunirse con Miguel para el almuerzo.

En cuanto Alicia cruzó la puerta, Rodolfo volvió a sumergirse en la fantasía de que su racha de mala suerte se había disuelto para siempre. Todo indicaba que de allí en adelante el Dr. Villanueva alcanzaría la fama. Volvió a soñar con Nancy y se la imaginó a su lado. Iría al circo a la mañana siguiente y volvería a verla; no veía la hora de estar nuevamente junto a ella.

*Tal vez enferme otro animal y me llamen para resolver el caso*, pensó.

El grito de Zulma anunciándole que la comida estaba lista lo devolvió bruscamente a la realidad. Comió en silencio junto a su esposa y luego se recostó a dormir la siesta, pero le fue imposible conciliar el sueño: su mente no dejaba de dar vueltas entre el hipopótamo y la deslumbrante pelirroja.


Capítulo 8

Alicia llegó a su casa con el tiempo justo para darse una ducha, cambiarse, retocarse el maquillaje y quedar lista para esperar a Miguel. Susana no almorzaría con ella, pues aún no se sentía recuperada del dolor de cabeza.

-Prefiero quedarme en casa en compañía de los gatos -le dijo a Alicia.

-¿Susana, me harías un favor? -preguntó Alicia.

-Dime.

-Mira, aquí tengo la orden del veterinario y al dorso anotó el número del radiólogo. Después de comer, ¿podrías llamarlo y pedirle si puede pasar esta tarde? Es por el ala de la paloma. Yo me voy a almorzar con Miguel.

-Como tú digas, Alicia. Ya era hora de que le mandaran hacer una placa a ese pobre animal; seguro que tiene una fractura.

-Hasta luego, Susana. Miguel me pasa a buscar en un momentito. No te olvides de llamar al radiólogo, por favor.

-No te preocupes, almuerzo algo ligero y lo llamo.

Miguel acababa de llegar en su Mercedes 220 para recoger a Alicia. Miguel Sánchez poseía un vasto patrimonio: era el único dueño de una de las concesionarias de automóviles más importantes de Montevideo, además de contar con valiosas propiedades inmobiliarias en Punta del Este. En uno de sus locales, Alicia había realizado, años atrás, la primera exposición de sus obras. Alicia subió al vehículo y partieron rumbo al barrio de Pocitos.

-¿Te apetece comer pescado? -preguntó Miguel.

-Sí, la verdad es que sería una excelente elección -respondió Alicia-. Estoy un poco aburrida de la carne roja; sabes que estoy pensando en eliminarla de mi dieta.

-Excelente. Conozco un restaurante donde la especialidad es el pescado a la parrilla.

-Me parece perfecto.

En menos de quince minutos estacionó en la calle Benito Blanco, frente al restaurante *El Gourmet*. Miguel solicitó una mesa para dos. El camarero los condujo cortésmente y les entregó la carta. Una vez acomodados, Miguel sugirió tomar un aperitivo y, ante el gesto afirmativo de Alicia, pidió dos *Bloody Mary*.

Mientras bebían y examinaban la carta, decidieron pedir como entrada un carpaccio de salmón ahumado y, como plato principal, atún rojo a las brasas con guarnición de papas y champiñones. Para culminar, eligieron un cheesecake de dulce de leche como postre y, para acompañar la velada, un Sauvignon blanco.

Conversaron animadamente durante toda la comida; siempre tenían infinidad de temas de los que hablar. Si no era de pintura, era de escultura. En un momento dado, ya durante el postre, Miguel la miró fijamente a los ojos y le tomó la mano. Alicia no lo rechazó: dejó que sus dedos permanecieran unidos. Él continuó charlando con entusiasmo, visiblemente feliz por sostener la mano de Alicia sin que ella se mostrara incómoda; al contrario, lo aceptaba con apacible agrado.

Miguel pidió la cuenta y dos cafés. Los tomaron, se levantaron de la mesa y sus manos se separaron momentáneamente. Sin embargo, mientras caminaban hacia la salida, fue Alicia quien tomó la iniciativa y le tomó la mano. Así continuaron hasta llegar al automóvil.

Durante el viaje de regreso a casa de Alicia siguieron conversando con soltura, aunque ninguno de los dos hizo mención al silencioso contacto de sus manos. Al llegar, Miguel estacionó frente a la vivienda. Alicia se despidió dándole las gracias y, antes de descender al bordillo, se inclinó hacia él y le dio un cálido beso en la mejilla.

Miguel, aún confuso, no sabía a ciencia cierta qué pensar: no estaba seguro de si la había conquistado o si todo era simplemente el resultado de una extrema amabilidad. Pero la realidad era innegable: había dado un paso enorme en la seducción de Alicia. Aunque nada se dijo explícitamente, los hechos demostraban un avance significativo, y él se sentía dichoso e inspirado, con deseos de escribir un poema o pintar un cuadro.

Optó por esto último. En cuanto llegó a su residencia, preparó un lienzo, sacó óleos y pinceles, y se sirvió un vaso de jugo de naranja. Quería pintar un gato, un gato como los que pintaba Alicia. Sí: pintaría un hermoso felino en memoria de aquel momento maravilloso.


Capítulo 9

El timbre sonó dos veces con repiques largos. Susana, adormilada pero ya sin dolor de cabeza, fue a atender. Era un hombre joven de gafas gruesas que vestía pantalón y casaca blancos; de su hombro colgaba una pesada mochila negra. No había duda: era el radiólogo a quien habían llamado tres horas atrás. Lo hizo pasar de inmediato.

-Es por una paloma, como le expliqué por teléfono -le dijo Susana.

-Ah, sí, un ala; es lo que se fracturan siempre -respondió el técnico.

-Perdone -intervino Susana-, yo soy médica, trabajo en cuidados intensivos. ¿Ustedes qué tratamiento le hacen a este tipo de casos?

-Entre médicos -dijo el radiólogo sonriendo-, le diré que hay quienes las operan y les colocan un fijador externo; otros prefieren un vendaje y, por último, están los que se limitan a dejarlas reposar en la jaula. Con los tres métodos se curan.

-Qué interesante -comentó Susana-. Le agradezco mucho la explicación. Usted sabe...

El saludo de buenas tardes de Alicia interrumpió la conversación. El radiólogo pidió que le trajeran al paciente y Alicia apareció presurosa con la jaula. Entre las dos acomodaron el ala lesionada sobre la placa reveladora y el profesional disparó los rayos X.

-Muy bien -dijo él-. En una hora paso por aquí a dejarles la radiografía revelada.

Se despidieron y el joven, cargando su pesada mochila, se retiró.

Las dos hermanas quedaron a solas. Susana estaba ansiosa por saber cómo le había ido a su hermana en el almuerzo. Alicia, mientras se ponía cómoda y se quitaba los zapatos, le contó todo con lujo de detalles. Susana, contentísima, le dio un fuerte abrazo.

-Recuerda que tenemos entradas para ver *Tartufo* -le recordó.

-Sí; esperamos a que nos traigan la radiografía y nos preparamos para el teatro.

No había transcurrido una hora cuando volvieron a sonar dos timbrazos. Era el radiólogo con la placa guardada en un sobre manila.

-Dentro está el informe -dijo, cobró la consulta y se retiró.

Ambas examinaron la nota, que rezaba: *"Se observa en el tercio medio del húmero fractura oblicua sin desplazamiento. Resto sin particularidades"*.

Susana opinó que una lesión así se resolvería simplemente con reposo. Alicia coincidía con su diagnóstico.

-De todas formas, el lunes pienso llevarle la placa al doctor Villanueva, ya que él la indicó -comentó Alicia-. A la paloma no pienso llevarla; no me gustó cómo la sujetó. Me dio la impresión de que no tiene experiencia con aves.

Se vistieron con la mayor elegancia para asistir a la función de la Comedia Nacional en el Teatro Solís. El espectáculo, estructurado en tres actos, comenzaba a las nueve de la noche. A las nueve menos veinte, el Toyota Yaris de Alicia ingresó al estacionamiento contiguo al teatro. Tenían reservadas dos plateas en la cuarta fila que les garantizaban una visión perfecta del escenario.

A las nueve y cinco se levantó el telón. La obra fue interpretada con maestría por los actores, quienes se ajustaron estrictamente al texto original, desplegando esas escenas tragicómicas tan características de Molière. Al finalizar el tercer acto, el público prorrumpió en una larga ovación; el telón subió y bajó varias veces mientras el elenco saludaba a la sala.

Alicia y Susana salieron del teatro y decidieron culminar la velada del sábado con una buena cena. Condujeron hasta la Plaza Zabala y desde allí caminaron hacia el restaurante *Primuseum*.

A la hora del postre, Susana rompió el silencio:

-Estoy muy contenta con la noticia que me diste sobre Miguel. Últimamente pienso mucho en que ya tienes casi cuarenta años y necesitas un compañero. Desde que murió mamá nos hemos quedado solas, y eso no es bueno. Tú sabes bien que salgo con Alberto desde hace más de seis años y que pronto nos iremos a vivir juntos. A mí también me corre el tiempo; soy mayor que tú y me gustaría formar una familia. Conoces a Miguel desde hace casi diez años y él siempre se fijó en ti, sin que jamás le dieras la menor oportunidad. Sin embargo, hoy parece que cambiaste de parecer. Como te dije, me alegra enormemente. Pero... ¿puedo preguntarte por qué cambiaste de opinión?

-Mira -respondió Alicia con sinceridad-, a mí nunca me interesaron mucho los hombres; lo mío siempre fue dibujar y pintar. En una época, cuando tenía quince o dieciséis años, me preocupó la posibilidad de que me gustaran las mujeres, pero pronto me di cuenta de que no era así. Es bastante extraño que, siendo hermanas, nunca hayamos hablado abiertamente de este tema. Lo que pasó hoy con Miguel lo venía madurando desde hace meses. Como tú dices, el tiempo vuela y la posibilidad de quedar completamente sola ya no es una idea remota, sino una certeza. Por eso decidí decirle que sí a su enésima invitación.

-Entonces no lo amas -dijo Susana con un poso de tristeza-. Lo haces solo por temor a la soledad.

-No, no es tan así -replicó Alicia-. Él me gusta mucho, tenemos casi todo en común y a su lado la paso feliz y entretenida. Pero en cuanto a si lo amo... te confieso que no lo sé. Aún no sé qué es sentir amor por un hombre.

-Te entiendo, hermana -dijo Susana tomando su mano-; es cuestión de tiempo. Lo que sí te aseguro es que Miguel te quiere muchísimo y que te ama. Lleva años cortejándote a pesar de tus negativas. De hecho, en este tiempo ha salido con varias mujeres, pero nunca formalizó con ninguna. Siempre vuelve a ti.

-Eso es verdad -admitió Alicia-, pero no estoy segura de poder corresponderle con la misma intensidad.

Susana dio por concluida la conversación. Ambas terminaron la mousse de chocolate que habían ordenado, pagaron la cuenta y emprendieron el regreso a casa. Nada más cruzar el umbral, sus tres gatos salieron al encuentro para reprocharles con insistentes maullidos la larga ausencia. Cansadas por la intensa jornada, se dieron las buenas noches y se retiraron a descansar a sus respectivos dormitorios.


Capítulo 10

A pesar del avanzado otoño, la mañana de domingo amaneció primaveral. El cielo, limpio de nubes, daba paso a un sol deslumbrante. Rodolfo se levantó temprano; apenas había dormido unas pocas horas y durante la noche no había hecho más que dar vueltas en la cama pensando en Nancy. Intentó no hacer ruido para no despertar a su esposa, pero el esfuerzo fue en vano: Zulma ya estaba despierta.

-¿Qué hora es, Rodolfo? -preguntó ella adormilada.

-Las seis y media -respondió él-. Tengo que ir al circo a ver al hipopótamo.

-No seas tonto -dijo Zulma acurrucándose-. Quédate en la cama conmigo; puedes ir más tarde.

Rodolfo estuvo tentado de volver a la cama con ella; con seguridad habrían hecho el amor. Sin embargo, el recuerdo del perfume de Nancy apagó al instante cualquier deseo hacia su esposa. Sin responder palabra, se vistió y fue a la cocina a preparar el café.

Al dar el primer sorbo, las imágenes de su adolescencia acudieron a su mente. *Qué idiota era*, pensó. De joven creía tener muchos amigos, pero con el tiempo comprendió que solo eran simples conocidos que se acercaban a él no por un afecto recíproco, sino para tomarle el pelo.

Recordó cómo empezó a salir solo, frecuentando la Casa de la Cultura en el Prado para jugar al ajedrez o tomando clases de baile folclórico. A pesar de sus esfuerzos por integrarse, jamás dejó de percibir la solapada ironía de sus compañeros. El tonto -como siempre- intentaba neutralizar las burlas riéndose de sí mismo, una actitud comprensible pero equivocada que solo incitaba más bromas y chanzas a su costa.

Tenía dos hermanos, Sergio y Daniel, con quienes casi no se hablaba. Él era el del medio. Sergio, el mayor, había emigrado a Brasil en busca de nuevos horizontes, y Rodolfo solo sabía de él por la lectura en voz alta que su madre hacía de las cartas mensuales que llegaban del norte. Su padre había fallecido de un ataque cardíaco justo cuando nació Daniel, el menor, quien padecía una leve forma de esquizofrenia.

Rodolfo se crió prácticamente solo. El único consejo insistente de su madre fue que estudiara, que se formara a pesar de cualquier adversidad, y él se aferró a esas palabras como si se tratara de un mandato divino. Por nada del mundo abandonó los libros hasta obtener el título.

Terminó el café y sacudió la cabeza para ahuyentar los fantasmas del pasado: tenía que ir a ver al hipopótamo y encontrarse con Nancy. Tomó el maletín y salió de la casa en silencio para no despertar a Zulma.

Empezó a caminar en dirección al circo. Como era temprano, decidió recorrer despacio las cuatro cuadras que lo separaban de la gran carpa. Imaginaba que Nancy lo estaría esperando.

*Seguro que lo de ayer se repetirá*, se decía a sí mismo. *Volveré a sentir el calor de su cuerpo cerca del mío y respiraré de nuevo su aroma. Cuando se me aproxime, le daré un beso en la boca y ella me corresponderá. Cuando termine de examinar al animal -que seguro ya estará mejor-, Nancy podrá hacer su número y me lo agradecerá saliendo conmigo*.

De nuevo hablaba solo y gesticulaba en plena vía pública. *"Por suerte la calle está desierta"*, se consoló al tomar conciencia de que otra vez soñaba despierto.

Sumergido en sus quimeras, ni siquiera notó que se había pasado de largo de la entrada principal. Con vergüenza, tuvo que desandar sobre sus pasos casi media cuadra. En el acceso exterior no había nadie, pero dentro de la carpa reinaba un intenso ajetreo: se preparaban para las tres funciones dominicales. Un tanto nervioso, dio varias palmadas secas para llamar la atención hasta que un peón de pista se dignó a salir.

-¿Sí? ¿Qué desea? -preguntó el hombre sin rodeos.

-Soy el veterinario; vengo a ver al hipopótamo -respondió Rodolfo irguiéndose.

-Ah, sí, sí. Pase, usted ya sabe dónde está. Puede ir a verlo solo -dijo el peón antes de dar media vuelta y perderse a toda prisa en el interior.

Rodolfo quiso pedirle que llamara a Nancy, pero el muchacho no le dio tiempo. Caminando por el lateral de la estructura, llegó hasta el corral improvisado de William. El hipopótamo no estaba de pie: se hallaba echado sobre el vientre, con las cuatro patas recogidas, la cabeza gacha y una respiración visiblemente dificultosa. Ni siquiera hizo falta ayuda para auscultarlo, pues el animal apenas reaccionaba.

Sin saber muy bien qué hacer y profundamente desilusionado por el deterioro de William, Rodolfo solo atinó a inyectarle dos frascos de dipirona y uno de amoxicilina.

Nadie lo acompañó durante toda la consulta. Molesto e ignorado, regresó al acceso del circo e hizo sonar las palmas con insistencia. Después de un rato salió el hombre que el día anterior fumaba en la puerta. Al ver un rostro familiar, Rodolfo se acercó y le explicó que el hipopótamo estaba grave y que nadie se había presentado para asistirlo.

El hombre dio una calada tranquila a su cigarrillo, esbozó su habitual sonrisa irónica y se quedó contemplando el cielo.

Desconcertado, Rodolfo le exigió:

-Por favor, llame a Nancy.

-Nancy está ocupada -respondió el empleado sin inmutarse-. Mañana viaja a California, donde la empresa tiene otro circo, ya que aquí se quedó sin número.

La noticia cayó sobre Rodolfo como un brutal golpe en el estómago. Quedó helado, con el cuerpo entumecido e incapaz de reaccionar. No podía creer que lo hubieran utilizado y descartado de esa forma. Haciendo un esfuerzo supremo por contener el nudo de rabia en la garganta, logró articular:

-Quiero hablar con el dueño del circo.

-El señor Rogers no atiende a nadie los domingos; está muy ocupado con las funciones de hoy -contestó el fumador con absoluta indiferencia-. Vuelva mañana por la mañana, que no hay espectáculo.

Lleno de ira y humillación, Rodolfo le dio la espalda al hombre y se marchó a paso rápido.

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