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EL CASTIGO

Por Malan · España · Otros

EL CASTIGO
El viento de otoño arrastraba hojas secas por el viejo patio de la casa. Era la década de 1920 y, para muchos hombres, la dureza era la virtud más importante. Don Eusteberio pensaba así. Había trabajado desde niño y conocía el hambre, la pobreza y la guerra. Estaba convencido de que los golpes de la vida, solo podían enfrentarlos los hombres más fuertes.

Sus hijos, Tristán y Acacio, de doce y diez años respectivamente, temblaban ante él:

—Vamos —ordenó con voz seca—. Un hombre no llora. ¡Sois niñas o sois hombres! ¡El mundo no tendrá compasión con los débiles!. ¡Pelead!

Los niños se miraron sin moverse. Estaban aterrados.

—¡He dicho que peleéis, mocosos de mierda!

El chasquido del cinturón de Don Eusteberio hizo que ambos se pusieran en posición. Los primeros puñetazos fueron tímidos, más bien simulados. No querían hacerse daño.

—¡Más fuerte, carajo!

Acacio lanzó un golpe al pecho de Tristán. Este retrocedió.

—¡Eso no es nada! ¡Dale de verdad!

Tristán, con lágrimas contenidas, apretó los dientes, levantó el puño y descargó toda su rabia y su desesperación en un golpe contra Acacio. Se oyó un golpe seco y el pequeño cayó hacia atrás como un muñeco de trapo. Su cabeza golpeó el suelo; la sangre comenzó a correr por su cabeza. Durante un instante nadie respiró.

—¡Acacio! —Don Eusteberio soltó el cinturón y corrió hacia él. Lo levantó entre sus brazos—. ¡Hijo! ¡Hijo, mírame!

No obtuvo respuesta. Con el rostro desencajado, lo llevó a toda prisa dentro de la casa. Antes de entrar se volvió hacia Tristán en el umbral de la puerta.

—¡Te has pasado! ¡¿Me oyes?! ¡Te has pasado! ¡Entra ahora mismo! ¡Después te vas a enterar!

Tristán obedeció en silencio y entró detrás de su padre. Dentro de la casa, Don Eusteberio tumbó a Acacio sobre la mesa del comedor mientras intentaba detener la hemorragia con un paño.

—Respira. Vamos, respira.

Pero Acacio seguía inmóvil y Tristán observaba desde la puerta. Veía la sangre, la desesperación de su padre y el cuerpo inmóvil de su hermano. Las palabras comenzaron a martillar su mente:

Lo has matado. Has matado a tu hermano. Asesino.

Le parecía que no era su propia voz, sino la de algo que trataba de atormentarlo. Retrocedió asustado, sin hacer ruido. Su padre no le prestaba atención en ese momento.

—Perdóname, hermano —pronunció en voz baja antes de salir y cruzar el patio como un sonámbulo.

Dentro de la casa pasaron varios minutos. De pronto, Acacio tosió y abrió lentamente los ojos.

—Papá —dijo con una mueca de dolor.

—¡Gracias al cielo! —exclamó Eusteberio y dejó escapar un sollozo de alivio.

Sin embargo, bajo aquel alivio era presa de una rabia que intentaba ocultar a Acacio. Con una leve sonrisa y una caricia en su mejilla, salió afuera, recogió el cinturón y fue a buscar a Tristán.

—¡¿Dónde estás?! ¡Tristán! ¡Ven aquí ahora mismo! ¡Tristán!

Fue al garaje y lo registró, pero no estaba allí. El cinturón colgaba de su mano mientras avanzaba hacia el jardín.

—¡Tristán! —gritó una vez más, con la voz quebrada entre la ira y la impaciencia.

Entonces lo vio. Bajo el follaje del viejo roble, un cuerpo balanceándose lentamente con la brisa. Don Eusebio sintió que las piernas dejaban de sostenerlo. El cinturón cayó de su mano. Corrió hasta el árbol y abrazó a su hijo. Intentó levantarlo y lo llamaba.

—¡Tristán! ¡Tristán! ¡Despierta, hijo! ¡Por favor!

No hubo respuesta, solo el aire y el crujido de las ramas. Cuando comprendió que ya era demasiado tarde, cayó de rodillas sobre la hierba. Por primera vez en muchos años lloró sin poder contenerse. Entre sollozos comprendió que nunca había enseñado valentía, sino miedo. Que había confundido respeto con obediencia ciega, fortaleza con violencia y autoridad con crueldad. Recordó cada grito, cada amenaza y cada castigo físico y psicológico. Entendió que el mayor enemigo de sus hijos, nunca había estado en el mundo exterior, sino dentro de aquella casa.

El cinturón seguía tendido sobre la hierba, donde lo había dejado caer. Nunca regresó a por él.

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