Lectura

EL AROMA DE LA ESPERA

Por Delphina · Uruguay · Drama

EL AROMA DE LA ESPERA
El reloj de la estación de trenes marcaba las 16:15 cuando crucé el umbral de hierro forjado. Era una estructura antigua, una reliquia de la arquitectura ferroviaria que parecía resistirse al avance del tiempo. Aquella tarde, una llovizna persistente, de esa que no moja de inmediato pero cala los huesos con una humedad insidiosa, envolvía los andenes en un velo grisáceo. La visibilidad era escasa; las luces de la estación, mortecinas y amarillentas, apenas lograban perforar la bruma que subía de los rieles.
Mi tren, el de las 16:30, solía ser un prodigio de puntualidad británica en medio de nuestra geografía caótica, pero el frío de aquel viernes me obligó a buscar refugio mucho antes de que el silbato anunciara su llegada. Me situé bajo el alero de madera crujiente, un techo que vibraba cada vez que el viento soplaba con fuerza, devolviendo el eco de un pasado más glorioso.
Allí estaba ella. Sentada en el extremo de un banco de piedra que parecía brotar del mismo suelo de la estación, se recortaba contra el gris del horizonte como una figura rescatada de una fotografía en sepia. Era una mujer diminuta, de una fragilidad que recordaba al cristal antiguo, pero con una presencia que dominaba el espacio a su alrededor. Sus manos, nudosas y marcadas por las venas , abrazaban con un celo casi religioso una cesta de mimbre cubierta por un paño de lino blanco, inmaculado.
Antes incluso de ver sus rasgos con claridad, el aire se llenó de un aroma que desafiaba la hostilidad del ambiente. Era una mezcla dulce y cítrica de naranja y miel que cortaba el frío y evocaba cocinas cálidas y mañanas de sol.
-Buenas tardes -dijo ella, sin mirarme, con una voz que sonó como el roce de hojas secas sobre el pavimento.
-Buenas tardes -respondí, acomodando mi maletín y sentándome a su lado.
-¿Espera el de las cuatro y media? -preguntó. Su mirada seguía fija en el punto donde las vías se perdían en la curva, allí donde el metal parecía fundirse con la niebla.
Asentí, aunque ella no me veía.
-Yo espero el siguiente -continuó, como si necesitara justificar su presencia-. El que trae a mi hijo. Le traigo estas galletas, son sus favoritas. Las de naranja y miel no se encuentran en cualquier parte, ¿sabe? Hay que saber darles el punto justo de cocción para que no se amarguen. Pero a él le gustan así, crujientes por fuera y con el corazón tierno.
Así comenzó mi charla con esta encantadora mujer. En aquel momento, no era más que una anécdota de viaje, un encuentro fortuito que llenaría los quince minutos de espera. Tardaría semanas en saber su nombre, pero solo minutos en quedar envuelto en su historia.
Aquel primer encuentro fue breve, pero de una intensidad desconcertante. Me contó, con una naturalidad que solo otorgan la pena profunda o la costumbre más arraigada, que su esposo había fallecido hacía seis meses.
-Se cayó de un andamio -dijo, y por primera vez hubo una nota de aspereza en su voz, un eco de injusticia-. Trabajaba en la construcción, un oficio duro que te roba la juventud y, a veces, la vida misma. Ahí trabaja mi hijo también.
Felipe. Ese era el nombre que llenaba sus frases, el eje sobre el cual giraba su existencia. Me explicó que se llamaba igual que el padre, como si el nombre fuera una herencia que no se pudiera rechazar.
Me confesó que se había casado tarde, pasados los treinta años. En su época, aquello era casi una sentencia de soltería eterna, un estigma de mujer "quedada". Pero entonces llegó el Felipe su esposo, y luego, como un milagro de otoño, Felipe su hijo.
-Se está preparando para casarse -me decía con los ojos encendidos, una chispa de orgullo que iluminaba su rostro cansado y borraba por un segundo las arrugas de su frente-. Ella es una buena chica, hacendosa, de buena familia. Pero... -hizo una pausa dramática, apretando la cesta- dudo que sepa hacer las galletas como a él le gustan. Los jóvenes de hoy tienen prisa por todo, y la miel necesita calma para asentarse en la masa.
El silbato del tren de las 16:30 desgarró el aire, anunciando la llegada de la mole de metal. Me despedí rápidamente, impresionado por la vitalidad de sus recuerdos. Mientras subía al vagón, la vi a través del cristal: permanecía inmóvil, una pequeña mancha de color en el banco de piedra, esperando el siguiente tren que, según ella, traería al hijo de sus ojos.
Durante las siguientes cuatro semanas, de lunes a viernes, nuestra rutina se volvió sagrada. Yo llegaba puntualmente para mi tren y ella ya estaba allí, ocupando el mismo centímetro de piedra, custodiando su cesta con la misma devoción con la que un guardia protege un tesoro nacional. El aroma a naranja y miel se convirtió para mí en el indicador de que la jornada laboral había terminado. A veces, el hambre y el delicioso perfume casi me hacían desear pedirle una galleta, pero había algo en su mirada, una especie de exclusividad mística, que me indicaba que aquellas galletas eran un altar personal, un rito reservado solo para Felipe.
Nunca vi a su hijo bajar del tren. A menudo, mi tren partía justo cuando el suyo debía entrar en la estación contraria, o los horarios se solapaban de tal modo que el movimiento de la gente me impedía ver quién llegaba. Sin embargo, a través de sus relatos, yo también empecé a conocer a Felipe como si fuera un viejo amigo.
Supe que de niño le tenía miedo a los truenos y se escondía bajo sus faldas durante las tormentas de verano. Supe que era un hombre de hombros anchos, de manos fuertes -"manos de constructor", decía ella con orgullo-, ojos color miel que heredó de su abuela y una sonrisa amplia que parecía iluminar las habitaciones más oscuras. Me describió sus rulos castaños, que siempre estaban despeinados por el viento de las obras, y su costumbre de silbar tangos viejos mientras se lavaba el cemento de los brazos al final del día.
Las anécdotas eran tantas y tan detalladas que sentía que podía reconocerlo entre la multitud.
-Es un buen hijo -repetía siempre-. Otros se olvidan de sus madres cuando aparece una mujer joven, pero mi Felipe no. Él sabe que estas galletas son el sabor de su casa. Por eso viene todos los días, aunque llegue cansado, aunque la obra esté lejos.
Casi terminando el mes, en un momento de especial confianza mientras la lluvia repiqueteaba con fuerza sobre el techo de madera, me dijo finalmente que se llamaba Juana. Me sentí honrado, como si me hubieran entregado la llave de una ciudad amurallada.
Ese viernes, el último de la cuarta semana, el clima era particularmente hostil. Un aguacero torrencial azotaba la ciudad, convirtiendo las calles en ríos y la estación en un refugio de sombras húmedas. El viento se colaba por los intersticios del hierro forjado, aullando como un animal herido.
Llegué a las 16:15, como siempre. Juana estaba allí, pero esta vez parecía más pequeña, más encogida. La humedad del ambiente hacía que el aroma de las galletas fuera aún más penetrante, casi embriagador. Hablamos poco; el ruido de la lluvia dificultaba la conversación. Ella simplemente me sonrió y dio un pequeño golpecito a su cesta, asegurándose de que el paño de lino estuviera seco.
Justo cuando el silbato de mi tren resonó en la distancia, anunciando su aproximación por la vía principal, ocurrió algo que rompió la monotonía de nuestra rutina. Un hombre de cabello canoso, vestido con un abrigo oscuro que parecía pesarle una tonelada, emergió de la bruma del andén opuesto. Tenía un andar pausado, casi vacilante, como si cada paso fuera una decisión difícil de tomar.
Se detuvo frente a Juana. Por un momento, el tiempo se detuvo.
Yo me quedé paralizado a pocos metros, con el pie casi puesto en la línea de seguridad del andén. El hombre la miró con una ternura infinita, una mezcla de amor y una tristeza tan profunda que me oprimió el pecho.
-Querida -dijo él. Su voz estaba quebrada, cargada de un cansancio que no venía del trabajo físico, sino del alma-. Vamos a casa, Juana. Felipe ya no volverá.
Juana levantó la vista. Sus ojos, antes encendidos por el orgullo, se tornaron nublados, como si una cortina de humo hubiera descendido sobre ellos. Sin embargo, no hubo sorpresa en su rostro, solo una resistencia silenciosa.
-Pero traje sus galletas -respondió ella con la voz de una niña pequeña-, y tú sabes cuánto le gustan. No puedo dejar que llegue y no encuentre sus galletas de naranja. Se va a poner triste, Felipe. Tú sabes cómo es de especial con su comida después de trabajar tanto.
El hombre se arrodilló frente a ella en el suelo mojado de la estación, sin importarle las manchas en su pantalón ni el frío del cemento. Le tomó las manos nudosas entre las suyas, cubriendo también la cesta de mimbre.
-Las guardaremos para cuando vuelva -dijo calmadamente, con una paciencia que solo nace del dolor compartido-. Vamos, Juana. Ya es tarde y va a refrescar más.
Mientras la ayudaba a levantarse con una delicadeza extrema, vi cómo el hombre dejaba resbalar unas lágrimas por sus mejillas, perdiéndose entre las gotas de lluvia que le mojaban la cara. Ella se dejó guiar, con el paso errático, aferrada al brazo de aquel hombre que la sostenía como si fuera el único anclaje que le quedaba en el mundo.
En ese instante, el universo que yo había construido durante un mes se reordenó de forma cruel y definitiva. La realidad me golpeó con la fuerza de una locomotora. El hombre canoso, de su misma edad, no era un pariente lejano ni un vecino compasivo: era su esposo.
Mi tren llegó. Las puertas se abrieron y la gente comenzó a bajar y subir con la prisa habitual de quienes tienen un destino real al que llegar. Subí de forma mecánica, me senté junto a la ventanilla y apoyé la frente contra el vidrio frío.
Mientras el tren se alejaba de la estación, vi por última vez el banco de piedra vacío. El aroma a naranja y miel aún parecía flotar en el aire del vagón, o quizás era solo mi memoria intentando aferrarse a la ilusión de Juana.

Entendí entonces que, a pesar de la verdad devastadora que acababa de presenciar, Juana regresaría mañana. Y pasado mañana. Seguiría yendo a esperarlo cada día, porque en ese banco de estación, bajo la llovizna persistente y el velo grisáceo de la tarde, Felipe seguía vivo. En el mundo de Juana, la muerte era solo un retraso ferroviario, y mientras el aroma a naranja y miel flotara en el aire, el hijo amado estaría siempre a un solo tren de distancia.
Cerré los ojos y, por un momento, yo también pude ver a un joven de rulos castaños saludando desde la plataforma, sonriendo con una galleta en la mano, antes de que la realidad y el movimiento del tren borraran definitivamente la imagen.

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