Volvía triste y al mismo tiempo obnubilado. No podía creerlo: ella se iba a los Estados Unidos. Caminaba lentamente, con la mirada fija en las baldosas y balbuceando palabras incomprensibles. En ese lamentable estado cruzó el umbral de su casa. Zulma, al verlo llegar, sospechó de inmediato que algo andaba muy mal.
-¿Qué te pasa, Rodolfo? -le preguntó
Él ni se molestó en contestar. Entró directamente al consultorio, dejó caer el maletín al piso con pesadez y se desplomó sobre una silla. Zulma lo observaba desde el marco de la puerta con los brazos cruzados.
-O murió el hipopótamo o no te pagaron -sentenció ella.
-Ninguna de las dos cosas -articuló él con dificultad-. No murió, pero está muy grave... muy grave -repitió con un hilo de voz-. Tengo que ir a verlo mañana por la mañana.
No le dijo una sola palabra sobre lo sucedido con Nancy ni aclaró que aquella deslumbrante pelirroja era la verdadera causa de su abatimiento.
Zulma, en lugar de rezongar en voz alta por la falta de dinero como solía hacer, sintió un vuelco en el corazón al verlo así de roto y derrotado. Salió un segundo y regresó al consultorio con un plato de pasta humeante y una servilleta. Lo abrazó con ternura, lo besó en la mejilla y, con infinita paciencia, comenzó a darle la comida en la boca como si fuera un niño pequeño.
Al terminar el último bocado, Rodolfo se refugió en su regazo y rompió en un llanto amargo e incontrolable. Cuando logró desahogar toda su angustia, Zulma lo ayudó a desvestirse y lo acostó en la cama. Él se quedó dormido casi de inmediato. Ella, con los ojos empañados por las lágrimas, volvió a la cocina a comer su porción y a fregar los platos.
Rodolfo durmió durante toda la tarde del domingo. Al despertar se sentía físicamente más descansado, pero bastó con que la imagen de Nancy cruzara de nuevo por su mente para que la tristeza lo invadiera otra vez.
Zulma entró al dormitorio trayendo una bandeja con sándwiches de jamón y queso y una Coca-Cola, que él devoró con inesperado apetito. Se acomodó a su lado en la cama y lo invitó a ver una película en la televisión. La emisión los distrajo bastante; Rodolfo disfrutó del momento y por lapsos logró olvidarse por completo de la entrenadora del circo.
Al terminar el filme, se quedaron comentando el argumento y, casi sin darse cuenta, empezaron a recordar el día en que se conocieron.
Había sido durante un ensayo de baile folclórico en la Casa de la Cultura. Les tocó formar pareja y por primera vez se tomaron de las manos. Al finalizar la clase se quedaron conversando; ella había quedado fascinada con la mirada intensa y los ojos negros de Rodolfo. Desde esa tarde no volvieron a separarse: primero como compañeros de danza y, poco después, como novios. Él le presentó a su madre y ella lo llevó a su casa.
Zulma tenía una sola gran falla: era celosa hasta la locura. Durante el noviazgo, Rodolfo había soportado con estoicismo las frecuentes y a menudo imaginarias escenas que ella le organizaba. Si la relación había prosperado hasta el matrimonio fue gracias al refugio que él encontraba en el silencio. Así llegaron al altar: él tolerando los celos desmedidos y ella aguantando los sombríos cambios de humor que lo aquejaban a él.
Recordando aquellos tiempos, Rodolfo volvió a quedarse plácidamente dormido. Zulma lo arropó con cuidado, le dio un beso suave en la frente y murmuró en la penumbra:
-Hasta mañana, mi amor.
Capítulo 12
Se despertó a las siete de la mañana, un poco confundido pero descansado. Su esposa aún dormía. Se levantó sin hacer ruido y fue a la cocina a preparar el café matinal. Tenía que volver al circo. Apuró la taza, se vistió, tomó el maletín y salió a la calle apresurando el paso hacia la gran carpa.
En el trayecto volvió a pensar en Nancy: recordó su perfume, su sonrisa. *"Ya debería de estar en el aeropuerto. Una pena... ¿cuántas cosas podríamos haber hecho juntos?"*, se dijo a sí mismo. *"Pero prefirió su trabajo a estar conmigo. Una lástima"*, concluyó para sus adentros.
Esta vez no había hablado en voz alta ni gesticulado -al menos eso creía- y casi sin darse cuenta ya estaba frente al acceso principal. En el umbral encontró una vez más al hombre de la sonrisa irónica, quien fumaba como de costumbre. Rodolfo lo saludó:
-Buenos días.
El empleado respondió al saludo con un gesto indolente y soltó sin anestesia:
-Llega tarde, amigo. El hipopótamo murió anoche.
Rodolfo no dijo nada; se limitó a exigir una entrevista con el dueño del circo.
En ese momento, dentro de su amplia casa rodante, el señor Rogers estaba furioso por la cifra exorbitante que pretendían cobrarle los servicios de retiro de animales para deshacerse del enorme cadáver de William. Para colmo de males, no veía otra alternativa. Cuando le avisaron que el veterinario insistía en hablar con él, por un segundo pensó en negarse, pero al final cedió y lo hizo pasar.
Fue Rodolfo quien tomó la iniciativa. Le explicó que, si bien el hipopótamo había fallecido, era su deber profesional determinar las causas del deceso, por lo que correspondía ordenar una necropsia.
Rogers, sin saber bien qué responder, preguntó:
-¿Y eso qué implicaría?
Rodolfo, adoptando un aire sumamente doctoral, le explicó:
-Se traslada el cadáver a la Facultad de Veterinaria. Allí los patólogos le realizan la necropsia y nos entregan un informe oficial de la causa de muerte.
-Y luego de eso... ¿qué hacen con el cuerpo del animal? -indagó Rogers, afinando la mirada.
-La Facultad cuenta con un horno crematorio -sonrió Rodolfo, sintiéndose de pronto dueño absoluto de la situación.
A Rogers se le iluminó el rostro. *"O sea que no tendría que pagar la suma escandalosa que me pedían"*, dedujo al instante. Dirigiéndose a Rodolfo con una fingida sumisión, exclamó:
-¡El doctor tiene toda la razón! Ahora le toca a él tomar las riendas de los hechos. De aquí en adelante es el doctor Villanueva quien se ocupa de todo. Es imprescindible saber de qué murió nuestro querido William -añadió mientras se secaba una lágrima inexistente.
Rodolfo se sentía henchido de orgullo: él era el coordinador general del procedimiento. Llamó por teléfono a la Facultad y concretó el traslado para esa misma mañana, argumentando que se trataba de un caso de alto interés académico. Pidió a los peones de pista que, con la ayuda de un aparejo con roldanas, subieran los restos del pobre William al camión que por quince años había sido su morada.
Llegaron sin contratiempos a la institución. Los cinco peones y el doctor Villanueva estacionaron el camión junto a la rampa de descarga. Tres patólogos los aguardaban preparados para comenzar la disección. En pocos minutos se congregó una multitud de curiosos entre estudiantes y transeúntes, a los que pronto se sumaron los camarógrafos de un canal de televisión local. Los cronistas no tardaron en abordar a un ensoberbecido Rodolfo para hacerle una entrevista en vivo.
Todo marchó sobre ruedas. No hubo críticas, sino elogios hacia la administración del circo por la rapidez, seriedad y corrección con que se habían manejado las autoridades. Tras un par de horas, los patólogos llegaron a la conclusión de que el hipopótamo había fallecido a causa de una oclusión intestinal severa, tal como hicieron constar en un extenso informe destinado a la dirección del circo.
Y lo más importante para Rogers: el cuerpo de William fue conducido directamente al horno crematorio. El camión regresó al terreno del circo completamente vacio.
Capítulo 13
El teléfono sonó varias veces. Alicia, que le estaba dando de comer a la paloma, interrumpió lo que hacía y corrió a atender. Era Miguel, que llamaba para saber cómo estaba y de paso charlar un rato con ella.
-Hola, Miguel, ¿cómo estás? Tengo una noticia excelente: hoy temprano me llamaron de la galería Iris. Quieren que empiece a trabajar con ellos.
-¡Me alegro muchísimo! -exclamó Miguel-. Es una galería de gran renombre; ya era hora de que se fijaran en ti.
-Sí -dijo Alicia ilusionada-. Quieren que me sume al equipo.
Susana, con el día libre por delante ya que entraba a trabajar recién a las diez de la noche, se había levantado tarde y se enteraba en ese momento de la novedad al escuchar a su hermana.
Mientras Alicia y Miguel continuaban con la llamada, Susana se preparó un café y fue a ver a la paloma. Como el ave ya estaba terminando la ración que le había puesto Alicia, le sirvió un poco más y apuró la taza. Esperó a que terminaran de hablar y, en cuanto Alicia cortó, la felicitó con un fuerte abrazo.
-Perdóname si no te lo dije a ti primero -se disculpó Alicia-, pero cuando llamaron esta mañana dormías tan plácidamente que no quise despertarte. Quieren que me presente mañana por la mañana y me pidieron que lleve algunas de mis pinturas. Estoy contentísima.
-¿Y con Miguel cómo te fue recién? -preguntó Susana con una sonrisa cómplice.
-Bien, muy bien. Me invitó a una muestra de arte contemporáneo que se inaugura esta noche en el Radisson. Le dije que sí, pero... la verdad es que aún me siento un poco insegura. Hay momentos en los que no sé muy bien cómo actuar -confesó Alicia con voz vacilante.
-Es perfectamente normal -la tranquilizó Susana-. Tú tienes poca o ninguna experiencia en estas lides y él tiene mucha. Déjalo fluir, no te dejes dominar por el miedo, pero tampoco hagas nada que no sientas de corazón.
-En fin -dijo Alicia cambiando de tema-. Esta tarde tengo que ir a la veterinaria a ver al doctor Villanueva. Pienso llevarle únicamente la radiografía. No me gusta cómo sujeta a los pájaros; me pareció muy poco experimentado, al menos con aves.
-A propósito -recordó Susana-, ¿sabes que ayer apareció en el noticiero de la noche de Canal 12? Le hicieron una entrevista por la muerte del hipopótamo del circo.
-¿En serio? ¿Y qué dijo? -preguntó Alicia sorprendida.
-Prácticamente nada relevante, solo que murió de una oclusión intestinal. ¡Pobre animal, lo que debe de haber sufrido! La verdad es que no entiendo, Alicia... si tenía un problema digestivo tan grave, ¿por qué no lo operaron de inmediato? ¿O pretendían solucionar una obstrucción con simples inyecciones? No me entra en la cabeza cómo una misma persona puede atender a un perro, a un gato, a una paloma y a un hipopótamo en el lapso de un solo día. O son individuos fuera de lo común con una inteligencia extraordinaria, o simplemente improvisan sobre la marcha.
-Algo de eso debe de haber -comentó Alicia-. A ti estudiar solo el cuerpo humano te llevó casi ocho años. ¿Qué hubiera sido de ti si hubieses tenido que estudiar tres o cuatro especies completamente distintas?
-Deben de estudiar lo básico -dedujo Susana- y el resto lo van inventando según la ocasión.
-Cierto -coincidió Susana-. No existe cerebro humano capaz de albergar semejante volumen de conocimientos específicos. Dejando al hipopótamo de lado, que es un caso extremo... pensar que un solo profesional conoce a fondo las particularidades anatómicas de cada especie es absurdo. Quien afirma haber dominado siete especies diferentes, o miente o se engaña a sí mismo.
Capítulo 14
-Doctor Villanueva, cuéntenos cómo fue su experiencia con William, el hipopótamo...
La cinta del casete de vídeo se trabó. Rodolfo tuvo que extraer con delicadeza la cinta que él mismo había grabado del noticiero y la hizo funcionar de nuevo; ya era como la duodécima vez que veía la secuencia. En su dormitorio, a solas y febril de excitación, se había pasado la noche repasando la entrevista y reviviendo cada segundo de lo sucedido. No terminaba de creérselo: durante la autopsia, los periodistas lo buscaban, lo rodeaban y le exigían que contara la historia desde la perspectiva del protagonista. Tuvo que vencer su natural timidez para plantar cara a los micrófonos que se agolpaban a su alrededor.
Sentado en el borde de la cama, comprendió que el trágico final del hipopótamo se había convertido, paradójicamente, en su mayor triunfo. Estaba rebosante de alegría, con la mente puesta exclusivamente en el porvenir. El circo, el señor Rogers y hasta Nancy -que a esa hora ya estaría cruzando el cielo rumbo a California- habían quedado atrás, relegados al pasado. Ni siquiera guardaba rencor al señor Rogers; de hecho, le parecía justo haberle cobrado el valor de una consulta a cambio de firmar un informe de necropsia tan favorable para los intereses del empresario.
Encandilado por las luces del porvenir, Rodolfo lo veía todo bajo un prisma exageradamente optimista. Convencido de que semejante propaganda multiplicaría su clientela de manera exponencial, ya fantaseaba con mudar el consultorio a un barrio de mayor poder adquisitivo e incluso contratar una secretaria. Sin embargo, en ese preciso instante, Zulma irrumpió en el dormitorio con una escoba en la mano, dispuesta a barrer y ventilar la habitación. Con aquel gesto cotidiano, toda su fastuosa fantasía se desvaneció de golpe, y la cruda realidad le devolvió una bofetada.
Se cambió de ropa con desgana y se dirigió al consultorio. De camino pasó por la cocina, se preparó un café y tomó una radio portátil; quería sintonizar los informativos matinales para comprobar si seguían hablando del revuelo en el circo. Durante toda la mañana no cruzó el umbral ni un solo paciente, ni entró nadie a comprar nada. Rodolfo se entretuvo cambiando de emisora, buscando con obstinación la noticia que tanto le importaba.
Apenas un informativo mencionó de pasada que había muerto la gran atracción del circo Albiom, el hipopótamo William. Ni una palabra de la necropsia, ni una mención al veterinario. Cuando el reloj marcó el mediodía, hora de cerrar para almorzar, trancó la puerta de calle con llave y se quedó aguardando en el consultorio a que Zulma le avisara que la comida estaba lista. De pronto, escuchó a lo lejos la voz de un canillita gritando: *"¡Diario!"*.
*¡El diario!*, pensó. ¿Cómo no se le había ocurrido antes? Abrió el cajón donde guardaba la recaudación y salió a toda prisa hacia el quiosco de la esquina. Compró dos periódicos diferentes y regresó corriendo a la casa.
Ojeó la primera plana de ambos ejemplares y no encontró nada. Sin desanimarse, revisó las páginas interiores hasta que, en uno de ellos, se topó con un reportaje a toda página dedicado al circo Albiom y al deceso del animal. Leyó el artículo con avidez y descubrió, con el corazón acelerado por la emoción y el orgullo, una fotografía suya conversando con un periodista. Al pie de la imagen rezaba el epígrafe: *"El médico veterinario Rodolfo Villanueva"*; y más abajo añadía: *"A pesar de los denodados esfuerzos del doctor Villanueva por salvar la vida de William, el hipopótamo falleció en la noche de ayer. La necropsia practicada en la Facultad de Veterinaria reveló que el animal pereció a causa de una severa oclusión intestinal"*.
Zulma lo llamó desde el comedor para almorzar. Rodolfo demoró unos segundos en responder; con manos temblorosas, arrancó la hoja donde aparecía su foto, la dobló con cuidado y la guardó en el fondo de un cajón, justo al lado de sus talonarios de recetas. Luego, con una sonrisa radiante, se sentó a disfrutar del almuerzo que su esposa había preparado.
-Viste que salí en la televisión y en un diario -comentó Rodolfo mientras daba el primer bocado.
-El periódico no lo vi, pero en la televisión sí te alcancé a ver -respondió Zulma con voz neutra.
-Esto es solo el principio. Los clientes nos van a llover; fue un golpe de suerte que supe aprovechar como nadie -fanfarroneó él, aunque en el fondo su propia afirmación le sonara un tanto hueca.
A pesar de sus dudas internas, mantenía la certeza ciega de que su vida estaba a punto de dar un vuelco definitivo. Zulma asintió sin demasiado convencimiento mientras continuaba comiendo sus ravioles con tuco, y añadió con total franqueza:
-Pues hoy por la mañana no apareció nadie, y en el circo solo te pagaron dos consultas.
-¡Tú nunca estás conforme con nada! -estalló Rodolfo de repente.
Dio un violento puñetazo sobre la mesa que hizo volcar al piso el plato, que aún estaba por la mitad. Zulma, asustada, corrió a encerrarse en el dormitorio.
-¡Aguafiestas! -gritaba él fuera de sí-. ¡He pasado unos días maravillosos! Todo está cambiando y tú no haces más que pensar en lo negativo; ¡lo único que te importa es la plata!
Volvió a golpear el mueble con furia antes de recluirse en el consultorio. Encendió la radio, sintonizó el informativo de la una de la tarde y se aferró a la ilusión de que volverían a pronunciar su nombre. A medida que las noticias avanzaban, su respiración se fue calmando y sus pensamientos volvieron a naufragar en aquel refugio fantástico donde creía ser plenamente feliz.
Capítulo 15
Samanta, Félix y Silvestre comían afanosamente el alimento balanceado que Alicia había comprado como novedad en el supermercado. Susana lavaba los platos; recién terminaban de almorzar. De repente, Félix dejó de comer, se apartó un par de pasos y comenzó a vomitar.
-Le cayó mal la comida nueva que compraste -acotó Susana dándose vuelta.
-Y pensar que la compré porque se llama como él. Mira la bolsa -dijo Alicia, mostrándole el envase donde se leía *Happy Félix Cat*-. Justo hoy pensaba llevarle al veterinario la radiografía de la paloma; así que, ya que voy, me llevo a Félix.
Se cambió, se maquilló, tomó el sobre manila con la placa del ave y acomodó a Félix en su jaula de transporte. Guardó también la bolsa vacía del alimento en el transportín y salió hacia la veterinaria.
Estacionó justo frente al local del doctor Villanueva. Rodolfo, aún perturbado por la discusión con su esposa, escuchaba el informativo en su pequeña radio portátil cuando sonó el timbre de la entrada. Se incorporó a toda prisa, caminó hasta la puerta de calle y abrió.
Se encontró cara a cara con Alicia, quien sostenía la jaula de Félix. Los hizo pasar con extremada cortesía y se ofreció a llevar el transportín hasta la mesa metálica de auscultación.
-¿Cómo está, señora Torres? ¿Qué sucede? Cuénteme -preguntó Rodolfo tratando de componer su mejor figura.
-Doctor, vengo por dos cosas. En primer lugar, quiero que vea la radiografía de la paloma que examinó la semana pasada.
Alicia abrió su bolso, extrajo el sobre manila con la placa y se lo entregó a Rodolfo. Él observó la radiografía al trasluz con aire docto, como si entendiera exactamente lo que tenía delante, y luego leyó el informe adjunto. Estuvo a un tris de asegurar que no le gustaba el aspecto de esa fractura y que resultaba imprescindible operar para estabilizar el hueso. Sin embargo, Alicia se le adelantó:
-¿Vio que es una fractura sin desplazamiento? El radiólogo me dijo que con un poco de reposo y quietud se soluciona sola.
*"¡Malditos sean todos los radiólogos!"*, renegó Rodolfo para sus adentros. *"¿Para qué demonios abrirán la boca?"*.
-Tiene toda la razón, esto se resuelve simplemente con quietud -se apresuró a corregir Rodolfo muy a su pesar, viendo cómo la jugosa cirugía de la paloma se le escurría de las manos-. Veamos ahora qué le sucede al gato -añadió cambiando de tema.
-Mire, doctor -dijo Alicia enseñándole la bolsa vacía de *Happy Félix Cat*-. Compré este alimento porque me lo recomendaron como muy bueno y hoy se lo di a los tres. Todos comieron con ganas, pero Félix terminó vomitándolo.
Acomodaron al felino sobre la mesa y Rodolfo procedió a palparle y auscultarle el abdomen.
-No percibo nada anormal -dictaminó hacia Alicia, para luego ponerse a hojear la bolsa, donde se detallaban los componentes y el modo de empleo-. Quién sabe si todo lo que escriben aquí es verdad -murmuró Rodolfo en un susurro-. Nunca se sabe. Según lo que indica la etiqueta, es un alimento completo y parece de buena calidad -continuó en voz alta-, pero es evidente que Félix no lo tolera. Deberá suspenderlo.
Alicia asintió de acuerdo y le preguntó cuánto le debía. Él le cobró el valor de una consulta de rutina. Alicia acomodó a Félix de nuevo en la jaula y se disponía a retirarse cuando Rodolfo la abordó:
-Perdone la curiosidad, pero... ¿usted vive por aquí cerca?
-Sí, muy cerquita, sobre la calle Asilo -respondió Alicia con una sonrisa amable.
Rodolfo le devolvió la sonrisa, pero no hizo más comentarios. Se despidieron y él la acompañó hasta el auto para ayudarla a cargar la jaula de Félix.
Nada más regresar al consultorio, tomó la guía telefónica y buscó el apellido Torres. Había decenas, pero se tomó el trabajo de revisar con calma uno por uno hasta que finalmente dio con el registro: *Torres, Susana. Médica. Asilo 234. Teléfono 4 32 256*.
*Seguro que esta es la dirección*, se dijo triunfal.
*Es una mujer muy guapa*, pensó mientras se acariciaba la barbilla. *Tal vez un poco mayor, pero ¡qué sonrisa y qué mirada! No tiene nada que ver con Nancy... Alicia tiene clase. Me dio a entender de inmediato dónde vivía. ¡Hasta se olvidó de llevarse la radiografía! Un acto fallido clarísimo: quería una excusa para quedarse un rato más conmigo o para que la volviera a contactar*.
Empujado por un impulso irrefrenable y ciego de vanidad, descolgó el auricular y compuso el número de la familia Torres.
Capítulo 16
Alicia, en vez de ir directo a su casa al salir de la veterinaria, decidió pasar por un centro comercial. Desde hacía días tenía la intención de comprarse un chaleco de lana para la próxima salida a la que la invitara Miguel; le apetecía combinarlo con unos vaqueros y una linda camisa. Mientras entraba a la tienda, recordó que había olvidado en el consultorio la radiografía de la paloma, pero decidió no regresar a buscarla: Félix llevaba ya un buen rato en el auto y no merecía semejante incomodidad. Tras elegir con esmero la prenda que más le gustó, la compró y tomó el camino de regreso.
Susana la esperaba con un té rico y aromático; apenas abrió la puerta, Alicia sintió el reconfortante perfume en el recibidor.
-Veo que llego justo a tiempo para una taza de té -comentó Alicia dejando sus compras sobre la mesa.
-Por supuesto que sí -respondió Susana sirviendo la infusión-. Por cierto, recibí una llamada del veterinario; me dijo que olvidaste la placa de la paloma en su consultorio.
-Es cierto -admitió Alicia rascándose la cabeza-. Lo que no entiendo es quién le dio nuestro número de teléfono.
-¿Estás segura de que no se lo diste tú? -indagó Susana.
-Completamente segura. Lo único que le comenté fue que vivíamos cerquita, en la calle Asilo.
-Entonces se tomó el trabajo de buscarlo en la guía telefónica -dedujo Susana con una sonrisa irónica.
-Menuda tarea... O es una persona excesivamente servicial o no quiere perder a ningún cliente -se rió Alicia.
Susana debía entrar a la medianoche a la Sociedad Española junto con Alberto, su pareja. Habían quedado en reunirse antes en la casa de las hermanas para comer unas pizzas.
-¿Por qué no invitas a Miguel -le sugirió Susana- y cenamos los cuatro?
A Alicia le pareció una idea excelente e inmediatamente llamó a Miguel por teléfono. Él aceptó presuroso: no veía la hora de volver a estar con ella. En poco tiempo se encontraban los cuatro disfrutando de varias porciones de pizza y compartiendo unos refrescos.
Alberto monopolizó la conversación, como era su costumbre. Era la antítesis de Miguel: no muy alto -de la misma estatura que Susana-, calvo, con una cuidada barba negra y unos ojos oscuros que contrastaban de forma agradable con su piel clara.
Pasaron una velada distendida y divertida. Miguel y Alberto congeniaron de inmediato y comenzaron a planear otra salida similar, pero esta vez en un restaurante. Susana interrumpió la amigable charla para recordarle a Alberto que ya era hora de marchar hacia el sanatorio. Ambos se despidieron de la pareja, tomaron sus bolsos con la indumentaria médica y salieron rumbo al trabajo: ella a su guardia en cardiología y él a sus labores como psiquiatra.
Miguel y Alicia se quedaron solos. Él propuso salir a tomar un café, pero Alicia tuvo una idea mejor: fue a la cocina, trajo un vino tinto dulce ideal para la sobremesa e invitó a Miguel a descorcharlo. Él, un tanto turbado, objetó levemente que le tocaba conducir, pero Alicia le respondió con total naturalidad:
-No es necesario que manejes hoy. Te puedes quedar a dormir aquí; la cama de Susana está libre y la conozco lo suficiente como para saber que no se va a molestar.
Miguel, mucho más relajado, destapó el vino y sirvió dos copas. Alicia buscó entre su colección de películas y eligió un clásico: *La Dolce Vita*, de Federico Fellini. Sentados juntos en el sofá, bebieron sin prisa mientras comentaban las escenas. Animado por la atmósfera, Miguel se atrevió a tomarla de la mano y Alicia, lejos de apartarse, se recostó sobre su hombro.
Continuaron bebiendo el vino a pequeños sorbos, acurrucados frente a la pantalla. Cuando quisieron darse cuenta, se estaban besando con una pasión que llevaban años postergando. Sin pronunciar una sola palabra, en un solemne y complice silencio para no romper el hechizo, caminaron tomados de la mano hacia el dormitorio de Alicia.
La botella de vino quedó a la mitad, exactamente igual que *La Dolce Vita*. Tampoco hizo falta la cama de Susana.
Capítulo 17
*"Seguro de que pasará hoy a buscar la radiografía. Ella ya se enteró de lo del hipopótamo; me tiene que haber visto en el diario. Cuando llegue se lo voy a decir"*.
Rodolfo estaba febril de excitación. Recordó a Nancy, convencido de que la muchacha estaba profundamente enamorada de él y de que el miserable del dueño del circo la había obligado a marcharse.
*"Lo más probable es que ese hombre envenenara al hipopótamo durante la noche"*, fantaseaba. *"Sí, lo hizo para desprestigiarme. Eso fue lo que sucedió. Pero yo fui inteligente al exigirlos a hacer la necropsia. Gracias a eso me hicieron un reportaje en la televisión y salí en el diario. Aunque para ese entonces Nancy ya había partido hacia los Estados Unidos..."*.
Zulma, su esposa, interrumpió sus elucubraciones al entrar al consultorio para avisarle que tenía una clienta esperando. Ella sabía perfectamente que, cuando Rodolfo se ponía nervioso, hablaba solo y gesticulaba en el aire como si tuviera a alguien enfrente. Lo había notado desde los tiempos de la Casa de la Cultura, pero nunca le dio mayor importancia: bastaba con dirigirle la palabra para que interrumpiera sus soliloquios.
Entró al consultorio una joven delgada, de cabello negro y lacio, bastante agraciada, que llevaba con correa a una labrador negra. Dado el abultado volumen de su vientre, se adivinaba un estado de gestación muy avanzado.
-Buenos días, doctor -dijo la muchacha mientras ayudaba a la perra, que intentaba en vano trepar a la mesa de exploración-. Ella es Blacky y está en el día sesenta y dos de gestación. O sea, está para parir de un momento a otro y se nota muy nerviosa.
-Día sesenta y dos -repitió Rodolfo-. Ya debería estar dando a luz y no se le aprecian contracciones.
Acto seguido, sin más examen, le inyectó una ampolla de oxitocina para estimular las contracciones uterinas.
-Esto que le apliqué la ayudará durante el parto -aseguró con autosuficiencia-. Esperemos unos minutos a ver cómo reacciona.
Fue la joven quien retomó la conversación:
-Usted es el doctor Villanueva, ¿verdad? Mi nombre es Erika. A mí me lo recomendó la señora Alicia Torres. ¿La ubica?
¿Cómo no la iba a ubicar, si no dejaba de pensar en ella?
-Ella me da clases de pintura los sábados por la tarde -continuó la joven-. Alicia es una pintora excelente; de hecho, expone en una galería muy importante.
En ese preciso instante, Blacky sufrió una violenta contracción, se puso en posición de defecar y comenzó a expulsar lentamente por la vulva dilatada a un cachorro dorado.
-¡Igual al padre! -exclamó Erika maravillada.
Sin embargo, Rodolfo apenas prestaba atención al parto: su mente no hacía más que dar vueltas a las palabras de Erika sobre Alicia. *Pintora... trabaja para una galería...*
El gemido del recién nacido lo devolvió de golpe a la realidad. De forma casi mecánica reanimó al cachorro e inyectó de inmediato otra dosis de oxitocina a la madre. Le dijo a Erika que el trabajo de parto ya había comenzado y que pronto irían naciendo los demás integrantes de la camada.
-Esperemos hasta mañana -se despidió con una frialdad tajante, añadiendo apenas-: Mañana a las tres la vuelvo a ver.
Tan pronto como la joven cruzó la puerta con su mascota, Rodolfo se abalanzó sobre la guía telefónica y comenzó a repasar la lista de galerías de arte. Con febril paciencia fue llamando una por una, fingiendo ser un comprador interesado en adquirir una obra de Alicia Torres para su colección privada. Casi al final del directorio dio con la galería Iris.
Atendió una mujer que le informó que de momento no tenían obras de Torres a la venta, pero que en quince días inaugurarían una exposición en la que la artista presentaría varios cuadros disponibles para el público. Sin escuchar más detalles, Rodolfo cortó la comunicación radiante de satisfacción: ya había averiguado lo que necesitaba. La galería Iris quedaba en la calle Sarmiento 210.
Al verlo sin clientes, Zulma le ofreció una taza de café que él aceptó de buen grado. Tal era su euforia que rodeó a su esposa con un abrazo y le dio un beso en la mejilla. Mientras disfrutaba de la bebida caliente, volvió a tomar la guía para buscar la florería más cercana a la galería de arte. Marcó el número y encargó un arreglo de una docena de rosas rojas. Pidió que se tratara de una entrega sorpresa para una amiga y dictó el texto para la tarjeta: *"Para la gran artista Alicia Torres"*.
-Pasaré a abonar el pedido mañana por la mañana -concluyó antes de colgar con una sonrisa triunfal.
Capítulo 18
El sonido de la puerta de calle al abrirse despertó a Alicia. Era su hermana, que regresaba de su guardia médica nocturna. Miró el reloj de la mesa de noche: eran las seis y veinte. Escuchó cómo se despedía de Alberto, acompañado por el rumor de un motor que se alejaba. Se detuvo un momento a contemplar a Miguel, quien dormía plácidamente a su lado; le acarició el rostro con ternura y le rozó los labios con un beso.
Se puso la bata para salir al encuentro de su hermana y pedirle que no hiciera ruido, pero al abrir la puerta comprobó que Susana ya estaba sobre aviso por la presencia del Mercedes de Miguel estacionado en la entrada. Ese detalle tampoco le había pasado desapercibido a Alberto, quien prefirió evitar cualquier comentario y se limitó a sonreír con complicidad antes de marcharse.
-Todavía duerme -murmuró Alicia en voz muy baja.
-Ya me lo suponía -respondió Susana en el mismo tono-. Cuéntame... ¿cómo estuvo?
-Maravilloso. Tal como me lo imaginé siempre -confesó Alicia con una sonrisa radiante.
-Era tu primera vez, ¿verdad?
-Sí, así es. Y te aseguro que no será la última.
-Me alegro muchísimo por ti, hermana. De verdad estoy muy feliz.
Ambas se estrecharon en un emotivo abrazo y a Susana se le escapó una lágrima de alegría.
-La guardia estuvo terrible -comentó Susana cambiando de tema con un suspiro de cansancio-. Hubo un choque grave en Bulevar Artigas y Rivera: cinco heridos, tres de ellos de gravedad que tuvimos que ingresar a CTI. Pienso tomar un yogur e irme directo a la cama.
Alicia le dio un beso en la mejilla y Susana la volvió a abrazar antes de retirarse.
Alicia fue a la cocina, preparó dos tazas de café con medialunas calientes y regresó a su dormitorio. Al entrar vio que Miguel acababa de despertarse y permanecía sentado en la cama. Apoyó la bandeja sobre la mesa de noche y le acercó la taza humeante.
-Es hora de que vaya pensando en regresar a mi casa -dijo Miguel sonriendo-, aunque lo pasamos de maravilla.
-Pero antes de irte, desayuna tranquilo -le respondió Alicia mientras le acariciaba el cabello.
Él le devolvió el gesto y Alicia se dejó caer suavemente sobre él. Se besaron esta vez con renovada pasión y volvieron a entregarse al amor de manera desenfrenada, dejándose llevar en silencio hasta culminar en un mutuo estallido de dicha. Permanecieron abrazados durante un largo rato; por primera vez en su vida, Alicia se sentía plenamente segura en los brazos de un hombre.
Descansaron unos minutos, se dieron una ducha reparadora y se vistieron. Miguel llamó por teléfono a la concesionaria para verificar que todo estuviera en orden y luego le pidió a Alicia que lo acompañara a su casa, pues tenía algo especial para ella.
La residencia de Miguel era una hermosa casona en la calle Ricaldoni, cerca del Estadio Centenario, donde convivía con su madre y su hermana. A pesar de los casi diez años de amistad que los unían, Alicia jamás había visitado su hogar ni compartido tiempo con su familia. Miguel la hizo pasar con refinada cortesía y aprovechó la ocasión para presentarla formalmente ante su madre y su hermana como su novia.
Aída, la madre de Miguel, se emocionó en un primer momento, pero casi de inmediato pensó que se trataba de una broma de su hijo, suposición a la que se sumó su hermana Ana. Alicia, sorprendida por la elocuencia y determinación de Miguel, sintió que las mejillas se le encendían cuando Aída le preguntó con ternura:
-¿Es verdad lo que dice este muchacho o nos está tomando el pelo?
-Es verdad -respondió Alicia con tímida seguridad.
Ana y Aída felicitaron efusivamente a Alicia, le desearon la mayor de las felicidades, la besaron y la invitaron a tomar un café, asegurando que tenían mil cosas que conversar. Sin embargo, Miguel puso un freno cariñoso al entusiasmo de su madre y de su hermana explicando que necesitaba enseñarle algo a Alicia en su taller.
Descendieron por una elegante escalera de mármol rojo, atravesaron una amplia habitación que servía de lavadero y caminaron por un corredor hasta desembocar en el taller. Era un espacio sumamente espacioso, con un rincón dedicado al arte equipado con un atril y estantes repletos de tubos de óleo. En el extremo opuesto descansaba un moderno equipo de alta fidelidad.
-Me encanta escuchar música cuando pinto -le contó Miguel.
-Yo prefiero tener la televisión encendida -comentó Alicia observando el lugar.
-Si quieres, bajo un televisor para aquí -se ofreció él de inmediato.
-Pero este es tu taller, no el mío.
-A partir de hoy es de los dos -sentenció él mirándola a los ojos.
En el centro de la estancia se erigía un caballete cubierto con una tela blanca. Alicia imaginó que se trataba de una obra inconclusa y, por discreción, evitó acercarse para curiosear. Miguel se aproximó al lienzo y, fijando su mirada en ella, dijo:
-Nunca se me dio bien regalar flores a una dama, así que pinté esto para ti.
Retiró la tela blanca de un tirón y Alicia se encontró cara a cara con el retrato de un hermoso felino, idéntico a su gato Silvestre.
-¡Oh, Miguel! Es precioso... -exclamó conmovida.
-Es tuyo. Te lo puedes llevar a tu casa.
-Tú acabas de decir que este taller es de los dos -lo corrigió ella con una sonrisa dulce.
-Es verdad: de aquí en adelante, lo mío es tuyo.
-Y lo mío es tuyo -completó Alicia.
Acomodó el caballete con la pintura del gato en una esquina luminosa y añadió:
-Este será mi rincón de trabajo y aquí se quedará tu regalo. ¿Estás de acuerdo, mi amor?
Sellaron el compromiso con un tierno beso, interrumpido involuntariamente por Ana, quien golpeó suavemente la puerta del taller para avisar que el café ya estaba servido en el comedor.
Subieron nuevamente la escalera de mármol y se acomodaron a la mesa. Aída le rogó a Alicia que se quedara a compartir el almuerzo con ellas; el pedido fue tan afectuoso que Alicia no pudo negarse. Acordaron que, tras la comida, Miguel la llevaría en auto a la Galería Iris, en la calle Sarmiento.
Capítulo 19
Erika, desesperada, no hacía más que llamar a la veterinaria. Zulma le decía siempre lo mismo a través del teléfono:
-El doctor salió a hacer un mandado al centro y todavía no ha vuelto.
En realidad, Rodolfo había ido a pagar la docena de rosas rojas que encargó esa mañana. Se había entretenido mirando la vitrina de una joyería, fantaseando con los regalos que le compraría a Alicia Torres cuando se comprometieran formalmente, y en la manera exacta en que le anunciaría a Zulma que la abandonaba.
Cuando Erika, irritada y a punto de acudir a otro profesional, llamó por enésima vez, Rodolfo acababa de cruzar la puerta del consultorio y atendió el auricular:
-¡Hola, doctor! Estuve buscándolo toda la mañana -exclamó la joven al límite de los nervios-. Blacky pasó la noche pujando; tiene cuatro cachorros afuera y parece que el parto no terminó.
-Está bien, creo que todavía estamos a tiempo. La veo esta tarde a las tres -respondió Rodolfo sin reflexionar demasiado, con la mente puesta únicamente en el ramo de flores que debían entregar esa misma tarde.
Eran las doce y media. Erika se tranquilizó a medias, pues la perra continuaba haciendo fuerza en vano y agotándose con el esfuerzo. A pesar de la angustia, decidió aguardar hasta la hora fijada.
En la veterinaria, Zulma le sirvió a su esposo un plato de tallarines con salsa de tomate mientras esperaba que él le dijera cuánto había cobrado en el centro. Cuando Rodolfo le respondió con una sonrisa vacía que de momento no había ingresado nada, ella corrió a encerrarse a llorar al baño. Él continuó almorzando sin inmutarse, deseando tan solo que las rosas rojas fueran lo suficientemente espectaculares.
Buscando una salida, Erika llamó por teléfono a Susana para pedirle el favor de cuidar a los cuatro cachorros mientras resolvía la situación con la madre. Susana, recién despierta de su guardia, le dijo que se los llevara de inmediato. En un santiamén llegaron Erika, la exhausta Blacky y la camada envuelta en una mantita. Susana ya tenía una manta eléctrica encendida para los recién nacidos.
Al ver el estado de la perra, la médica no pudo reprimir su instinto: se calzó un guante quirúrgico y realizó un tacto vaginal. Al retirar la mano, sentenció con firmeza:
-Mira, Erika, yo no soy ginecóloga ni mucho menos veterinaria; soy médica de CTI. Pero este animal no tiene dilatación y, si quieres mi opinión, le diría a ese señor que es imprescindible hacer una cesárea de urgencia.
A las tres menos cuarto Erika llegó a la veterinaria con Blacky, que continuaba contrayéndose sin poder avanzar en el parto. El local estaba cerrado, pero la joven tocó el timbre de forma insistente. En ese instante, la perra comenzó a temblar violentamente por el esfuerzo y cayó inconsciente justo cuando Rodolfo abrió la puerta.
Entre los dos alzaron el cuerpo pesado de Blacky y lo acomodaron sobre la mesa metálica. Rodolfo, sin hacer preguntas ni auscultar, comenzó a cargar una jeringa. Erika, con lágrimas en los ojos, le suplicó:
-¡Por favor, no le inyecte más hormonas! Hay que operarla ya.
Rodolfo dudó un segundo, pero ante la firmeza de la joven tomó el frasco de anestésico, calculó a ojo el peso de la perra, le administró la combinación de ketamina y acepromacina, y esperó a que hiciera efecto.
-En diez minutos empezamos -anunció mientras rasuraba apresuradamente la línea media del abdomen-. Por cierto, ¿dónde quedaron los cachorros?
-Yo vivo sola -respondió Erika angustiada-, así que se los dejé a Alicia y a Susana. Susana se está ocupando de ellos.
A Rodolfo le dio un vuelco el corazón. *¡Están en la casa de Alicia!*, pensó emocionado. Lo más probable era que lo llamaran para revisar a la camada y así tendría la excusa perfecta para verla y hablar con ella. Esta vez no se repetiría la amarga historia de Nancy y el hipopótamo. Alicia era una mujer madura, distinguida, de otra madera; nada que ver con la entrenadora del circo, a quien ahora consideraba una cualquiera.
*"Seguro que ya está pensando en llamarme..."*, se dijo en mitad de su extravío.
-Doctor -lo interrumpió Erika, sacándolo de su trance-. Ya está completamente dormida. Creo que puede empezar.
Rodolfo incidió la pared abdominal y expuso el útero. Al palpar un feto atascado en la porción superior del cuerno izquierdo, realizó la incisión uterina y lo extrajo. Intentó reanimarlo por unos instantes, pero fue inútil: el cachorro había muerto asfixiado. Sin inmutarse mayormente, se limitó a suturar el órgano, la pared muscular y la piel.
Al finalizar el procedimiento, Blacky yacía inerte sobre la mesa: sus miembros carecían por completo de tono muscular, la respiración era alarmantemente superficial y los reflejos palpebrales estaban abolidos.
Erika, que había permanecido en silencio durante toda la intervención, miró fijamente al veterinario y dijo en tono tajante:
-Doctor Villanueva, me la llevo.
-Pero tenemos que esperar a que se despierte de la anestesia -se quejó Rodolfo-. Es peligroso moverla así.
-No me importa, me la llevo igual -insistió Erika tomando una frazada.
-Pero en su casa no hay garantías de nada, no es un centro de cuidados -continuó él defendiéndose.
-¿Y acaso aquí las hay? -le espetó la joven con rabia-. No la voy a llevar a mi casa: voy a lo de Susana. Ella trabaja en medicina intensiva y tal vez pueda salvarla.
Al comprender que la perra iba directo a la casa de Alicia Torres, Rodolfo cambió de actitud drásticamente. Insistió con tanto ahínco en acompañar a Erika para controlar la evolución del paciente que la muchacha terminó por aceptar su compañía de muy mala gana.
Erika llamó a Susana por teléfono, le explicó la gravedad de la situación y le pidió llevar a la perra a su domicilio. Susana le respondió que sí, que la llevara de inmediato para ver qué podían hacer. Cuando Erika le preguntó si el doctor Villanueva podía acompañarla, Susana accedió sin objetar.
Cargaron a la perra inconsciente en el asiento trasero del Chevrolet de Erika, que estaba estacionado en la puerta del consultorio. Rodolfo subió en el lugar del acompañante. Ciego por la prisa y la euforia de ver a Alicia, le indicó a la muchacha que girara de forma imprevista desde la avenida hacia la izquierda, sabiendo perfectamente que la maniobra estaba prohibida. Entraron a contramano por la calle Asilo y frenaron bruscamente frente a la puerta de la casa de las hermanas Torres.
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