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Amor y muerte. tercera parte

Por Guillermo · Italia · Drama

Amor y muerte. tercera parte
Capítulo 20

El Mercedes de Miguel se desplazaba presuroso por Bulevar Artigas rumbo a la calle Sarmiento. Alicia se sentía plenamente feliz: había disfrutado de una exquisita comida preparada por la madre de Miguel, pero, sobre todo, había conocido a su familia y su hogar. Se encontraba distraída observando el paisaje urbano cuando el vehículo se detuvo. Habían llegado a la Galería Iris.

Alicia se despidió de Miguel con un beso y acordaron hablarse por la noche. Entró entusiasta a la galería, donde sus compañeros la recibieron con un marcado aire socarrón. Sin entender a qué se debía la expectativa, caminó hacia el salón principal hasta que Cristina, otra de las pintoras del colectivo, le dijo con picardía:

-Estás cada día más importante. Tienes admiradores anónimos.

Alicia comprendió la razón de las sonrisas cuando le entregaron un imponente ramo de rosas rojas acompañado por una tarjeta sin firma. Por más que exprimía su memoria, no lograba imaginar quién podía habérselas enviado. Descartó a Miguel de inmediato, pues él mismo acababa de confesarle que no solía regalar flores. De sus alumnas solo tenía a Erika, y no tendría sentido; entre sus compañeros de clase tampoco había sospechosos.

-Parece que es verdad -dijo a sus colegas de la galería, encogiéndose de hombros-. Tengo un admirador, aunque es una pena que su identidad sea un misterio. En fin, olvidemos este extraño acontecimiento y pongámonos a trabajar.

Durante toda la tarde se dedicaron a acondicionar la próxima exposición. Muchas obras ya engalanaban el salón principal, aunque las más cotizadas estaban por llegar. Alicia ponía a la venta tres de sus lienzos de felinos pintados al óleo, que en el catálogo figurarían bajo el título *Los gatos de Torres (Trilogía)*.

En cuanto terminó de organizar sus cuadros, solicitar presupuestos a distintas empresas de *catering* para el *vernissage* del día de la inauguración y coordinar los detalles finales, todos comenzaron a retirarse. Como Alicia había llegado con Miguel y su auto permanecía estacionado en su casa, Sofía -una joven y talentosa escultora- se ofreció a llevarla. Alicia se puso la chaqueta, tomó el bolso y estuvo a punto de olvidar las rosas, que acomodó sobre su regazo al sentarse en el vehículo de su amiga.

El trayecto junto a Sofía no tuvo nada de apacible, dado que la joven era una absoluta novata al volante. Titubeaba ante cada maniobra e infundía un pánico constante a su acompañante, que veía la amenaza de una colisión en cada metro que avanzaban. Por fin Sofía llegó al destino con Alicia sana y salva. Aliviada, Alicia descendió, se despidió de la escultora y agradeció el favor.

Ya en tierra firme, caminó hacia la entrada de su casa. Le extrañó profundamente ver el Chevrolet de Erika estacionado junto al bordillo.

Abrió la puerta de calle, pero Samanta, Silvestre y Félix no salieron a recibirla como de costumbre. Avanzó unos pasos y descubrió, tendida en medio del piso de la sala, a la perra Blacky. A su lado, desconsolada, permanecía Erika, y junto a ella el doctor Villanueva, luciendo un aspecto compungido. Susana sostenía en alto un frasco de suero con una tubuladura que iba directo a la vena yugular del animal.

-¿Qué pasó? -preguntó Alicia atónita.

Villanueva se atrevió a balbucear:

-No se ha despertado aún de la anestesia.

Ese comentario fue sepultado al instante por un ácido dardo de Susana:

-Si fuera un ser humano, diría que está en un coma profundo. Me temo que es un cuadro irreversible.

Alicia corrió a abrazar a Erika, quien lloraba de rabia e impotencia. Rodolfo, al reparar en que Alicia traía el ramo de rosas en las manos, se dijo para sus adentros: *"Si las trajo hasta su casa, significa que apreció el detalle. Seguro se emocionó al recibirlas. Y ahora me ve aquí, luchando incansablemente por salvar la vida de un paciente. No es momento de acercarme a abrazarla; debo quedarme firme para que compruebe mi entrega por esta perra"*.

Imaginaba que de un momento a otro el animal despertaría provocando una alegría generalizada, y entonces podría estrechar a Alicia entre sus brazos y sentir el calor de su cuerpo contra el suyo.

La voz rotunda de Susana, anunciando que el corazón del animal había dejado de latir, lo arrancó de su trance. Volviendo en sí abruptamente, Rodolfo gritó:

-¡Nooo!

Se arrojó sobre el cuerpo inerte de Blacky y comenzó a comprimirle el tórax de manera histérica en un intento desesperado por revivirla. La escena era patética: Rodolfo masajeaba el pecho del cadáver mientras vociferaba a pleno pulmón:

-¡Uno, dos, tres! ¡Uno, dos, tres!

Era una grotesca imitación de un protocolo de reanimación cardiopulmonar. Nadie le prestaba la menor atención. Susana retiró la vía del suero mientras Alicia y Erika se abrazaban en silencio, deshechas en lágrimas. Rodolfo continuó con su pantomima de resucitación repitiendo el conteo una y otra vez, hasta que el agotamiento lo venció.

Terminó empapado en sudor y con la camisa desabotonada fuera del pantalón. A pesar del desastre, se sentía el héroe de la jornada. Así, completamente desaliñado, se aproximó a Erika, le dio un par de palmadas en el hombro y declaró:

-Se hizo todo lo humanamente posible. Se peleó hasta el final -y, mirando fijamente a los ojos a Alicia, repitió-: Se peleó hasta el final.

Erika no sabía qué hacer ni qué decir. Tenía ganas de gritarle *"¡Asesino!"* en la cara, pero la garganta se le nudos; solo pudo permanecer aferrada a Alicia. En silencio, Susana se ocupó de los cuatro cachorros recién nacidos, preparándoles un biberón especial. Tanto ella como su hermana contaban con una vasta experiencia en la crianza de animales huérfanos.

-Erika -propuso Alicia con dulzura-, ¿por qué no dejas aquí a los cachorros esta noche y te ocupas con calma del cuerpo de Blacky?

-Gracias por todo -respondió Erika con un hilo de voz-. Pienso enterrar a mi Blacky en el campo de mi papá, en Tacuarembó. Si salgo ahora, estaré llegando a eso de las once.

-Está bien, pero maneja con mucho cuidado -le encomendó Susana.

Rodolfo escuchaba el diálogo sin intervenir, aguardando con ilusión que Alicia se ofreciera a llevarlo hasta su casa. Esa sería la oportunidad perfecta para quedar a solas; estaba convencido de que ella deseaba lo mismo, pero que no tomaba la iniciativa por simple timidez.

Susana le facilitó a Erika un lienzo blanco y entre ambas envolvieron el cuerpo de la perra. Luego le pidieron a Rodolfo que las ayudara a cargar el cadáver en el asiento trasero del Chevrolet.

Una vez acomodada Blacky, Erika quedó lista para partir hacia el norte. Se despidió con un emotivo abrazo de Susana, agradeciéndole la ayuda profesional; le dejó un beso a Alicia -quien limpiaba el piso de la sala- y dedicó un gélido agradecimiento a Rodolfo. Puso en marcha el vehículo y se alejó en la penumbra. Susana despidió al doctor Villanueva con un seco *hasta luego* y cerró la puerta de calle.

En el cielo comenzaban a asomar las primeras estrellas al tiempo que caía la noche. Rodolfo se sintió súbitamente solo en mitad de la acera. Le dieron ganas de golpear la puerta para despedirse de Alicia; al mismo tiempo experimentaba un absurdo orgullo por su desempeño y un profundo resentimiento hacia Susana y Erika por la frialdad con que lo habían tratado.

La duda lo hizo desistir. Reprimió el impulso de llamar a su amada y comenzó a alejarse a paso lento con dirección a su casa.

Eran cuatro cuadras que recorrió abrumado por pensamientos opresivos. Estaba seguro de que Alicia habría querido despedirse a solas, pero que su hermana se lo había impedido.

*"¡Qué maleducada esa Erika!"*, mascullaba. *"Ni siquiera me preguntó cuánto le debía, después de todo lo que hice por salvar a su perra. Luché hasta el último segundo, no me detuve ni un instante. Estuve pendiente durante días y solo me pagó una consulta. La única que se portó como una dama conmigo fue Alicia"*.

No podía creerlo: la había visto llegar sosteniendo el ramo de rosas en sus manos. Con seguridad se estaría preguntando quién era el admirador secreto. De no haber sido por la interrupción de la perra de Erika, su plan era llamarla esa misma noche y confesarle su amor.

¿Pero qué haría con Zulma? Tendría que divorciarse, y sentía que aún no estaba preparado para ese paso. Para colmo, las entrevistas televisivas por el caso del hipopótamo no habían surtido el efecto esperado: la clientela no aumentaba y el dinero seguía escaseando. Tal vez fuera demasiado pronto para ver los frutos, pero ya nadie hablaba de William y el circo Albiom levantaría sus carpas en un par de días. Como fuera, tendría que aguardar a que la suerte le volviera a sonreír.


Capítulo 21

-Es que era imposible quitárselo de encima -comentó Susana refiriéndose al veterinario-. No había forma de que nos dejara trabajar tranquilas. Y para colmo tuvimos que soportar el grotesco espectáculo del masaje cardíaco. Pretender reanimar a un animal que entra en paro en pleno coma profundo... ¿para qué? ¡Por Dios!

-No sé -dijo Alicia negando con la cabeza-. Para mí que a ese muchacho le falta un tornillo.

-¿Uno? -respondió Susana-. Le faltan varios. Dejó a Erika destrozada y con cuatro cachorros a los que, dicho sea de paso, hay que darles la toma de leche ahora mismo. Tú dale de comer a la paloma, que yo me ocupo de los recién nacidos.

-Por lo que me contó Erika -interrumpió Alicia-, este hombre tardó una eternidad en decidirse a hacer la cesárea. Solo le aplicaba inyecciones de no sé qué hormona y esperaba a ver qué pasaba. Erika estaba desesperada.

-Y hablando de locos -añadió Alicia en voz alta mientras limpiaba el comedero de la paloma-, ¿viste la docena de rosas rojas?

-Sí, las vi; son preciosas. Hay que ponerlas en un florero con agua y dicen que, si disuelves una aspirina, se conservan más tiempo. ¿Un regalo de Miguel? -preguntó Susana.

-No. Hoy mismo Miguel me dijo que no suele regalar flores; en su lugar me regaló un cuadro hermoso que dejé en su casa. Las flores, aunque no lo creas, son un obsequio anónimo. Algún desequilibrado o un chistoso sin nada mejor que hacer -respondió Alicia.

-Es bastante raro que alguien haga una broma regalando una docena de rosas rojas -reflexionó Susana mientras terminaba de alimentar al último cachorro. Los observó con ternura: todos tenían las barriguitas bien llenas.

-Alicia -continuó la médica-, vas a tener que levantarte cada dos horas para darles la toma. Te dejo la leche formulada lista en la heladera; solo tienes que entibiarla a baño María. En un rato pasa Alberto a buscarme; vamos a comer algo por ahí antes de entrar al sanatorio.

-Yo me quedo a cenar en casa: pienso pedir una pizza y una lata de cerveza. No tengo ganas de pintar hoy; me apetece mirar alguna película en la televisión.

Alicia terminó de asear la jaula de la paloma y le dejó ración suficiente. Tomó la caja de cartón donde dormían los hijitos de la pobre Blacky y la acomodó junto a su mesa de noche. Se disponía a marcar el número de la pizzería cuando sonó el teléfono. Atendió de inmediato: era Erika llamando desde Tacuarembó para avisar que acababa de llegar al campo familiar.

-Mañana por la mañana enterramos a Blacky -contó Erika con voz apagada-. ¿Cómo están los cachorritos?

-Acaban de comer, están perfectos -la tranquilizó Alicia.

-Mañana al mediodía salgo de regreso para Montevideo y me los llevo a casa.

-Tómate tu tiempo, de verdad; aquí no molestan para nada.

-Muchas gracias, Alicia. Hasta mañana.

-Alicia, ¿quién era? -preguntó Susana saliendo del dormitorio.

-Era Erika desde Tacuarembó. Dice que llegó bien y que regresa mañana.

En ese momento sonó el timbre de la calle y Susana tomó su bolso.

-Es Alberto. Te digo hasta mañana, hermana, y no te olvides de los perritos.

-¿Cómo me voy a olvidar? Que tengas buena guardia. Hasta mañana.

Alicia se quedó sola. Llamó a la pizzería, encargó una muzzarella y una cerveza en lata. Encendió el televisor: anunciaban *El síndrome de China*. No la había visto, pero se la habían recomendado mucho, así que decidió quedarse a mirarla. La película resultó tan absorbente que la siguió con atención hasta los créditos finales.

Ya era casi la medianoche y tocaba darle el biberón a los cachorros. En medio del silencio de la casa, el teléfono volvió a repicar con estridencia. A Alicia el corazón le dio un vuelco repentino: pensó que algo grave les había ocurrido a Susana o a Miguel. Descolgó a toda prisa y dijo:

-Hola.

Al otro lado de la línea reinaba un silencio absoluto. Repitió con mayor firmeza:

-Hola, ¿hola?

El silencio dio paso a una respiración ajada, pesada y afanosa.

-¿Quién habla? -demandó Alicia alzando la voz.

No obtuvo respuesta, únicamente el sonido de ese aire inhalado con dificultad que se volvía más intenso a cada segundo.

-¡Degenerado, no moleste más! -exclamó indignada antes de cortar de golpe.

Aún le temblaban las manos mientras calentaba la leche de los cuatro perritos. Pensó en desenchufar el aparato, pero prefirió dejarlo conectado por si Susana necesitaba llamarla desde la clínica.

A la una de la mañana, el teléfono volvió a sonar. Atendió de inmediato creyendo que se trataba de su hermana, pero de nuevo la recibió el vacío. A los pocos segundos se escuchó un jadeo pausado, seguido de profundos y sonoros suspiros.

-Hola... ¿quién es? ¿Qué quiere? Por favor, ¡deje de molestar! -suplicó Alicia angustiada.

La respiración agitada se interrumpió abruptamente y fue sustituida por lo que parecía una risa ahogada y escalofriante. Tras unos segundos de tensión insostenible, la llamada se cortó desde el otro extremo.


Capítulo 22

Eran las dos de la mañana y Rodolfo no podía conciliar el sueño. La sola imagen de Erika y su perra Blacky lo ponía furioso. A su lado, Zulma dormía profundamente. No soportaba seguir en la cama, así que se levantó, fue a la cocina y se preparó un café.

*"¡Qué día! Por fin terminó"*, se dijo para sus adentros mientras observaba el vapor de la taza. *"Comenzó bien: tenía guardado aparte, a escondidas de Zulma, el dinero suficiente para pagar las rosas. Luego se arruinó todo con los lamentos de Erika, obsesionada con el parto de esa maldita perra. Seguro que pariría sola, como tantas perras en el campo. Pero no: tenía que meterse en medio la sabionda de la doctora; seguro que fue ella la de la idea de la cesárea. Para ser la segunda que hacía en mi vida, no me fue tan mal. Las perras de raza son mucho más delicadas que las mestizas; esas sí aguantan la anestesia, no como la que me tocó operar hoy. Tenía que morirse y esas dos haciendo aspavientos..."*.

*"Lo único bonito fue ver llegar a Alicia con las rosas rojas en las manos. No podía creerlo; no podía quitarle los ojos de encima. Fue la única que no hizo ningún comentario desagradable. Pero su hermana no la dejó despedirse de mí. La doctora cerró la puerta y me dejó solo en la calle. Seguro que Alicia quería saludarme; su hermana lo impidió. Aun así, tuve mi recompensa: escuché su voz enojada por teléfono y me pareció mucho más hermosa. Por eso volví a llamar y volvió a enojarse. Estaba tan excitado que llamé de nuevo; esta vez fue sensacional. Su voz enfurecida me transportó al clímax. No quería ponerla nerviosa, me disponía a hablarle, pero no pude aguantar: la excitación era tan grande que no logré articular palabra"*.

Bebió el primer café y se sirvió un segundo; no quería dormir, prefería revivir aquel momento. Se sentó en una silla de la cocina, continuó pensando obsesivamente en Alicia y se entregó a un frenesí solitario hasta desahogarse.

Una vez calmado, sintió un alivio pasajero. Tenía que hacer dinero de cualquier forma; no podía llevar a buen puerto sus planes con lo poco que ingresaba en la veterinaria. Presentía que a Alicia no le importaba el dinero, pero él deseaba ofrecerle lo mejor. Era un profesional universitario y los profesionales vivían bien; no entendía por qué en su caso esa regla no se cumplía. Se consoló diciéndose que aquella racha de mala suerte era simplemente transitoria: al fin y al cabo, todos los colegas atravesaban momentos difíciles.

Estaba convencido de que la historia del hipopótamo pronto daría sus frutos; con un segundo golpe de suerte le bastaría para ponerse a la par de sus acaudalados compañeros de generación.

Absorto en sus cavilaciones, no se dio cuenta de que hablaba en voz alta y terminó despertando a Zulma. Su esposa lo conocía de sobra y sabía que solo hablaba solo cuando una gran preocupación lo carcomía.

-Rodolfo -dijo ella desde el dormitorio, acercándose a la cocina a medio vestir-. ¿Qué haces levantado a estas horas? Ven a dormir. ¿Estás preocupado por algo? ¿No tenías una cesárea hoy? ¿Cómo te fue?

Sin quererlo, Zulma puso el dedo en la llaga. Rodolfo enrojeció de pura rabia y, fuera de sí, estampó una taza con restos de café contra la pared. Zulma, aterrorizada por el estruendo, corrió a encerrarse al baño hecha un mar de lágrimas.

Él, con los ojos inyectados en sangre, tomó un vaso del escurridor y lo estrelló con toda su fuerza contra el piso.

-¡La perra se murió! -gritó desencajado-. ¿Quieres saber más? ¡La ladrona de la dueña se fue sin pagarme un solo peso! -chilló apostándose contra la puerta del baño-. ¡No sé qué demonios hacer! Si cobro poco, no me pagan; si cobro lo que corresponde, se dan media vuelta y se van -concluyó rompiendo en un llanto de impotencia.

Desde el interior del baño se escuchó la voz de Zulma entre sollozos, protestando en un grito ahogado pero perfectamente audible:

-¡Siempre el mismo inútil!

Esa maldición terminó por desquiciar a Rodolfo. Corrió llorando hacia el consultorio y le propinó a la puerta un puntapié tan violento que hizo saltar el picaporte. Entró en la penumbra, se dejó caer sobre el piso helado y se quedó dormido.


Capítulo 23

A las cinco y media de la mañana llegó Susana del sanatorio. Se sorprendió al encontrar a Alicia despierta a esa hora, sentada en la cocina con una taza entre las manos.

-No me digas que los cachorros estuvieron insoportables y no te dejaron pegar un ojo -dijo Susana dejando su bolso.

-Ojalá fuera eso -respondió Alicia con un suspiro-. Un degenerado llamó tres veces durante la madrugada.

-¿Un degenerado? ¿Y qué te dijo?

-Nada. Solo respiraba, jadeaba... ah, y a lo último soltó una risa escalofriante.

-Dios mío... Nunca nos había pasado algo así. ¿Le contaste a Miguel?

-No, no tuve tiempo. Pienso contárselo esta tarde en la clase de pintura.

-Qué cosa tan rara... ¿Quién podrá ser?

-Tal vez el mismo que envió las rosas -arriesgó Alicia.

-Es verdad... ¡Menuda coincidencia!

-Yo no creo en las coincidencias.

-Tienes razón, Alicia: es muy extraño que un admirador anónimo te envíe una docena de rosas rojas y esa misma noche recibas esas llamadas insólitas, por llamarlas de alguna manera.

Alicia había pasado la noche en vela devanándose los sesos, intentando identificar a un posible autor, pero no se le había ocurrido nadie. Sospechaba de todos y de ninguno. Cansada pero bastante más tranquila gracias a la presencia de su hermana, se dispuso a dormir hasta el mediodía.

*El motor falló de golpe: aceleraba a fondo y la aguja no respondía. Debió estacionar a un lado del camino vecinal. No había un alma a quien pedir auxilio; el sol caía a plomo sobre su cabeza y sentía una sed voraz. Accionó la palanca que abría el capó del auto y se inclinó sobre el motor para ver si descubría alguna avería, pero no encontró nada. Se entretuvo cambiando algunos cables de sitio a ver si daba resultado. Subió al Toyota, giró la llave de encendido, pero el vehículo se negaba a arrancar.*

*De repente, emergiendo de la nada detrás del coche, apareció un hombre pálido, seco y demacrado, vestido con un traje negro y zapatos de charol. Se ofreció a ayudarla. Se quitó la chaqueta, dejando al descubierto una camisa oscura con extraños bordados rojos; no usaba cinturón, sino unos tirantes grana. Era tan enjuto que la forma del cráneo se adivinaba con nitidez bajo la piel tirante.*

*Acomodaba las manos con velocidad sobre las piezas mecánicas mientras el motor emitía quejidos agónicos, sin lograr arrancar. De pronto, el hombre flaco comenzó a respirar aceleradamente. Agotado, con el rostro sudoroso, levantó la cabeza del motor y fijó sus ojos en Alicia con una mirada perturbadora. Continuó jadeando mientras decía con voz entrecortada:*

*-Te gustan las rosas rojas...*

*Alicia sintió que el mundo se le desvanecía. El jadeo se volvió atronador, retumbando en sus sienes hasta transformarse en una risa estridente. La risa mutó a su vez en un rítmico y potente repique...*

Susana apagó el despertador y sacudió suavemente a Alicia.

-Son las doce -le dijo-. Dormiste profundísimo.

-Mejor no hubiera dormido nada -protestó Alicia refregándose los ojos-. Tuve una pesadilla horrible... Y todo por culpa del imbécil que llamó anoche.

-¿Qué te parece si vamos a comer algo por ahí, yo vuelvo a casa a dormir y tú te vas a la galería? -sugirió Susana.

Se ducharon, se cambiaron, alimentaron a los cuatro cachorros y a la paloma, ordenaron la casa y salieron en el auto de Alicia. Al poner en marcha el motor, Alicia no pudo evitar recordar el inquietante sueño del camino vecinal.

-Vamos a un restaurante que queda aquí cerca -propuso Susana-. Fui la otra noche con Alberto y preparan unas milanesas con papas fritas excelentes.

Luego de almorzar, Alicia llevó a Susana de regreso a la casa y continuó el trayecto hacia la Galería Iris. Tuvo la suerte de encontrar un espacio para estacionar bastante cerca. Caminó unos metros y comprobó que en las vitrinas de la galería ya lucían los afiches anunciando el próximo *vernissage*.

Tenía que seleccionar cuanto antes su trilogía. Por suerte, el episodio de las flores parecía haber quedado atrás; únicamente Cristina hizo una mención superficial sobre el tema.

Había apartado seis lienzos pintados al óleo entre los cuales debía elegir tres para mandar a enmarcar. Después de reflexionar un rato, decidió no guiarse por la técnica más depurada, la iluminación o la paleta de colores: prefirió guiarse por el afecto profundo que sentía por Félix, Silvestre y Samanta. Desechó las opciones previas y escogió los tres lienzos que retrataban a sus propios felinos.

Ahora sí, la trilogía *Los gatos de Torres* cobraba un sentido pleno e íntimo.


Capítulo 24

Dolorido en todo el cuerpo a consecuencia de haber dormido sobre el piso helado de monolítico, Rodolfo se levantó a duras penas a preparar un café. Sentado en la cocina, se percató de que su esposa todavía dormía. Se sintió tentado de ir a la cama a descansar cómodo un rato, pero al recordar la tormentosa discusión de la madrugada y la puerta rota, comprendió que no sería bienvenido. Prefirió servirse otra taza y ponerse a reparar el picaporte antes de abrir el consultorio.

Zulma se despertó con el ruido de los martillazos. Hoy estaba harta de aguantarlo; rezando para que Rodolfo desapareciera de su vida de una vez por todas, se vistió y fue a desayunar. Por suerte, justo cuando comenzaba a saborear su café, el estrépito cesó. Mientras comía, se preguntó si debía o no continuar a su lado. Meditó un momento, caminó hasta el consultorio y abrazó a Rodolfo por la espalda. Le besó la cabeza y él le pidió perdón con un llanto ahogado.

En paz por el momento, Zulma se retiró a limpiar la casa mientras Rodolfo abría la puerta de calle para iniciar la jornada. La mañana transcurrió serena: entraron dos personas a comprar alimento para perros y, más tarde, un visitador de laboratorio. Aquella calma le dio tiempo a Rodolfo para filosofar sobre su situación. Necesitaba explicarse por qué, si quería a Zulma, buscaba con tanta desesperación el amor de Alicia.

*"A veces en la vida uno confunde el amor con la costumbre"*, se dijo para adentrarse en su autoengaño. Si era eso, él no podía acostumbrarse a una sola mujer: precisaba algo más elevado. Alicia era perfecta. Lo lamentaba por Zulma, pero Alicia era la mujer de su vida, y estaba convencido de que ella sentía exactamente lo mismo.

Por eso, cuando el visitador médico -que se presentó como el doctor Iglesias, del laboratorio Wellcome- le comentó de pasada que no se preocupara, que en unos meses vería un cambio positivo en la plaza, Rodolfo contestó con desbordante regocijo:

-Es más: yo ya noto el cambio. Me están llamando de varios lados -exageró-. Sin ir más lejos, me tocó atender al hipopótamo del circo que se instaló aquí cerca. Cuando me llamaron ya era tarde, así que tuve que ordenar que le hicieran la necropsia, porque los del circo querían enterrarlo así nomás -esta vez no solo mintió, sino que terminó creyéndose su propio relato-. Para colmo, la entrenadora del animal no me dejaba en paz; se había enamorado perdidamente de mí.

El visitador no sabía qué decir. Estaba acostumbrado a escuchar exageraciones de sus clientes, pero esto superaba cualquier límite de la cordura. Sin embargo, en lugar de discutir, prefirió callarse la boca y hacer comentarios elogiosos sobre la proeza; después de todo, él no estaba allí para juzgar, sino para vender. Y hablando de ventas, le preguntó si iba a encargar mercadería, como de costumbre, a treinta días. Añadió que si el pedido superaba los quinientos dólares, tratándose de él, podría concederle un plazo de sesenta días.

Rodolfo, exaltado por las alabanzas de Iglesias y convencido de que el vendedor no dudaba de su historia, se arriesgó a realizar un pedido superior a quinientos dólares. Sabía perfectamente que se estaba endeudando sin remedio, pero pensaba únicamente en que todo estaba a punto de cambiar y, sobre todo, en que Alicia vería las estanterías de su consultorio repleta de productos y jamás lo consideraría un don nadie.

El doctor Iglesias, más que alegre por la venta, no salía de su asombro: jamás imaginó que de aquel consultorio al borde de la ruina obtendría una comisión tan sustanciosa. Rodolfo comenzó a dictar la lista de productos sintiéndose un profesional de gran categoría. El pedido se volvió interminable y al final la suma alcanzó los seiscientos cincuenta dólares. Él no albergaba la menor duda; el único que vacilaba era Iglesias, quien le preguntó un par de veces si estaba completamente seguro de la cifra.

Lejos de dudar, Rodolfo se mostraba eufórico, al punto de ponerse a opinar sobre la calidad y eficacia de los medicamentos que acababa de encargar.

-Me permito sugerirle -dijo con aire doctoral- que deberían modificar las dosis del anestésico que ustedes comercializan. Quiero decir que tendrían que elaborar una tabla con dosis bastante más bajas para los caninos de raza pura; estos no poseen el vigor que caracteriza a los perros mestizos. Me acaba de suceder con una hembra de labrador a la que tuve que hacerle una cesárea: la anestesié con el compuesto de ustedes y, luego de la intervención -que fue un éxito absoluto-, el animal entró en un coma profundo del cual, por más que me esforcé por reanimarla, no pude sacarla.

El doctor Iglesias escuchaba atónito. Jamás había oído una teoría semejante basada en un único caso clínico; lo más lógico era pensar en una clarísima sobredosis. Sin embargo, se limitó a responder que la observación era sumamente interesante y que ese mismo día la transmitiría al departamento técnico del laboratorio. Para evitar que el veterinario siguiera diciendo disparates, sacó de su maletín dos frascos de muestra gratis del anestésico y se los obsequió: la compra de seiscientos cincuenta dólares bien valía el detalle.

Rodolfo tomó los dos frascos de anestésico, los colocó sobre la mesa de atención, le estrechó la mano al vendedor y se despidió. Iglesias le expresó que se había sentido muy cómodo, pues pocas veces tenía la oportunidad de intercambiar opiniones con colegas de tan excelente nivel académico.

Una vez que el visitador se retiró, Rodolfo, completamente embriagado por los elogios, no pudo resistir la tentación de enviarle más flores a Alicia. Sin pensarlo dos veces, tomó el dinero recaudado durante la mañana, descolgó el teléfono y marcó el número de la florería Brasil.


Capítulo 25

Como todos los viernes por la tarde a eso de las cuatro, Alicia y Miguel se encontraron en la plaza Matriz, frente a la catedral. Esta vez no se saludaron con el recato habitual: se dieron un beso cálido y prolongado. Miguel le pasó el brazo por encima de los hombros y ella lo tomó por la cintura.

Caminaron unos pocos pasos y Alicia sugirió no ir a la clase de pintura. Miguel, extrañado, le preguntó si sucedía algo grave. Alicia asintió. Fueron a un café cercano y él pidió dos tazas humeantes. Alicia se aclaró la voz y dijo:

-Miguel, hace un par de días tuve una experiencia muy desagradable.

Y le contó con lujo de detalles las llamadas anónimas que había recibido durante la madrugada.

-Probablemente fue un desquiciado que marcó un número al azar -sugirió Miguel intentando tranquilizarla.

-Está bien -respondió Alicia-, pero ¿cómo se explica que la misma noche en que me entregan un ramo de rosas anónimo en la galería empiece a recibir esas llamadas tan extrañas?

-Tal vez una simple coincidencia -aventuró él.

-Perdóname, Miguel, pero no creo en las coincidencias.

-Yo en tu lugar seguiría con mi vida normal y le daría cero importancia a lo sucedido: ni a las flores ni a los llamados -le aconsejó Miguel en un tono sumamente convincente y protector.

-Tienes razón -admitió Alicia, mucho más sosegada. Miguel le transmitía la paz y la seguridad que tanto necesitaba. Orgullosa de tenerlo a su lado, añadió con renovado entusiasmo-: Vamos a la clase de pintura.

Terminaron el café y caminaron tomados de la mano hacia el taller del profesor. La lección resultó sumamente interesante: contaban con la visita de una destacada artista argentina que expuso su trayectoria, sus técnicas y su visión estética, mostrando además una gran calidez para responder las inquietudes de los alumnos.

La presencia de la pintora no solo extendió la jornada una hora más de lo previsto, sino que actuó como un bálsamo reconfortante sobre los nervios de Alicia. Con el ánimo renovado, salieron juntos de regreso hacia la plaza Matriz. Como era demasiado tarde para merendar y muy temprano para cenar, decidieron pasear por la Ciudad Vieja. De la mano y a paso lento, recorrieron las estrechas callejuelas hasta desembocar en la zona contigua al puerto de Montevideo.

Durante la caminata conversaron sobre la lección a la que habían asistido y Alicia le detalló la selección de cuadros que presentaría en la Galería Iris. Miguel, en cambio, no tenía mucho que contar: había atravesado unos días de intenso trabajo burocrático en la concesionaria que no le habían dejado tiempo ni para acercar un pincel al lienzo.

Al aproximarse la hora de la cena, culminaron el paseo en un restaurante muy acogedor donde disfrutaron de una excelente parrillada con ensalada y, como broche de oro, un flan casero.

Durante toda la velada no se volvió a tocar el ríspido tema de las llamadas nocturnas. Alicia, alegre y habladora -un poco estimulada por el vino Tannat que acompañó los cortes de carne-, le relató la triste peripecia de la perra labrador de Erika. Miguel no pudo disimular su asombro cuando Alicia le describió la insólita reacción del veterinario al momento en que Susana declaró la muerte del animal.

-Ahora no solo tenemos a la paloma, sino también cuatro cachorritos que criar -comentó Alicia sonriendo-. Erika quedó en pasarlos a buscar, pero por lo que me dijo Susana esta mañana, tuvo un problema con el auto en Tacuarembó y viene demorada.

A Miguel le pareció el momento idóneo para darle una sorpresa. Se llevó la mano al bolsillo del saco, sacó un pequeño estuche de terciopelo y lo depositó sobre la mesa.

Alicia, sorprendida, preguntó:

-¿Qué es esto?

-Es para ti. Espero que te guste.

Con cierta timidez, Alicia tomó la cajita y la abrió. En su interior descansaba un delicado anillo de oro coronado por un circón brillante.

-¡Oh, Miguel! Es precioso... -dijo con la voz entrecortada.

-No es un diamante, es solo un circón... -aclaró Miguel con modestia.

-No importa, ¡es precioso! -repitió ella convencida.

Se lo probó de inmediato: le calzaba perfecto, como si lo hubieran diseñado a su medida. Sin encontrar palabras y visiblemente conmovida, Alicia se puso de pie, se inclinó sobre la mesa y besó a Miguel con profunda ternura.


Capítulo 26

-Buenos días. ¿Me podría decir si puedo hacer un pedido para entregar hoy? -preguntó Rodolfo a la empleada de la florería.

-Sí, dígame, señor.

-Quisiera enviar una docena de rosas rojas.

-Perdone, señor, pero hoy no nos quedan rosas rojas; tendría que ser para mañana.

Rodolfo se enfadó de inmediato y estuvo a punto de cortar la comunicación, cuando la empleada le ofreció una inesperada alternativa:

-Lo lamento mucho, ¿pero no le serviría otro tipo de flor? Tenemos claveles muy bonitos, orquídeas...

Al escuchar la palabra *orquídeas*, a Rodolfo se le iluminó la mirada y preguntó cuánto costaban. Lamentó comprobar que el dinero solo le alcanzaba para una sola vara, pero quedó conforme y encargó la flor. Facilitó la dirección de la Galería Iris, el nombre de la destinataria y añadió que la tarjeta debía llevar una dedicatoria específica: *"Para la excelente pintora Alicia Torres, con todo cariño, R."*. Esta vez se había atrevido a dejar una pista estampando la inicial de su nombre: la tentación de firmar con esa "R." había sido simplemente irresistible.

Quedó en pasar a abonar la flor esa misma mañana. Totalmente excitado por la compra y por el obsequio que recibiría Alicia, le dijo a Zulma que debía ir hasta el centro a comprar un antiespasmódico. Llegó a la florería Brasil justo cuando estaban bajando la persiana; logró colarse, pagó la orquídea y le pidió a la empleada que le mostrara la tarjeta para verificar la dedicatoria. Le aseguraron que el arreglo sería entregado esa misma tarde en la galería.

Más que satisfecho, salió rumbo a su casa. Abordó un ómnibus que venía casi vacío y se acomodó en un asiento junto a la ventanilla. Observando el paisaje urbano, comenzó a elucubrar: imaginaba la reacción de Alicia al recibir la orquídea y descubrir la inicial.

*"¿Acaso se dará cuenta de que soy yo?"*, se preguntaba. *"Seguro que no me lo dirá de frente: es demasiado tímida para tomar la iniciativa. En este juego debo ser yo quien tome las decisiones. Ahora ninguno de los dos puede dar un paso atrás. Primero tengo que arreglar cuentas con Zulma. Eso será fácil: no hay nada difícil cuando se apuesta sobre seguro. Alicia tiene que ver primero cómo va a cambiar el consultorio con toda la mercadería que encargué. Le va a parecer un sueño"*.

De nuevo cayó en la cuenta de que los demás pasajeros del ómnibus lo observaban con extrañeza: hablaba en voz alta y gesticulaba en el aire. Trató de serenarse, se levantó del asiento y descendió en la siguiente parada. Faltaba muy poco para llegar a su casa y prefirió recorrer a pie el tramo final.

Al cruzar el umbral, Zulma lo esperaba con un plato de guiso de arroz servido sobre la mesa. Rodolfo, hambriento, se sentó a comer sin pronunciar palabra. Fue Zulma quien rompió el silencio:

-¿Compraste el medicamento, Rodolfo?

-No pude; no les quedaba stock. Lo pagué y me lo traen a casa mañana -mintió mientras masticaba apresuradamente.

-La próxima vez que salgas a comprar algo, no te lleves todo el dinero de la caja -le reprochó Zulma con amargura.

Rodolfo no se molestó en contestar y continuó comiendo. Zulma, resignada a su frialdad, se retiró al dormitorio. De nuevo a solas, terminó el plato de guiso y fue al consultorio a fantasear con el aspecto que tendría el local repleto de remedios; no veía la hora de que el laboratorio le entregara el pedido.

¿Cómo haría para pagarlo? Vendiendo, por supuesto.

*"Vendrán clientes nuevos"*, se convenció. *"La mala suerte se está terminando; ahora es mi turno, me toca a mí ganar dinero. Y no solo eso: merezco una vida mejor, una vida donde reine el amor verdadero. Solo con Alicia... sí, únicamente con Alicia. Ella es la única que me comprende. Su silencio es un 'te necesito'; su silencio es un 'te quiero'. No hace falta que hablemos: su mirada y sus gestos me lo dicen todo"*.

El grito destemplado de Zulma lo arrancó bruscamente de su delirio:

-¡¿Me puedes explicar qué es eso del pedido que van a entregar mañana?! ¡¿De qué se trata, por favor?! ¡¿Cómo demonios vamos a pagar eso?! -Zulma, fuera de sí, gritaba una y otra vez-: ¡¿Cómo vamos a pagar?!

-Pero... ¿cómo te enteraste? ¡Era una sorpresa! -chilló Rodolfo encarándola.

-¡¿Cómo me enteré?! ¡Acaban de llamar del laboratorio para preguntar si podían entregar la mercadería mañana sábado! No sabía qué responderles, les pregunté a cuánto ascendía la factura ¡y me dijeron que seiscientos cincuenta dólares! ¡Casi me da un infarto! -continuó vociferando su esposa.

-Tengo sesenta días para pagar y no me cabe duda de que lo haré -respondió Rodolfo bajando la voz en un intento inútil por mantener el control.

Zulma, histérica y deshecha en llanto, apenas podía articular palabra. Tan solo acertó a espetarle:

-¡Estúpido! ¡Cretino! ¡Esta es otra de tus locuras! Ya estamos en la ruina ¡y a ti se te ocurre ponerte a hacer compras millonarias! ¿No te das cuenta de que no tienes cabeza para nada? Siempre fuiste un inútil, un retrasado... ¡No sé cómo pude ser tan idiota de casarme contigo!

La lapidaria diatriba de Zulma desató la furia reprimida de Rodolfo. Ciego de rabia, lanzó un puñetazo directo a la cabeza de su esposa, pero en el último instante desvió la trayectoria y su puño impactó con violencia brutal contra el marco de madera de la puerta.

Zulma, viéndose agredida físicamente, escapó corriendo hacia el dormitorio mientras gritaba aterrorizada:

-¡Cobarde! ¡Eres un cobarde!


Capítulo 27

Al despertar, lo primero que hizo Alicia fue saltar de la cama y correr al dormitorio de su hermana para espabilarla y enseñarle el anillo.

-¡Un regalo de Miguel! -le anunció radiante-. ¿Qué te parece?

-Muy lindo -murmuró Susana, todavía aletargada por la guardia médica-. No me digas que es un brillante...

-No, yo también pensé lo mismo cuando lo vi -se rió Alicia-: es un circón.

-Muy bonito de todos modos -aseguró Susana acomodándose en las almohadas.

En ese momento sonó el timbre de la calle. Samanta, Félix y Silvestre corrieron en estampida hacia la entrada y Alicia fue tras ellos. Erika se disponía a llamar por segunda vez justo cuando Alicia abrió la puerta.

-¡Hola, Erika! -exclamó Alicia-. ¿Cómo estás? Pasa, tomemos un té.

-Con mucho gusto -aceptó Erika-. No veía la hora de venir a verlas. Se me complicó todo cuando quise regresar a Montevideo: el Chevrolet no quería arrancar, tuvimos que remolcarlo hasta el pueblo y pedir un repuesto a Tacuarembó. Todo se demoró dos días y llegué ayer por la tarde con un cansancio brutal.

Se acomodó en el sofá de la sala mientras Alicia servía las tazas humeantes.

-¿Cómo están los cachorritos de Blacky? ¿Les dieron mucho trabajo? -preguntó Erika.

-No, para nada -respondió Alicia con una sonrisa-. Fue un verdadero placer. Están divinos, se portaron de maravilla, tomaron toda su leche y están gorditos. Tres negros y una dorada.

-Pienso llevármelos ahora y tenerlos conmigo hasta que cumplan los dos meses. Dos de ellos ya tienen dueño en casa de unas amigas. A otro lo quiere una familia de Tacuarembó y a la hembra dorada me la voy a quedar yo. Viene a llenar un poco el vacío que dejó Blacky, por eso la voy a llamar Goldie. Eso sí: a esta no la pongo en cría ni loca. Lo que pasé con Blacky no lo vuelvo a vivir jamás.

Erika apuró el té y se levantó para ir a buscar a los perritos. En ese preciso instante repicó el teléfono. Alicia se disculpó con la joven y atendió: era Cristina, su compañera de la Galería Iris.

-Hola, Alicia. Te llamo para contarte que ayer por la tarde entregaron desde la florería una orquídea para ti. Venía con una tarjeta a tu nombre.

Alicia sintió una repentina marejada de náuseas y mareo que casi le impide articular palabra.

-Dime, Cris... ¿la tarjeta decía solo mi nombre o tenía algo más?

-Mira, dejé la tarjeta junto con la orquídea en la heladera de la galería. Tenía un mensaje, sí... no lo recuerdo exactamente, pero de lo que sí me acuerdo perfecto es de que al pie, como firma, había una letra R.

Cristina dudó un segundo en la línea antes de ratificar:

-Sí, una R mayúscula.

-Gracias, Cristina. Muchas gracias por avisarme.

-Escucha, Alicia: si quieres pasar a buscarla, está bien guardada en la heladera.

-No, gracias, Cris. Pasaré a verla el lunes.

-Como prefieras. Puedes pasar cuando quieras.

-Sí, gracias. Un beso.

-Nos vemos el lunes. Un beso.

Cuando se cortó la comunicación, Erika reapareció en la sala cargando una caja de cartón en cuyo interior descansaban los cuatro perritos.

-Espera un momento, Erika -le dijo Alicia intentando disimular su agitación-. En la heladera tengo el biberón y la leche que dejó preparada Susana. Mira: cuando se te termine este litro, tienes que preparar otro siguiendo esta receta.

Tan alterada estaba por la noticia de la orquídea que ni siquiera atinó a acompañar a Erika hasta la puerta de calle. Tan pronto como la joven se marchó, llamó a Miguel para reconfirmar que no había sido él quien envió el arreglo floral. Miguel le reiteró que las flores no eran lo suyo.

-¿Qué florería me dijiste que era? -indagó Miguel al otro lado del hilo telefónico.

-Florería Rivera... o Brasil, creo que queda por Rivera y Luis P. Ponce -respondió Alicia algo confundida.

-Sí, la ubico perfectamente. Sería muy útil ponernos en contacto con el dueño: él podría decirnos quién fue la persona que encargó el pedido.

-Sería ideal, Miguel, pero me parece que esa información es confidencial; no creo que te la den así como así.

-Tal vez tengas razón -admitió Miguel con determinación-, pero de todas formas voy a averiguar y me pondré en contacto con la florería.

-Ojalá tengamos suerte -suspiro .


Capítulo 28

-Pasen por aquí, dejen las cajas aquí -decía Rodolfo, henchido de felicidad, a los dos empleados del laboratorio que acababan de llegar con el pedido.

El pedido de la discordia. Dejaron las dos grandes cajas repleta de medicamentos en el piso del consultorio. Rodolfo firmó el recibo, ambos lo saludaron y se retiraron. De inmediato las abrió y comenzó a clasificar los envases en las estanterías que hasta hacía unos minutos lucían semivacías. Optó por hacerlo sin prisa, cotejando cada producto con el detalle del comprobante. Quería saborear cada instante de lo que consideraba el inicio de su nueva vida. Esta vez le tocaba triunfar; no iba a desaprovechar la oportunidad. Nada ni nadie se interpondría en su marcha hacia el éxito: era una cuestión de vida o muerte.

En el dormitorio, Zulma permanecía hecha un mar de lágrimas, preguntándose en medio de la desesperación cómo harían para saldar esa suma insensata. Pensó en buscar trabajo, pero ¿de qué? ¿Acaso de empleada doméstica o cuidando enfermos? Carecía de estudios; a duras penas había completado el segundo año de liceo antes de abandonar para hacerse cargo de la casa materna, del cuidado de su abuela aquejada de demencia senil y, más tarde, de su madre, cuando un reumatismo deformante la dejó postrada. A ambas las había atendido hasta el último suspiro. Sí, tendría que trabajar; si su marido continuaba por ese camino, perderían lo poco -lo poquísimo- que les quedaba. Sabía cómo hacerlo: no le temía al trabajo duro ni la humillaba la idea de servir a otros. Decidió no salir de la habitación hasta la noche; ya no le importaba lo que hiciera Rodolfo.

Las estanterías del consultorio fueron quedando repletas de frascos y cajas multicolores. Él solo veía eso: sus ojos ignoraban la decadencia de la finca, la pintura descascarada de las paredes y las baldosas gastadas por el paso de los años. Organizó los medicamentos con la lista de precios en la mano, calculando mentalmente los márgenes de ganancia. Luego retrocedió hacia la entrada para contemplar el lugar desde la perspectiva de un cliente y le pareció una estampa maravillosa.

Esa era la impresión que deseaba transmitirle a Alicia si volvía a visitarlo para controlar la evolución de su paloma. O tal vez de alguno de sus gatos. De pronto, recordó que la orquídea debía de haber llegado el día anterior. *¿La habrán entregado a tiempo en la florería?* La duda comenzó a carcomerlo a tal punto que descolgó el teléfono y marcó el número del comercio para cerciorarse de que el encargo había sido despachado el viernes por la tarde.

-Sí, señorita. Yo pasé a pagar el viernes por la mañana, cerca del mediodía -protestó Rodolfo con tono áspero y nervioso.

La empleada, al percibir la agresividad del interlocutor, le explicó que necesitaba su nombre y dirección, puesto que en la boleta no figuraban esos datos y sin ellos le resultaba imposible rastrear la entrega. Rodolfo, receloso, le facilitó la identidad y el domicilio de un primo:

-Sí, señorita... Me llamo Ricardo Montoya y vivo en República 1228, apartamento 501.

-Muchas gracias, señor Montoya -respondió la empleada tras revisar el registro-. Le informo que la orquídea que usted encargó para la señorita Alicia Torres fue entregada el viernes a las diecisiete y treinta horas. Aquí tengo el remito firmado por Cristina Fernández. ¿Se le ofrece algo más?

-No, señorita. Muchas gracias, es usted muy amable -dijo Rodolfo con frialdad antes de cortar la llamada.

La flor había llegado; no había de qué preocuparse. Ahora solo restaba encontrar la manera de atraer a Alicia al consultorio. No se le ocurría ninguna excusa convincente; tal vez si uno de sus gatos enfermara... Si al menos su hermana no se interpusiera, todo resultaría más sencillo, pero siempre aparecía alguien a entorpecer sus planes.

*"Cuando me casé, mi suegro se dedicó a hacerme la vida imposible"*, mascullaba. *"Siempre estuvo en mi contra, entrometiéndose entre Zulma y yo. No podía escuchar que alzáramos la voz porque de inmediato intervenía en defensa de su hija. Y así siempre... Basta que tenga una buena idea para que alguien se cruce en el camino. Nancy era una cualquiera; yo le gustaba y podríamos haber llegado a algo, pero apareció el celoso del señor Rogers y se interpuso, despachándome a mí con el caso del hipopótamo y mandándola a ella a los Estados Unidos. Y ahora que encuentro el amor verdadero -una mujer educada, inteligente, bonita, que me quiere-, viene a meterse la hermana. Es verdad que estoy casado, pero Zulma no dará problemas y sabrá entender, como entendió siempre, cuál es su lugar"*.

El sonido de unos pasos a sus espaldas lo devolvió abruptamente a la realidad. Pertenecían a una señora mayor que, al ver la puerta abierta, había ingresado al local. Venía sola, sin perro ni gato; lo más probable era que buscara comprar algún producto.

-Buenas tardes. ¿Usted es el doctor?

-Sí, señora. Dígame, ¿en qué puedo ayudarla?

-Quiero algo bueno para las pulgas. Mi perra se rasca todo el día y se está quedando pelada -explicó la mujer.

-Pueden ser muchas las causas, señora; no solo las pulgas provocan ese síntoma. ¿Por qué no me la trae? La examinamos y vemos qué le ocurre.

-Doctor, son pulgas. ¿Me lo va a decir a mí? Siempre que se pone así la baño con un antipulgas y santo remedio.

-Si usted lo dice, señora... Pero le repito que el origen del problema podría ser otro.

-No, doctor, créame: son las pulgas las que la tienen loca. Se rasca todo el día y, cuando se cansa, se cae de costado, patalea y "rabea".

Rodolfo, desorientado, preguntó:

-¿Qué quiere decir con que "rabea"?

-Que echa espuma por la boca. ¡Qué raro que no lo sepa siendo veterinario! Cuando un animal "rabea" es peligroso, porque puede contagiar la rabia.

-No, señora, no es así. La rabia es una enfermedad específica y una convulsión es algo muy distinto.

-Perdone que lo contradiga, doctor, pero la convulsión le da cuando tienen la enfermedad del cachorro. La mía la tuvo; todos los veterinarios que la vieron la daban por muerta y yo sola la salvé. ¿Sabe cómo? Con leche tibia, aceite y ajo. Se lo daba por cucharaditas y así se curó.

Rodolfo perdió el interés en la conversación; su mente continuaba en otra parte, flotando entre Alicia, su hermana, Nancy y el señor Rogers. No tenía paciencia para discutir sobre parásitos. Sin añadir palabra, tomó de las pobladas estanterías dos frascos de antipulgas de marcas distintas y los depositó sobre el mostrador. La mujer los examinó detenidamente y preguntó:

-¿Cuál es el más barato?

-El del envase rojo -indicó Rodolfo.

-Me llevo este, entonces. Pero... ¿será bueno? Porque yo quiero que haga efecto.

-Sí, hace efecto. Lleve el rojo, que es excelente -apresuró Rodolfo, al límite de la cordura.

-Bueno, lo llevo -dijo la mujer, pagó el importe y se retiró.

*"¡No estudié cinco años para terminar vendiendo antipulgas!"*, pensó con furia. *"¿Qué pensaría Alicia de esto?"*.

-¡Estudiamos para salvar a la humanidad del hambre! ¡Para eso, no para vender antipulgas! -gritó en voz alta, fuera de sí-. ¡¿Qué clase de destino me espera?!

En un arrebato incontrolable, arrojó con todas sus fuerzas el otro frasco de antipulgas, que se hizo añicos contra la pared.

Zulma, al escuchar el impacto, corrió hacia el consultorio. Bastó con ver la mirada desencajada de Rodolfo, los cristales desparramados en el piso y la mancha del producto escurriéndose por la pared para comprender la situación. *"Otro berrinche"*, concluyó en silencio, y regresó al dormitorio, dejando atrás a su marido sumido en su respiración agitada y en la más absoluta extravío.

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