Lectura

Amor y muerte cuarta parte

Por Guillermo · Italia · Drama

Amor y muerte cuarta parte
Capítulo 29

De madrugada sonó el teléfono. Susana y Alicia se sobresaltaron en mitad de la penumbra. Susana saltó de la cama de un brinco y le dijo a su hermana:

-Déjame atender a mí.

Corrió hasta el aparato y descolgó:

-Hola. ¿Quién habla?

Del otro lado de la línea, una voz pausada y distorsionada respondió:

-Quiero hablar con Alicia -y cortó la comunicación de golpe.

Alicia le sugirió a Susana dejar la línea desconectada por el resto de la noche, pero Susana se empeñó en descubrir la identidad del acosador.

-Si desenchufamos el teléfono, nunca vamos a saber quién es -argumentó Susana.

Alicia terminó aceptando y dejaron el aparato conectado. Se prepararon una taza de café y se sentaron a aguardar en la cocina. No transcurrieron ni quince minutos cuando el timbre volvió a repicar con insistencia. Esta vez atendió Alicia:

-Hola, residencia Torres -dijo adoptando un tono firme, como si fuera pleno mediodía.

De nuevo, la voz pausada y deformada le preguntó:

-¿Te gustó la orquídea? -y de inmediato comenzó a jadear.

-Pero... ¿quién habla? -insistió Alicia, recibiendo por única respuesta una respiración continua y pesada. Alicia cortó la llamada.

-Tenías razón, Susana: el pez por la boca muere. Ahora sabemos con certeza que quien envía las flores y quien llama por las noches son la misma persona. Y sabemos además que compró las rosas y la orquídea en la florería. Creo que por hoy ya averiguamos bastante. Podemos desconectar el teléfono e irnos a dormir tranquilas.

-Alicia... ¿tú y Miguel tienen planes para mañana domingo? -preguntó Susana mientras retiraba la ficha telefónica de la pared.

-Para nada; no quedamos en nada concreto.

-¿Qué te parece si almorzamos los cuatro, pero más bien tarde, a eso de las dos o tres de la tarde?

-Me parece fantástico. Y después podemos ir al cine, que a Miguel le encanta.

-Excelente. Creo que a Alberto también le va a gustar la idea.

-Es hora de intentar descansar -dijo Alicia, quien ya no se sentía tan nerviosa por el acoso, sino reconfortada por haber unido las piezas del rompecabezas. No veía la hora de contarle a Miguel que las llamadas nocturnas y los arreglos florales no eran simples coincidencias, sino la obra de la misma persona.

Sin embargo, las dudas comenzaron a asaltarla: ¿Qué quería de ella? ¿Por qué la perseguía con tanto encono? ¿Se trataba acaso de un individuo peligroso?

Pensar en ello la inquietó a tal punto que le fue imposible conciliar el sueño. A las dos y media de la mañana continuaba despierta en la cama, perturbada por pensamientos macabros. Tuvo que despertar a su hermana -que dormía como un tronco- para pedirle algún fármaco que la serenara. Susana buscó en su bolso de trabajo, extrajo un blíster de bromazepam de seis miligramos y le facilitó un comprimido. Gracias al ansiolítico, ambas pudieron conciliar el sueño por el resto de la noche.

No ocurrió lo mismo con Rodolfo, el autor de los llamados, quien marcaba el número de las hermanas Torres una y otra vez con desesperación, obteniendo únicamente el tono de ocupado.

Al principio imaginó que Alicia estaba conversando con alguien, tal vez denunciándolo a la policía. La idea le provocó una risa burlona: poco o nada podía hacer la policía en mitad de la madrugada. Sin embargo, al comprender que lo habían neutralizado dejando el teléfono descolgado, la ira lo invadió por completo.

*"Seguro que fue idea de la hermana"*, rumiaba con rabia. *"Seguro que ella no quiere que Alicia se enamore, y menos de mí. Lo que esa mujer no entiende es que Alicia ya está enamorada. Se le nota enseguida: me lo transmite con la mirada, no necesita decírmelo en voz alta. Lo que pasa es que la hermana es una egoísta, una ignorante y una creída. Ni siquiera supo cómo reaccionar cuando la perra de la otra arpía hizo el paro cardíaco: se quedó allí sentada como una tonta mientras yo me agotaba haciéndole el masaje cardíaco"*.

Volvió a marcar el número de las Torres, que continuaba dando la señal intermitente de ocupado, sin saber qué hacer. Inquieto y fuera de sí, recordó el momento en que Susana le había cerrado la puerta en la cara sin permitirle despedirse de Alicia.

Fue a la cocina y se sirvió un vaso de vino blanco dulce que había quedado olvidado en el fondo del armario. Lo apuró de un solo trago y de inmediato se sirvió un segundo vaso. No estaba acostumbrado a beber vino dulce -prefería el tinto-, pero eso no impidió que se tragara un tercer vaso casi sin respirar.

Pronto comenzó a sentirse mareado y con una punzada de hormigueo en las manos y las piernas. En lugar de aplacar su rabia contra Susana, el alcohol actuó como un potente detonante.

Zulma dormía profundamente. Rodolfo caminó dando tumbos hacia la sala y encendió el televisor. Colocó en el reproductor de vídeo la cinta donde tenía grabada la entrevista del noticiero sobre la muerte y necropsia del hipopótamo y la repasó varias veces, hinchado de falso orgullo. Con paso vacilante regresó a la cocina y se sirvió un cuarto vaso, que fue saboreando lentamente mientras contemplaba una y otra vez su imagen en la pantalla.

El resentimiento acumulado contra Susana, la frustración por el teléfono descolgado y el efecto del alcohol terminaron por anular sus últimas inhibiciones. Salió a la calle y comenzó a caminar por la avenida 8 de Octubre, que a esa hora lucía completamente desierta. Con marcha inestable se encaminó hacia la calle Asilo. Una patrulla policial lo vio pasar desde la calzada opuesta sin prestarle mayor atención: *"Un borracho más"*, pensaron los agentes.

Al llegar a la calle Asilo, se detuvo frente a la fachada de la casa de las hermanas Torres. Buscó a sus pies, tomó una piedra pesada y la arrojó con toda su fuerza contra la persiana del frente mientras vociferaba desencajado:

-¡No te metas, puta!

El proyectil se estampó contra la madera, astillando una de las varillas en mil pedazos.

Rodolfo se alejó del lugar a la mayor velocidad que su estado de ebriedad le permitía. El violento estruendo despertó de golpe a Alicia y a Susana de su sueño profundo, así como a varios vecinos de la cuadra, que no tardaron en encender las luces de sus jardines para ver qué había sucedido.


Capítulo 30

Rodolfo se tragó la oscuridad de la noche. Llegó a su casa agitado, casi sin poder mantenerse en pie, preguntándose a cada zancada si había cometido un gravísimo error o si simplemente había hecho lo correcto. Por suerte no lo vio nadie. Nadie lo seguía, y la patrulla policial que acababa de doblar por la calle Asilo -con toda certeza llamada por Susana- no reparó en su presencia: los agentes solo atinaron a ver a un borracho más perdiendo el equilibrio en la acera.

Atinarle a la cerradura con la llave le costó un triunfo. Los breves segundos que tardó en acertar la ranura se le antojan horas.

De pronto rasgó el aire el ulular de una sirena: era el patrullero, que doblaba desde la calle Asilo hacia 8 de Octubre. Venía directo hacia él. Rodolfo luchaba torpemente contra la cerradura mientras el sonido retumbaba en sus oídos; no se atrevía a levantar la cabeza para calcular la distancia y las manos le temblaban de forma incontrolable. Un sudor frío le corrió por la espalda.

Al fin, como por encanto, el pestillo cedió y la puerta se abrió, dándole el tiempo justo para deslizarse al interior y pasar el cerrojo en el preciso instante en que el coche policial pasaba de largo por el frente. Por unas fracciones de segundo no lo habían visto.

Se dejó caer en una silla del consultorio a recuperar el aliento. Permaneció allí varios minutos, atento a cualquier ruido sospechoso que proviniera de la calle, sobre todo al eco de las sirenas. Cuando sintió que las aguas se calmaban, fue a la cocina, liquidó lo poco que quedaba del vino dulce y se preparó una taza de café cargado.

Acomodado en el sofá de la sala, encendió el televisor y puso por enésima vez el reproductor de vídeo con la cinta de su entrevista.

-Se lo merecía -murmuró en un susurro para no despertar a Zulma-. Se merecía eso y mucho más. Esto fue solo una advertencia; nadie se imagina de lo que soy capaz para mantener vivo el amor de Alicia. Es la única razón de mi existencia y no pienso perderla por culpa de una entrometida. La sola idea de pensar en ella hace que se me desboque el corazón y se me erice el vello de la nuca.

Por un instante lo sedujo la tentación de volver a escuchar su voz por teléfono, aunque fuera enfurecida. Trató de recordar la modulación exacta de Alicia y apagó el televisor.

Como si la tuviera grabada a fuego en el cerebro, la voz de Alicia emergió indeleble en la penumbra. Escucharla en su mente como si fuera real lo sosegó. Imaginó un diálogo con ella, cerró los ojos y la vio con absoluta nitidez. Se contempló a sí mismo abrazándola; estaban estrechamente unidos. No sabía si aquella lucidez era producto del alcohol o del pico de adrenalina de la noche, pero la escena poseía una presencia inusitadamente real: Alicia no dejaba de sonreírle y él la colmaba de atenciones.

Pensó que estaba soñando, pero no dormía; aunque tampoco se hallaba del todo despierto. Continuó sumergido en esa ensoñación delirante donde todo era posible. Abrazaba y besaba a Alicia y ella le correspondía con devoción. La tenía entera para él. Era como si su conciencia hubiese escapado del cuerpo: podía verse a sí mismo desde fuera con total claridad, al igual que a Alicia, y sus besos se sentían tan verdaderos como los de la vida real. Le preguntó si quería casarse con él y ella, sin dudarlo un segundo, le respondió que sí. Acto seguido, ambos subían a un automóvil de lujo, descapotable. La brisa marina les daba de lleno en el rostro mientras ella le confesaba que jamás había sido tan feliz.

Nunca supo si llegó a dormirse por un tramo o si simplemente la realidad terminó por imponerse, pero, muy a su pesar, la fantástica alucinación se desvaneció. Hizo denodados esfuerzos por regresar a ese universo paralelo donde tenía el control absoluto, pero fue inútil.

Profundamente desilusionado, se arrastró hasta la cama para dormir al lado de Zulma. Su esposa todavía no sospechaba nada: no sabía que él ya no la quería, que pronto se iría a vivir con otra y que tendría que encarar la verdad por más dura que resultase. Zulma tendría que aprender a dominar sus celos y resignarse a su nuevo destino.


Capítulo 31

Alicia y Susana, alarmadas por el estruendo, se levantaron al mismo tiempo. En bata de dormir abrieron la puerta de calle y descubrieron que varios vecinos ya se habían agolpado en la acera al escuchar el impacto.

-¿Qué fue? ¿Dónde fue? -preguntó Susana observando a la multitud.

-¡Allí, en su ventana! -respondió una señora que vivía enfrente.

Susana se dio vuelta y comprobó que una piedra laja había atravesado la persiana de madera, rompiendo el cristal del ventanal.

-Yo lo vi salir corriendo -añadió la vecina-. Parecía borracho; iba para allá, como en dirección a 8 de Octubre. Mi esposo acaba de entrar a llamar a la policía.

A los pocos minutos arribó un patrullero. Susana se aproximó para dar explicaciones, pero desde la acera opuesta emergió un hombrecillo calvo con un espeso bigote blanco, quien exclamó con voz autoritaria:

-¡Oficial! Fui yo quien los llamó. Vi al vagabundo borracho salir corriendo justo después del estruendo. Iba para allá, así que si se apuran lo alcanzan.

El oficial tomó con seriedad la sugerencia del vecino del bigote cano y le ordenó al conductor dirigirse a toda prisa y con la sirena encendida por la avenida en la dirección señalada.

Una media hora más tarde, el patrullero regresó. El oficial descendió para informar que no habían encontrado a nadie. Tomó los datos del hombrecillo y de Susana, e indicó que los llamaran de inmediato si el hecho volvía a repetirse. Sin más, se retiraron, recomendándoles realizar la denuncia formal el lunes en la comisaría.

-Nosotras, por el momento, no pensamos denunciar lo que pasó -comentó Alicia dirigiéndose al vecino del bigote blanco, a quien le agradeció de todos modos la preocupación de haber llamado a la patrulla. Se despidieron cordial de él y cada uno regresó a su casa.

-Menuda noche... -se lamentó Susana volviendo a meterse en la cama.

-Tienes razón -coincidió Alicia-, y sabes que tengo el presentimiento de que esto aún no ha terminado. Tú duerme, que yo voy a darle de comer a la paloma, que hoy lo olvidé, y después me preparo una taza de té.

Antes de servirle la ración a la paloma, Alicia la tomó con delicadeza entre sus manos, la retiró de la jaula y la soltó dentro de la habitación: el ave intentó alzar el vuelo y revoloteó unos metros. Aquello significaba que la fractura de la articulación estaba casi curada. Quiso contárselo a Susana, pero su hermana ya dormía plácidamente.

Apenas terminó de tomar su té, Alicia escuchó nuevamente el rumor de motores en la calle y voces conversando animadamente. Se aproximó a la puerta de entrada y reconoció la voz del oficial mezclada con el tono autoritario del vecino de enfrente.

Como no lograba descifrar lo que decían, abrió la puerta y caminó de nuevo en bata hacia la patrulla, que permanecía estacionada en la acera opuesta. Al lado del vehículo conversaban los dos hombres. Alicia se disponía a unirse a la charla cuando notó que en el asiento trasero del patrullero había una persona detenida.

-Parece que lo encontraron -le anunció el hombrecillo calvo al verla acercarse.

Alicia, indecisa, no sabía si avanzar o quedarse quieta.

-Venga, señora -le indicó el oficial-. Acérquese y mire si reconoce a este individuo. Al señor le da la impresión de que es el hombre que vio salir corriendo.

Alicia, con cierta timidez, se aproximó a la ventanilla del patrullero y observó a un anciano demacrado, vestido con harapos, visiblemente en situación de calle. Le llamaron la atención sus ojos pequeños y vivaces, como los de un niño que no alcanza a comprender lo que sucede a su alrededor.

-Este hombre mayor, probablemente con algún problema de salud mental, jamás podría haber lanzado esa piedra con la fuerza suficiente para astillar la madera incrustarse en el vidrio -declaró Alicia convencida.

-Eso mismo le estaba diciendo al oficial -coincidió el vecino-: a este hombre nunca lo había visto por el barrio.

El oficial, un poco desconcertado por el desenlace, dio por concluido el procedimiento.

-¿Qué van a hacer con él? -preguntó Alicia compadecida.

-No hay ninguna prueba concluyente de que haya sido él. Lo llevo a la seccional para identificarlo y mañana por la mañana lo soltamos. Por lo menos hoy duerme bajo techo.

Alicia, bastante más tranquila, se despidió del policía y del vecino. Caminó de regreso a su casa mientras escuchaba el motor de la patrulla alejándose con el infortunado linyera y el sonido del portón del vecino al cerrarse.

Susana continuaba durmiendo. Alicia sentía un peso enorme en los párpados; recordó que su hermana le había facilitado un comprimido de bromazepam horas atrás, se dejó caer sobre la cama y quedó rendida de inmediato.


Capítulo 32

Eran ya las nueve de la mañana del domingo. Zulma llevaba dos horas levantada; dedicó ese tiempo a limpiar la casa y a intentar no pensar. Si se detenía a reflexionar en lo que sucedía entre ella y Rodolfo, sentía que se volvería loca. Su instinto le decía que él tenía a otra, y necesitaba averiguar de quién se trataba para darle su merecido por intentar quitarle a su marido.

Se preguntaba a dónde había ido la noche anterior y con qué propósito. No tenía pruebas de que se viera con alguien, pero si así fuera, pelearía a capa y espada para retenerlo. Él no era perfecto -nadie lo era-; tenía sus arranques de ira y sus ideas casi infantiles, pero era un hombre trabajador y estaba convencida de que su carácter mejoraría cuando tuvieran un hijo. Soñaba con tener tres cuando Rodolfo comenzara a ganar mejores ingresos, pues de momento no podían ni plantearse un embarazo. Aunque si venía sin avisar, sería igualmente bienvenido.

Daban las nueve y media y Rodolfo aún no daba señales de despertarse. Si no lo llamaba, se le haría tarde para abrir la veterinaria. Desde que había realizado la gran compra de medicamentos, solía abrir también los domingos por la mañana para concretar, si había suerte, alguna venta o atender una urgencia.

Con el tono más cariñoso que pudo impostar, le dijo que se levantara, que era hora de abrir el local. Rodolfo refunfuñó y se dio vuelta en la cama. Zulma insistió. Escuchar la voz de su esposa lo descompuso: él deseaba oír la voz de Alicia con la nitidez con que la había escuchado la noche anterior en su maravillosa ilusión. Si continuaba en la cama, tendría que seguir aguantando el tono de Zulma, que tanto lo irritaba; en cambio, si iba al consultorio, existía la posibilidad de que Alicia pasara a consultarle algo o quizás a llevarle a alguno de sus gatos.

Este último pensamiento bastó para persuadirlo de levantarse de inmediato. Se saltó la ducha para ganar tiempo, se vistió en un santiamén, tomó un café a las prisas, abrió la puerta de entrada y se sentó a esperar.

Hasta ese momento no se había detenido a pensar en el incidente de la persiana rota. Un sudor frío le corrió por la espalda al intentar reconstruir los hechos, aún confusos en su memoria. No estaba del todo seguro de que no lo hubieran visto, pero recordaba que habían llamado a la patrulla. Llamó a Zulma y la mandó a comprar el periódico con la excusa de que le habían comentado que un criadero de cerdos buscaba veterinario.

Zulma salió apresurada e ilusionada. *"Ojalá sea cierto"*, pensó. Un empleo fijo con un sueldo mensual seguro sería una maravilla: venderían la veterinaria y recuperarían casi todo lo invertido. Llegó agitada al quiosco, compró el diario y se lo llevó a Rodolfo.

-Aquí está el diario -le dijo entusiasta-. Avísame si ves el aviso; yo voy a seguir preparando el almuerzo.

Sin embargo, Rodolfo estaba infinitamente más interesado en las crónicas policiales que en los clasificados. Comenzó a hojear la sección con atención. Por suerte, en los titulares principales no había nada. Siguió leyendo hasta que, en una breve nota al pie, leyó: *"Vagabundo tira una piedra y rompe una ventana"*. El artículo detallaba que de madrugada un individuo del sexo masculino, mayor de edad y en estado de ebriedad, había arrojado un proyectil contra un ventanal de la calle Asilo, siendo detenido por personal de la seccional 16.ª.

Rodolfo terminó de leer con un profundo suspiro de alivio: aparentemente, para la policía el caso estaba cerrado. Lo que le sucediera al indigente le importaba un comino; lo único trascendental era que no lo vincularan a él con el ataque.

Luego repasó los avisos clasificados en la sección de profesionales y, curiosamente, encontró una solicitud para un criadero de aves. Zulma, impaciente por tener novedades, entró al consultorio y le preguntó si había descubierto algo. Él le mostró el recuadro y le dijo:

-No era un criadero de cerdos: buscan veterinario para un criadero de aves.

-Llama de todos modos -lo urgió Zulma-. Capaz que tenemos suerte. Fíjate que esta mañana abriste y no entró nadie; no podemos seguir así, esperando que las cosas cambien solas.

Rodolfo ni siquiera podía escucharla: todo lo que salía de la boca de su esposa lo alejaba de Alicia. No pensaba irse a vivir al interior a criar pollos y dejar a Alicia sola.

-Si no llamas tú, llamo yo -sentenció Zulma.

Tomó el auricular y marcó el número. La atendió una secretaria y le explicó que debían enviar el currículum a una casilla de correo.

-Dicen que tienes que mandar tus antecedentes a la casilla 2030 -le dijo Zulma, entregándole el papel donde había anotado el dato.

Rodolfo tomó la nota de mala gana y le prometió que el lunes por la mañana la enviaría. Zulma regresó a la cocina a terminar la salsa para los ravioles, radiante al pensar que su esposo estaba cambiando y que por fin aceptaba que la veterinaria no tenía futuro.

-Sabes que si vendemos el consultorio junto con los medicamentos nos alcanza para cancelar todas las facturas de la deuda -comentó Zulma mientras almorzaban-. Y hasta nos sobraría dinero para vivir tranquilos unos seis meses mientras conseguimos un empleo fijo. Todo va a cambiar para bien.

Zulma tenía razón en sus cálculos, pero los planes de Rodolfo eran diametralmente opuestos. Él también soñaba con vender, pero únicamente los medicamentos, para colmar a Alicia de atenciones con las ganancias. Prefirió darle la razón de palabra a su esposa y terminar de comer en silencio.

Luego del café, Zulma se retiró a dormir una merecida siesta. Rodolfo se recostó en el sofá de la sala e intentó evocar la voz de Alicia para alcanzar ese estado de ensoñación que le permitía dar por real lo que imaginaba; quería sentirla tan cerca como la noche anterior. Sin embargo, por más que se concentró, le fue imposible acceder a ese trance crepuscular.

Incapaz de contener la ansiedad, salió a la calle. Necesitaba verla, aunque fuera un instante. Caminó a paso lento por la avenida en dirección a la calle Asilo.


Capítulo 33

-Con ventana o sin ventana no nos vamos a privar de ir al cine esta tarde -sentenció Susana mientras retiraba la piedra laja incrustada en la madera astillada del ventanal.

Alicia le respondió afirmativamente desde el interior, barriendo y juntando los trozos de vidrio esparcidos sobre el parqué de la sala.

-¿Sabes una cosa, Susana? Fue un error haber desconectado el teléfono: eso lo enfureció.

-Opino lo mismo que tú, Alicia. Ese pobre indigente que arrestaron no tiene nada que ver.

-Pero de a poco se va descubriendo -analizó Alicia deteniendo la escoba-. Primero, sabe dónde trabajo; segundo, sabe dónde vivo; y tercero, vive cerca de aquí.

-¿Cómo puedes deducir todo eso? -preguntó Susana intrigada.

-Sencillo: las flores llegaron a la Galería Iris a mi nombre, lo que significa que averiguó mi lugar de trabajo. Por teléfono me preguntó si me había gustado la orquídea; o sea que, como te dije anoche, el que suspira y el que envía flores es la misma persona. Anoche, al no poder comunicarse porque dejamos el teléfono descolgado, perdió la calma y vino hasta la casa porque conoce nuestra dirección. Después de tirar la piedra salió corriendo y la policía no lo encontró; eso significa que alguien lo esperaba en un auto o que se metió en su propia casa. Yo me inclino por la segunda opción: por eso digo que vive cerca.

Susana, pensativa, dedujo que si la hipótesis de su hermana era correcta, ese hombre conocía sus movimientos al detalle. La sola idea le produjo un escalofrío.

-Sabes que esta historia me está inquietando en serio... Pensar que un desequilibrado nos vigila me pone muy nerviosa.

-A mí también me altera -admitió Alicia-. ¿Por qué no lo hablamos con Alberto? Él es psiquiatra y puede darnos una orientación profesional.

-Tienes razón -coincidió Susana-. Alberto pasa por aquí en media hora. Cuando llegue esperamos a Miguel y analizamos el tema entre los cuatro.

Demoraron más de una hora en reunirse porque Miguel tuvo que atender una urgencia familiar: a primera hora su madre sintió un fuerte dolor en el pecho, molestia que por suerte resultó ser de origen osteomuscular en las costillas. Por precaución le practicaron un electrocardiograma que no reveló alteraciones cardíacas. Con algo de retraso, pero mucho más tranquilo, Miguel se sumó al encuentro.

Susana y Alicia relataron los dramáticos acontecimientos de la madrugada y les enseñaron el ventanal roto. Alicia expuso sus conclusiones, que fueron escuchadas con absoluta atención, especialmente por Alberto, de quien todos aguardaban un dictamen profesional.

-Se llama Síndrome de Clérambault o erotomanía -explicó Alberto adoptando un tono clínico-. Es un trastorno delirante maniacal en el que un individuo se convence de que una persona -por lo general de un estatus superior o inaccesible- está profundamente enamorada de él, aun sin existir correspondencia alguna. A partir de allí inicia una verdadera persecución. En líneas generales se divide en tres fases: la primera es la fase de la esperanza -en la que parece encontrarse nuestro individuo-, donde predominan los intentos de contacto, regalos y acoso. Luego, al constatar que no logra su cometido, sobreviene la fase de despecho y depresión, que en algunos casos puede conducir al suicidio. Y, por último, si no superan esa etapa, sobreviene la fase del rencor, donde en casos extremos pueden llegar a la agresión física o al homicidio.

Miguel, Susana y Alicia escuchaban sin perderse una sola palabra. Alicia era la más perturbada. Alberto intentó serenarla añadiendo:

-En esta primera etapa el sujeto no suele ser agresivo directamente con la persona objeto de su delirio; más bien resulta sumamente molesto e invasivo.

-¿Pero esto tiene tratamiento? -interrumpió Susana, buscando aliviar la opresión que sentían Miguel y Alicia.

-Sí, por supuesto: se administran antipsicóticos y, en casos severos, terapia electroconvulsiva. El objetivo es cortar el núcleo delirante. Muchas veces se logra remitir la manía o al menos atenuarla.

-Tú dices que en esta etapa no son agresivos -intervino Alicia mirando la persiana destrozada-. Entonces... ¿cómo explicas la pedrada en la ventana?

-Tienes razón, Alicia. Si realmente fue el mismo sujeto de las flores y las llamadas, su conducta escapa a la lógica habitual de la fase. Quisiera pensar que el autor del ataque fue simplemente el linyera que detuvo la policía.

-Yo también desearía creer eso -susurró Alicia-, pero estoy plenamente convencida de que se trata de la misma persona y de que vive cerca de aquí. Es más: de alguna manera se enteró de que habíamos dejado el teléfono descolgado.

-Dejemos por un rato a nuestro ilustre desconocido y vamos a almorzar -propuso Susana para romper el ambiente sombrío-. Y después elegimos la película en el cine, ¿les parece?

Todos aceptaron la propuesta y caminaron juntos hacia el restaurante. Eligieron una parrillada de tenedor libre en la esquina de 8 de Octubre y Larrañaga. Compartieron una velada distendida intentando apartar la mente del problema que los afligía, a excepción de Alicia, quien continuaba cavilando en silencio. Se propuso hacer mentalmente una lista de hombres que pudieran conocer, de alguna forma, los hábitos y la rutina de su casa.


Capítulo 34

Luego de una opípara comida regada con Pinot Noir y rematada con flan con dulce de leche, decidieron ir a ver *El resplandor* al cine Metro. Salieron Susana y Alberto en el Volvo de este último, mientras que Alicia y Miguel los seguían en el Mercedes.

No habían recorrido más que unas pocas manzanas cuando Susana notó la ausencia de su billetera. Sobresaltada y temiendo haberla perdido, le pidió a Alberto que regresaran de inmediato al restaurante. Alberto le hizo un guiño con las luces de carretera a Miguel, que iba adelante; este se detuvo junto al bordillo y Alberto aparcó detrás. Susana descendió a toda prisa y les explicó a Miguel y a Alicia el motivo del extravío.

Regresaron a la parrillada, pero tras revisar la mesa no encontraron nada: la única alternativa era volver a la casa de la calle Asilo para verificar si la bendita billetera se había quedado sobre algún mueble.

Estacionaron los dos automóviles justo enfrente de la vivienda. Susana fue la primera y única en bajar, llave en mano, mientras los demás aguardaban dentro de los vehículos. Fue en ese preciso instante cuando Alicia divisó a un hombre que caminaba a paso lento por la acera de su casa, observando con insistente fijación la puerta de entrada que Susana había dejado entreabierta.

Lo reconoció al instante: era el veterinario Rodolfo Villanueva.

Ni Alberto ni Miguel prestaron atención a aquel transeúnte que para ellos resultaba un absoluto desconocido. Alicia estuvo a punto de comentárselo a Miguel, pero prefirió guardar silencio para no alterar los ánimos. A los pocos segundos, Susana salió de la finca radiante con la billetera en la mano: no la había perdido, simplemente la había olvidado sobre la cómoda. Era tal su alivio que ni siquiera reparó en el extraño que acababa de cruzarse a su lado.

Pusieron rumbo definitivo al cine Metro. Al arribar, descubrieron una extensa fila frente a la boletería; cuando estaban a punto de desistir de la función debido a la espera, Miguel se ofreció gentilmente a hacer la cola en solitario para conseguir las entradas, sugiriendo que Alicia, Alberto y Susana aguardaran cómodamente en el café de la esquina.

Los tres se acomodaron a una mesa y ordenaron tazas de café humeante. Tras unos segundos de silencio pensativo, Alicia rompió el hielo dirigiéndose al psiquiatra:

-Alberto... ¿en serio te parece que esa persona no será peligrosa? Quiero decir, ¿crees que no llegará a ser agresiva físicamente?

-En líneas generales -explicó Alberto con prudencia-, y considerando la fase del trastorno mental en la que presumiblemente se encuentra, yo diría que la probabilidad de que intente agredirte físicamente es muy baja. Puedo equivocarme, claro está; no te olvides de que nunca lo he atendido en mi consultorio ni he tenido una entrevista clínica con él. Ahora bien -prosiguió-, eso no significa que vaya a dejar de acosarte. Su objetivo es aproximarse a ti y me temo que en poco tiempo buscará la manera de hacerlo.

Tanto Alicia como Susana se sintieron invadidas por una leve zozobra: cada una imaginó aquel temido reencuentro a su manera.

En ese momento, Miguel se acercó sonriente a la mesa exhibiendo los cuatro pases en la mano. Se sentó junto a Alicia y anunció:

-La función empieza en veinte minutos, así que será mejor que vayamos entrando para conseguir buenas ubicaciones en la sala.

Pagaron las consumiciones e ingresaron al cine, donde disfrutaron de las memorables actuaciones de Jack Nicholson y Shelley Duvall. A la salida, el filme les sirvió como tema de conversación durante un buen rato.

Se acomodaron en una pizzería pasadas las ocho y media de la noche. Como Susana y Alberto debían iniciar su guardia médica a las once, disponían del tiempo justo para saborear unas porciones de pizza a caballo -acompañadas por la tradicional porción de fainá encima-, beber una cerveza a prisa y marchar a cambiarse a sus hogares.

Alicia y Miguel se quedaron a solas en la mesa para terminar con calma la cena. Alicia no lograba disimular su inquietud y Miguel, percibiéndolo de inmediato, la tomó de las manos con ternura:

-Hagamos un trato: te cambio esos nervios por una noche juntos.

A Alicia se le iluminó el rostro con una amplia sonrisa de gratitud.

-¡Ay, mi amor! -exclamó estrechando sus manos-. Desde que entramos al cine quería pedírtelo, pero no me animaba. Gracias, Miguel, por ser tan comprensivo... La verdad es que no me imaginaba pasando esta noche sola en casa.


Capítulo 35

Rodolfo pasó caminando con la cabeza gacha por la casa de Alicia. Con el rabillo del ojo observó la ventana dañada y consideró que el estropicio no era para tanto. En ese preciso momento, por la puerta de calle entreabierta salió Susana haciéndole señas a un auto estacionado enfrente mientras exhibía la billetera en su mano alzada; su compañero ni siquiera se percató de la presencia del transeúnte. Rodolfo los ignoró por completo y continuó su marcha hacia la avenida 8 de Octubre sin levantar la vista. Tampoco logró ver a Alicia, quien aguardaba dentro del segundo vehículo.

Siguió caminando a paso lento hacia su casa, absorto en sus pensamientos sobre Alicia: *"¿Sabrá ella ya que soy yo quien la llama después de enviarle las flores? Es una mujer inteligente y está tan enamorada de mí como yo de ella; ya debe de haber deducido mi identidad. Lo que pasa es que le gusta seguirme el juego... Sí, claro: es todo un hermoso juego de enamorados"*.

En ese instante, una señora mayor que se cruzó en su camino lo miró con marcada insistencia. Rodolfo advirtió que no solo venía gesticulando en el aire, sino que además hablaba en voz alta. Trató de contenerse, pero la imagen de Alicia poseía una fuerza superior a su voluntad y lo hacía desentenderse por completo de todo lo que lo rodeaba. Así continuó conversando con su prometida ficticia hasta cruzar el umbral de su hogar.

Zulma se despertó de su siesta dominical con la intención de mirar el ciclo *Alta Comedia* en Canal 10, pero antes quiso preparar un bizcocho para degustar durante la emisión. Eran casi las siete y el programa comenzaba a las diez, por lo que disponía de tiempo de sobra.

Rodolfo entró de la calle todavía murmurando para sus adentros. Zulma no le dio mayor importancia: lo hacía siempre que se ponía nervioso. Se saludaron con un tibio beso en la mejilla y Rodolfo, sin hacer comentarios, fue directo al consultorio. Para Zulma no cabía duda: lo más sensato era dejarlo tranquilo, pues se le notaba sumamente alterado.

En la penumbra del consultorio se sentó a oscuras, sin encender la luz, e inició un desesperado esfuerzo por alcanzar el estado crepuscular que le permitiera ver a Alicia como si estuviera allí presente. Sin embargo, por más que se concentró, le fue imposible acceder a ese trance que la otra noche le había permitido soñar despierto. *¿Tendrá que ver el alcohol?*, se preguntó. *Sí, debió de ser el alcohol*.

Encendió la luz, salió a la sala y le anunció a Zulma que iría a la tienda a comprar una botella de vino. En unos veinte minutos regresó con un litro de clarete. Puso el envase en la heladera y se acomodó en el sofá junto a su esposa para disfrutar del bizcocho recién salido del horno mientras aguardaban el inicio del programa.

Zulma aprovechó el tiempo libre antes de que comenzara *Alta Comedia* para preguntarle a Rodolfo si al día siguiente enviaría el currículum al criadero de aves. Rodolfo se irritó de inmediato y respondió con brusquedad que no, que no tenía la menor intención de vender la veterinaria para pasar a depender de un sueldo. Desilusionada por la respuesta, Zulma se sintió en la obligación de insistir:

-¡Es que no te das cuenta de que esta clínica no nos da lo suficiente para vivir! Cada día entra menos gente... ¿Qué tenemos que perder si la vendemos?

Rodolfo no quiso continuar con la discusión. Como la comedia estaba a punto de empezar, aprovechó la oportunidad para apoderarse de la botella de clarete y, sin pronunciar palabra, fue a encerrarse de nuevo en el consultorio.

-¡Emborracharte no va a solucionar nada! -le gritó Zulma desde la sala-. ¡Si fuera por eso, me pondría a tomar yo también!

La locutora de la televisión anunció el inicio del teleteatro y Zulma se concentró en la pantalla, desentendiéndose de las actitudes de su marido.

En el consultorio todo era silencio. Rodolfo comenzó a beber a tragos largos. Para cuando Zulma terminó de ver el programa y se retiró a descansar, él se hallaba sumido en una completa ebriedad. Dejó transcurrir una hora en la oscuridad, descolgó el auricular y marcó el número de la casa de Alicia.


Capítulo 36

Tenían toda la noche por delante para los dos. Alicia y Miguel prepararon un humeante y delicioso té, y se acomodaron muy juntos a mirar el vídeo de *La historia sin fin*, que Alicia había alquilado para el fin de semana. Luego de ver la película hicieron el amor y se quedaron plácidamente dormidos.

A eso de la una de la mañana los despertó el repique del teléfono.

-Es él -murmuró Alicia.

Miguel se incorporó de un salto. Se disponía a descolgar, pero Alicia lo detuvo suavemente con un gesto:

-Déjame a mí: él cree que estoy sola.

Alicia descolgó el auricular. Del otro lado de la línea se percibía una respiración agitada y pesada.

-Hola -dijo ella con aplomo.

-¿Alicia?... -articuló Rodolfo con voz pastosa.

Por la mente de Alicia pasaron a toda velocidad mil imágenes encadenadas: las rosas rojas, la orquídea en la galería, las llamadas en la madrugada, la silueta de Villanueva frente a su casa observando el ventanal... Todas sus deducciones encajaban a la perfección. Armándose de coraje, preguntó con voz fría y firme:

-¿Villanueva, es usted?

Silencio. Al otro lado solo se escuchaba el jadeo del alcoholizado. Durante unos segundos nadie habló; Alicia pensó que él cortaría la comunicación, pero no lo hizo. Tampoco ella cedió: se mantuvo firme, infundida de valor por la presencia cercana de Miguel.

-Prefiero que me trates de tú y no de usted -masculló finalmente Rodolfo.

-Está bien, como prefieras. Pero dime si eres el doctor Villanueva.

-Prefiero que me llames Rodolfo...

El corazón de Alicia latía desbocado: su intuición no la había traicionado.

-¿Por qué haces esto, Rodolfo?

-Por la misma razón por la que lo haces tú. Estamos enamorados y, por suerte, ya no hay motivos para ocultarlo.

-¿Estás ebrio?

-Sí, debo de estarlo... tal vez un poco. Pero lo hago por ti.

-Ahora dime por qué rompiste la ventana de mi casa.

-No, no fue por ti -se apresuró a justificar él-: fue por tu hermana. Ella nos quiere separar.

Alicia no podía dar crédito a lo que escuchaba: aseguraba estar enamorado cuando apenas se conocían. Recordó de inmediato las explicaciones clínicas de Alberto. Miguel, con el oído pegado al auricular, escuchaba la escena en un estado de absoluto estupefacto.

-¿Por qué dices eso de mi hermana? -indagó Alicia tratando de mantener la calma.

-Porque ella hace todo lo posible para que no nos veamos.

Alicia intentó prolongar la conversación para obtener más detalles, pero Rodolfo cortó de golpe la comunicación.

De inmediato, Miguel tomó el teléfono y llamó a Alberto a su puesto de trabajo en la Sociedad Española para relatarle lo sucedido. Alberto lamentó que sus sospechas profesionales se confirmaran y ratificó que, según lo expuesto, se trataba de un caso de libro de Síndrome de Clérambault.

Miguel era partidario de radicar la denuncia policial esa misma noche, pero Alberto lo convenció de aguardar: era demasiado pronto para fundamentar ante un juez un diagnóstico psicológico de erotomanía y se necesitaban pruebas más contundentes. Alicia coincidió con la postura del psiquiatra, consciente de que una denuncia prematura sería tomada por los agentes como una simple molestia causada por un borracho conocido.

Mientras tanto, en su consultorio, Rodolfo se sentía extrañamente reconfortado por haber revelado su identidad. Aún bajo los pesados efectos del alcohol, se dejó caer sobre la cama y quedó profundamente dormido.


Capítulo 37

Despertó temprano con un fuerte dolor de cabeza; sin embargo, era tal su alegría que le resultaba imposible disimularla: en su rostro se dibujaba una amplia y orgullosa sonrisa. En la cocina se preparó un té bien caliente, acompañado por dos aspirinas.

*"¡Se lo dije y no cortó!"*, se repetía exultante. *"Al contrario: continuó hablándome. Sabía perfectamente con quién estaba hablando y no colgó el teléfono. Pude deleitarme escuchando su voz por un buen rato. Una pena que, en medio de tanto placer, el intenso sentimiento que experimento por ella me provocara un orgasmo tan profundo que me obligó a interrumpir el delicioso diálogo..."*.

Rodolfo se encontraba en el séptimo cielo. Aún no daban las nueve de la mañana cuando corrió a abrir la puerta del consultorio. Sintió los pasos de Zulma, que ya andaba por la cocina.

-¿Qué haces tú a esta hora con el consultorio abierto, mucho antes de las nueve? -preguntó su esposa sorprendida.

-¡Estoy contento, feliz! -exclamó él sin mirarla-. ¡Estoy enamorado, me siento como si tuviera quince años!

Zulma pensó cándidamente que se refería a ella. Se le acercó emocionada, lo rodeó con los brazos y repitió:

-Mi amor... mi amor... ¡Cuánto hacía que no me decías algo así! Yo también estoy enamorada, aunque a veces no te lo demuestre.

Cuando Zulma intentó besarlo en los labios, Rodolfo apartó la cara con brusquedad y sentenció:

-Estoy enamorado, sí... pero no de ti.

Zulma se quedó petrificada. Enmudeció al instante mientras en sus facciones se dibujaban muecas de horror. Quería gritar mil cosas a la vez, pero la garganta no le producía sonido alguno. Poco a poco, con la voz temblorosa de rabia, logró articular:

-¿Quién es? ¡Dime quién es! Seguro que es una prostituta que encontraste por ahí... O tal vez una de tus clientas. Por favor, ¡dime quién es! Te juro que me voy a encargar de arrancarle los ojos con mis propias manos.

-No te lo puedo decir por ahora -contestó Rodolfo muy nervioso-. Lo sabrás a su debido tiempo.

-¡De ninguna manera! -chilló Zulma fuera de sí-. ¡Lo voy a averiguar yo misma, y cuando lo sepa me las va a pagar todas juntas!

Se retiró hecha una furia hacia el dormitorio, cerrando la puerta con un estridente portazo.

-¡Tú no le vas a hacer nada, porque yo lo voy a impedir como sea! -le gritó Rodolfo a la puerta cerrada.

A pesar del altercado, Rodolfo no perdió el buen humor: sentía que al fin había tenido el valor y la entereza de confesarle la verdad a su esposa. Satisfecho consigo mismo, se acomodó en el escritorio y comenzó a pensar obsesivamente en Alicia, repasando palabra por palabra la conversación telefónica de la madrugada.

El sonido de unos pasos aproximándose lo distrajo de sus cavilaciones. Rodolfo levantó la vista y se encontró cara a cara con Lorenzo Ávila. Los dos se saludaron con efusiva cordialidad: habían sido compañeros durante el primer y segundo año de la facultad de Veterinaria. Recordaron de inmediato las épocas en que prepararon juntos el examen de Anatomía, una prueba que parecía insalvable pero que ambos lograron aprobar. Hacía años que no coincidían, desde que Lorenzo se había radicado en Colonia con su familia.

-Cuéntame, Lorenzo, ¿qué te trae por Montevideo? ¿Quieres tomar un café?

-No, gracias, Rodolfo. Como voy con mucha prisa, voy directo al grano -explicó su colega-. Hace un tiempo abrí una clínica veterinaria en Colonia y, la verdad, no me puedo quejar: marcha bastante bien. Tuve que venir a Montevideo por un trámite y aproveché para pasar por el laboratorio Wellcome. Resulta que tuvieron una demora en la aduana -como importan todo desde Chile, por estos días están sin stock- y yo necesito llevarme insumos esta misma noche para Colonia. En el laboratorio me comentaron que tú habías hecho un pedido grande hace poco, así que vine a ver si me podías vender algo para sacarme del apuro.

A Rodolfo le pareció una idea sensacional: efectivo era exactamente lo que necesitaba en ese momento.

-¡Claro que te saco del apuro, hombre! Dime qué necesitas.

-Precisaría unos trescientos dólares en mercadería variada.

-Para eso estamos los amigos: toma lo que te haga falta de las estanterías.

Mientras seleccionaba los medicamentos y los acomodaba en un bolso, Lorenzo preguntó:

-Y tú, ¿cómo estás, Rodolfo? Me enteré de que te casaste.

-Sí, me casé... pero estoy en vías de divorciarme. Es que estoy saliendo con otra mujer de la que me enamoré perdidamente. Es una pintora un poco mayor que yo y te confieso que me tiene loco.

-Así es la vida -comentó Lorenzo sonriendo-. Bueno, esto es todo lo que llevo. Toma, aquí tienes los trescientos dólares. Ha sido un verdadero placer volver a verte. Me encantaría quedarme a charlar, pero voy corriendo al centro y de ahí directo a la terminal de Tres Cruces.

Se despidieron con un apretón de manos. En lugar de apartar el dinero para ir cancelando la abultada factura pendiente con el laboratorio, Rodolfo guardó los trescientos dólares directamente en el bolsillo de su saco.


Capítulo 38

La noche anterior, tras la reveladora conversación telefónica con el acosador, decidieron que por el resto de la jornada no se hablaría más del asunto y se fueron a dormir.

A las seis de la mañana regresaron Susana y Alberto. Como ya habían desayunado en el bar del sanatorio, se retiraron a descansar unas horas en la habitación de Susana. Ni Miguel ni Alicia tenían grandes compromisos durante la mañana, por lo que desayunaron tarde y con tranquilidad. Tras un buen descanso y con la cabeza despejada, se sentaron a analizar el problema. Barajaron mil alternativas -desde confrontarlo de forma violenta hasta encarar una salida pacífica-, pero no lograban dar con una solución definitiva que disipara la angustia.

La luz apareció cuando se despertó Alberto, quien también estaba ansioso por abordar la situación. Se acomodaron a la mesa del comedor y de inmediato se les sumó Susana con cuatro tazas de café humeante en una bandeja. Miguel era el más preocupado de todos, especialmente por la vulnerabilidad en la que se encontraba Alicia.

-¡Cómo me gustaría tener una conversación cara a cara con él! -expresó Alberto pensativo.

-Tal vez eso sea perfectamente posible -intervino Susana-. Tú tienes a Igor y él no te conoce a ti ni tampoco al perro.

-Ya entiendo... -dijo Alberto dibujando una sonrisa astuta-. Quieres que le lleve a Igor con el pretexto de una consulta para conocerlo y charlar con él. La idea es un poco descabellada, pero me gusta; creo que hasta resultará interesante y entretenida. Le pido prestado el Jeep a mi hermano y esta misma tarde le llevo a Igor. Le diré que soy médico, pero sin aclarar que soy psiquiatra: eso podría asustarlo y ponerlo sobre aviso.

Miguel y Alicia sintieron un gran alivio al escuchar la propuesta de Susana y Alberto, un plan que aprobaron de inmediato y de muy buen grado.

-¿Qué les parece si festejamos la iniciativa con una buena parrillada en el restaurante de 8 de Octubre y Larrañaga? -propuso Susana.

-Acepto, pero con una condición -exclamó Alicia-: que no volvamos a tocar este tema durante la comida, porque me altera los nervios.

Todos respetaron la petición de Alicia. Subieron a los vehículos y se dirigieron al restaurante. A esa hora el salón lucía casi vacío, por lo que pudieron elegir una mesa cómoda. Encargaron un espeto corrido para que cada uno comiera a su gusto, acompañado por una botella de Cabernet Sauvignon para maridar las carnes asadas.

Durante el almuerzo, Alicia les contó sobre los preparativos para la exposición y la venta de su famosa *Trilogía de Torres*. Comentó lo demandante que estaba resultando la organización y mencionó que, por suerte, esa misma tarde acudiría un fotógrafo a la galería para tomar las imágenes de los tres lienzos que ilustrarían el catálogo oficial. Además, debía coordinar los detalles de una entrevista en Canal 4 para promocionar la muestra y la Galería Iris.

-Nosotros entramos hoy de noche a la guardia en el sanatorio de la Sociedad Española -comentó Susana-, así que tenemos toda la tarde libre para ir al consultorio de este veterinario.

El mozo se aproximó a retirar los platos y a ofrecer la carta de postres. Miguel preguntó por la especialidad de la casa y el camarero les recomendó el tiramisú recién preparado por el chef. Los cuatro coincidieron en la elección.

Satisfechos, cancelaron la cuenta y salieron al sol de la tarde. Miguel tenía trabajo acumulado en la concesionaria, pero antes debía llevar a Alicia a la Galería Iris, donde a ella le aguardaba una jornada intensa. Mientras tanto, Alberto y Susana se pusieron en marcha hacia la casa de este último para buscar a Igor y abordar el Jeep.

Valoración: 0.0/5 (0 votos)

Comentarios

Aún no hay comentarios. Sé la primera persona en compartir una opinión respetuosa.