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Amor y muerte final

Por Guillermo · Italia · Drama

Amor y muerte final
Capítulo 39

Igor resultó ser un ovejero alemán de manto negro, simpático y cariñoso con quienes conocía, pero una fiera desenfrenada con los desconocidos que pretendían invadir su territorio. Tenía cuatro años y una salud de hierro, por lo que resultaba imprescindible inventarle alguna dolencia. Tras colmar de mimos a Susana y a Alberto, el perro subió por su cuenta a la parte trasera del Jeep.

Durante el trayecto hacia la casa de las hermanas Torres, el médico y su pareja se dedicaron a idear un síntoma creíble para el animal, que viajaba muy entretenido observando el paisaje por la ventanilla.

-Se me ocurren vómitos verdosos después de comer -propuso Alberto.

-Me parece perfecto -aseguró Susana.

Al llegar a la calle Asilo hicieron el ademán de estacionar, pero frenaron de golpe al descubrir una figura masculina recostada contra el muro del jardín frontal. Era Rodolfo.

-¿Qué hace allí ese hombre? -preguntó Susana en un susurro.

-Está esperando a Alicia -respondió Alberto sin perder la calma-. Entra dentro del patrón previsto: siente la necesidad imperiosa de estar cerca de ella.

-¡Pero es que este hombre está enfermo, Alberto!

-Sí, Susana: tiene la mente enferma, muy enferma... ¿Qué hora es?

-Las tres y media. ¿Por qué?

-A las cuatro debería abrir el consultorio. Veremos si se retira a trabajar o si decide quedarse ahí montando guardia.

Decidieron aguardar a ver qué rumbo tomaba. Desde el punto donde habían detenido el Jeep, Rodolfo no podía divisarlos. A las cuatro menos diez, el veterinario abandonó su puesto de vigilancia y comenzó a caminar a paso lento hacia la avenida.

-Seguro que va rumbo a su local. Cuando doble la esquina, tú te bajas y te metes en tu casa -le encomendó Alberto-, y yo me voy con Igor directo a la veterinaria.

Al llegar a su establecimiento, Rodolfo notó un Jeep estacionado frente a la puerta, del cual acababa de descender un hombre acompañado por un imponente ovejero alemán. Observó cómo llamaban a la puerta y cómo su esposa los hacía pasar. *"Un cliente nuevo"*, pensó entusiasmado, apurando el paso. Ingresó al consultorio mientras el visitante conversaba en el recibidor con Zulma.

-Aquí llega el doctor -anunció Zulma al recién llegado.

-Buenas tardes -saludó Rodolfo con soltura-. Perdone la demora, pero tuve una urgencia fuera del local y recién me libero.

Alberto se presentó bajo el seudónimo de Alejandro García y le explicó que, aunque él era médico de profesión, no tenía conocimientos de veterinaria, por lo que prefería dejar la salud de su mascota en manos de un especialista. A continuación le detalló el cuadro de vómitos ficticio que habían planeado con Susana.

Rodolfo escuchó con atención, ayudó a subir a Igor a la mesa metálica de exploración y comenzó a examinarlo. Alberto aprovechó la oportunidad para soltar un anzuelo: comentó que Igor era una especie de "herencia" de su exesposa, ya que al divorciarse le había tocado quedarse con el perro en el reparto de bienes.

-¿Hace mucho que se divorció? -indagó Rodolfo sin interrumpir la palpación del animal.

-Aproximadamente siete meses -respondió Alberto con naturalidad.

-Yo también estoy en vías de divorciarme -confesó el veterinario de inmediato.

-¿Se lleva mal con su señora?

-No, al contrario... Lo que sucede es que me enamoré perdidamente de otra mujer y estoy dispuesto a absolutamente todo por ella.

-¿Y ella le corresponde? -preguntó Alberto adoptando un tono comprensivo.

-Ella... -suspiró Rodolfo con la mirada perdida- es lo mejor que me ha pasado en la vida. Está tan enamorada de mí como yo de ella. Lo que pasa es que es un poco tímida y mi futura cuñada la domina por completo. Su hermana no aprueba nuestra relación y quiere arruinarlo todo, pero no lo va a lograr: mi novia ya me lo dejó muy claro.

-¿Cómo que ya se lo dejó claro? -interrumpió Alberto, simulando sorpresa.

-Sí... me lo dice continuamente con su mirada y con sus gestos.

Rodolfo interrumpió abruptamente el diálogo para centrar su atención en la columna vertebral de Igor, recorriendo los discos lumbares con los dedos.

-El problema no está en el estómago -dictaminó con aire de suficiencia-: es un trastorno en la inervación gástrica.

-¿En la inervación del estómago? -repitió Alberto buscando no perder la compostura.

-Sí, créame, colega. He tratado varios casos similares que llegaron a mí desesperados, aburridos de administrar antiespasmódicos y antieméticos sin resultado. Con mi teoría resolví el problema de raíz: solo necesito una radiografía de la columna lumbar para identificar cuál es el disco calcificado. Una vez ubicado, se infiltra con corticoides y es un remedio infalible.

Alberto guardó un prudente silencio mientras Rodolfo completaba la orden para el radiólogo en un taletario. Al dorso del volante figuraba impreso el número telefónico del centro de radiología.

-En cuanto tenga la placa, vuelve a verme -concluyó el veterinario entregándole el papel.

-Perfecto, doctor. Nos vemos.

Alberto abonó el importe de la consulta, tomó a Igor de la correa y se retiró del establecimiento con el diagnóstico exacto que necesitaba.


Capítulo 40

-Les juro que me puse muy nervioso; nunca había hecho una cosa así y espero no tener que repetirla jamás -admitió Alberto a Susana, Miguel y Alicia, quienes lo aguardaban llenos de ansiedad.

Los tres estaban impacientes por conocer de primera mano el resultado de su visita a la veterinaria y su veredicto profesional sobre la salud mental de Rodolfo. Miguel había salido temprano de la concesionaria para buscar a Alicia a la Galería Iris, pues la incertidumbre sobre la misión de Alberto con Igor no les daba tregua.

-Primero quisiera tomar un café -pidió Alberto dejándose caer en un sillón.

Susana se apresuró a servirle una taza bien caliente. Él la apuró de un solo trago y comenzó su exposición:

-No hay mucho margen para la duda: el doctor Villanueva padece un cuadro delirante claro, una erotomanía de libro. Sin embargo, presenta matices que lo convierten en un sujeto potencialmente peligroso. Es extremadamente celoso y alberga un resentimiento feroz hacia cualquiera que perciba como un obstáculo entre él y el objeto de su manía, que en este caso es Alicia. A ti, Susana, te ha situado abiertamente como su principal enemiga. Alicia, por el momento -y recalco que solo por el momento-, no correría un riesgo físico directo. Vive sumergido en su delirio casi todo el tiempo; por ejemplo, el diagnóstico que inventó para Igor es un completo disparate con marcados rasgos megalómanos. En pocas palabras: está profundamente alterado y necesita intervención psiquiátrica urgente.

-¿Y si habláramos con la esposa? -sugirió Susana-. No sé si será la mejor idea, pero es la única vía pacífica que se me ocurre.

-Tendrías que ser tú, acompañada por Alberto -intervino Alicia-, porque yo no puedo ni quiero acercarme a ese hombre.

-Y tendría que ser en un momento en que él no se encuentre en la casa -reflexionó Miguel.

-Por teléfono sería mucho más fácil y rápido -aportó Alicia.

-No -interrumpió Alberto con firmeza-. Soy de la idea de que un asunto de semejante gravedad e impacto debe abordarse personalmente.

Susana se ofreció de inmediato como mediadora; solo restaba hallar el momento idóneo para tomar contacto con la mujer.

Alicia, en un esfuerzo por despejar su mente, se levantó de la mesa, sirvió ración a los gatos y fue a atender a la paloma, que ya movía la articulación fracturada con bastante solvencia y pronto estaría lista para volar. Miguel, al notar la zozobra en la mirada de su prometida, fue a su encuentro, la rodeó con los brazos y la besó en la frente.

-Tengo miedo, Miguel... -alcanzó a musitar Alicia antes de romper en un llanto contenido-. Tengo mucho miedo de ese loco. La culpa es mía por haber ido a esa maldita veterinaria con la paloma.

-No te culpes por eso -la consoló Miguel estrechándola con fuerza-. ¿Cómo ibas a adivinar que no estaba bien de la cabeza? Confiemos en que entre Susana y la esposa logren convencerlo de someterse a un tratamiento.

-Ojalá sea así, aunque no me parece nada sencillo.

Susana y Alberto miraron la hora y se dispusieron a partir: debían llevar a Igor y el Jeep de regreso, cenar algo rápido e ingresar a su guardia médica nocturna.

-¿De verdad no quieren venir a cenar con nosotros? -insistió Susana antes de cruzar el umbral.

-No, no me siento muy bien -respondió Alicia-. Prefiero quedarme en casa con Miguel, alquilar una película y descansar; tal vez eso me tranquilice un poco.

-Está bien, como prefieran. Descansen, no le den más vueltas al asunto por hoy y distráiganse con el cine. Hasta mañana, muchachos.

-Hasta mañana a los dos. Buena guardia -se despidieron Miguel y Alicia.

Miguel insistió en quedarse a pasar la noche con ella para no dejarla desprotegida. Alicia aceptó la compañía de su pareja con inmenso alivio. Salieron a caminar tomados de la mano hacia el videoclub del barrio y alquilaron la cinta de suspense *Coma*, protagonizada por Michael Douglas y Geneviève Bujold. De regreso, pasaron por la pizzería a encargar cuatro porciones de muzzarella y dos de fainá.

Al abrir la puerta de la finca, Silvestre, Samanta y Félix los recibieron en el recibidor intentando apropiarse de las anchoas que decoraban las porciones calientes. Sin cruzarse apenas palabras, conducidos por una necesidad mutua de refugio y afecto, fueron al dormitorio y hicieron el amor con una ternura profunda.

Mucho más serenos, disfrutaron de la pizza a caballo sobre la cama. Alicia preparó *popcorn* en el microondas y se acomodaron en el sofá a mirar la película, abrazados y cubiertos con una manta cálida, sintiéndose por fin a salvo.


Capítulo 42

-¿Sigue allí fuera? -preguntó Alberto.

-Sí -respondió Susana atisbando por el ventanal.

-Seguirá ahí parado hasta que tu hermana regrese.

-Está en la puerta de la casa y lo único que le interesa es ver a Alicia -analizó Susana con firmeza-. No perdemos nada si intentamos hablar con la esposa: ella es la única persona que puede convencerlo de que se interne.

Salieron de la casa ante la mirada indiferente de Rodolfo, que permanecía inmóvil frente al muro. Alberto y Susana subieron al Volvo y manejaron a paso lento hasta el consultorio de Villanueva. Zulma les abrió la puerta y les informó con frialdad que el doctor llegaría más tarde porque estaba atendiendo una urgencia.

-Sí, sabemos que no está aquí -interrumpió Susana-: está plantado en la puerta de mi casa esperando a mi hermana. De eso mismo venimos a hablarle.

Zulma comenzó a temblar de indignación y sus mejillas se tiñeron de un rojo intenso. Al principio la rabia no le permitía articular palabra, pero tras un ahogado esfuerzo gritó fuera de sí:

-¡Así que tú eres la hermana de la yegua que me lo quiere quitar!

-No, nada de eso -intervino Alberto manteniendo la calma-. Venimos porque su marido padece un trastorno severo y necesita tratamiento urgente.

Zulma, cegada por la furia, no entendía de razones:

-¡¿Trastornado mi marido?! ¡Por favor! La única loca es esa yegua que lo enloqueció, esa que se dedica a quitarle el marido a las mujeres casadas.

-Pero no es así -insistió Susana-. Mi hermana está siendo acosada y perseguida por su esposo; no la deja en paz.

-¡Ja, ja, ja! No me digas... ¡Ahora se hace la santa! Esa yegua de tu hermana primero lo provocó hasta volverlo loco y ahora sale con que la persigue. ¡Que se aguante! Hoy mismo le digo a Rodolfo que me voy a lo de mi madre en Flores. Si realmente me quiere, él sabrá dónde encontrarme.

Sin añadir palabra, les estampó la puerta en la cara. Susana y Alberto se miraron en silencio, comprendiendo de inmediato que no podrían contar con la colaboración de la mujer.

Subieron al auto y regresaron a la calle Asilo. Al llegar, lo primero que vieron fue a Rodolfo masticando ávidamente un trozo de pan: solo había abandonado su puesto de guardia el tiempo estrictamente necesario para ir y venir de la panadería. Entraron a la casa ignorándolo como si fuera transparente. Ya en la cocina, se sirvieron sendas tazas de té, completamente anonadados por el agresivo desenlace del diálogo con Zulma.

Eran las cinco de la tarde. Al mirar por el ventanal, comprobaron que el doctor Villanueva continuaba su acoso recostado contra el muro de piedra, sosteniendo ahora una flauta de pan envuelta en papel blanco y una pequeña botella de agua mineral. Era evidente que no tenía la menor intención de ir a abrir la veterinaria. Ante la negativa desquiciada de la esposa, el único camino restante para frenar aquella conducta absurda era radicar la denuncia policial. Acordaron aguardar la llegada de Alicia y Miguel para tomar la decisión entre todos.

La primera en arribar fue Alicia a bordo de su Toyota rojo. Apenas Rodolfo reconoció el vehículo, se abalanzó sobre él intentando balbucear algo. Olvidando que tenía la boca llena de pan, únicamente logró emitir chillidos guturales mientras escupía migas y le chorreaba saliva por las comisuras de los labios. Para compensar su incomprensible diatriba, agitaba los brazos como las aspas de un molino al tiempo que estampaba las palmas de las manos contra los cristales de las ventanillas, dejándolos embadurnados de baba y restos de comida.

Alicia, presa de un pánico absoluto, a duras penas logró arrimar el coche al bordillo, destrabar la puerta y correr a refugiarse en la casa, donde la esperaban estupefactos Susana y Alberto, testigos involuntarios del dantesco espectáculo.

Antes de cerrar la puerta con un fuerte portazo, Susana llegó a escuchar que Rodolfo vociferaba con la voz ahogada por la comida: *"¿Te gustaron las flores?..."*.

Ya a resguardo, Alicia aceptó de buen grado el comprimido de tres miligramos de bromazepam que le ofreció Alberto y se sentó a beber el té de manzanilla que Susana le preparó a toda prisa. Mientras se reponía del amargo trance, coincidió plenamente con sus acompañantes en la necesidad de acudir a la seccional, aunque prefirieron esperar a Miguel para actuar en bloque.

Al asomarse nuevamente por el ventanal comprobó que Villanueva se había retirado. Alicia aprovechó su ausencia para salir un segundo y guardar el auto en el garaje. Lo hizo en un santiamén, temiendo que el veterinario reapareciera, pero la vereda permaneció desierta: el hombre había desaparecido.

Miguel llegó con un ligero retraso y estacionó el Mercedes en la entrada, donde Alicia, Susana y Alberto lo aguardaban impacientes para ponerlo al tanto del dantesco episodio. Al tomar conciencia de la gravedad de los hechos, Miguel respaldó de inmediato la decisión de denunciarlo. Para garantizar la máxima efectividad, acordaron acudir a primera hora de la mañana siguiente para presentar el escrito con el patrocinio de un abogado.


Capítulo 43

*"Por lo menos se lo dije... Estoy seguro de que me entendió"*, cavilaba Rodolfo intentando reconstruir la escena frente al automóvil. *"La pena fue que escapó hacia la casa. Claro que fue por culpa de la hermana, que la miraba con severidad desde la puerta. Si no hubiese estado esa mujer ahí parada, de seguro Alicia me habría invitado a subir a su coche para conversar sobre lo mucho que nos queremos"*.

La cabeza de Rodolfo era un torbellino de ideas desordenadas.

*"Siempre hay mujeres celosas que se interponen y tratan de arruinar todo lo hermoso de nuestro amor"*, se repetía en medio del delirio, sin importarle si hablaba en voz alta o si agitaba las manos gesticulando al aire. Así, sumido en su soliloquio, recorrió el camino de regreso a su hogar.

Al arribar al establecimiento, descubrió a dos personas aguardando en el recibidor: una mujer de mediana edad que sostenía una jaula con un gato y otra señora que sujetaba la correa de un perrito pequinés de pelaje marrón. Rodolfo abrió el portón y las hizo pasar al consultorio. Atendió primero al felino, que presentaba un cuadro de dificultad respiratoria; ante las quejas de la dueña -que le exigía a gritos la prescripción de un antibiótico-, el veterinario se empecinó en administrarle un antiparasitario. El pequinés, que padecía un evidente soplo mitral con insuficiencia cardíaca, corrió exactamente la misma suerte: otra dosis de antiparasitario.

Cerró el local y fue a la cocina a prepararse un café.

Zulma continuaba encerrada en el dormitorio. Luego de la amarga discusión con Susana y Alberto, un fuerte dolor de cabeza la mantenía postrada en la oscuridad. Apenas escuchó los pasos de Rodolfo en el pasillo, una punzada de angustia le atravesó el estómago de lado a lado. Sacando fuerzas de donde no tenía, se incorporó de la cama y marchó hacia la cocina.

Quedó cara a cara con su marido. Lo miró fijamente a los ojos, pero él fue incapaz de sostenerle la mirada. Zulma, fuera de sí, estalló:

-¡Me dijiste que salías por una urgencia y me mentiste! ¡Estabas en la puerta de la casa de esa yegua!

Rodolfo, sin alzar la voz y observando hipnotizado cómo giraba el café dentro de la taza, se limitó a responder:

-No voy a permitir que la llames de ese modo. Se llama Alicia Torres y estoy enamorado de ella.

-¡¿Pero no te das cuenta, pedazo de retrasado mental, de que la estás acosando con tu insistencia?! ¡¿No te das cuenta de que esa mujer no te quiere?!

-Eso lo dices únicamente por celos -replicó él con frialdad-. Estás muerta de celos porque la prefiero a ella antes que a ti.

-Pero, ¡desgraciado! ¿Acaso te has mirado en un espejo últimamente? ¿No te has visto el aspecto que tienes? ¡Mírate bien!

-¡Lo dices por pura envidia! -gritó Rodolfo perdiendo la compostura.

-¡¿Envidia?! ¡No me hagas reír! Todo lo que dices y haces no son más que ridiculeces y payasadas.

-¡Payasadas no! -protestó él desencajado-. ¡¿Te olvidas de que soy un doctor veterinario, de que me hacen entrevistas en la televisión y de que publican mis opiniones en los diarios?!

-¡Pero por favor! ¡Si pareces un pordiosero! ¡Mírate bien! ¿Qué mujer te va a mirar a ti? Despierta, iluso soñador... ¡Lo único que das es lástima! Hoy vino la hermana de esa yegua a pedir que te internen en el manicomio porque estás loco de remate.

La discusión alcanzaba un tono desgarrador y Rodolfo se negaba a dar crédito a lo que escuchaba. Si aquello era cierto, él había sido un completo estúpido.

-No... No es cierto nada de lo que dices. Son puras calumnias motivadas por la envidia -balbuceó Rodolfo.

-¡¿Envidia de un pordiosero como tú, que se cree un galán que enamora a sus clientas y no es más que un orate que anda vagando por la calle hablando solo?! ¡Así es como enamoras! ¡Aprende a parecer una persona normal y no un loco de atar!

-¡No! ¡No es cierto! ¡No puede ser verdad! -gritaba Rodolfo con vehemencia descontrolada.

Sin embargo, en el fondo de su conciencia sabía que las palabras de su esposa arañaban la realidad. No, no podía aceptarlo... Zulma era una envidiosa.

En un segundo, Rodolfo perdió por completo el control sobre sus actos. Lo único que registraban sus sentidos era la risa histérica de Zulma, que le taladraba los tímpanos como un estilete. Necesitaba acallar ese sonido a como diera lugar; la duda lo carcomía y tenía que detener aquella humillación.

Fue solo un instante de ceguera absoluta: la tomó violentamente por el cuello y comenzó a apretar con todas las fuerzas de sus manos. Sintió cómo sus pulgares se hundían sin piedad en la frágil laringe de su esposa.

De pronto, la risa cesó.

Los labios de Zulma se tornaron de un tono azulado, los ojos se le desorbitaron fuera de las cuencas y su cuerpo quedó completamente flácido. Todo había terminado.

Él tenía la razón: nada de lo que ella decía era cierto; todo había sido fruto de los celos y de la envidia. Solo entonces experimentó un profundo estado de calma y aflojó la presión de sus dedos sobre la garganta de la mujer. Al soltarla, el cuerpo inerte de Zulma cayó exánime sobre el baldosín de la cocina.


Capítulo 44

Al contemplar el cuerpo inerte de Zulma tendido sobre las baldosas de la cocina, la desorientación de Rodolfo alcanzó su punto más álgido.

*"No puede estar muerta"*, intentó engañarse. *"Solo está durmiendo un sueño profundo"*.

Tomó en brazos el cadáver inerte de su esposa, lo trasladó hasta el dormitorio, lo acomodó entre las sábanas y lo cubrió con una manta cálida. Dejó únicamente la cabeza al descubierto, le acomodó la almohada y le peinó los cabellos con delicadeza. De pie a un costado del lecho, la observó en silencio y susurró compungido:

-Perdóname... No quise llegar a tanto. Te juro que no quería hacerlo.

*"Pero lo hiciste"*, resonó la voz de Zulma en la penumbra.

Escuchar aquella réplica espectral lo alteró a tal extremo que abandonó el dormitorio precipitadamente, echando la llave a la puerta. Se refugió en su escritorio presa de una aguda crisis de pánico: las piernas le temblaban al punto de apenas sostenerlo, el corazón le martilleaba el pecho de forma desordenada y sentía que el aire se le agotaba en los pulmones.

En ese instante sonó el timbre del establecimiento. Como pudo, reuniendo las últimas fuerzas, acudió a abrir la puerta. Un hombre de unos cuarenta años, completamente calvo, aguardaba en la acera junto a una perra mediana de pelaje corto, blanco y marrón.

Justo cuando los hacía pasar, Rodolfo volvió a escuchar la voz de Zulma llamándolo con insistencia desde la habitación. Sumido en una confusión creciente, comprendió que debía atender a la paciente, pero al mismo tiempo sentía que el reclamo de su esposa no podía esperar.

-Disculpe -le dijo al visitante con la voz quebrada-, pero mi esposa está en cama y me llama. Si me permite, voy un segundo a ver qué necesita y regreso de inmediato.

Abandonó el consultorio y caminó hacia el dormitorio. El cliente permaneció aguardando en el recibidor, intrigado, pues en ningún momento había escuchado llamado alguno.

Al pie de la cama, entre irritado y desconcertado por la interrupción, Rodolfo preguntó al aire:

-¿Qué quieres?

*"Darte las gracias"*, respondió la voz en su mente.

-¿Las gracias por qué?

*"Por liberarme... Por liberarme de las ataduras de la vida. Ahora ya no tengo cadenas que me opriman: soy finalmente libre"*.

-Entonces... ¿yo también soy libre? -indagó Rodolfo albergar una chispa de esperanza.

*"No, tú no"*, replicó el espectro soltando una risa ahogada. *"Tú sigues encadenado a Alicia y no tienes el valor de liberarte"*.

-Tengo que volver al consultorio, me están esperando -apresuró él desencajado.

*"Ve tranquilo. Ya seguiremos conversando cuando llegue el momento"*.

En la sala de espera, el hombre calvo percibió el murmullo intermitente de una conversación en la estancia contigua; aunque no logró descifrar las palabras, tuvo la certeza de que dos personas dialogaban a puerta cerrada.

Rodolfo reapareció en el local ofreciendo mil disculpas por la demora y se concentró en examinar a la perra. La mascota bebía agua en abundancia, presentaba vómitos frecuentes y orinaba en exceso; al palpar el abdomen, constató una marcada distensión abdominal acompañada por una secreción vaginal purulenta. El cuadro era inconfundible: una piometra o infección uterina grave. La conducta médica exigía una intervención quirúrgica de urgencia. Sin embargo, para evitar el esfuerzo físico y mental de montar el quirófano en su estado de alteración, Rodolfo optó por aplicar un esquema farmacológico en desuso desde hacía décadas: administró una inyección de oxitocina combinada con estrógenos e indicó al dueño regresar al día siguiente para repetir las dosis, asegurándole que con ese tratamiento evitarían la cirugía. Lo que omitió aclarar fue que dicho método no solo resultaba sumamente ineficaz, sino infinitamente más riesgoso para la vida del animal que la propia operación.

El cliente, satisfecho al pensar que se ahorraría el costo de una cirugía, abonó complacido el importe de la consulta, no sin antes interesarse por la salud de la dueña de casa. Rodolfo le respondió que su esposa padecía un fuerte resfrío y que guardaba reposo porque al día siguiente debía emprender un viaje hacia Trinidad.

Apenas se quedó solo en el recinto, percibió nuevamente el llamado imperioso de Zulma. Acudió de inmediato a la habitación, se apostó junto a la cama y la voz volvió a manifestarse:

*"Tú me libraste de la vida... Es una lástima que Alicia te mantenga encadenado y que no te atrevas a probar la libertad de la que yo disfruto ahora"*.

-Seguiré atado a Alicia hasta el fin de mis días -sentenció Rodolfo en medio de la penumbra-. Solo ella posee el poder de romper la cadena que nos une.


Capítulo 45

Miguel y Alicia tenían cita a las nueve de la mañana con un abogado amigo para redactar la denuncia que presentarían en la comisaría. Al salir de la casa, descubrieron con asombro que Rodolfo ya se encontraba recostado contra el muro de piedra del jardín, sosteniendo su infaltable paquete de pan y la botella de agua mineral.

Volvieron a entrar para avisarle a Susana -quien dormía tras haber regresado de la guardia a las seis- que Villanueva ya estaba montando vigilancia en la acera.

Al notar que Alicia salía acompañada por Miguel, Rodolfo dio un paso hacia atrás y les dio la espalda; sintió un impulso irrefrenable de salir corriendo, pero fue la voz de Zulma la que lo detuvo en seco, haciéndolo entrar en razón: *"¿No te das cuenta de que lo hace solo para darte celos? No le des el gusto de verte huir... Enfréntala; no le digas nada, limita a mirarla"*.

Al percibir que la mirada del veterinario no se despegaba de ella, Alicia abrazó a Miguel y ambos subieron al Mercedes. Rodolfo contempló la escena atónito.

*"¡Cobarde!"*, le recriminó la voz de Zulma. *"Te está engañando delante de tus propias narices y no mueves un dedo. Si te deja por ese sujeto, la culpa será entera tuya... Lo único que sabes hacer es quedarte mirando como un imbécil. ¡Eres un cretino!"*.

Sitiado por las acusaciones de su esposa muerta, Rodolfo reaccionó fuera de sí: corrió hacia el auto de Miguel -que ya iniciaba la marcha-, se le plantó enfrente sobre el pavimento y comenzó a golpear el capó con los puños cerrados mientras gritaba desencajado:

-¡Traidora! ¡Traidora!

Miguel, enfurecido y dispuesto a bajar del vehículo para poner fin de una vez por todas a semejante espectáculo de locura, abrió su portezuela; pero Alicia lo sujetó del brazo, suplicándole entre lágrimas que mantuviera la calma y no cediera a la provocación.

Rodolfo cesó los golpes de pronto y se dejó caer sentado sobre el cordón de la vereda, rompiendo en un llanto histérico mientras continuaba vociferando:

-¡Traidora!

La voz de Zulma, más imperativa y despectiva que nunca, le retumbó en los oídos: *"¡Cobarde! ¡Cretino! Te sientas a llorar como una niña en lugar de hacerles frente"*.

-¿No entiendes, Zulma?... -murmuró él con el rostro cubierto por las manos-. ¿No ves que no puedo más?

*"¿Cómo que no puedes más? Si no te faltaron fuerzas para terminar conmigo, ¿cómo te atreves a decir que no puedes más?"*.

-No puedo más, Zulma... Te juro que no puedo más...

Rodolfo se puso de pie con dificultad y caminó unos pasos dando tumbos. Volvió a romper en llanto, clavó por última vez sus ojos desorbitados en Alicia, dio media vuelta y se alejó a paso acelerado por la avenida.

Esta vez ningún vecino salió a curiosear. Tan solo Susana, al notar desde su dormitorio que el motor del coche de Miguel continuaba encendido sin avanzar, salió a la acera. Alicia era un manojo de nervios: bastaba verle el rostro desencajado para comprender el pánico que experimentaba. Susana, todavía en bata de dormir, se aproximó al auto para ayudarla a descender y conducirla hacia el interior de la casa. Miguel apagara el motor y las acompañó.

Llamaron de inmediato al abogado para ponerlo al corriente del incidente. El profesional, al escuchar la gravedad de los hechos, consideró oportuno acompañarlos personalmente a radicar la denuncia formal; por razones de trámite, la presentación se reprogramó para las siguientes veinticuatro horas.

Susana preparó una jarra de café para todos. Alicia bebía su taza de pie junto al ventanal, vigilando obsesivamente la calle por si Villanueva reaparecía.

-No creo que vuelva después del papelón que acaba de hacer -intentó tranquilizarla Miguel-. Debe de estar escondido en alguna parte.

-Tú, Miguel -dijo Alicia girándose-, ve a la concesionaria. Yo hoy no pienso ir a la galería: prefiero quedarme aquí en casa con Susana.

-Me parece lo más sensato; aquí van a estar más seguras. ¿Por qué no le piden a Alberto que venga a hacerles compañía?

-Es una excelente idea; lo llamo ya mismo -coincidió Susana, tomando el auricular para marcar el número de Alberto.

Al atender la llamada y enterarse del violento altercado, el psiquiatra se puso en marcha hacia la calle Asilo. Previsor como de costumbre, se presentó media hora más tarde cargando cuatro pizzas margaritas calientes y cuatro botellas de cerveza.

Miguel probó apenas un bocado y se marchó a cumplir con sus obligaciones en la concesionaria, no sin antes encargarles encarecidamente que lo mantuvieran al tanto de cualquier novedad.


Capítulo 46

*"¿Por qué corres, tonto?"*, resonó la voz de Zulma al oído de Rodolfo.

Solo entonces dejó de correr y de llorar. Comenzó a caminar a paso lento, sumiso y obediente a la consigna de la muerta.

-Corría porque tú me dijiste que peleara... Y cuando me di cuenta del papelón que estaba haciendo, no supe qué hacer y salí corriendo -se justificó en voz alta.

*"Vamos a casa"*, le ordenó Zulma. *"¿Acaso no ves que esa mujer no te quiere?... Prefiere estar con aquel sujeto. Convéncete de una buena vez: no te quiere"*.

-Dices eso únicamente porque estás muerta de celos... ¡Sí! ¡Celosa de ella!

De pronto, Zulma guardó silencio. Rodolfo se sintió invadido por una agobiante soledad y una profunda inseguridad. Intentó en vano que su esposa le respondiera; echó a correr hacia su finca, cruzó la puerta de entrada y fue directo al dormitorio. Tomó el cadáver inerte por los hombros y lo sacudió con violencia, exigiendo una respuesta:

-¡No me hablas porque no aceptas que me haya enamorado de otra! ¡Tengo derecho a elegir! Ella me quiere a su lado y tú te empeñas en impedirlo.

Volvió a sacudir el cuerpo rígido de Zulma una y otra vez. Cegado por la furia que le provocaba aquel insoportable mutismo, marchó al consultorio, tomó cuatro frascos de alcohol medicinal y regresó al dormitorio. Vociferando desencajado: *"¡Zulma, responde!"*, vació el contenido entero de los envases sobre la cama y sobre el cadáver de su esposa.

-¡Mira lo que me haces hacer! ¡¿Por qué no me contestas?!

Sin medir las consecuencias, accionó un encendedor y lo dejó caer encendido sobre las cobijas. El alcohol inflamó la manta en un segundo y el cuerpo de Zulma comenzó a arder en medio de una llamarada azulina. Rodolfo retrocedió y abandonó la habitación cuando el calor de la pira se volvió insoportable.

Entró de nuevo al consultorio y roció con alcohol yodado las estanterías, las cajas de medicamentos y todo lo que estuvo a su alcance mientras gritaba: *"¡No quieres hablar porque eres una tonta celosa!"*. Acto seguido, le prendió fuego al líquido derramado.

En cuestión de minutos, la propiedad se convirtió en un infierno de llamas y humo. Rodolfo ganó la calle a toda prisa y huyó en dirección a la casa de Alicia. Tras recorrer cuatro de las seis cuadras que separaban su vivienda de la finca de la calle Asilo, el estridente ulular de una sirena lo obligó a detener la marcha.

Eran dos autobombas de los bomberos y una ambulancia que avanzaban a toda velocidad, abriéndose paso a través del denso tráfico de la avenida 8 de Octubre. Con certeza, algún vecino se había percatado de la densa humareda y había dado la voz de alarma. Rodolfo dedujo, no sin razón, que los vehículos de emergencia se dirigían a su casa. Se aproximó al cordón de la acera y se mezcló entre los curiosos con la actitud de un transeúnte indiferente para verlos pasar.

*"¿Creíste de verdad que el fuego me iba a destruir?"*, le susurró Zulma al oído en el preciso instante en que las sirenas alcanzaban su punto más agudo.

-¿Por qué no me hablabas?... ¿Por qué dejaste que encendiera el fuego? -reprochó Rodolfo entre dientes-. Me dejaste solo para destruirlo todo... ¿Es que no puedes entender que debes irte?... ¿No ves que no puedes continuar arruinándome solo porque no te resignas?

El rumor de las sirenas comenzó a perderse en la distancia y Rodolfo comprendió que estaba gritando en solitario en medio de la acera. Varios peatones que se habían detenido a mirar a los bomberos le clavaron los ojos con evidente desconcierto. Se calló de inmediato: no quería que la gente pensara que estaba mal de la cabeza.

Se convenció de que la única forma de silenciar definitivamente la voz de Zulma era lograr que lo viera junto a Alicia, abrazados. Tenía que ir a la casa de Alicia y aguardar a que saliera.

Avanzó por la calle Asilo hasta la puerta de la vivienda de las hermanas Torres y se recostó contra el muro de piedra del jardín, dispuesto a esperar el tiempo que fuera necesario para ver aparecer a su amada.


Capitulo 47

En la casa de Alicia y Susana la radio sonaba de fondo cuando, de pronto, una transmisión de último momento interrumpió la programación habitual: las noticias informaban que un voraz incendio se había desatado en una veterinaria de la avenida 8 de Octubre. En el lugar trabajaban dos dotaciones del Cuerpo de Bomberos; no había reportes de víctimas fatales, pero las pérdidas eran totales y las cuadrillas intentaban evitar que el fuego se propagase a las fincas linderas.

-¡Es la veterinaria de Villanueva! -exclamó Susana atónita-. ¡Y ese hombre sigue ahí parado como si nada en la puerta de nuestra casa!

-Tengo que llamar a Miguel -dijo Alicia decidida-. Esto no puede continuar así.

Sin perder tiempo marcó el número de Miguel y le pidió que acudiera de urgencia. Su prometido no tardó más de veinte minutos en arribar. Mientras estacionaba el Mercedes junto al bordillo, le llamó poderosamente la atención descubrir a Villanueva recostado contra el muro del jardín y a Alicia aguardándolo en el umbral con la puerta abierta de par en par.

-¡Hola, mi amor! -saludó Alicia con la voz impostada y el volumen lo suficientemente alto como para que Rodolfo la escuchara con nitidez.

Miguel se sorprendió ante el inusual arrojo de Alicia. Se aproximó con la intención de darle un beso cariñoso en la mejilla, pero ella, bajo la mirada desorbitada del veterinario -que observaba más desconcertado que indiscreto-, lo tomó por el rostro y lo besó en los labios de forma apasionada y repetida. Miguel no estaba seguro de que provocarlo fuera la mejor estrategia para ahuyentarlo, pero decidió seguirle el juego a su novia mientras ella continuaba besándolo y acariciándolo con demostrativa afectación.

*"¿Viste que yo tenía razón?"*, celebró la voz de Zulma soltando una risotada maliciosa. *"Es una cualquiera, exactamente igual que Nancy... Te va a dejar plantado como te dejó ella"*.

-No... No puede ser... Solo se están despidiendo -se justificó Rodolfo entre dientes-. ¿Acaso no te das cuenta de que su verdadero hombre soy yo?

*"No digas disparates, Rodolfo. Tengo que repetirte que te mires en un espejo..."*.

-¡Cállate! ¡Cállense todos!... ¡Por favor, que nadie hable más! -vociferó Rodolfo fuera de sí, sujetándose la cabeza con ambas manos.

Miguel y Alicia se detuvieron un instante al escuchar el grito destemplado, pero Alicia, armada de un coraje ciego, apremió a su pareja a continuar con los arranques de afecto.

*"Eres ciego además de tonto... ¿No ves cómo se burla en tu propia cara?"*, insistió el espectro de Zulma.

Miguel, a diferencia de Alicia, comenzó a sentirse profundamente incómodo con la puesta en escena y le sugirió interrumpir la exhibición para ir a tomar un café a un bar cercano.

-Está bien -cedió Alicia, algo molesta por tener que pausar su revancha personal-. Pero vamos en mi coche; está en el garaje, voy a sacarlo.

Alicia abordó su Toyota rojo, lo maniobró hasta la acera e hizo un gesto con la mano para que Miguel subiera al asiento del acompañante.

Rodolfo, que seguía al detalle cada movimiento de la mujer, interpretó en su delirio que la seña e invitación a subir al vehículo iban dirigidas a él. Inundado por una repentina ilusión, corrió hacia el automóvil sin darle tiempo a reaccionar a Miguel. Cuando Alicia advirtió la equivocación, ya tenía a Rodolfo intentando forzar la manija de la puerta del copiloto.

El pánico se apoderó de ella. Por fortuna, el seguro de la puerta continuaba colocado. Al ver que el veterinario tironeaba en vano del picaporte mientras articulaba frases inconexas, Alicia atinó con reflejos desesperados a subir por completo el cristal de la ventanilla. Miguel, Alberto y Susana observaban la escena desde la acera, perplejos y sin margen de reacción.

Aterrorizada, Alicia no encontró otra salida que poner la marcha y acelerar. Rodolfo, negándose a soltar la manija del coche, comenzó a avanzar a tropezones al ritmo de la velocidad del vehículo. Alicia, con los nervios crispados, pisó el acelerador a fondo. En su ciego afán por detener el auto, Rodolfo perdió el equilibrio, soltó el agarre y cayó pesadamente sobre el pavimento, quedando debajo de la rueda trasera derecha.

El neumático pasó por encima de su espalda, aplastando el tórax de forma violenta. Alicia frenó de golpe y permaneció inmóvil en el asiento, paralizada por el shock, sujetando el volante con los nudillos blancos.

Susana y Alberto corrieron de inmediato a socorrer al herido, que yacía boca abajo sobre un denso charco de sangre que le manaba sin control por la boca. Miguel corrió hacia el auto, abrió la portezuela de Alicia y la ayudó a descender. Ninguno de los dos soportó la visión del cuerpo destrozado y se refugiaron en la casa para llamar a la emergencia médica.

Alberto y Susana lucharon con denuedo practicándole maniobras de reanimación para intentar estabilizarlo, pero la hemorragia interna había inundado por completo las vías respiratorias y la sofocación era irreversible.

La ambulancia demoró casi tres cuartos de hora en arribar al lugar junto con una patrulla policial. El médico de la unidad de socorro resultó ser colega y conocido de Alberto, y tras un breve examen no pudo más que certificar el deceso de Rodolfo Villanueva en el lugar.


Capítulo 48

*"Suicidio en la calle Asilo"*. Así titularon los periódicos matutinos los acontecimientos del día anterior. La nota continuaba: *"Ayer por la tarde, en la calle Asilo, un hombre se quitó la vida arrojándose bajo las ruedas de un automóvil conducido por la señora Alicia Torres, oriental, mayor de edad. La víctima fue identificada por las autoridades como Rodolfo Villanueva, también mayor de edad, de profesión médico veterinario"*.

En la misma página, la sección de crónicas policiales daba cuenta del macabro hallazgo de un cuerpo calcinado entre los escombros de una clínica veterinaria incendiada en la avenida 8 de Octubre. Los restos pertenecían a una mujer de unos treinta años que, por el momento, no había sido identificada por la morgue judicial.

Mientras tanto, Alicia y Miguel aguardaban llenos de expectativa en el salón principal de la Galería Iris, donde estaba a punto de iniciarse la subasta de la célebre *Trilogía de Torres*. Cuando el martillero ocupó el estrado, se buscaron las manos y se estrecharon los dedos con fuerza.

La puja comenzó con una oferta base de cuatrocientos dólares. A los pocos segundos escaló a quinientos y rápidamente alcanzó los seiscientos cincuenta. Alicia contuvo el aliento: jamás se había imaginado una competencia tan entusiasta por sus lienzos.

-¡Novecientos cincuenta dólares a la una!... ¡Novecientos cincuenta a las dos!... -anunció el rematador alzando el mazo de madera.

Antes de que el martillo se estrellara contra la mesa, Miguel exclamó con voz clara y firme a espaldas de la multitud:

-¡Mil cien dólares!

Un murmullo de sorpresa recorrió la sala. El martillero sonrió y rectificó de inmediato:

-¡Tenemos mil cien dólares por aquí! ¿Alguien ofrece algo más?... ¡A la una, a las dos... vendido al caballero de la tercera fila!

Alicia lo miró atónita, sin saber qué decir.

-Los quiero en la pared principal del living de nuestra casa; por eso los compré -le dijo Miguel sosteniéndole la mirada con ternura.

-¿Acaso eso es una propuesta de matrimonio? -preguntó ella con una amplia sonrisa.

-Por supuesto que sí.

-Acepto... pero antes tenemos algo pendiente por hacer juntos.

-Dime qué es -se entusiasmó Miguel.

-Vamos a mi casa -respondió Alicia tomándolo del brazo-. Vamos antes de que anochezca.

Sin pedir explicaciones, Miguel la siguió. Estacionaron los vehículos frente a la finca de la calle Asilo. Alicia entró a toda prisa por la puerta principal, dejando a Miguel en el recibidor, y reapareció a los pocos segundos cargando una estructura cubierta por una toalla blanca.

Se aproximó a su prometido, le depositó un beso en los labios y retiró la tela: al descubierto quedó una jaula que albergaba en su interior a la paloma que, tiempo atrás, había llegado con la articulación fracturada. Totalmente recuperada, el ave observaba el entorno con curiosidad.

Alicia abrió la reja y tomó la paloma con delicadeza entre sus manos. Miró a Miguel a los ojos y colocó las suyas debajo de las de él, uniendo las palmas.

-¿La liberamos juntos? -le preguntó en un susurro.

La paloma, indecisa por un instante, permaneció erguida sobre las manos entrelazadas de ambos. Movió el cuello de un lado a otro, sacudió las plumas, batió las alas con energía y alzó un vuelo limpio hacia el cielo de la tarde, perdiéndose en el horizonte.

FIN

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Comentarios

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