Aquel año, ya hace algunos, fuimos Neus y yo a un curso de verano, tiempo espléndido y unas vistas para Sorolla, nos ubicaron en los aposentos de las caballerizas, había varios cursos y alumnos y profesores coincidíamos en el comedor y en la cafetería en los turnos que nos asignaron.
La mesa era siempre la misma, de cuatro plazas, compartida con las mismas personas los diez días del curso. Neus, dos señores y yo, cada día juntos, comida y cena. Saludos cordiales y sonrisas al principio y alguna conversación corta después.
Al tercer día nos temblaron las piernas -no estábamos preparados para eso- cuando supimos que estaba a nuestra mesa, cada día, Klaus von Kiplitz. Unos años después, coincidí con él en Vila-real, Pepe Gomez Mata, tuvo el gusto de traer para un evento a siete premios Nobel, Klaus estaba allí, en su calidad de Nobel de Química de 1980. Fue un honor y un tembleque de rodillas, otra vez.
Terry me comentó que con gusto le hubiera paseado por la colina de La Magdalena, si se lo hubiera pedido. Todos sabemos que los caballos saben mucho de física.
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