El sol se despide tras los cerros de mi pueblo, tiñendo el cielo de un naranja cobrizo, cual pincelada final de un cuadro costumbrista. Aquí, en mi casa, donde el silencio es un murmullo que abraza y el viento cuenta historias entre las hojas de los árboles cercanos, he hallado mi lugar seguro.
A mis 65 años, la vida se presenta como un río que, tras mucho recorrido frenético, finalmente ha encontrado un cauce tranquilo. Anoche, bajo el manto cómplice de las estrellas, las notas de una vieja canción de los años 70 escaparon de la radio, desenterrando recuerdos que remolineaban en mi memoria como luciérnagas en la oscuridad. Gracias a una amiga, cuyos consejos han sido el faro que guía mis reflexiones, comprendí que escribir nuestras vivencias es el bálsamo que cicatriza las heridas que deja el tiempo.
A menudo, la gente se me acerca con la mirada cargada de una extraña compasión. "¿Cómo vas a estar solo?", me preguntan con el tono de quien cuestiona a un ermitaño. Intentan, con insistencia, "ayudarme" a emparejar mi destino, como si la felicidad fuera un baile que solo puede danzarse de a dos. Para ellos, mi soledad es un acertijo sin resolver; para mí, es la experiencia obtenida por las situaciones de la vida misma. No comprenden que mi casa no está vacía: está habitada por el orgullo de haber formado una familia. Mis hijos son, en esencia, mi mayor riqueza; las raíces que sostienen mi árbol y los frutos dulces que dan sentido a cada uno de mis días.
A veces, al atardecer, creo escuchar el rumor de mis propias pisadas de joven, regresando a casa. Pero ya no abro la puerta; simplemente las dejo pasar.
Siempre tuve, quizás desde niño, el espíritu de quien busca la paz más allá del ruido del mundo. Por eso permanezco en este pueblo, donde el aroma a tierra mojada y el canto de los grillos son mi única compañía. Aquí, la soledad no es una ausencia, sino una presencia plena.
Cuando la noche se asienta y la música de los 60 y 70 llena el aire, confirmo que mi mundo es un paraíso. No soy un hombre incompleto; soy un hombre que ha terminado de construirse. He aprendido, en el silencio de mis años, que la felicidad no es una conquista ajena, sino un encuentro íntimo. Al final del día, después de tanto buscar, me encuentro a mí mismo y descubro, con inmensa paz, que no me falta absolutamente nada.
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Comentarios
la soledad
caudal y río
cauce y mar
pulso y corazón
ritmo y canción
música sin compañia
el baile de mis días.
Compañera diga usted
su nombre de pila
Rosa Margarita Clavel de las Orquideas
un jardín en tu desierto
para hacerte compañia
hasta que se marchite
el último adíos de tus deseos.
Luis Soto.
la soledad
caudal y río
cauce y mar
pulso y corazón
ritmo y canción
música sin compañia
el baile de mis días.
Compañera diga usted
su nombre de pila
Rosa Margarita Clavel de las Orquideas
un jardín en tu desierto
para hacerte compañia
hasta que se marchite
el último adíos de tus deseos.
Luis Soto.