Lectura

¿Volver o no volver? Ésa es la cuestión.

Por Juan Alberto · España · No Ficción

¿Volver o no volver? Ésa es la cuestión.
En agosto Madrid es El Cairo. A pesar de saberlo y a pesar de que mi plan inicial era volver con el mes ya casi vencido, aquí estoy, en Madrid, sufriendo el insufrible ("cabalgando contradicciones", que diría el extinto - políticamente hablando - Pablo Iglesias) calor habitual de esta época del año. ¿Qué por qué he regresado antes de lo previsto? Os cuento. Dio la casualidad de que, justo el día que salía desde Antigua hacía el lago Atitlán (si todavía no lo conocen, dejen de leer estas líneas inmediatamente y vayan a visitar este auténtico paraíso natural), justo ese día, digo, entró en erupción uno de los tres volcanes que rodean la capital del antiguo Reino de Guatemala: el siempre caprichoso e irascible volcán de Fuego. Afortunadamente la cosa no pasó a mayores. Simplemente se produjo el desalojo, durante unos breves días, de los habitantes de algún que otro pueblo ubicado en la falda del volcán. La vida de los antigüeños apenas se vio alterada. Sin embargo, las noticias a las que podía acceder en Panajachel (mi "campamento base" en el lago) no eran alentadoras. Y ello en un doble sentido. En primer lugar, no estaba claro que el volcán de Fuego no fuese a hacer honor a su nombre, y a su fama, y no entrara de nuevo en erupción en el momento menos pensado. Y, en segundo lugar, las opiniones respecto a la toxicidad de las partículas de ceniza que habían pasado a integrar el aire de Antigua , y de todo el Valle de Panchoy, eran muy dispares, siendo algunas de ellas, como las del organismo oficial Conred, especialmente preocupantes. Ante este panorama, se me abrían dos opciones. La primera era volver a Antigua y hacer como que no había pasado nada (ni fuera a pasar nada en adelante). En el hotel de Antigua me decían por teléfono que todo estaba en orden y que me esperaban con los brazos abiertos (aunque es innegable que ellos tenían un interés económico en el asunto). Además, incluso si ese riesgo de volver, en forma de sigilosa ceniza, era cierto (perdón por la paradoja), era razonable plantearse en qué consistía la vida (la verdadera vida, la vida digna de ser vivida), si no en una asunción continúa de riesgos. Y la segunda opción, la más serena o la más cobarde, según se vea, era dar por acabadas mis vacaciones (al fin y al cabo, ya llevaba un mes en Guatemala) y rezar, durante el vuelo de regreso, por que ya hubiera concluido la temible canícula madrileña. ¿Volver o no volver? O mejor dicho: ¿Volver a Antigua o volver a Madrid? Ésa era la cuestión. Al final no hice ni una cosa ni otra. Quiero decir que he vuelto a Madrid, pero no he vuelto directamente desde Panajachel, vía Ciudad de Guatemala, sino que he pasado antes tres días en Antigua para despedirme de algunas amistades fraguadas en este último mes. O sea que he corrido un riesgo (bastante controlado), pero me he dado el gusto de no salir del país, de Guatemala, como sale un delincuente del lugar del crimen, huyendo, sino como un caballero, haciendo antes lo que debía hacer: despedirme de la gente que quería.

¿Y cual era esa gente que quería? Todos los hombres y mujeres que están a cargo del hotel fueron muy amables conmigo. De todos ellos me despedí, lógicamente, pero guardo un recuerdo especial de Christian, una persona encantadora. También me despedí de Joel, uno de los artistas que gestionan la "Casa para las artes", quien, nada más llegar a Antigua, me había explicado con toda suerte de detalles, y con toda la paciencia del mundo, el contenido simbólico de sus cuadros. Y también de la señora al mando de la Galería Aruma, cuyo nombre lamento haber olvidado, una excelente conversadora (y no sólo de asuntos relacionados con el mundo del arte). Y también de la alegre Zoila, la chica de la lavandería. Y también de las entrañables camareras de Doña Luisa Xicotencatl. Y también, por último y por supuesto, de todos los miembros de la Escuela Santa Familia, donde hice mi modesto voluntariado: Sor Gertrudis y Sor Genoveva, doña Luz - la profesora -, y todos los chavales. Como regalo de despedida les llevé el puzzle de un dragón. A Amaya, la niña de mis ojos, le llevé una mochilita con estampado de Stitch. Afortunadamente, los nuevos métodos pedagógicos no han llegado todavía a la Escuela Santa Familia, y nadie me recriminó (sino todo lo contrario) que hubiera tenido un detalle especial con uno de los patojos (con una patoja en este caso).

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Comentarios

Luna Artly

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