Lectura

UN PERRO PARA TODOS

Por Delphina · Uruguay · Infantil

UN PERRO PARA TODOS
El sol de mediodía caía sobre el barrio de Piñerolo, En el "Cuartel General" -un terreno baldío detrás de la tienda de Doña Lupe- cinco amigos se enfrentaban al dilema más grande de sus cortas vidas.
En el centro del círculo, ajeno al drama diplomático, estaba "Indio". Era un perro de raza incierta, una mezcla caótica de pelo alborotado color canela, orejas caídas y una cola que funcionaba con la energía de un reactor nuclear. Lo habían encontrado esa mañana, comiendo un bizcocho que se le había caído a un repartidor, y desde ese momento, el grupo supo que no podían dejarlo solo.
-Es una cuestión de logística -declaró Mateo, el "estratega" del grupo, ajustándose unos lentes que siempre se le resbalaban-. Mi casa tiene el patio más grande, pero mi mamá tiene alergia hasta al aire. Si Indio estornuda cerca de ella, terminamos los dos en la calle.
-En mi casa ni lo piensen -intervino Sofía, que cargaba una mochila llena de galletas que se había "prestado" de la lata de su casa -. Mi gato, Pelusa, es un dictador. La última vez que entró un perro, el pobre terminó pidiendo asilo en el techo.
Planearon una serie de acciones para que su nuevo amigo encontrara un hogar cómodo y seguro. Así fue como se puso en marcha la operación "Infiltración Canina".
Decidieron que la mejor forma de elegir era realizar una prueba de "compatibilidad familiar".
La primera parada fue la casa de Lucas, el más distraído del grupo. El plan era simple: meter a Indio por la ventana trasera, ver si sus padres lo notaban y, si sobrevivía diez minutos sin causar un desastre, se quedaría allí.
No pasaron ni cinco minutos.
Indio, emocionado por el nuevo entorno, vio un plumero sobre la mesa del comedor. En su mente, era un enemigo que debía ser neutralizado. El resultado fue una persecución épica que terminó con el mantel en el suelo, el jarrón de la abuela tambaleándose como un equilibrista borracho y el perro lamiéndole la cara al papá de Lucas, quien estaba dormido en el sofá.
-¡Fuera, fuera! -gritó el sorprendido hombre.
Mientras Lucas sacaba al perro en brazos, seguido por sus amigos que corrían como si estuvieran escapando de un tigre feroz.
Sentados en la acera, jadeando y riendo, Diego sugirió su casa. Diego era el más deportista, y pensó que Indio sería el compañero ideal para sus entrenamientos de fútbol.
-¡Mira, Indio! ¡Ve por ella! -gritó Diego, lanzando una pelota desgastada.
El perro corrió con una velocidad impresionante, pero en lugar de devolver la pelota, decidió que era su nueva presa. Con una agilidad que envidiaría un acróbata, saltó la cerca del vecino, el temido Don Manuel, un señor que coleccionaba gnomos de jardín y tenía mal carácter.
-La pelota no importa, salven al perro! -chilló Valeria, la más pequeña y valiente del grupo.
Los cinco niños se asomaron por la barda. Indio estaba en medio del jardín japonés de Don Manuel, rodeado de gnomos de cerámica. El perro, en un arranque de curiosidad, empezó a empujar a los gnomos con el hocico.
Uno cayó, luego otro. Parecía que estaba jugando a los bolos. Justo cuando Don Manuel abría la puerta de su porche, los niños silbaron en un código secreto que solo Indio entendía. El perro saltó de regreso, pasando por encima de la cabeza de Manuel, justo a tiempo.
A la hora de la merienda volvieron a reunirse.
Cansados y con las rodillas raspadas, regresaron al terreno baldío. La luz empezaba a desvanecerse. El ambiente se volvió serio.
-Nadie puede tenerlo -dijo Valeria, con los ojos llorosos-. Todos tenemos un "pero". O es el gato, o la alergia, o los gnomos de Don Manuel. Indio va a tener que volver a la calle.
El perro, sintiendo el cambio de ánimo, dejó de perseguirse la cola. Se acercó a Valeria y puso su cabeza peluda sobre sus rodillas, soltando un suspiro profundo que parecía decir: "No pasa nada, pequeños humanos".
Fue entonces cuando Sofía tuvo una idea brillante.
-Esperen... ¿y si no se queda con uno solo?
Todos la miraron confundidos.
-Mi abuelo vive en la casa pequeña al final de la calle. Se siente solo desde que se jubiló y siempre dice que necesita un "asistente de seguridad". Si todos ayudamos con la comida y lo paseamos por turnos, el abuelo no tendrá que preocuparse por el trabajo pesado.
Ese parecía un final con cola feliz y todos estaban de acuerdo.
Caminaron en procesión hacia la casa del abuelo de Sofía.
El señor, un hombre de cabello blanco y sonrisa lenta, salió al porche.
-¿Qué traen ahí, tropa de bandidos? -preguntó.
Los niños empezaron a hablar todos al mismo tiempo, explicando las alergias, los gatos dictadores y los gnomos caídos. Indio, con un instinto casi místico, se sentó frente al anciano y le dio la pata con una solemnidad que no había mostrado en todo el día.
El abuelo miró al perro, luego a los niños, y finalmente soltó una carcajada.
-Bueno, parece que este perrito ya tomó su decisión. Entiendo que no tienen donde hospedarlo.Mmmm un compañero mientras tomo mi mate me vendría bien.
Todos aplaudieron y gritaron de alegría.
El abuelo volvió a tomar la palabra.
- Se puede quedar aquí. Pero escuchen bien: yo pongo el techo, ustedes lo sacarán a pasear , traerán comida y los fines de semana vendrán a jugar con él . Yo estoy viejo para correr detrás de un perro.¿Trato?
-¡TRATO! -gritaron los cinco al unísono. Mientras abrazaban al abuelo y al perro.
Esa noche, Indio no durmió en el frío asfalto. Durmió en un tapete viejo a los pies de una cama, soñando con pelotas de fútbol y gnomos de cerámica, sabiendo que ahora tenía cinco mejores amigos y un hogar donde sus travesuras, por fin, eran bienvenidas.

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Comentarios

Fidel Cantú

Me ha gustado tu relato. La inocencia de los chicos por encontrar el mejor hogar para su nuevo amigo. Es un relato que inspira a niños por el respeto y cuidado de los animales callejeros. Sigue escribiendo relatos como este. Felicidades.

Delphina

Muchísimas gracias, tu comentario es muy apreciado. Un saludo para ti

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