- ¿Rosa?
Todavía me duraba (y me dura) el buen humor con el que he vuelto de Guatemala y, sin pensarlo dos veces, le dije:
- Sí, soy yo. Me siento mujer. Es fácil de entender. Y trátame en femenino o te puedo denunciar.
Aunque trataba de parecer serio, el tono de broma era evidente. Ella se sonrió y me espetó:
- Desde luego, señorita.
Me alegré de que la cajera me siguiera el juego, pero es de justicia reconocer que ella había ganado. Me despedí con estas palabras:
- Tampoco te pases.
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