En la Antigüedad, la risa era pública, pero en otros períodos especialmente en aquellos más oscuros o rígidos, como la Edad Media, la risa fue declarada diabólica y confinada al ámbito de lo secreto. La novela de Umberto Eco, El nombre de la rosa (1988) ficcionaliza acerca de la búsqueda del libro que Aristóteles habría escrito sobre la comedia y que se encontraría extraviado. Un fraile franciscano sigue la pista en una abadía medieval y allí tiene el siguiente diálogo con el guardián de la biblioteca. El monje Jorge de Burgos afirma: "Nuestro Señor Jesucristo nunca contó comedias ni fábulas..." Un reflexivo Guillermo de Baskerville le contesta: "le pregunto por qué rechazáis tanto la idea de que Jesús pudiera haber reído". Jorge, visiblemente molesto, enfatiza: "La risa sacude el cuerpo, deforma los rasgos de la cara, hace que el hombre parezca un mono". La respuesta del fraile, trayendo episodios de la vida de los santos como prueba, no se hace esperar: "Los monos no ríen, la risa es propia del hombre. Es signo de racionalidad. Cuentan que cuando los paganos sumergieron en agua hirviendo a san Mauro, este se quejó de que el baño estuviese tan frío; el gobernador pagano puso estúpidamente la mano en el agua para probarla, y se escaldó" (113-115). La risa también es selectiva, no reímos de las mismas cosas. Pero todos reímos. Como comemos, dormimos o amamos. La risa es necesidad. Hay una risa. Hay muchas risas.
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