Lectura

POR ESTA CASA

Por JUAN IGNACIO CASTELAO · URUGUAY · Otros

POR ESTA CASA
NARRATIVA
PREMIO SEGUNDO LUGAR GANESHA LIBROS

El aire huele distinto.
No es solo el habitual perfume de papel nuevo y tinta fresca. Hoy hay olor a café en la
trastienda y, sobre todo, ese olor punzante de la lluvia atrapada en los paraguas apilados
junto a la entrada.
Clara mueve las sillas. Al principio, con mi lógica de estanterías, pensé que preparaba el
rincón de lectura para el poeta local del jueves. Me equivoqué.
La gente empieza a llegar. Una marea conocida. Reconozco las pisadas en mi piso de
madera.
Ahí está ella. Hace quince años entró con los ojos rojos, huyendo de un grito en su casa.
Se sentó en el suelo, entre fantasía e historia, y se quedó unos segundos acariciando el
mismo lomo que tocaba cuando venía con uniforme, hasta que el llanto se le secó. Hoy
trae un vestido azul y una sonrisa que le llega a los ojos. Se detiene frente a mi estante de
siempre. Siento un calor extraño en mis vigas. No es la calefacción.
Luego entra él. El hombre de la gabardina gris. Recuerdo la tarde que vino buscando un
regalo. Murmuraba que había cometido un error, que necesitaba pedir perdón, que las
palabras propias ya no le salían. Clara le alcanzó una antología de poemas sobre el
tiempo; yo la dejé a la altura exacta de su mano. Hoy entra con un suéter desgastado,
acompañado de una niña que le suelta la mano para correr hacia los cuentos infantiles. Él
me mira. No dice nada, pero su mano roza el estante de poesía.
Y también está la mujer del pañuelo negro. Hace ocho años vino después de perder a su
marido. No buscaba nada en particular, solo quería estar donde el tiempo se midiera en
páginas y no en ausencias. Hoy vuelve. Se queda quieta frente a esa misma sección. No
llora. Solo respira hondo, llenando sus pulmones con ese olor a papel viejo y tierra seca
que tanto la calmó aquella vez.
Hay una mesa larga improvisada con tablas sobre caballetes. En el centro, la torta. No
importa el color del betún. Lo importante son las manos que se apoyan en sus bordes, las
copas que chocan, las risas que rebotan en mi techo alto.
De repente, Clara golpea suavemente una cuchara contra su copa. Un tintineo frágil que
silencia el murmullo.
-Quince años -dice. Su voz tiembla un poco-. Cuando abrí estas puertas, solo tenía
cajas y miedo. Pensé que nadie vendría. Pero ustedes vinieron. Y se quedaron. Esta

fiesta no es por mi cumpleaños, ni por el de nadie en particular. Es por nosotros. Por esta
casa.
Las palabras rebotan en mis estanterías. Pienso en las confesiones susurradas en los
pasillos, en las primeras citas fingidas en la sección de arte, en los exámenes estudiados
con desesperación a las tres de la tarde.
La chica del vestido azul se acerca a la torta y enciende las velas. La luz cálida dora las
letras de títulos leídos, prestados y amados.
En ese momento, la puerta se abre. El timbre de latón suena, un poco desafinado.
Todos giran la cabeza. Es un hombre mayor, de cabello blanco y bastón. Hace más de
diez años que no lo veo. Fue mi primer cliente habitual. Venía todos los martes, leía una
página, compraba el libro y se iba. Un día dejó de venir.

Camina despacio hacia el centro del local. Se detiene frente a Clara, luego recorre mis
estanterías con una lentitud reverente. No dice "feliz aniversario". Solo asiente, con los
ojos brillantes, lleva la mano al bolsillo de su saco y saca un billete arrugado, de esos que
ya casi no existen. Lo deja sobre la mesa, junto a la torta.

-Para el próximo libro -murmura.

Nadie dice nada. La ausencia de esos diez años se llena de golpe con ese gesto.

La chica se inclina hacia las velas. Cierra los ojos.

Sopla.

El humo asciende.

En la vitrina, una página se abre sola.

Valoración: 0.0/5 (0 votos)

Comentarios

Aún no hay comentarios. Sé la primera persona en compartir una opinión respetuosa.