En la matanza del cerdo, cuando se recoge la sangre para hacer las morcillas y se limpia el intestino, se produce la morcilla infinita. En ese momento todo es la misma carne y la misma sangre. Nada ha cambiado.
En las fábricas de galletas en Aguilar de Campoo, en el ciclo cadencioso de elaboración, aun con los mismos ingredientes, llega el momento en que el trigo o la avena provienen de diversos lugares, incluso del extranjero. Se puede llamar igual la galleta, pero los componentes han variado; se le podría cambiar el nombre y no pasaría nada. La diferencia es que las galletas no van al cielo o al infierno -a menos que sea así y yo no me haya enterado-.
A Teseo nunca le interesó si el barco inicial era igual al barco resultante después de cambiar cada milímetro del maderamen: a él solo le importaba el viaje. Teseo marchaba a Creta desde Atenas como parte del tributo para ser devorado por el Minotauro, pero después volvió habiendo derrotado al monstruo. Parece ser que fue Homero el que escribió la Odisea; en ella Ulises, tras la guerra de Troya, vuelve a casa, a Ítaca, en un viaje de diez años, enfrentando peligros, perdiendo a su tripulación y pasando calamidades. Poco le importaba el barco.
Lo importante es el viaje y la forma de afrontarlo, no ser insensatos ni procurarnos dolores que no estaban destinados a nosotros. En la vida es el viaje lo que cuenta, porque el final es nada.
Es todo tan real e importante como el barco de Teseo, el viaje a Ítaca, las morcillas o las galletas Gullón...
Nunca mejor dicho y más ahora con la película vuelve a estar sobre la mesa el mismo tema: el hombre no cambia y sigue cometiendo los mismos errores.