Cortázar. El perseguidor
Cae la noche sobre París. Es invierno. El aire se vuelve neblina bajo los faroles de la ciudad a la ribera del Sena. Julio se acerca a la ventana y exhala una bocanada de humo. Observa a su gata que se despereza sobre el sillón blanco. Detrás, se despliega la biblioteca. La observa con sus ojos de niño como quien repasa detalladamente instantáneas de su vida. Toma entre sus grandes manos una trompeta "De chico he querido ser músico", piensa. Se sienta en el alféizar de la ventana y apoya su espalda sobre la mocheta. El aire que escapa de su respiración agitada se transforma en humo blanco que flota en la noche parisina. Agarra fuerte la trompeta y se acerca a la boquilla. Unos soplidos. Respira y vuelve a soplar. Recuerda los cachetes inflados de Gillespie. Aprieta las válvulas de la trompeta como quien pulsa las teclas de la máquina de escribir, de su Olivetti Lettera 22. Sopla y descansa. De la campana de la trompeta se escapan sonidos. "¿Encontraría a La Maga? Tantas veces me había bastado asomarme". Descansa y sopla. "Dédée me ha llamado por la tarde diciéndome que Johnny no estaba bien, y he ido en seguida al hotel". "Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua, guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia". Respira. Mira a su gata Flanelle. Cree que ella no aprueba los sonidos y esa es razón suficiente para abandonar el intento. Había llegado a París en 1951 con treinta y siete años.
La musicalidad en la escritura de Cortázar parece alcanzar un punto importante en "El Perseguidor" (1959). El cuento tiene como escenario las noches de París en los años cincuenta. Allí un saxofonista, un tal Johnny Carter -inspirado en el genial Charlie Parker-tiene una serie de encuentros y desencuentros con un periodista y crítico musical que quiere escribir su historia, un tal Bruno Testa -tal vez, un alter ego de Cortázar-. La trama presenta una serie de acontecimientos que se vinculan con la vida de Charlie Parker. El periodista se encuentra con el músico en el departamento de Carter y es testigo tanto del desorden en el que vive como de las adicciones que lo llevan a un precario estado de salud. En las charlas que sostienen, Carter le confiesa a Tesla sus fuertes alucinaciones que le cambian la percepción del tiempo. Este estado de confusión parece ser una de las influencias en el estilo particular de la música que ejecuta, especialmente el modo en que improvisa con su saxo. Carter accede a través de esas líneas de improvisación a otra realidad, aquella que se le figura en las alucinaciones y que lo lleva a determinados planteos metafísicos sobre el sentido de la existencia. Pero, esa búsqueda lo va conduciendo también a la autodestrucción, y Testa se siente en la obligación de protegerlo de sí mismo. La trama gira en torno al tópico de la música. Pero si nos adentramos en un segundo nivel de análisis, en el de la forma de la escritura, allí también podemos encontrar relaciones con el universo de la música. Por ejemplo, la diferencia entre los estilos de vida del músico y del periodista, el desorden y el orden, el sentimiento y la razón que parecen figurar un contrapunto, elemento propiamente musical que pone en juego dos voces distintas que colaboran en la armonía de la pieza. Por otra parte, la historia se encuentra atravesada por el concepto de tiempo -presente en las alucinaciones de Carter-, elemento constitutivo de la música en tanto arte que se desarrolla en el tiempo. Justamente, el tiempo elegido para el relato es el presente, los acontecimientos están allí frente a las narices del que lee como quien asiste a un concierto, como la música que se transforma en presente cada vez que alguien la escucha.
Además de "El perseguidor", se encuentran otras referencias a la música en la obra de Cortázar. Es el caso de Rayuela (1963), Un tal Lucas (1979), o en la calificación de "enormísimo cronopio" asignada a Louis Armstrong en Historias de Cronopios y de Famas (1962). En una oportunidad confesó que estaba seguro de que su madre lo había parido músico; sin embargo, algún hecho fortuito -un curioso contrapunto entre las hadas- habría cambiado su destino por el de las letras:
[Entre] esas hadas que echan bendiciones y maldiciones en la cuna del niño que nace, hubo una que decidió que yo podía ser músico, pero hubo otra que decidió que jamás sería capaz de manejar un instrumento musical con alguna eficacia y además carecería de la capacidad que tiene el músico para pensar melodías y crear armonías. (Cortázar, 2013: 97).
La literatura en general, y muchos en particular, estamos en deuda con esa hada.
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