En ocasiones, algunas personas hacen lo mismo. Se van a nadar antes de irse a sus trabajos -por hacer un poco de ejercicio- se dicen a sí mismas.
Allá ellos, piensa. No se detiene mucho intentando comprender las razones de los demás.
Se mete en el agua, siente el primer escalofrío y lo contrarresta con un poco de natación; sin embargo, el sitio que ha escogido es poco profundo, así que decide ir un poco más lejos.
Avanza. Logra que el agua le llegue a los hombros, cuando se incorpora, pero, un momento, quiere algo más, busca nadar libremente sin sentir que hay un límite, una barrera que le impida hacer el Cristo, el pino o todo lo que le dé la gana.
Pero el tiempo decide contra su voluntad. Ya es hora de volver al trabajo, de quitarse la sal, secarse, ponerse la ropa de oficinista y sentarse en su escritorio a archivar papeles.
Con el tiempo mordiéndole los talones, decide tomar un atajo. Al venir, le pareció ver un ascensor. Camina de prisa, atraviesa pequeños charcos que el mar va formando a su capricho y desemboca en unas escaleras altísimas. Lo sé porque se quejó de un dolor de nuca al mirarlas.
El ascensor no aparece por ningún lado y sus rodillas se niegan a subir tantos escalones. Vuelve sobre sus pasos, desanda los charcos que antes sus pies atravesaron y, con la angustia cerrándole la garganta, se topa de repente con la puerta del ascensor.
Sin pensárselo dos veces, oprime el botón. La puerta se abre. Entra y espera a que lo lleve. Antes de cerrar las puertas, una pareja intenta entrar, pero ya no hay tiempo. Viaja solo.
Revisa sus cosas, cree recordar que en la oficina tiene alguna ropa, lo que significa que quizás aún pueda llegar a tiempo; se vestirá, se peinará y listo. Cuestión de unos minutos de nada. Su reputación de empleado puntual no sufrirá ninguna mella.
Este ascensor tarda mucho, se da cuenta.
Mira cuidadosamente los botones, busca el de emergencia o el recuadro que le indica en qué piso o nivel está, pero nada. Las paredes son completamente lisas.
Se recomienda calma. Como dicen los manuales de supervivencia en esos casos.
Le cuesta lo suyo, pero lo logra. Siempre ha sido muy obstinado.
Las puertas se abren.
Se halla en el sitio de partida.
Reconoce que ya llegará irremediablemente tarde. Piensa en llamar a su jefe, inventarse alguna disculpa y ante él aparece un amplio menú para que tranquilamente escoja la excusa que mejor le convenga. Dedica al proceso de selección toda su atención.
Sus pies se mueven buscando la salida, una salida que no existe, pero él no se ha dado cuenta. Lo importante por ahora es la excusa.
Te atrapa desde el principio, te hace imaginar cada escena con total claridad y quieres saber que pasa luego... ojala tenga una continuación.