Mi madre se incorporó enseguida. Antes de salir del cuarto cerró la ventana para detener el aire fresco que aquella mañana de primavera se colaba entre las cortinas. Caminó hasta la cocina y encontró platos, vasos, cucharas y sartenes desparramados por el suelo. En un rincón, dos gatos permanecían inmóviles, observándola con esa indiferencia que sólo ellos conocen, mientras ella recogía el tiradero y los regañaba como si de verdad fueran capaces de comprender su molestia.
Yo me levanté detrás de ella. Eran apenas las siete de la mañana. Corría el quinto día de las vacaciones de Semana Santa y el pueblo comenzaba a desperezarse lentamente. Volví a la recámara, encendí el televisor y moví la antena con la esperanza de encontrar una buena señal para ver los programas que llegaban desde Monterrey. No tuve suerte. La pantalla apenas devolvía sombras temblorosas y un zumbido persistente. El único canal que lograba verse con claridad transmitía el noticiero ECO desde la Ciudad de México. Hablaban de accidentes, inundaciones y robos; noticias que parecían pertenecer a un mundo muy distante del nuestro. Apagué el aparato. Nunca me gustó empezar el día escuchando desgracias.
Regresé a la cocina. Mi madre preparaba el desayuno con la tranquilidad de quien ha repetido los mismos movimientos durante años. Siempre decía que nadie debía salir de casa con el estómago vacío. Mientras calentaba las tortillas y removía los frijoles de la olla, el aroma comenzó a llenar cada rincón de la casa. A veces pienso que la memoria también tiene olor. Si cierro los ojos, todavía puedo volver a aquella cocina y sentir que el tiempo no ha pasado.
Después del desayuno, ella salió al patio. Junto al lavadero la esperaba un canasto repleto de ropa. Lavar era una faena que ocupaba buena parte de la mañana: tallar cada prenda, enjuagarla con paciencia y tenderla para que el sol y el viento hicieran el resto. Aun recuerdo el olor a lavanda del suavizante que colocaba para brindar un aroma a frescura. Así transcurrían los días en aquellos años, cuando el tiempo parecía caminar al ritmo de las labores de la casa y no del reloj.
A mí también me habían encomendado una tarea. Durante las vacaciones debía regar las plantas todas las mañanas. Nunca lo sentí como una obligación, me gustaba recorrer el patio con la manguera en la mano mientras la tierra seca iba oscureciendo bajo el agua y desprendía ese aroma inconfundible que sólo aparece cuando el primer chorro toca el suelo caliente. Entre macetas, rosales y bugambilias, el patio parecía despertar conmigo.
Fue entonces cuando Rafles comenzó a ladrar con insistencia. Pensé que serían los gatos caminando otra vez por las azoteas. Levanté la vista dispuesto a espantarlos. Pero no había ningún gato. Allá arriba, sobre el cielo limpio de aquella mañana, avanzaban lentamente unos enormes globos de colores. Me quedé inmóvil. Hasta ese momento, el cielo del pueblo sólo había conocido el vuelo de las aves, algún avión lejano y, de vez en cuando, el ruido de un helicóptero que desaparecía casi tan rápido como llegaba. Aquella mañana, en cambio, parecía haber decidido regalarnos un milagro. No encontraba palabras para nombrar lo que estaba viendo. Sentí que el corazón me golpeaba el pecho con fuerza mientras los globos seguían avanzando, silenciosos, como si el viento los llevara con una delicadeza que nunca antes había imaginado. Solté la manguera y eché a correr hacia el lavadero.
-¡Amá!... ¡Amá!... ¿Dónde anda?
-Aquí estoy, mijo. ¿Qué pasó? -respondió sin dejar de enjuagar la ropa.
-¡Véngase rápido!... ¡Mire nomás el cielo!
Ella apenas levantó la cabeza.
-Espérame tantito. Déjame terminar con esta ropa.
-¡No, amá! ¡Apúrese! ¡Se van a ir!... ¡Hay unos globotes allá arriba!... ¡Nunca habíamos visto una cosa así!
Algo en mi voz debió convencerla. Dejó la ropa sobre el borde del lavadero, se secó las manos en el mandil y caminó hacia donde yo la esperaba, todavía con la vista clavada en el cielo. Mi madre levantó la vista. Al principio entrecerró los ojos, como si quisiera asegurarse de que aquello no era un reflejo del sol. Después sonrió con una mezcla de sorpresa y alegría que todavía puedo recordar. Los globos avanzaban despacio sobre el pueblo, dejando que el viento decidiera su camino. Eran enormes. Sus colores parecían más vivos bajo el cielo despejado de aquella mañana de abril.
-¡Mire nomás! -alcanzó a decir en voz baja-. Yo tampoco había visto una cosa así. Su asombro hizo crecer el mío. Si mi madre, que parecía saberlo todo, también estaba sorprendida, entonces aquello debía ser verdaderamente extraordinario. Salimos hasta la banqueta. No fuimos los únicos. Las puertas comenzaron a abrirse una tras otra. Las vecinas dejaron la escoba recargada junto a la pared; algunos hombres salieron todavía con la taza de café en la mano; los niños corrían descalzos de una casa a otra llamándose a gritos. Hasta los perros parecían desconcertados, ladrando hacia un cielo donde, por primera vez, había algo distinto a las aves.
Recuerdo que por un instante el pueblo entero dejó de hacer lo que estaba haciendo. Nadie hablaba de otra cosa. Todas las miradas apuntaban hacia arriba. Hay momentos tan extraordinarios que logran poner de acuerdo a un barrio completo, y aquella mañana fue uno de ellos. Los globos seguían su marcha, elegantes y silenciosos. Desde abajo parecían navegar con una calma imposible. Yo no podía dejar de mirarlos. Imaginaba cómo sería viajar allá arriba, ver las calles convertidas en pequeños caminos de tierra, las casas reducidas al tamaño de una caja de cerillos y el río serpenteando entre los árboles como una cinta brillante. Entonces ocurrió algo inesperado. De entre todos los globos, uno comenzó a descender un poco más que los demás. Era de franjas multicolores. El viento parecía empujarlo directamente hacia nosotros. Sentí un nudo en el estómago. Por un momento pensé que estaba cayendo.
-Amá... ¿y si se cae aquí en la calle? -pregunté sin apartar la vista del cielo.
Ella observó con atención.
-Quién sabe, mijo... pero no parece que vaya a caerse. Mira nomás cómo se mueve-el globo descendió todavía un poco más. Desde la canastilla alcanzábamos a distinguir varias personas. Algunas agitaban los brazos saludando a la gente que, desde abajo, respondía con la misma emoción. Los niños brincábamos y hacíamos señas con las dos manos, convencidos de que podían vernos perfectamente. Nunca olvidaré aquella escena. Durante unos minutos sentí que el cielo se había acercado al pueblo. Cuando el globo pasó casi sobre nuestras cabezas, alguien desde la canastilla comenzó a lanzar decenas de hojas de colores. Al principio nadie entendió qué estaba ocurriendo. Los papeles revolotearon en el aire como si fueran enormes mariposas, girando al capricho del viento antes de empezar a caer sobre las calles, los patios y los techos de las casas.
-¡Están aventando papeles! -gritó uno de los muchachos. Entonces todos echamos a correr. Niños y adultos nos dispersamos por la calle tratando de atrapar aquellas hojas antes de que tocaran el suelo. Algunos daban pequeños saltos para alcanzarlas en el aire; otros reían mientras el viento cambiaba su rumbo una y otra vez. Por unos instantes, el pueblo entero volvió a sentirse como un enorme patio de juegos. Logré atrapar una. La sostuve entre las manos como si acabara de encontrar un tesoro. Estaba impresa por ambos lados y tenía dibujos de aquellos mismos globos que acababan de cruzar nuestro cielo. Cuando por fin dejamos de correr, muchos ya sosteníamos entre las manos aquellos papeles de colores. Algunos vecinos los leían en voz alta para quienes no habían alcanzado a conseguir uno. Poco a poco fuimos entendiendo de qué se trataba. No era un accidente. Aquellos globos formaban parte de una campaña para anunciar un espectáculo que llegaría desde Arizona, Estados Unidos. Durante algunos días ofrecerían paseos en globo aerostático en el río Santa Catarina, en Monterrey. El volante invitaba a las familias a contemplar la ciudad desde el cielo, a descubrir los ríos, los cerros y los valles desde una altura que muy pocos habían tenido el privilegio de conocer. Volví a mirar hacia arriba. Los globos continuaban su viaje rumbo al norte, cada vez más pequeños, como si el cielo comenzara a reclamarlos de nuevo.
Mi madre guardó el volante entre sus manos y permaneció un momento en silencio. Seguía contemplándolos con la misma expresión con la que se mira algo que quizá no vuelva a repetirse.
-Qué bonitos están... -dijo casi para ella misma-. Nunca pensé que fueran a pasar por Linares.
-¿Verdad que sí, amá? Sonreí.
Ella asintió sin apartar la vista del cielo.
-Sí, mijo... Mire nomás qué hermosura. Por unos instantes ninguno de los dos dijo una palabra. No hacía falta. A veces el silencio también sabe conversar cuando la emoción ocupa todo el espacio. Entonces me atreví a preguntarle aquello que llevaba varios minutos rondándome la cabeza.
-¿Usted cree que podamos ir a Monterrey para subirnos a uno?
Mi madre bajó lentamente la mirada. Después buscó la mía y sonrió con esa ternura que siempre encontraba la manera de suavizar cualquier respuesta.
-No lo sé, hijo. Primero hay que preguntarle a tu papá cuando regrese del trabajo.
Hizo una breve pausa antes de continuar.
-Pero si nos dice que no, no te me vayas a poner triste. Ir hasta Monterrey cuesta dinero... y subir a esos globos también ha de costar lo suyo.
Yo bajé la vista hacia el volante. A mis siete años ya entendía que, en mi casa, antes de comprar cualquier cosa había otras necesidades que atender. Nunca escuché a mis padres quejarse por lo que faltaba. Simplemente aprendían a hacer rendir lo poco que tenían y, de alguna manera que todavía hoy me asombra, conseguían que nunca nos sintiéramos pobres. Doblé cuidadosamente el volante.
-No importa, amá -le respondí-. Nomás con haberlos visto pasar ya valió la pena.
Ella pasó su mano por mi cabello. No dijo nada. Tampoco hacía falta. Aquel gesto bastó para hacerme sentir que, aunque no subiéramos nunca a una de aquellas canastillas, esa mañana ya nos había regalado algo que nadie podría quitarnos. Permanecimos un rato más mirando el cielo. Los globos eran ya apenas unos puntos de colores perdiéndose entre la inmensidad azul. Poco a poco el pueblo volvió a su rutina. Las vecinas retomaron la escoba, los hombres regresaron a sus patios, los niños continuamos jugando en la calle y los perros dejaron de ladrar, como si también ellos hubieran comprendido que el espectáculo había terminado.
Al día siguiente, el periódico local publicó varias fotografías del acontecimiento. Muchos buscábamos entre las imágenes la esperanza de reconocer nuestra calle, nuestra casa o, al menos, alguno de aquellos rostros que levantaron la vista al mismo tiempo que nosotros. El paso de los globos se convirtió durante semanas en el tema de conversación del barrio. Cada quien contaba la historia a su manera. Algunos aseguraban que habían pasado muy bajito; otros decían haber distinguido perfectamente a las personas que viajaban en las canastillas. Con el tiempo comprendí que los recuerdos nunca permanecen iguales. Cada uno los acomoda en el corazón según la emoción con que los vivió. Pero hay algo que sí permanece intacto, la imagen de mi madre sonriendo mientras los dos mirábamos el mismo pedazo de cielo.
Pasaron los años. Muchos, más de los que entonces habría sido capaz de imaginar. La vida me llevó por caminos que de niño parecían inalcanzables. Conocí ciudades, crucé fronteras y viajé en avión tantas veces que terminé contemplando el mundo desde alturas mucho mayores que las de aquellos globos. Sin embargo, ninguna de esas vistas consiguió parecerse a la de aquella mañana de abril. Hay paisajes que no se miran con los ojos, sino con la memoria. Treinta y cinco años después, mientras ordenaba las cosas que mi madre había dejado antes de morir, abrí una caja de cartón desgastada por el tiempo. Dentro había fotografías, cartas, recibos, dibujos de la escuela y pequeños objetos que sólo tenían valor para quien conocía la historia que guardaban. Entre todos ellos apareció un recorte de periódico. Lo reconocí de inmediato. Era la noticia sobre los globos aerostáticos que habían cruzado por el pueblo aquella mañana de Semana Santa. El papel estaba amarillento, sus orillas comenzaban a deshacerse y la tinta había perdido parte de su intensidad. Aun así, bastó verlo para que el tiempo desapareciera. De pronto volví a ser aquel niño que sostenía una manguera entre las manos mientras Rafles ladraba sin descanso. Otra vez sentí el olor de la tierra recién mojada, escuché el golpeteo del agua en el lavadero y vi a mi madre salir con las manos todavía húmedas para mirar el cielo conmigo. Comprendí entonces que ella había conservado aquel recorte durante más de tres décadas. Nunca me lo dijo. Jamás mencionó que lo guardaba. Simplemente decidió conservarlo, como las madres suelen guardar esas pequeñas cosas que para los demás parecen insignificantes y que, sin embargo, contienen una vida entera. Me senté en silencio. Sostuve el periódico durante un largo rato sin atreverme siquiera a doblarlo. A veces creemos que recordamos los grandes acontecimientos de la infancia, con los años descubrimos que no es así, lo que permanece son los instantes sencillos: una conversación en la cocina, una caminata por el patio, una mano que acaricia el cabello, dos personas contemplando el mismo pedazo de cielo.
Salí de la casa. Era una tarde despejada. Levanté la vista casi por instinto. El cielo seguía siendo el mismo, quizá un poco más inmenso o quizá yo era quien había cambiado. Busqué aquellos globos sabiendo que ya no estarían allí. En su lugar encontré algo mucho más valioso: la certeza de que algunos recuerdos nunca terminan de irse. Permanecen en algún rincón de la memoria, suspendidos sobre nosotros, igual que aquellos enormes globos de colores, esperando el momento preciso para volver a cruzar nuestra vida. Cuando regresamos a la escuela, después de las vacaciones, todos hablábamos de lo mismo. Cada compañero aseguraba recordar un detalle distinto. Hicimos dibujos, escribimos pequeñas historias y repetimos una y otra vez el relato de los globos que habían pasado sobre el pueblo. Yo también dibujé los míos. Años después descubrí que aquellos papeles seguían guardados en la misma caja donde mi madre había conservado el recorte del periódico. Entonces comprendí algo que sólo la distancia de los años puede enseñar. Los globos no volvieron a pasar por el pueblo. La infancia tampoco, pero ambas dejaron el mismo regalo: la certeza de que existen días tan luminosos que el tiempo es incapaz de apagarlos. Hoy sé que la vida terminó llevándome mucho más alto que aquellos globos. He contemplado ciudades desde las ventanillas de un avión y he visto montañas perderse entre las nubes. Sin embargo, ninguna altura ha conseguido parecerse a la de aquella mañana, porque lo verdaderamente extraordinario no fueron aquellos enormes globos de colores, fue descubrir, sin saberlo, que la felicidad cabía entera en un patio, en la voz de una madre que dejaba por un momento el lavadero para atender el llamado de su hijo, y en un cielo azul que, por unos minutos, decidió regalarle un milagro a un pequeño pueblo.
Cada vez que abril regresa y el viento comienza a mover las ramas de los árboles, no puedo evitar levantar la vista. Una parte de mí sigue esperando ver aparecer aquellos globos sobre el horizonte, la otra sabe que no volverán, pero ambas coinciden en algo: mientras conserve ese recuerdo, mi madre seguirá caminando a mi lado, con el rostro iluminado por el asombro, mirando conmigo el mismo cielo de aquella mañana.
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Comentarios
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