Leónides Castillo Monterrubio nació en la localidad de "Atlalpan (Tlaxco, Puebla), se casó muy joven de 16 años con Palemón Aparicio Gutiérrez y procrearon a su única hija Eva Aparicio Castillo, mi madre.
Pero el destino le tenía preparado un sufrimiento, ya que su matrimonio no funciono como ella esperaba.
El 30 de marzo de 1951 se casó su hija con Abundio Flores Manrique y se vino a radicar a la cabecera municipal de Huehuetla, Hidalgo.
Muy dolida y decepcionada de su esposo, días después decidió alcanzar su hija y buscar un mejor porvenir, llena de ilusiones.
Un día me conto que uno de sus sueños era trabajar de cocinera para ganarse la vida. Sabía que lo lograría porque venía de una raíz de esfuerzo, de trabajo, de sueños, pero sobre todo de amor por la vida.
Así empezó trabajando en varias casas en los quehaceres domésticos de la gente pudiente del pueblo de Huehuetla, al pasar de los años se convirtió en una experta cocinera. Motivada por realizar sus sueños, decidió rentar un humilde local para poner su pequeña fonda sin nombre, que quedo ubicada en la propiedad que fue de Agripino "Pino" Vera, en la calle Felipe Ángeles, actualmente la Ferretería de "Don Chencho" haya por el año de1960.
Después se cambia a la propiedad de Angelita Islas, en la calle Hidalgo, donde actualmente se encuentra la bodega de la Cervecería Sol. Trabajo hasta 1973.
"La Fonda de la abuela" fue muy reconocida por sus platillos tradicionales tan deliciosos que mucha gente prefería comer en este lugar. Esta fonda fue un lugar emblemático de la cabecera municipal donde se preparaban comidas caseras con el sabor tradicional.
Esta fonda tuvo mucha clientela, el lugar siempre estaba lleno de comensales, a los elementos de la partida militar, incluso les mandaba la canasta con alimentos a los soldados que se quedaban de guardia o no podían salir, además de profesores, políticos, visitantes al municipio y a la mayoría de los comerciantes que llegaban a la plaza dominical del pueblo.
Tenía hasta 6 ayudantas: Elena Basilio Eusebio, Carmela Lomas Eusebio, Cristina "Doña Tina" Maximino, una señora llamada Josefa "Chepita", Anita Plata, Sinforoza García Velasco y Inocencia "Chencha" Manrique San Agustín, de la localidad de Santa Inés.
Su cocina era pequeña, con paredes ahumadas y una mesa de madera marcada por los años. Cada marca tenía una historia, aunque nadie la contara en voz alta. La abuela cocinaba en el fogón con leña, entre brasas y ollas negras, se cocinan los sabores que no se olvidan.
La abuela enseñaba haciendo. La comida de la abuela era eso: tiempo entregado a otros sin esperar nada a cambio. Porque la comida del fogón no solo alimenta... también abraza el corazón. Su fogón llamado tlecuitl o tlecuile con el comal de barro puesto y a un lado arta leña de encino bien seca que arrimaba a la lumbre. Al lado de una pared una mesa de tabla, donde ponía el metate con su metlapil. Además, sus utensilios de barro como las ollas, jarros, tazas y cazuelas vidriadas en donde la comida no se pegaba y la cocción de los alimentos era uniforme, eran el corazón de la vieja cocina de mi abuela materna, con su chancaquero, que eran tablas atravesadas en la parte de arriba del tlecuitl, para que le diera el humo para secar los chiles serranos y así tener sus chiles secos. Los comales de barro los limpiaba con cal (antes se usaba la piedra de cal que le rociaban agua y con el calor se hacía polvo) y nexayote (agua de nixtamal) y unas hojas de la mazorca de maíz, hasta que quedaba muy limpio, esto es para evitar que las tortillas se peguen en el comal a la hora de hacerlas. Siempre tenía suficiente leña de encino para atizarle o avivar el fuego del tecuil con un soplador (aventador) para cocer las tortillas en el comal y en ocasiones juntaba los pedazos de carbón y los tizones en el centro del tlecuitl. Primero se molía el nixtamal en un molino manual y se vaciaba la masa sobre el metate y con el meclapil le daba otra molida rápidamente para amasarla muy bien y palmeaba una y otra vez hasta que la masa tuviera la consistencia deseada. Aún recuerdo el sonido lento y firme del metate, el aroma del maíz recién molido que llenaba la cocina. Mi abuela no solo molía maíz... molía también el tiempo, la paciencia y el amor que nos alimentaba.
Después, hacia pequeñas bolas de masa y pasaba la tortilla de una mano a otra y la soltaba suavemente sobre el comal de barro; previamente cubierto de cal, así lo hacía hasta terminar con toda la masa. Se escuchaba el palmotear de las manos y enseguida, se podía oler el aroma de las tortillas recién salidas del comal y hacía un gran pancle de tortillas, las mismas que acomodaba dentro de un chiquihuite envolviéndolas con una servilleta bordada. Me gustaba y me ponía muy feliz cuando mi abuela me prepara un taquito de tortilla con sal.
Se podía oler el delicioso el aroma del primer hervor del café de la olla de barro sobre el tlecuitl por la mañana, inundando totalmente la vieja cocina. La salsa era hecha en el molcajete molido con su tejolote los chiles, tomate pequeño de milpa y cebolla asados en el mismo comal.
Cuando le ponía ceniza al comal para hacer huevos estrellados, porque decía que así no se pegan o para Tatemar (asar o tostar) verduras, semillas como el maiz, habas, amaranto o para cocer diferentes alimentos.
En la cocina de la abuela se dejaban ver las ollas y cazuelas de barro, colgadas de un clavo y decía esta cazuela es la molera y la otra la arrocera y sus cucharas grandes de madera y una que otra olla de peltre. Colgaba una canasta con un mecate de un tronco del tejado, que contenía chiles, cebollas, tomates, ajos y hierbas aromáticas. Siempre cocino con leña, lo sé por el olor de humo de madera.
La abuelita reflejaba una calma bondadosa que contagiaba paz a quienes la visitaban. Su cabello, recogido en dos largas trenzas grisáceas, contaba las historias de una vida rica en experiencias y sabiduría, cuya vida era un tributo a la humildad y la alegría de existir, era muy cariñosa, llevaba siempre en su rostro una sonrisa tímida, pero profundamente sincera. Tenía un don especial para compartir su sabiduría y alegría con los demás, yo la adoraba, pues cada vez que la visitaba, ella me contaba historias fascinantes sobre su vida cotidiana de cuando fue joven, leyendas de tiempos pasados de su pueblo que tanto quería y extrañaba y me daba consejos que parecían brotar de un manantial de conocimiento inagotable.
Cada día, al despuntar el alba, la viejita se ataviaba con su inseparable delantal, un trozo de tela que no solo era útil, sino también una expresión de su creatividad y cariño. Ella misma lo había confeccionado, adornándolo con vuelitos de sus colores favoritos: azules, amarillos y verdes, como un reflejo de la naturaleza que tanto amaba.
Las mañanas de la abuela eran un ritual lleno de gratitud. Apenas el sol asomaba entre las montañas, del pueblo, ella se levantaba, primero para regar con agua sus plantas que siempre cuidaba y les hablaba, como si reconocieran el amor con el que ella les hablaba, dándoles los buenos días mientras acariciaba sus ramas, con una sonrisa que iluminaba su rostro, que maravillosa conexión con la naturaleza en un espacio mágico donde ella encontraba la conexión con la tierra y la vida misma.
Así vivía la abuelita, una mujer cuya existencia era un poema en movimiento, un canto a la naturaleza y un recordatorio de que la verdadera felicidad no se encuentra en la prisa del mundo moderno, sino en la quietud de los momentos simples. Una abuelita que, a pesar de sus años, seguía siendo joven de espíritu, alegre y generosa. Decia que "La felicidad está en mirar a tu alrededor y encontrar belleza en las cosas pequeñas. El canto de un pájaro, la suavidad de la tierra bajo tus manos, o mirar todo lo que da la naturaleza... eso es la vida, eso es la plenitud". El hacer lo que te gusta con amor.
Siempre ofrecía la comida con esa sazón que te caracterizaba tan único y lo hacía, con un lindo brillo en los ojos y una tierna sonrisa dibujada en su carita arrugada. Como no recordarla, si se me quedaron grabadas sus creencias, esas frases inolvidables: Cuando se estaban cociendo las tortillas y se inflaban o cuando el chocolate quedaba muy espumoso, significa que la mujer se iba a casar. Cuando la leña ardiendo empezaba a tronar, significa que van a llegar las visitas o cuando la salsa le quedaba muy picosa, es porque cuando la persona que la prepara estaba enojada. Una mujer de una memoria prodigiosa, una experta en calcular las horas por la sombra del sol o por la posición de las estrellas, siempre decía a qué hora era, sin consultar un reloj y sin equivocarse.
Benditas eran sus sagradas manos de la abuela que prepara la comida casera, con su sazón tradicional y para otorgarme su bendición.
A veces también hacía atole con masa de maíz en una olla de barro, chilatole o chocolate, pinole, tlaxcales o sus memelas con manteca y sal, los esquites con su epazote criollo recién cortado, tamales que hacía de masa con frijoles envueltos en la hoja de papatla.
Nunca se le olvidaba darle su maíz a sus pollos y guajolotes siempre llamándolos con un lenguaje coloquial y les ponía agua en latas de sardinas para que beban agua.
La admiraba por esa energía que la abuela tenía, siempre de arriba para abajo, con la alegría que le daba el poder servir a sus comensales y a quienes amaba con una sonrisa y su amable disponibilidad, así diariamente hasta que terminaba el día, barría, sacudía, trapeaba, cocinaba, lavaba trastes y la ropa.
Un dia la observe con su semblante cansado, pero aun así me transmitía fortaleza, de esa que tienen las mujeres para salir adelante. Jamás una queja, con una sonrisa y su amable disponibilidad, así diariamente hasta que terminaba el día apartaba los tizones y volvía a juntar el carbón cubriéndolo con la misma ceniza al otro dia con ese mismo carbón hacia la lumbre.
La cocina de humo, de ese humo que a veces nos hacía llorar, porque la leña estaba húmeda o verde
¡Cuánta habilidad de las mujeres para hacer todo esto a la vez!
Su pelo blanco, encanecido por el pasar del tiempo en dos gruesas trenzas que ella misma se hacía cuando con su peine, se alisaba muy bien el cabello y su inseparable delantal que la acompaño toda la vida, que usaba para transportar los huevos o como una cesta para llevar la fruta y las verduras.
Mujer ágil, de buen ánimo, mujer que parece que la estoy mirando arremangándose las enaguas para echar las tortillas en su comal de barro y como no acordarme cuando me ofrecías un burrito con sal, que era una tortilla recién echa que le ponías sal y la enrollabas, apretándola con tus manos.
Siempre al pendiente de lo que hacía y sus consejos aun hacen eco en mi memoria. Por eso te llevo como un ejemplo de amor. Ahora quisiera expresarte todo lo que yo siento, cuando me tocaban tus manos, cuando me besabas en la frente para darme tu bendición. Todo lo que hacías, para ti era importante y ahora solo son ecos de tu historia. Te recuerdo cuando te acercaste a mí y te mire que estabas a punto de llorar. Intenté no mirarte y con esa señal de sabiduría que te dio la vida, me dijiste: "Todos somos como las mariposas que vuelan por lugares lejanos, pero siempre regresamos o seguimos buscando el camino". Dicen que se necesita un minuto para encontrar a una persona especial, una hora para apreciarla, un día para amarla, pero una vida para olvidarla.
Así fue pasando el tiempo, hasta que ella como a un reloj se le fue acabando la pila, para que en un atardecer paro por completo. Pude ver que sus ojitos se cerraron en un gran silencio y desde ese dia su cama guardo para siempre el calor de su cuerpo, su almohada sus sueños y lágrimas de tantos años.
Hoy, el metate está quieto en un rincón de la casa, guardando en silencio la memoria de sus manos. Ya no hay humo saliendo del comal ni voz que me llame a la mesa, pero sé que su alma sigue viva allí. Y cuando paso mis dedos por su superficie fría, siento que, de alguna forma, ella todavía me abraza. Aunque pase el tiempo la seguiré queriendo como desde el primer día, aunque no esté aquí y esperare paciente el último dia de mi vida, quisiera encontrarte y que me abrazaras fuerte, pero hoy solo me abraza tu ausencia. Hoy, te extraño más que otros días, mi consuelo es que un día nos volveremos a encontrar y entonces, no te soltaré jamás. ¡Un abrazo hasta el cielo para tí, abuelita, mi guerrera favorita!
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