Aquel país estaba asediado financiera y económicamente por todos las flancos, una operación alicate sostenía su cuello y trituraba sus huesos. El mercado negro gobernaba los precios de los productos de la cesta básica. El dólar, paralelo o no, es un aliciente dolor en la esperanza de volver a la normalidad, es la conjugación de todos sus pecados capitales. Los años de campaña publicitaria, de ayuda y mejores condiciones de vida, habían dado sus frutos, y el país se desbandó en diáspora por el mundo. Tomar la decisión de irse, rondaba en el pensamiento de todas las familias. Y lo peor estaba por llegar.
La madre vuelve, después de una partida planeada en la zozobra, firme su decisión de irse lejos a cultivar viejos y nuevos sueños. Ésta situación caótica, éste desgarramiento intestino y visceral entre nosotros, el disque bloqueo económico y financiero gringo que siento en los huesos y en la piel. No espero más, me voy y me llevo a mis tres niños y a mi niña, el papá sino quiere venir, que se quede, así cuida la casa por si acaso, una nunca sabe.
Llegado el día pautado, estaba la familia, dos hermanos con sus dos hermanas, tres sobrinos y dos sobrinas, despidiéndose, con un dejo de esperanza y melancolía al mismo tiempo. Los ojos, nunca olvidaré la mirada en sus ojos.
Hubo de vender cosas en dólares, ustedes saben, el que viaja lejos, dinero debe tener.
Y del terminal de pasajeros, se embarcaron rumbo a la frontera oeste. Era el primer viaje largo y de tras frontera, para todos y todas. El corazón se acelera por la aventura y el placer de conocer cosas nuevas, de recorrer territorio vecino. De viajar se hace uno más culto.
Aún no habían sellado por seis meses sus pasaportes, presentado los carnets fronterizos o solicitado el permiso de permanencia temporal, cuando un repentino dolorcito en el pecho les hizo voltear, los corazones relinchaban en señal de nostalgia, de ausencia. El grupo consanguíneo, trazó rumbo sur oeste, muy cerca del corazón del territorio vecino.
Desde su llegada, la realidad les escupió en el rostro todas sus fantasías y todos sus sueños. La crudeza de la sociedad y su clase social, como en sus mejores tiempos del Virreinato Español, les insensibilizó las almas. La jornada laboral a menos del salario mínimo nacional, alcanzaba apenas para los gastos de arrendamiento, servicios básicos, aseo personal e higiene, medicinas, telefonía celular, comida, agua potable, gas doméstico, la prometida y augurada remesa familiar para cuando alcanzara. Es como estar allá en mi barrio, pero con comida en los abastos y bodegas, se decían en su justificación interna. No había pasado mucho tiempo, a lo mucho unos cinco meses, el mundo entero entró en cuarentena por el SARS-COV-2, que a los días se convirtió en pandemia, y al vecino país se les vaciaron los instintos clasista y fascista en los cuerpos, alma y corazón de los migrantes. El odio andaba por sus venas hostiles, como cobrando una deuda histórica de emancipación y traición, contra los que días atrás les vendían un mundo de ensueños, les vendieron que serían criaturas nuevas creciendo en la abundancia.
Sí, poco les duró el exilio voluntario. Nuevamente la decisión de emprender un viaje largo tras frontera, nuevamente hubo de vender todo en billetes verdes o pesos. Coger lo poco que podían haber ahorrado y empezar un retorno en medio de penurias, una crisis pandémica mundial y una xenofobia descomunal en crecimiento exponencial.
Hubo de hacer el retorno a rompecabezas, un tramo en cola y otro caminando. Los más pequeños con sus madres, los más grandecitos con los padres y tíos. La travesía del retorno se tornó complicada, la sociedad había caída en cuarentena preventiva y el transporte público estaba restringido para los migrantes. La salud y la seguridad estaban a merced, abrigo y cobijo de la intemperie, las noches se rasgaban en mil pedazos mientras aguardaban el descanso, el viento y el frío inclemente, no daban reposo. Los días que transcurrían eran pesados, lentos y agotadores, mientras el hambre y la sed andaban ansiosas a cada paso. No había espacio para la distancia, los pensamientos estaban en la subsistencia, en la supervivencia y en el bienestar sicológico. El cielo no abandona a sus hijos e hijas, en específicas orillas del camino, organizaciones no gubernamentales otorgaban algunos productos de primera necesidad a largas columnas humanas que retornaban a piernas limpia, a pedal y bomba, ante la desgracia de andar al amparo del sol, la luna y las estrellas.
Quince días transcurrieron de aquella decisión, y en medio de su destino, llegaban a la frontera, antes del puente todo parece normal, no hay apuros ni alboroto, todo andaba a medias, sólo el comercio ilegal se hacía palpar en las calles, andaban semivacías de almas. Del otro lado del puente, la cuarentena era social, radical, voluntaria y necesaria, se levantaron carpas blancas y verdes para recibir a los hijos e hijas que retornaban a su patria. Quince días de cuarentena debió esperar la familia, aislada y resguardada para el bienestar y la seguridad de todos y todas.
Cuando pueda, cuando sea prudente, nos sentaremos y compartirán sus penas entre lágrimas de desahogo, mientras tanto, por la ventana de mi casa, los veo, los contemplo, les miro a los ojos y recuerdo cada mirada en el momento justo de la despedida.
Un relato de la vida real....