Lectura

"El jigüe de la ceiba"

Por Salvador Escandell Guerra. · Cuba · Fantasía

"El jigüe de la ceiba"
"El jigüe de la ceiba"
Autor: Salvador Escandell Guerra.
Nunca imaginé encontrarme en la vida real con algún jigüe, pensé siempre que eran cuentos de caminos, hasta el día en que irrumpieron unos chillidos extraños en el momento que jugábamos con una pelota dentro de una laguna de arenas negras y piedras, arrinconada entre las raíces de una vetusta ceiba y el cauce del río, verdadera piscina natural del balneario Las Vegas. La estridencia del escandaloso bullicio parecía ensañarse con el efímero silencio del paradisíaco paraje y quisiera someter bajo sus designios al murmullo de la corriente y el piar de las aves. Detuvimos el juego preocupados por el extraño suceso y nos zambullimos en la corriente con la intención de aliviar el fuerte calor provocado por la sofocante tarde. De pie dentro del agua, casi en posición de firme, echamos una mirada a todos los lados, queriendo identificar las causas de la ruidosa sonoridad, que prosperó en el espacio a decibeles nunca escuchado en la zona y estuvimos ansiosos por saber de qué lugar provenía. Alertas, pensando en el inminente peligro que nos acechó, salvaguardamos nuestras pertenencias, hicimos de las ropas un embrollo y las metimos en la mochila de un tirón, teniendo la férrea disposición de defendernos a toda costa con las únicas armas que poseíamos a nuestro alcance: piedras y palos, porque podía tratarse de un perro jíbaro o algún animal salvaje.
Un diminuto ser, perteneciente a algún especímen de la anatomía animal, arrancó con desenfado las únicas prendas de vestir que cubrían su cuerpo, frente a nosotros. Las ramas atadas a un bejuco largo que permanecían enredada en torno a la cintura, cayeron una a una como hojas en otoño y se esparcieron por los alrededores con la suave brisa que sopló, exhibiendo solamente la enorme rama rojiza, que fungía como ropa interior masculina por delante y un tallo fino encajado entre las nalgas, pareciendo un hilo dental. Realizó unos movimientos bruscos en el aire, tipo Kata de artes marciales, mostrando las pesuñas de sus patas de chivos, indicio evidente de que parecía poseído por un demonio.
El jigüe chillón brincó con salto de canguro desde la orilla al pequeño remanso realizando muecas articuladas con gruñidos prolongados produciendo un alboroto como si protestara por algo que estuviésemos haciendo mal. Dejamos caer las piedras en el fondo de la charca con un poco de tranquilidad, pero armados de paciencia y de los palos entre las piernas debajo del agua sin que se diera cuenta, levanté las manos y pregunté cuál era el problema. Conseguimos comprender al fin, sin tantos rodeos, que la burda y caprichosa perreta no era más que una insinuación de que teníamos que abandonar la guarida acuática.
Permanecimos dentro de la laguna sin dejarnos intimidar, pero alertas ante las circunstancias, escondimos las mochilas en unos matorrales tupidos cerca del agua. El misterioso duende chichiricú saltó lleno de maldad del agua hacia la tierra con el mismo salto marsupial y desapareció de los alrededores en un pestañar de ojos, creíamos que había adivinado el mensaje de nuestros enérgicos gestos insinuándole haber llegado al lugar antes de él y merecíamos un toque de privacidad también. Nos dimos cuenta que no había comprendido ni siquiera las señas callejeras para sordos y mudos porque emprendió un fuego a piedras al otro lado de la ceiba en un santiamén, como si la que lanzara los pedruscos fuera una máquina de pitcheo en un entrenamiento de peloteros. La fuerza de la corriente que provenía del lecho acuífero no pudo impedir que saliéramos de allí y venciéndola a la carrera con las mochilas en la cabeza, buscamos protección detrás del tronco de la ceiba, sin poder repeler el ataque. Descubrimos por suerte un pequeño montículo encima de una pequeña pendiente en nuestra desbandada e instalamos un improvisado campamento a toda prisa, que más tarde nos sirvió de puesto de observación a todos sus movimientos y con una vigilancia férrea medimos sus pasos cuando salió de los matorrales.
El pequeño Kong, así lo apodamos porque se propinó fuertes golpes con los puños en el pecho y vociferó los aparatosos gruñidos trayéndonos a la memoria a King Kong el rey de los gorilas, como para insinuar con esos aspavientos que había sido el vencedor de la batalla por la charca paradisíaca y hacer entender cómo se logra la paz después de echar los invasores del territorio ocupado, sin embargo teníamos anclado en la mente bien claro que el fin de cualquier hostilidad va acompañado de períodos manifiestos de guerra fría sin predecir por cuánto tiempo. Frotó dos palos encima de tallos y ramas con gruñidos menos bulliciosos al percatarse que ya la poceta estaba desocupada, hizo un intento por encender una fogata dentro de una de las aberturas entre las gruesas raíces de la ceiba, distante de la corriente, pero los palos aparentemente secos poseían vestigios de humedad y no produjeron la chispa necesaria. Fui acercándome lentamente cuando su agresividad había cesado, extraje una fosforera de la mochila, la mostré con la mano abierta en calidad de amigo, era un objeto anacrónico para su hábitat. Observó desconcertado el dispositivo pirotécnico moviendo la cabeza en forma semicircular, cerré la mano en minutos, encogí el brazo y lo desplegué con un gesto de apoyo, mostrándole después cómo lograr el fuego, rayé la piedra varias veces y salió el gas que inflamó la llama, presionando la tecla del encendedor hacia abajo. Estiró sus extremidades con las pesuñas abiertas, arrebató el encendedor de mis manos con la llama ardiendo creyéndose su dueño, sacudió con malas intenciones la fosforera tal si pretendiera bajar la temperatura de un termómetro después que se hiciera una pequeña quemadura y osó a intimidarme lanzando unas patadas que por cierto no llegaron a alcanzar mi cuerpo en posición defensiva.
El tufillo a gas se había dispersado en el ambiente y en su pertinaz exploración buscando donde se generaba el olor movió la cabeza hasta descubrir el salidero en la fosforera. Acercó la nariz y suspiro en el mismo lugar por donde salía el gas a modo de una inhalación de vapor para descongestionar las fosas nasales dando a entender que había visto también a algún turista extranjero o un personaje mafioso en un Thriller del sábado por la noche en la televisión oliendo un puro Habano. Encajó los colmillos con una potente mordida en el dispositivo aún sin familiarizarse con ella, pareciendo tener delante una africana de chocolate, rompiéndose un diente. Los brincos y chillidos tras el ataque de histeria tratando de dominar el fuerte dolor se escucharon a todo lo largo y ancho del bosque, logró taparse la boca y a pesar de su lesión continuó con sus torpezas.
Sin saber qué hacer para ayudarlo, le hice una seña para transmitirle que el dolor se le aliviaba tomándose una tableta de Paracetamol, extraje un blíster del bolsillo de la mochila, pero despreció la pastilla como si lo que le estuviera ofreciendo fuera una tableta de Fentanilo. Frotó la fosforera entre sus extremidades con furia, la lanzó al suelo con inquina al observar que no salía la llama y brincó encima de ella incrustándola en la tierra semi húmeda. Extraje el encendedor de su respetable sepultura con la mayor ecuanimidad posible, supuse que nunca más volvería a encender por el estado en que se encontraba. Alerta ante el silencio inaudito que reinó en los alrededores y la tranquilidad espantosa que se adueñó del lugar, eché una mirada al diminuto duendecillo queriendo saber la próxima travesura. Aproveché la sorpresiva calma para realizar otra piadosa seña pidiéndole que no pecara de ignorante puesto que de esa forma no lograría el fuego. Me di cuenta enseguida que, cualquier mímica era en vano, primero porque no me entendería y segundo, permanecía inmutable con sus pesuñas en la boca, tratando de aliviar la molestia de la pérdida del colmillo. Lo ayudé a acopiar un bulto de leñas secas, realicé varios intentos para conseguir la llama después de limpiar bien la tierra al encendedor y conseguí la chispa milagrosamente para encender la fogata. Aludidos por todas estas malas acciones de niño travieso volvimos al agua un rato más esperando otro desatinado agravio, pero la cruzada psicológica por la victoria, como mismo habíamos pronosticado, estaba por comenzar y con seguridad no tendría final hasta lograr echarnos de una vez y por todas de allí.
Si nunca habíamos visto a un jigüe, mucho menos lo imaginamos haciendo sus fechorías, pero eso de escoger con serenidad y esmerado gusto tantas flores silvestres, las mejores entre las amarillas, blancas y rojas, para amarrar un ramillete con un bejuco colorado, fue un suceso sorprendente. Oprimió el ramo en el pecho con ternura y mirando a los alrededores escogió un lugar privilegiado detrás de la hoguera para situarlo, el resto de las flores las aprovechó con habilidad en el tejido de una corona y la colocó al lado del ramo. Desaparecía y retornaba de los matorrales con manojos de frutas silvestres como para un bufete de festín hasta llenar una de las aberturas pequeñas en las raíces de la ceiba. Eligió un espacio cómodo sobre las pequeñas raíces que sobresalían del tronco en la oquedad mayor del gigantesco árbol con vista panorámica a todos los lados y se sentó en el pretendido trono alrededor de la fogata pareciendo esperar a alguien. Intentamos hacerle entender nuevamente, cuando se alejaron los temores que, la Empresa de flora y fauna era la propietaria de la poceta, de la vegetación, los animales circundantes y de todo lo que nos rodeaba para que se conformara con nuestra presencia allí, porque no nos daríamos por vencido así de fácil y si pretendía darse un chapuzón nuestros verdaderos intereses eran compartirla en fraternidad.
Percibimos nuevos chillidos al rato del precario silencio, esta vez menos agudos a los anteriores, provenían del bosque y con la autoritaria terquedad, casi por juramento, mantuvimos la vista encima de cada paso de él. Acopiamos piedras en el fondo del charco y sostuvimos los mismos palos debajo del agua en una posición defensiva dispuestos a responderles a la nueva embestida cuando los pensamientos dominaron la mente, temiendo una segunda agresión. Los bramidos eran cada vez más cercanos y en un abrir y cerrar de ojos hizo entrada al pequeño refugio entre las raíces de la ceiba como si desfilara en una pasarela exhibiendo sus atuendo de ramas anchas y bejucos a la moda, la que imaginamos ser la virgen reina de los pequeños Kong. El chichiricú le dio dos vueltas a la enredadera que envolvía su cadera, enderezó la enorme rama de otoño, que fungía de taparrabos, hizo un nudo fuerte como para que nunca más se le desatara y aunque no era de esperar un saludo generoso después de haberse comportado tan agresivo, extendió su miembro derecho y tomó una de las extremidades de su prometida, le sonrió sin enseñar la ventanilla que dejó en su dentadura la pérdida del colmillo, estrechó su cuerpo con el de la pequeña Kong y con un beso tierno en la boca con sabor a sangre, le demostró que la deseaba. La cómoda corona de flores y ramas la ajustó en su cabeza como si la conociera de antemano y fuera encargada a la medida. Con un gesto glamuroso de paje le dio la enhorabuena y le obsequió el colorido ramillete, le tomó suavemente una pata con filantropía y la cortejó hasta al mejor lugar dentro de la oquedad. Seguidamente, sin nadie esperarlo, empezó en el plató verde acuífero lo que por conjetura sería el protocolo de salutación a su aposento de amor, la invitó a comer del manojo de frutillas y danzaron unos bailes extrañas alrededor de la fogata, que no pudimos imitar, bajo nuestro asombro todavía. Se nos ocurrió también seguirles la corriente con vueltas pareciendo bailar casino, que por cierto resultaron muy incómodos por la fuerza del agua que nos cubría hasta a la cintura. Fue necesario hacer todo tipo de desagravio para congraciarnos con ellos, aprovechar toda acción que sirviera de exorcismo al hábitat del demonio alojado en su mente y suavizar un problema que había comenzado y seguía latente a pesar de la normalidad. El asombro fue aún mayor cuando imitaron cada movimiento nuestro como si hubieran ensayado una rueda de casino o la hubieran visto bailar. Introdujeron la cabeza por debajo de las extremidades pareciendo enredar una madeja tal si estuvieran en un performance de las enmarañadas vueltas del popular baile, al compás del sonido de los toques rítmico que conseguimos con unos palos de madera seca, semejando las claves del Septeto Nacional Ignacio Piñeiro, cantando Echale salsita. Chocaron las patas de arriba como si gritaran " ¡entra! " después de haber ganado la medalla de oro en un deporte de los juegos olímpico, volvieron a su posición inicial cuando terminamos de tocar el son en el improvisado estrado verde acuífero de la pequeña jungla. Nos cubrimos la cara sosteniendo una toalla por los bordes como señal de que había que bajar el telón porque era el fin del primer tiempo del show y nos colocaron la vista encima casi sin pestañar, hicieron un gesto como queriendo aplaudir, se agacharon y con un movimiento sincronizado levantaron el cuerpo junto a sus manos semejando una ola colectiva en un estadio de pelota, esperaban la subida de las cortinas para el segundo tiempo.
Emocionados por lo que habíamos acabado de observar, nos vimos en la obligación de improvisar el performance del segundo tiempo del show y pasamos de son para rumba bailando un guaguancó de los Papines dentro del agua al ritmo del sonido de los precarios instrumentos musicales, mi novia con un par de piedras vivas, yo con mis espontáneas claves. Ellos ejecutaron movimientos circulares de las caderas, bajaron al suelo lo más que pudieron tal si alguien les gritara "bajen, bajen, hasta el suelo no paren". Todos estos indicios nos hicieron creer que habíamos ganado la guerra psicológica y espantado el espíritu maligno que rondaba por su cabeza porque el pequeño festín se desarrolló tan melodiosamente que parecieran estar convencidos de que por la fuerza no iban a poder desalojarnos de la charca y era juicioso aplicar la máxima popular: si no puedes con el enemigo, únete a él. Demostrar la buena vecindad con acciones fraternas y esperar a ver qué sucede en un corto plazo, sería lo ideal y el hecho de borrar la contrariedad en su mente lo consideramos un desafío, pero no ocurrió así, cuando creíamos que las aguas habían tomado su cauce, el pequeño Kong con una sonrisa, realizó un gesto humilde y simpático de penitencia con las extremidades superiores, como si fuera la gatica María Ramos que tira la piedra y esconde la mano, mostrando al fin la pequeña ventana en la dentadura sugiriendo de favor que era su turno para festejar dentro del remanso de amor.
Cedimos la charca cuando los Chichinguacos y Totíes volaron en desbandadas en la búsqueda de refugios nocturnos en los árboles de las antiguas plazas. Recorrimos los caminos forrados por las frágiles hojas resecas, que dan acceso a la Villa de San Salvador de Bayamo. Una callejuela recta permitió avistar la torre del campanario de la parroquia a lo lejos donde las lechuzas cobijan sus polluelos y salen a cazar revoleteando los parques bajo las estrellas, entre las presuntuosas luces de las farolas. Nos llegó al fin una inmensa paz al arribar a nuestro hogar sabiendo de buena tinta que la parejita de jigües había recuperado por las buenas su guarida acuática, era lo único que ambicionaban para amarse dentro de la poceta todo el tiempo que estimasen conveniente, aunque con la certeza de que nunca más, nadie podrá meternos en la cabeza de que los jigües no existen

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